Microrrelato

Varado

Por Jesús García Jiménez

Me hallaba lejos, a varios miles de kilómetros de lo que pensaba que era mi “zona de confort”. Sin embargo, quizá para mí el confort lo hallaba precisamente estando lejos, en soledad, en comunión conmigo mismo. Caminaba por un sendero asfaltado, recto y sin pendiente apreciable. A mi derecha, a apenas un metro de distancia, se elevaba una alambrada disuasoria que cercaba una pequeña pradera; a mi izquierda, la verde y frondosa vegetación hacía de barrera natural entre el camino y la playa que se tendía próxima, silenciosa. Tan solo el rumor de las olas muriendo en su orilla rompía aquella densa calma, mágica y relajante. En mi mochila, una botella de vidrio cerrada con un corcho, albergando en su interior un pequeño trozo de papel con apenas un sucinto mensaje, una fecha y unas coordenadas. «Lo sé, las posibilidades de que esta nota llegue a una costa al otro lado del océano son realmente escasas» pensaba para mí mismo. «Quizá sea un romántico que cree en lo imposible, o quizá tenga la necesidad innata de comunicarme y de ser oído. ¿Y si consigue llegar a alguien? Podría despertarle la chispa de la ilusión, del optimismo, del ensueño». Una vez en la playa, me acerqué a la orilla, arrojé la botella y esperé paciente para verla alejarse muy lentamente en un baile lento y cadencioso con el agua del mar. Un rato después, reparé en un pequeño barco encallado en aquella misma orilla, recortando su silueta el horizonte marino. Varado, resignado a su destino. «Sumiso como el hombre moderno, encallado en la ilusión de saber lo que quiere». Observando el lugar, siendo consciente de la despedida, emprendí el camino de vuelta sumido en profundas reflexiones que posteriormente plasmaría al amparo de las musas.

Esa misma noche, con la compañía única del destierro melancólico y nostálgico que solo brindan las horas de oscuridad, sentado en mi estudio a la luz amarillenta de mi lámpara de escritorio, pensaba en el barco varado que había visto horas antes, en la mañana, y del cual observaba algunas fotografías en las que había inmortalizado aquella curiosa estampa. Realmente en esa vieja estructura antaño operante y rebosante de vida y actividad podía ver un reflejo fehaciente de la sociedad actual, atascada en la arena de un acuciante fatalismo. Una sociedad anestesiada que cada vez alberga menos jóvenes en cuya cabeza bullen las ideas innovadoras necesarias para el progreso económico y tecnológico; una sociedad cada vez más virtual, de relaciones líquidas, aparentes e ilusorias; agotada culturalmente, cansada, recostada en su gran trono astillado recordando los grandes éxitos de su loca y salvaje juventud; severamente aquejada de una dolencia llamada descenso de la fertilidad, que ha puesto a no pocos países desarrollados por debajo del nivel requerido para relevar a la población actual y de la que muchos creen, erróneamente y basándose en una realidad ficticia, paralela y sin fundamento, que la solución es aumentar la emigración, obviando temerariamente las tensiones políticas, sociales y económicas que trae aparejada esa solución que los más progresistas quieren imponer como un acto de fe. Actus fidei specificatur ab objecto.

A la antigua usanza, con el ordenador aún apagado, anotaba y bosquejaba en un papel las ideas que se arremolinaban en mi cabeza, procurando dotarlas de una forma literaria. «Esta sociedad es, por todas las cualidades de las que hace gala, el caldo de cultivo perfecto para que el hombre moderno viva bajo la ilusión de saber lo que quiere», pensaba mientras jugueteaba con el bolígrafo que tenía en mis manos. «Pero en realidad no sabe nada, ni siquiera imagina que su vida no es más que guion establecido. Y si tiene la mala suerte de llegar a intuirlo para más tarde comprenderlo, ha de detenerse en seco porque se halla en el borde mismo de un precipicio, sin brújula, sin mapa, desorientado bajo una espesa capa de niebla. Se gira para mirar atrás, vuelve a mirar hacia delante, pero es inútil porque no puede ver nada. Solo existe la feroz ausencia de todo a los lados de la línea trazada por la sociedad y sus rígidos cánones. Estudia, ve a la universidad, consigue un trabajo -que guste es lo de menos-, cásate, endéudate para comprar una casa con jardín y un coche monovolumen en el que quepan el perro y el carrito, ten hijos, alcanza la jubilación en la ancianidad y, finalmente, muérete. Todo esto de manera eficiente y sin molestar, prestando siempre obediencia a la caterva de políticos de turno».

Observaba el reloj de pared que dominaba la habitación. Tic, tac, tic, tac. El segundero marchaba imperturbable en su indolente viaje hacia el instante próximo, albergando en sus idénticos movimientos la arrolladora corriente del tiempo que arrastra al ser humano a su final forzoso, inapelable e incluso necesario. «¿Realmente es lo que quieres? ¿Puedes gritar que eres libre? Quizá solo hayas sido programado para acometer todas aquellas empresas vitales que la sociedad considera necesarias para la supervivencia grupal. Aunque, a decir verdad, es muy probable que no sepas realmente qué es lo que quieres, porque saberlo no es cosa fácil y entraña uno de los mayores y más complejos dilemas que enfrenta el ser humano» argumentaba mi yo más reflexivo. En ese momento, mi alter ego respondió: —Ya que dices que has sido programado por la sociedad, ¿por qué no te reprogramas tú mismo? —¿Cómo se hace eso? —Se consigue no perdiendo nunca la sed de conocimiento; aprendiendo siempre de las personas y situaciones que se entrelazan en nuestra existencia; emprendiendo proyectos, persiguiendo metas y trabajando incansablemente para llegar a saborear las mieles de la autorrealización; viajando, conociendo mundo, entrando en contacto con otras culturas; conociendo una pareja con la que poder construir algo grande y mágico; disfrutando, en fin, del efímero regalo de la vida.

«¿Y no será todo eso una absurda quimera? ¿un delirio? Por mi propia experiencia sé que cuando se materializa un anhelo, aquello que en pretérito se idealizaba como la llave de la felicidad absoluta, no es, ni mucho menos, lo que se ambicionaba, que dista mucho de lo que se esperaba que fuese. ¿Y ahora qué? De nuevo más metas, sueños, ilusiones, de vuelta al escabroso y escarpado camino flanqueado por rosales de afiladas espinas hasta la sufrida culminación, y otra vez, la desilusión y el hastío», pensaba con cierto sentimiento fatalista. —No se puede— respondió mi alter ego. —Ah, sigues aquí. Pensé que te habías ido, que me habías dejado solo entre los secretos de mi introspección. —No se puede, digo, porque el deseo y la realidad son universos contrarios y opuestos. Esa metamorfosis del uno a la otra comporta un desengaño. Tú mismo lo has dicho: ¿y ahora qué? Te precipitas por el interior de un bucle infinito en el que hacer realidad un deseo equivale a despertar. —Pero el deseo es la fuerza motriz, natural, que sirve de impulso al mundo… —Y que te encara con esa realidad siempre insatisfecha. Tanto el uno como la otra han de existir, porque son los eternos contendientes en el trascendental conflicto que supone la tragedia íntima de cada ser humano. —Lo he entendido. En cada culminación sufrimos el golpe de la realidad, breve, fugaz, aciaga y perversa, para volver a refugiarnos en los cálidos abrazos del deseo, sempiterno y fascinante. Y siempre en soledad. Porque como dejó escrito el genial Luis Cernuda en su obra Ocnos, «entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad. Mas esa soledad, que de todo te separa, no te apena. […] Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes».

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4 comentarios

  1. Maria

    Hola Jesús,

    Me gusta mucho la parte del relato en la que hablas de reprogramarte a ti mismo en busca de nuevos proyectos, nuevas metas que te ayudan a crecer y a no estancarte en una sociedad robotizada y acomodada. Para nada perseguir tus sueños es un delirio. Sí que es verdad que a lo largo de nuestra vida hay proyectos que se cumplen y otros no, pero aún así hay que perseguirlos y si no se cumplen, ya saldrán otros nuevos. No conseguir alguno de nuestros sueños no tenemos que verlo como un fracaso. Hay que seguir intentándolo. La vida es siempre volver a empezar. En cuanto a la soledad, si es para reencontrarnos con nosotros mismos y nos sentimos completos y sin carencias, es una soledad voluntaria que elegimos en ciertos momentos y como dijo Arthur Schopenhauer “Solo se puede ser uno mismo mientras se está solo: quien no ama la soledad tampoco ama la libertad; pues únicamente si se está solo se es libre”.

    Nos vemos en la próxima lectura 📖 cuídate mucho 🙋🏻‍♀️😊💚✌️

    1. jgarcia

      Hola María,

      Muchas gracias por leerme y por dejar tu fantástico comentario. Estamos en sintonía: perseguir los sueños claro que no es un delirio, al contrario, es el motor de la existencia, lo que nos mantiene vivos, y por supuesto tampoco hay que considerar un fracaso no conseguirlo, sino que hay que planteárselo desde una nueva óptica y volver a empezar si es preciso.

      La cita de Shopenhauer me ha gustado mucho, muy en concordancia con el relato.

      Gracias otra vez y es un placer para mí interactuar contigo de este modo. Un saludo y cuídate mucho. Nos seguimos 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

  2. Tamara

    Me gustó mucho tu micro relato ,magnífica comparación entre a lo que el sistema nos impone y nos arrastra, y lo que es liberarnos de este, no dejando de sabernos en este camino de la vida , que estemos con o sin alguien, la soledad será nuestra mejor compañía.

    1. jgarcia

      Hola Tamara,

      Muchas gracias por leerme y por dejar tu comentario. La soledad es siempre fiel y acude a nuestra llamada estemos o no con alguien, como tú has indicado. Me gustó tu comentario.

      Cuídate y siéntete libre pasearte por entre mis escritos siempre que quieras. Un saludo 😊

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