Microrrelato

(In)finito

Por Jesús García Jiménez

Dice un proverbio hindú que “un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”. Usted, que ahora mismo se halla leyendo estas líneas, entiendo que estará de acuerdo conmigo acerca de la indiscutible veracidad de esta sentencia, tan cargada de simbolismo y de romanticismo como de sustancia en sí misma. Me he permitido arrancar este microrrelato citando parte de la antigua sabiduría, porque al haberlo leído en algún lugar me ha evocado aquellos maravillosos momentos del pasado en los que solíamos compartir momentos de lectura en nuestro pequeño y en cierto modo bohemio rincón, donde cada uno de nosotros, vagando sin límites en su imaginario mundo cimentado sobre cientos de páginas, nos perdíamos entre apasionantes personajes, exóticos y lejanos mundos y, sobre todo, nos sumergíamos en profundas reflexiones a veces compartidas solo con nosotros mismos, derivadas de la fuerza inherente a los textos y a su abstracta interpretación. Pero, en honor a la verdad, hay que decir que no siempre fue así, y que de vez en cuando osábamos a reflexionar en voz alta o a interrumpir la lectura del otro requiriendo su apreciación acerca de algún pasaje que nos había devuelto de nuevo al mundo real. Y así fue como, de un profético párrafo, surgió aquel interesante coloquio que nos empujó a la complacencia de una inteligencia compartida.

Aquella noche tenía en mis manos un ejemplar del Decamerón de Giovanni Boccaccio, y cuando apenas estaba comenzando a leer el proemio de esta soberbia obra, me hallé con esta joya: “[…] Mas según quiso Aquel que, siendo infinito, les dio a todas las cosas mundanas por ley inmutable el tener fin, mi amor, más ferviente que ningún otro y al que ninguna fuerza  de voluntad ni de consejo ni de vergüenza evidente ni peligro que pudiera seguirle le había podido ni romper ni doblegar, por sí mismo con el paso del tiempo disminuyó de tal suerte que ahora sólo me ha dejado de sí en la memoria ese placer que suele ofrecer a quien, navegando, no penetra demasiado en sus más profundos piélagos […]”. Entonces, levantando ligeramente la cabeza, colocando un dedo a modo de marcapáginas y cerrando el libro, dirigí la mirada hacia ella, que se encontraba en esa postura tan sumamente sugestiva para mí, sentada en su viejo pero confortable sillón esquinado con las piernas cruzadas y los pies descalzos, atenta a la lectura y ataviada con sus gafas de gruesa montura de color rosado y lentes redondas, rizando casi inconscientemente un mechón de su pelo dorado con el dedo índice derecho en aquella actitud que parecía sola e íntimamente suya.

Aquel que, siendo infinito, les dio a todas las cosas mundanas por ley inmutable el tener fin…— dije en voz alta de forma deliberada, con el objetivo de atraer su atención. Ella, alzando la mirada hacia mí sin cambiar en absoluto de postura, me observó fijamente unos segundos y al fin dijo: —Curiosa frase en la que se mezcla lo infinito con lo finito, y diría que muy acertada, si fuese creyente—. Esperando mi respuesta, repitió el gesto de colocar un dedo como marcapáginas mientras cerraba el libro, dedicándome ahora todo su interés. —Y aún sin ser creyente, ¿no dirías que es acertada? — dije yo. —Bueno, se supone que todo es finito y que solo Aquel es infinito. Entonces, si no creo que haya ningún Aquel, tampoco puedo creer en ningún infinito. —Vale, digamos que el concepto de infinito en el campo de la Religión está claro, es decir, solamente el Creador posee la infinitud en el espacio y en el tiempo. ¿Y qué hay de la Filosofía?  —Para Platón, el universo es infinito porque no nace ni muere, pero las cosas que suceden son finitas. Aristóteles negó la existencia de infinito, él decía que el concepto designa una simple posibilidad ideal. Kant, sin embargo, argumentaba que lo infinito es lo absolutamente grande, es decir, comparado con él todo lo demás es pequeño—. Dejando el libro sobre una pequeña mesilla que estaba junto a su sofá, se levantó y fue hacia la estantería de la pared opuesta, tomó un viejo libro elegantemente encuadernado y volvió a sentarse en su confortable trono. Sonriéndome, dijo: —Las Meditaciones metafísicas, de tu admirado René Descartes—. Haciendo gala de su innato aire intelectual, adornado de graciosos y femeninos aunque precisos movimientos, comenzó a ojear el índice buscando la parte concreta del volumen que le interesaba leer, mientras yo la observaba con una mezcla de fascinación y admiración, congratulándome por tener la fortuna de poder compartir semejantes pláticas de una forma tan íntima e informal. «Definitivamente es una suerte de musa, pero no sabría decir de qué. Quizá sea en su maravillosa peculiaridad donde radique su enorme atractivo y encanto, tal vez sea su compleja inteligencia la que ha horadado mi razón y ha sometido las tres potencias de mi alma, adueñándose de mi memoria, voluntad y entendimiento…». —Aquí está— dijo interrumpiendo mis reflexiones. —¿Por qué me miras así? No desvíes tus pensamientos de la filosofía… ja, ja, ja. Presta atención. En la Meditación Tercera, Descartes escribe: “Por «Dios» entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen [si es que existe alguna]. Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de sustancia en virtud de ser yo una sustancia, no podría tener la idea de una sustancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una sustancia que verdaderamente fuese infinita.

—Sí, es cierto que Descartes, pese a ser un eminentísimo físico y matemático, fue también un hombre muy creyente y estaba convencido de que Dios existe y que Él es el infinito, siendo todo lo demás finito. —Vale, ya hemos abordado el asunto en la Religión y la Filosofía. Ahora dime tú, como hombre de ciencia que eres, ¿qué opinión te merece el infinito? —Primero, déjame que te diga que, en mi humilde opinión, no podemos hablar acerca de la hipótesis de Dios, ya que su existencia pertenece al dominio de la fe, que como sabemos es una de las fuerzas más poderosas que alberga el interior del ser humano. Ahora bien, ¿existe algo infinito en la Física? La respuesta es no. Intuitivamente podríamos pensar que tanto el espacio como el tiempo lo son, pero la realidad es que ninguna de las dos magnitudes acredita esta cualidad. Einstein relativizó el tiempo y lo vinculó a la materia, con lo cual lo dotó de un principio y un final. Y con respecto al espacio, se ha demostrado que está en expansión desde hace aproximadamente 13.000 millones de años, tras la gran explosión que produjo el universo que hoy conocemos. Por tanto, el espacio, lejos de ser infinito, tiene un comienzo y está agrandándose. Además, ninguna magnitud física cuantificable en la naturaleza es infinita. ¿Te imaginas un objeto de masa infinita o que pueda alcanzar una velocidad infinita? No obstante, en las Matemáticas sí existe el infinito como tal, o mejor dicho, como un concepto. Por ejemplo, Euclides demostró que los números primos son infinitos, y Georg Cantor, en un alarde de genialidad sin precedentes, demostró que hay unos infinitos más grandes que otros. Pero repito, todo esto no son más que conceptos matemáticos sin posibilidad alguna de extrapolarlo a la realidad física que nos rodea.

Pensativa, observaba el reloj que colgaba sobre la pared, quizá preguntándose, si el tiempo no era infinito, de dónde venían y hacia dónde iban esos segundos anunciados por el ligero y constante sonido emitido por aquella fina aguja impasible en su periplo circular. —Hay cierto debate sobre si el universo es finito o infinito— dijo de repente. —Sí— le respondí, — y por lo general se defiende la idea de que es finito, aunque no limitado, así como es finita y no limitada la superficie de una esfera. Algo realmente curioso… En definitiva, parece muy probable que el infinito sólo exista como un concepto, un espejismo o incluso un sueño en el que intentamos romper con nuestra inapelable finitud. ¿Existen las sirenas? No. Sin embargo, ¿podrías dibujarme una? Sí, porque existe como concepto, como idea, aunque no es real. —Pues yo prefiero pensar que el universo es infinito— dijo ella, —que existe algo que realmente posee esa propiedad y que no se queda en un mero concepto matemático sin aplicación en la vida cotidiana. Aunque bueno, de todos modos, la infinitud del universo, si la hubiese, seguramente no tendría una clara aplicación práctica para nosotros; desde aquí abajo todo sería exactamente lo mismo…— y dicho esto, ambos comenzamos a reír.

Terminada la hilaridad y tras unos instantes de silencio, añadí: —Dice un proverbio zen que el infinito está en lo finito de cada instante. Cada uno de los instantes es nuevo, único e irrepetible, y así eternamente. De hecho, esa es la única eternidad, o si lo prefieres, infinitud, que podemos encontrar en este mundo cambiante, finito y limitado. —Vivamos, pues, constantemente en el presente­— zanjó ella. Y los dos volvimos nuevamente a nuestras lecturas, a nuestras meditaciones, a nuestros mundos infinitos.

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2 comentarios

  1. María

    Hola Jesús,

    Muy interesante el debate que han tenido tus personajes en el relato. Independientemente de la existencia o no de Dios, lo único bueno que tiene la vida es que todo tiene un principio y un final y que el infinito sólo se puede utilizar como concepto matemático y no es aplicable en la vida real. Todos y cada uno de nosotros nacemos solos y morimos solos. Guapos y feos, buenos y malos, ricos y pobres, todos tenemos un principio y un final cuando nos toca. Imagínate por un momento que existiera el infinito en la vida real, en las cosas buenas sería maravilloso, pero en las cosas malas (las guerras, las pandemias, la pobreza, los políticos….)
    Quien nos creo, lo tenía todo bien previsto, así que el infinito está muy bien donde está.

    Me quedo con el proverbio de tu último párrafo: “el infinito está en lo finito de cada instante”. Cada uno de los instantes es nuevo, único e irrepetible, y así eternamente.

    Me ha gustado tu relato, aunque hay cosas de los personajes que me descolocan.
    Hasta la próxima lectura y nos vamos siguiendo 😊🙋🏻‍♀️🌸

    1. jgarcia

      Hola María,

      Gracias por leerme y por dejar tu comentario. Este me ha gustado especialmente, has dejado una fantástica reflexión acerca de lo existencial en el ser humano. Es muy cierto lo que refieres: en las cosas buenas sería maravilloso, pero en las cosas malas ciertamente sería otra historia.

      Muchas gracias de nuevo, y por favor, siéntete libre de visitar el blog siempre que lo desees.
      Un abrazo y nos vamos siguiendo, cuídate 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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