Microrrelato

Padre Olivo

Por Jesús García Jiménez

«Olea primum omnium arborem est» musito para mí mismo mientras camino, respirando el aire limpio del campo y sintiendo las caricias de la suave brisa en mi rostro, a través de una de las espaciosas calles flanqueadas por los árboles anchos y frondosos que se alzan sobre el terreno áspero de la finca. «El olivo es el primero de todos los árboles, decían los romanos. Si hoy, en estos tiempos locos anegados de tecnología, de impersonalismo y de sociedades rotas y en decadencia, el olivo es todavía en algunos lugares el árbol por excelencia y la base de la economía para muchas familias, es fácil imaginar lo que tuvo que suponer en la Antigüedad para las pretéritas culturas y sociedades mediterráneas. Fue, y aún hoy lo es, el árbol rey», pienso mientras acaricio sus hojas puntiagudas y verdosas, nacientes del intrincado ramaje que surge a su vez de las retorcidas troncas que hincan sus raíces en la madre tierra para absorber su jugo y brindarnos su fruto, del que mana ese oro líquido con una calidad y magia gastronómica sin igual en el mundo, base de la exquisita, exuberante y célebre dieta mediterránea, a buen seguro una de las más saludables y sabrosas de todo el orbe.

Pero como todo en esta vida, la obtención del preciado óleo tiene un coste y requiere de sacrificio. Nada es gratis. La Naturaleza pone el fruto en el árbol, y con mucha constancia, tesón y trabajo, hay que cosecharlo. Oigo el incesante rugir de las máquinas vareadoras, en el paisaje se advierten vehículos todoterreno aparcados por doquier y se oye el motor de grandes tractores en su afanosa tarea de arrastrar un remolque con miles de kilos de aceituna en su camino a las almazaras, a través de estas carreteras rurales, estrechas y serpenteantes que se adaptan a la accidentada orografía de terrenos que, durante siglos, quizá milenios, han acogido la dura agricultura de montaña como forma de vida. Hace ya muchos años que el campo sucumbió a la maquinaria moderna en pro de la productividad. Atrás quedaron esos procedimientos rudimentarios de ordeñar el olivo sin apalearlo, del uso de las pesadas escaleras y banquetas empleadas para alcanzar los tercios y cogollos más altos; en el pasado se desvaneció aquella técnica a todas luces incomprensible de echar la aceituna al suelo sin el empleo de telones, cogerlas a mano y echarlas a las grandes y pesadas espuertas de esparto para, finalmente, volcar la valiosa carga a grandes sacos manejados por manos de hierro en su corto viaje hacia el molino. Una táctica que requería del empleo de legiones de mujeres y niños, estos últimos abandonando el colegio para perderse en los olivares durante meses, que iban en auxilio de los vareadores, siempre hombres, ocupados en sacudir con largas y pesadas varas las frondosas ramas del árbol para separar el fruto del follaje. Ahora también, como no puede ser de otro modo, se requiere de grandes cuadrillas en número, pero en forma muy diferente a los nutridos grupos de antaño: hombres y mujeres bien alimentados y habituados al uso de maquinaria, trabajando a destajo con modernas técnicas y respaldados por potentes vehículos, grandes porciones de olivar cubiertas por robustos telones a los que no cesan de caer aceitunas debido a las persistentes sacudidas a las que son sometidas por el vigoroso e indiferente brazo de la impetuosa máquina. Todo mucho más rentable productiva y económicamente hablando, pero menos bonito y mucho más hiriente, agotador y fatigoso, según la gente del campo de toda la vida. «Ahora, la aceituna es mucho más dura, porque antes había algún descanso que llegaba cuando había que agacharse a coger suelo, y el ritmo de trabajo no era tan fuerte. Antes juntabas a dos o tres de los tíos más capaces del pueblo y no llenaban en todo el día ni una telonada de las que se llenan ahora con tantos telones y tantas máquinas», he oído decir más de una vez a los mayores del pueblo que tantas penurias han pasado en el campo a lo largo de su sufrida existencia.

Desde noviembre hasta febrero, el pueblo entero se viste de aceitunero y el ambiente de trabajo en la campaña lo engalana, trastocando su ritmo tranquilo y pausado, su forma de vida y, en cierto modo, su economía. Durante estos meses, todo y todos giran en torno a este árbol imponente y generoso, claudicando a su magia terrenal que todo lo invade y que tantos sentimientos despierta, habiendo inspirado incluso la poesía de algunos de los más grandes autores de la lírica española y alguna que otra leyenda cuyo origen se encuentra en los pueblos mediterráneos que sucumbieron a su hechizo a lo largo de los tiempos. Me viene a la memoria aquella que cuenta que, en una ocasión, una pequeña y humilde colonia llegó a ser pretendida a la misma vez por el dios griego de los mares, Poseidón, y por la diosa de la guerra, la civilización y la sabiduría, Palas Atenea, lo cual dio lugar una disputa. Para intentar solucionar la cuestión, los dioses del Olimpo solicitaron a ambas divinidades la donación de una ofrenda a los modestos y sencillos habitantes de la colonia. Así, Poseidón, con un enérgico golpe de su augusto tridente, hizo que surgiera del suelo un vigoroso caballo que haría a los ejércitos poderosos e invencibles. Por su parte, Palas Atenea hizo brotar de la tierra un olivo del cual se obtendría aceite para el alimento de los hombres, combustible para las lámparas que serían fuente de luz en las horas más oscuras, óleo de unción para las almas indispuestas y alivio medicinal para las pieles sufridas. Ante tales dádivas, los dioses del Olimpo dictaron sentencia a favor de Palas Atenea, en cuyo honor se fundó la ciudad de Atenas a partir de la humilde colonia que fue el origen de la disputa.

Pero quizá, la referencia más notoria y conocida acerca del olivo se encuentra, como no, en el libro de los libros, la Biblia. En su Génesis, dentro del Antiguo Testamento, se recoge el famoso episodio del diluvio. «Ya en tiempos tan remotos, hace milenios, el ser humano pensaba de sí mismo que necesitaba un correctivo ejemplar, que, en definitiva, no merecía compartir la faz de la tierra con los animales y las especies vegetales que lo rodean» he pensado en más de una ocasión razonando acerca del significado de este suceso recogido en las Sagradas Escrituras. Como sea, y haciendo una alusión clara en Ge 8:10-11, dice: “Esperó siete días más, y de nuevo soltó la paloma fuera del arca. Y por la tarde volvió, trayendo en su pico una rama de olivo. Así conoció Noé que las aguas no cubrían ya la superficie de la tierra”. «¿Acaso nos dicen los Santos Autores que fue el olivo la única especie vegetal que sobrevivió al diluvio? A mí no me extrañaría que así hubiese sido, porque ciertamente es un árbol duro como pocos», reflexiono mientras dejo mi vista deslizarse por las extensiones sembradas que se abren ante mí y que, desde mi punto de observación privilegiado por estar en altura, puedo admirar en toda su grandeza y armonía. «Igual soporta periodos de mucha e intensa lluvia que resiste periodos de sequía prolongados y las terribles heladas invernales nacidas de los cielos rasos de Andalucía. Y siempre está ahí, impasible y sereno, recio y saludable, infatigable en sus cosechas, ajeno a los rigores de este clima severo cada vez más extremo y menos amigable».

De vuelta a la tranquilidad y al sosiego de mi casa, al refugio de mis pensamientos y de mi pluma, me asomo a la ventana del estudio y observo la parte vieja del pueblo con sus casas blancas apiñadas en aparente desconcierto, coronadas por el campanario de la iglesia. De entre ellas asoma, por tramos, la antigua muralla mora, que en otros tiempos debió mostrar una apariencia temible y disuasoria y que hoy lucha por sobrevivir a la mano enemiga del hombre, mostrando el legado de otros tiempos, de otras culturas, de otras grandezas. Con las últimas luces del atardecer, mera estela del astro rey que se oculta para brindar su luz en otras latitudes, observo los olivares que descansan mudos e impasibles y todavía eternos y desafiantes. «Contigo, Padre Olivo, de tronco robusto y macizo y confusa espesura, la Madre Naturaleza parece haber llegado a un entendimiento, permitiéndote estar aquí por siempre, salvaguarda de civilizaciones y testigo mudo de los avatares que forjaron la historia hasta desembocar en este mundo confuso y raro y al que pocos son capaces, como tú,  de sobrevivir indemnes al paso del tiempo», pienso mientras admiro el paisaje arbolado que se extiende ante mí, flanqueado por la silueta blanca del pueblo ya iluminado por la luz artificial de las farolas.

Sencillo e intrincado,
con su tesoro a cuestas
el olivar cavila.
En él no son precisos
ni rosas ni claveles:
sólo estar, siglo a siglo,
serenamente en pie.

Fragmento del poema «Olivares de Mancha Real»
de Antonio Machado
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5 comentarios

  1. Karen Gottlieb

    ¡Hola Jesús!
    Me encanta la exquisita manera de conjugar en tu relato algunos pasajes de las sagradas escrituras con tu prosa que nos ofrece un recorrido histórico sobre la cosecha del fruto del olivo. Realmente no sabía que se trata del único árbol que pudo sobrevivir indemne tras miles de años. La naturaleza es sabia, poderosa y debemos respetarla y cuidarla porque sin nuestra flora y fauna, sin agua estamos condenados a desaparecer de la faz de la Tierra. De hecho, ya somos testigos de las grandes atrocidades y genocidios naturales en el dichoso « en pos » de nuevas urbanizaciones, progresos tecnológicos y tantas cosas más que desconocemos y que están provocando incendios, sequías y el tan conocido por todos, calentamiento global.
    Una pena que ciertas tradiciones artesanales estén desapareciendo por completo.
    Ojalá aún estemos a tiempo de evitar tanta masacre natural.
    Un abrazo,
    Karen

    1. jgarcia

      Hola Karen,

      Muchas gracias por pasarte por el blog y por dejar tu comentario, excelente como siempre. Gracias también por tus siempre amables palabras, es un placer para mí poder leerlas. Estoy muy de acuerdo contigo, la naturaleza es sabia y poderosa, por eso mismo tenemos que estar muy preocupados porque la estamos sometiendo a un maltrato brutal y estamos entrando (o ya lo hicimos hace mucho tiempo) en un punto de no retorno el cual solo traerá consecuencias muy negativas para cualquier forma de vida en la Tierra.

      Esperemos que cambien las tornas lo antes posible y que la Naturaleza, sabia ella, encauce de nuevo la situación hacia un mundo más amable, habitable y menos agresivo, donde las grandes inundaciones, sequías, incendios forestales y demás desastres naturales dejen de ser la nota dominante y den paso al resurgimiento de la flora y la fauna en su forma más exhuberante y plena, por el bien de todos.

      Esperando también, en beneficio de la humanidad y de su patrimonio, que no se pierdan algunas costumbres artesanales milenarias (como por ejemplo aquellas relacionadas con el olivo y su cosecha), te deseo un feliz domingo y una excelente nueva semana. Cuídate Karen, seguimos en contacto 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

    1. jgarcia

      Hola Julieta,

      Muchas gracias por tus amables palabras, me encanta que te encante 😉.

      Feliz final de semana, que lo disfrutes y cuídate mucho. Estamos en contacto 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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