Microrrelato

Murallas de azahar

Por Jesús García Jiménez

Dicen que el ser humano es, por naturaleza, un animal social. Sin embargo, no hay mejor manera de conocerse a sí mismo que pasar un tiempo a solas. Introspección. Una mirada interior que se dirige a los propios actos o estados de ánimo. Esa tarde otoñal, aún bañada con un sol tibio pero luminoso, iba caminando con la tranquilidad de quien aprende a vivir el día a día sin miedo a lo que aún no ha ocurrido, valorando la magia del silencio repleto del sonido ambiente que brinda un pueblo de vida quieta y serena de la Andalucía rural y profunda. Allí, asomado a aquel balcón, observaba la soberbia panorámica que se abría ante mí, coronándola una sierra de lomo plateado y cresta desigual, a sus pies los campos sembrados de olivos centenarios, quien sabe si milenarios, que jugaban con la exigente orografía partida en dos por el cauce zigzagueante de aquel río que nunca moría. Casas que salpicaban las huertas, blancas como las nubes de caprichosa geometría que mancillaban el azul y acariciaban la cima de la montaña que se erguía orgullosa y vigilante, custodia de aquel lugar. Aquel magnífico mirador se encontraba junto a una iglesia que, pese a su aspecto humilde y discretas dimensiones, albergaba una historia digna de ser grabada en los anales de nuestra cultura. Observándola con detenimiento me hallaba, cuando me percaté de la presencia de un anciano que, a escasa distancia y sentado sobre una silla rústica de madera y asiento trenzado con enea, me observaba con el mismo interés con que yo lo había hecho con el edificio.

—Buenas tardes— le dije, girándome hacia él. —Buenas tardes—, me respondió escueta y respetuosamente. Tras una pausa y alentado por mi evidente curiosidad acerca de la iglesia que se alzaba ante nosotros, prosiguió: — Ahí hubo una vez una mezquita, pero cuando los cristianos echaron a los moros la derribaron y construyeron esta iglesia. Si se fija bien, el campanario tiene forma de alminar, mire los arcos de las ventanas y las celosías, eso es herencia de los moros. Lo aprovecharon para construir por encima la torre que se ve ahora. Aunque yo siempre la he conocido así, desde que soy un niño. Hace años hicieron una obra dentro y encontraron tumbas con huesos de personas, pero esos huesos son de cristianos que enterraron dentro de la iglesia, porque los moros nunca entierran a sus difuntos dentro de las mezquitas—. Escuchaba con atención, en cierto modo sorprendido por el inesperado conocimiento de aquel lugareño que, me daba la sensación, no era su primera vez como improvisado guía turístico. —Y las murallas, ¿son también de la misma época que la antigua mezquita? — pregunté. —Las murallas yo creo que estaban desde antes, primero las construyeron y luego levantaron la mezquita. Fíjese en esa parte— el anciano hizo un gesto señalando un tramo de muro claramente diferente al del resto del edificio, —ahí puede usted ver como aprovecharon la muralla mora como pared para construir la iglesia. Mire usted ahí, eso es una torre con forma redonda de los moros, que también la aprovecharon para la iglesia—. Efectivamente, observaba con sorpresa la anexión, perfectamente visible, del edificio a una parte de la primitiva muralla árabe, cuya geometría llegaba a deformar manifiestamente las trazas de su planta, además de su adosamiento a una torre circular de la estructura defensiva original.

—Hay unos túneles excavados en la roca de este cerro, que deben tener quinientos o seiscientos años, que comunican directamente esta plaza con el río que pasa por ahí abajo. En el patio de Antonia la miracielos —dijo señalando hacia una fachada en el lado opuesto de la plaza— hay un agujero grande, que lo tienen tapado con troncones y tablas para que no pasen accidentes y desgracias, muy hondo y que nadie sabe exactamente cuál es su profundidad porque lleva muchos años bloqueado por la tierra y las piedras que se han ido desprendiendo, pero yo siempre he escuchado, de mi padre y de mi abuelo, que por ahí se podía bajar al río. Y yo recuerdo de niño que cerca de la orilla había una cueva por la que cabía bien un hombre sin tener que doblarse para pasar, con unos escalones labrados en la piedra que subían y subían hasta que se llegaba a una altura de más de diez metros y ya no se podía seguir más, porque la cueva estaba taponada por la tierra y las piedras que habían caído en el paso. Yo creo que esos túneles, porque dicen que hay más y no solo el de Antonia la miracielos, los hicieron los moros aprovechando las grietas que había en las entrañas del cerro para poder bajar desde la villa hasta el río y coger agua sin tener que pasar por las puertas de las murallas que antes había. Eran como unos pasos secretos para entrar y salir de la ciudad y poder llenar los cántaros sin ser vistos por los que atacaban las murallas.

Yo escuchaba atento y francamente sorprendido lo que contaba aquel anciano. Recordaba que no muy lejos de allí había unas famosas Minas construidas en los jardines de un lugar conocido como los Jardines de la Casa del Rey Moro, cuya función era defender una captación de agua y una puerta secreta para salir de la ciudad. El lugareño continuó: —Otros dicen que dentro de esos túneles hay un tesoro escondido de los moros, que lo dejaron ahí enterrado cuando entraron los cristianos desde Ronda en la Reconquista, con la esperanza de volver a conquistar Andalucía y recuperar todo el oro que dejaron ahí. Pero nunca más volvieron; y ahora ya no, pero yo recuerdo que siendo yo un chiquillo escuchaba hablar a gente que creía de verdad esa historia. Aunque bueno, quien sabe si no habrá algo de realidad en todo eso. A lo mejor hasta hay un tesoro aquí debajo… —dijo el anciano con tono y gesto burlón, sin duda hombre poseedor de un vasto raciocinio. —Sí, bueno, siempre han circulado historias y leyendas acerca de los musulmanes que habitaron Al-Ándalus— dije yo, —algo muy normal teniendo en cuenta que se trató de una civilización muy poderosa y culta para su tiempo, y que siempre estuvo envuelta en un halo de exotismo que causó fascinación a los reinos cristianos que empujaban desde el norte en su lento aunque inexorable avance—. El anciano me observaba y escuchaba atento, y pensé que quizá no había entendido del todo lo que acababa de decir. Y continué, a modo de invitación para introducirlo de nuevo en la conversación: —Siempre ha habido muchas leyendas circulando alrededor de los moros que vivieron en España durante tantos siglos.

El hombre se quedó pensativo unos instantes, tras lo cual se encendió un cigarro Ducados con un moderno Zippo dorado elegantemente labrado con el patrón floral veneciano, algo que me sorprendió sobremanera dado que no esperaba ver en aquellas manos curtidas y arrugadas por el paso de los años, y seguramente castigadas por el duro trabajo en el campo, un encendedor tan caro y elegante. «El regalo de algún nieto suyo» pensé. —También he oído una leyenda que me han referido sobre esos túneles— arrancó finalmente, —quién sabe si será verdad, el caso es que cuentan que cuando esta villa era solamente lo que cabía dentro de sus murallas, si acaso poco más, el caíd, que era el que solía hacer de gobernador militar de un pueblo, especialmente en las zonas de la frontera con el Reino de Granada, estoy hablando de los tiempos de los moros, tenía una hija que, aunque rara vez se dejaba ver porque siempre la tenía su padre resguardada tras las celosías de las ventanas de su casa, y cuando lo hacía iba vestida según la costumbre de las mujeres musulmanas, esto es, con el pelo tapado y el rostro cubierto de modo que solo se viesen sus ojos, tenía fama de ser la más hermosa de toda la comarca, una muchacha llamada Aisha az-Zahra, az-Zahra significa “la que brilla”, cuyas esclavas masajeaban con ungüentos cremosos y olorosos, aplicaban lociones para hidratar y dar suavidad a su piel, lavaban y cuidaban su melena larga y espesa, muy negra, y la vestían con ricos ropajes ceñidos a la cintura, de vivos colores, bordados en oro y plata, el velo que tapaba su cabellera igualmente bordado y de muy fina calidad. Aisha gustaba de llevar collares y brazaletes de piedras preciosas, cuyo brillo rivalizaba con el de sus ojos grandes, oscuros y de mirada misteriosa.

—Siguiendo las tradiciones moras, el padre no dejaba que nadie viese a su hija, porque en esa cultura el único que podía ver a una mujer en toda su plenitud era su marido. Pero Aisha era una muchacha atrevida y valiente, no se conformaba con pasar todas las horas del día mirando sin ser vista desde sus lujosos aposentos. Ella quería tener el privilegio de poder respirar el aire fresco de las tardes primaverales, pasear por entre los huertos de naranjos y oler el aroma de sus flores, lavarse en el río que rodeaba el cerro y bañaba las fértiles huertas y observar el cielo anaranjado de los atardeceres que acariciaban un horizonte desconocido para ella. Su padre, el poderoso caíd Ahmad Ben Yusuf al-Arif, incapaz de negarse a los ruegos de su hija, accedió a que pudiese salir del recinto, siempre acompañada de una escolta formada por sus mejores soldados y un séquito de esclavas que le asistieran en todo lo que pudiese necesitar. Pero el caíd, siempre celoso de la intimidad de Aisha, de ningún modo iba a permitir que saliese del recinto por las puertas de las murallas porque causaría un gran revuelo y, de llegar a saberlo el enemigo, seguro es que organizaría una correría para Dios sabe qué. Así que, para satisfacer a su hija, ordenó que se excavaran unos túneles cuya boca de entrada estaba en su propio patio, con el fin de que pudiese bajar directamente desde su casa hasta los pies del cerro, disfrutar de las aguas sosegadas y cristalinas del río, deambular por las huertas de árboles frutales y deleitarse con los sonidos del campo y el canto de los pájaros que volaban veloces a esconderse entre las flores.

—En aquellos tiempos los campos no estaban tan tranquilos como están ahora, que solo se oyen los pájaros y el viento y si te hallas con alguien por ahí es en paz y cada cual a lo suyo. En los últimos tiempos de los moros aquí en España, esta zona estaba dentro de la frontera entre los cristianos y el Reino de Granada, y era un lugar muy peligroso para los que vivían cerca de ella tanto en un lado como en el otro, porque continuamente tenían lugar algaradas de saqueo y castigo, con un grupo pequeño de hombres que asaltaban un lugar determinado y regresaban a su lado de la frontera antes de que el enemigo intentara cortarles el paso. Tanto moros como cristianos contaban con soldados profesionales, los almogávares, que habían hecho de las correrías en terreno contrario su modo de vida. La frontera fue así de brutal. Nadie que se encontrase fuera de las murallas podía nunca imaginar cuando tendría lugar, porque era un tumulto de hombres ágiles, fuertes y veloces, expertos jinetes que iban, o venían, daban un golpe de mano rápido y desaparecían como el viento con todo aquello que se pudieran llevar, ya fuese ganado o personas. Y ni Aisha, ni su escolta ni su séquito de esclavas pudieron reaccionar cuando, una cálida tarde de primavera, estando la muchacha sentada en la margen del río perdida en sus pensamientos mientras acariciaba la corriente de agua que pasaba tranquila, aparecieron de la nada como si fuesen espantos una docena de esos almogávares que cayeron sobre los escoltas sin darles la oportunidad siquiera de defenderse. Tomaron a todas las mujeres, y no pasando desapercibidos para ninguno de ellos la calidad de los ropajes y la joyería de Aisha, su porte orgulloso y elegante y la actitud de autoridad que ejercía sobre el grupo, rápidamente cayeron en la cuenta de que debía tratarse de alguien muy principal, y sin perder tiempo se marcharon de allí con su botín humano, con todas las esclavas caminando a marchas forzadas atadas a los caballos y Aisha subida en la montura del adalid del grupo junto a éste, desapareciendo del lugar con la misma rapidez con la que habían llegado.

—Cuando la partida de almogávares llegó al Castillo de la Peña, ya en territorio cristiano y a tan solo unas horas de marcha del lugar donde habían raptado a las muchachas, fueron a presentarse al alcaide para mostrarle la que, a su juicio, era sin duda familia de algún moro importante. El alcaide dio permiso a los captores para disponer de las sirvientas según su parecer, pues en aquellos tiempos la captura de cautivos entraba dentro de la lógica de las algaradas y pasaban a convertirse en mercancía que casi siempre terminaba en el mercado de esclavos, ordenó a todos salir del amplio salón, excepto al adalid y a Aisha, que no disminuyó ni un ápice su actitud digna y honorable, y observándola con mucha atención, dijo con el tono imperioso de quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido de inmediato: «Acércate». En vista de que Aisha no se movía, el adalid la agarró de brazo con fuerza y la acercó bruscamente hacia el alcaide. «¿Cómo te llamas, muchacha? ¿Quién eres?». La joven no respondió, su mirada dura clavada en los ojos del alcaide. Dirigiéndose al adalid, dijo: «De donde viene no hay muchos moros principales, de hecho solo hay uno, el caíd Ahmad Ben Yusuf, y esta debe ser hija suya; muy joven la veo para ser su esposa. Seguramente a estas alturas los rastreadores moros ya le han hecho saber a Ahmad que la muchacha está en el lado cristiano. Será cuestión de tiempo que un contingente dirigido por él mismo quiera negociar su rescate.

—El alcaide, hombre curtido en la dura vida de frontera y experto en aquellos lances por haber sido mediador en muchos de ellos, no erró, y efectivamente, en el transcurrir de la jornada siguiente se presentó un emisario mahometano solicitando un encuentro en lugar neutral entre el caíd musulmán y el alcaide cristiano para pactar la liberación de Aisha. «Me abrirás las puertas de tu villa para poder conquistarla y entregársela a mi Señora la Reina Isabel de Castilla, que la devolverá de nuevo a la fe católica». El caíd, conocedor al igual que el alcaide de los desenlaces de aquellas negociaciones si no se accedía a las exigencias de los captores, aceptó con profunda tristeza traicionar a su gente y a su reino para salvar la vida de su hija, y pactando el día y la hora, mandó tener despejada y sin vigilancia la entrada de la cueva que subía desde los huertos situados junto al río hasta la plaza, de modo que, al amparo de la noche y sigilosos como los gatos, los cristianos solo tuvieron que franquear las murallas de azahar que formaban los naranjos florecidos, subir por el túnel y llegar a lo más alto de la villa. Una vez ahí la sometieron casi sin resistencia, y así fue como perdieron los moros este lugar, en el que habían estado viviendo ochocientos años, y más de quinientos después todavía siguen aquí sus huellas…— concluyó pensativo el anciano, con la mirada puesta en el horizonte, quizás intentando imaginar cómo fue aquella fortaleza que exhaló su último aliento andalusí, garante como muchas otras de una enigmática cultura que no llegó a morir nunca, acurrucada entre los siglos para suscitar hoy la misma atracción que provocó entre aquellos que, al amparo de la fe, finalmente alcanzaron a doblegarla.

Imagen que acompaña el texto:

Bridgman, Frederick Arthur. (Fecha desconocida). Rêverie [Óleo sobre lienzo].
https://es.wahooart.com/@@/8YDRJG-Frederick-Arthur-Bridgman-Rêverie 

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2 comentarios

    1. jgarcia

      Hola María,

      Todo absolutamente es real, excepto la forma en la que se rindió la villa, que por cierto, también pudo ser… aunque en el microrrelato es producto de mi imaginación.

      Gracias por leerme. Pasa un excelente fin de semana. Nos seguimos 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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