Microrrelato

Plantae

Por Jesús García Jiménez

«Ellas, como la soledad, siempre están ahí, fieles, las únicas que me escuchan sin decir basta», pienso para mis adentros mientras las observo en su calma queda, en su vibrante y aparente pasividad. Dotan a la estancia que hace de estudio de un aura de armonía y bienestar, me acompañan en mis veladas cavilaciones, son testigos mudas y silenciosas de mis glorias y mis fracasos, a veces musas y siempre espectadoras; difícil de explicar, pero lo intentaré describiéndolo como una especie de transferencia de energía que hace que entre nosotros se establezca una conexión que es evidente que existe, aunque la ciencia aún no haya sido capaz de explicarla. Una conexión en la que ellas responden a mis palabras con su belleza escultural y su colorida lozanía, refugio, para muchos insospechado, de las más sutiles y artísticas matemáticas. Hay quien afirma que no solo son muy sensibles a las vibraciones de la voz humana, sino también a los estados de ánimo de quien se ocupa de proporcionarles cuidados y bienestar, y será por ello por lo que establecen una comunicación directa con aquellos a los que acompañan de manera habitual. «Es evidente que esa comunicación existe, aunque no sea a la usanza de los seres humanos, con lenguaje verbal y corporal. Yo les hablo a ellas en forma de cuidados y mimos, y ellas me responden a mí mostrándome el esplendor de la naturaleza, su incontestable y sublime atractivo, su vigor y frescura», reflexiono mientras las acaricio suavemente, sintiendo su tacto suave y delicado, su tierna fragilidad en la sosegada expansión por el espacio que las envuelve.

Yo siempre he pensado, creído, mejor dicho, que las plantas tienen alma, algo así como un estado flexible de consciencia, una naturaleza que las hace acreedoras de una increíble sensibilidad, capaces de sentir su entorno a una velocidad mucho más rápida y eficiente de lo que podemos hacerlo los animales. No en vano, necesitan sentir todo mucho antes que nosotros, porque si alguna amenaza se cierne sobre ellas, no tienen patas ni piernas para abandonar el lugar y guarecerse en la seguridad próxima. Sienten que cambia algo en su ambiente mucho antes de lo que lo hacen los demás, y de ese modo pueden estar preparadas para lo que viene. Una vez leí que cualquier planta, aún en su sigilosa presencia, conoce exactamente cómo es el mundo físico que la rodea y es capaz de detectar los cambios en otras plantas a su alrededor, siendo además hábiles para modificar su fisiología y contrarrestar así el cambio y sobrevivir. Es algo realmente asombroso el ser consciente de que, por consecuencia directa de mis acciones, de actos tan simples pero a la vez tan comprometidos y entregados como sembrar, regar y podar, se ponen en marcha los engranajes del grandioso mecanismo de la naturaleza para mostrar los admirables y fascinantes resultados en su máxima expresión. Como parte de una relación causa – efecto, ver crecer mis plantas y cultivos me aporta una gran satisfacción, dado que es señal inequívoca de que mi dedicación, mi tiempo, son la base de unos resultados que generan vida, y sé que, en el fondo, aún sin darme cuenta de ello, también me suscitan confianza y respeto en mí mismo. A riesgo de parecer pretencioso, e incluso de mostrar trazas de un cierto egoísmo, me atreveré a decir que, pese a que la ancestral práctica de la jardinería puede ser, por supuesto, llevada a cabo en compañía, yo prefiero experimentarla y sentirla en soledad, disfrutando simultáneamente de ella y de las plantas, sumergiéndome en un estado de comunión e introspección en el cual soy el único capaz de alterar el silencio y la quietud, el único susceptible de inundar el espacio de vibraciones que viajarán eternamente por el firmamento, sin límite de tiempo o espacio. 

«No es de extrañar que muchos de estos seres vivos tan extremadamente sensibles tengan una historia maravillosa detrás, algunas de ellas envueltas en un idílico halo de misticismo», pienso mientras paseo por entre las plantas de mi pequeño jardín. Historias y leyendas todas ellas, o casi todas, gestadas en el imaginario colectivo de los pueblos indígenas. Porque para ellos la Madre Tierra es una fuente de vida y no un negocio. Es un regalo de su creador que nutre, sustenta y enseña. Todos ellos, pese a las diferencias en sus culturas y costumbres, consideran a la Tierra como su madre y la veneran como tal. El planeta y su naturaleza es, en definitiva, el centro de su universo, el corazón de su mundo, el origen de su identidad como pueblo. Para ellos todo, las montañas, los ríos, los cielos, los animales, las plantas, las rocas, la gente, todo tiene vida y está inseparablemente interconectado a través de lazos sagrados y espirituales. Sin embargo, en el mundo avanzado y desarrollado prima la idea de que la tierra y sus recursos pueden poseerse, pueden pertenecer a alguien independientemente de que la utilice, la cuide o la habite. «El Primer Mundo, en su loca vorágine de consumismo y depravación, nunca llegará a establecer unos vínculos tan íntimos como han sido capaces de fundar los pueblos indígenas. Nosotros no somos capaces, no tenemos la atinada percepción que ellos tienen de que la tierra se posee colectivamente, de que la humanidad no es sino una mera consignataria de la tierra y sus recursos, con el ineludible compromiso de preservarla y cederla a las generaciones venideras y futuras», reflexiono con un cierto dejo de amargura. Solo de tan fascinante y prodigiosa apreciación pueden surgir esas fábulas que consideran a las plantas como una especie de reencarnación de los espíritus, entes que poseen vida propia. Por citar solo un ejemplo, los guaraníes creen que, a través de un canto, ciertas especies pueden danzar y abrir o cerrar sus hojas a voluntad, ya que el canto las tranquiliza y las hace bailar, que tienen la capacidad de percibir los sentimientos de las personas que las cuidan, que pueden entristecer y pueden morir lentamente de amargura y melancolía.

Y los antiguos griegos, dentro de su riquísima mitología, recogieron la leyenda de un joven extremadamente bello, del cual todas las mujeres quedaban enamoradas, aunque éste las rechazaba. Entre ellas estaba la ninfa Eco, condenada a no poder hablar, sino tan solo a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Incapaz de hablarle de su amor, un día lo siguió, y cuando el joven, percatándose de su presencia, preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco respondió: «Aquí, aquí». Al no poder verla le gritó «¡Ven!», y Eco salió tímida de entre los árboles. Entonces el muchacho la rechazó, por lo que la ninfa, afligida, se ocultó nuevamente en el bosque, quedando para siempre solamente su voz. La diosa Némesis le castigó, haciéndole que se enamorara de su propia imagen reflejada en un estanque, y tirándose al agua para abrazar su reflejo el joven se ahogó. En el sitio donde cayó su cuerpo creció una hermosa flor amarilla, del color de sus cabellos, a la que los dioses bautizaron con el nombre de Narciso.

Mientras voy de aquí para allá, observando, acariciando, sintiendo la suave brisa de las últimas horas de la tarde, me invade la paz y la armonía de mi pequeño reducto, abstrayéndome por un rato de la locura reinante fuera de los límites de mi humilde jardín, de mi pequeño rincón plagado de vida y de naturaleza. «Los antiguos debieron de sentir algo similar, pues desde que el hombre tiene conciencia ha juzgado y apreciado los jardines como lugares mágicos y espirituales. En la Biblia, se hace referencia al Jardín del Edén, donde Dios puso al hombre después de haberlo creado a partir del barro y donde más tarde tuvo lugar la expulsión de Adán y Eva, y otra vez en la mitología griega, un grupo de ninfas llamadas Hespérides cuidaban de un maravilloso jardín ubicado en algún lugar de occidente», discurro meditativo mientras percibo el intenso olor de una planta de hierbabuena que tengo frente a mí. Indudablemente, los autores que escribieron sobre aquellos espacios verdes debieron inspirarse en jardines que existieron en su época y en el mundo real, como los célebremente renombrados Jardines Colgantes de Babilonia, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, la única cuya ubicación no se ha establecido definitivamente, construidos por Nabucodonosor II para consolar a su nostálgica esposa la princesa Amytis, que extrañaba el verdor de su tierra natal de Median, lo que en la actualidad es Irán.

A unos pocos metros de mí se yerguen higueras, ciruelos, almendros, perales y manzanos, y más allá, algo distante, un pequeño bosque de chopos que se aglutina en las riberas del río que baña estas tierras. «Ellos, los árboles, merecen una mención y un respeto especial, por ser los organismos vivos más antiguos del planeta Tierra», pienso mientras los observo. Estos portentos de la naturaleza son capaces de absorber grandes cantidades de ese gas venenoso llamado CO2 y de regular las temperaturas en beneficio de todos los animales que comparten su hábitat. Son majestuosos, refugio de vida y parte del exquisito lienzo que se tiende ante nosotros, pintado por la artista suprema. Estando bajo la chopera, a cuya sombra he llegado dando un tranquilo paseo, rememoro los momentos felices de mis grandes rutas senderistas por Escocia entre los fabulosos bosques de pinos caledonios, origen y hogar de hadas, hobgoblins, kelpies y otras criaturas de la vasta y apasionante mitología escocesa. Pero también alzo la vista y los contemplo con pena, sabiendo que cada verano se queman grandes extensiones habitadas por ellos, sucumbiendo a las voraces llamas sin remedio, sin defensa, sin posibilidad de huida. Bosques condenados por culpa de nefastas políticas que los han dejado caer en el más deplorable abandono, políticas impuestas por ignorantes desconocedores del campo en general, de la agricultura, de la ganadería y de la silvicultura en particular. Inconscientes que para escudarse culpan insistentemente al cambio climático, que sentados en un despacho de la capital profanan y usurpan la gestión del medio natural a los que lo tienen como medio de vida, como sustento, sin percatarse de que, precisamente por esa razón, son los mejores centinelas y salvaguardas de estos gigantes silenciosos y sostenedores de la vida. «Se me parte el alma», pienso mientras me dirijo de nuevo hacia mi pequeño jardín, mi particular refugio salpicado de colores.

Los árboles son las columnas del mundo, cuando se hayan cortado los últimos,
el cielo caerá sobre nosotros

Proverbio indio
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