Microrrelato

Luna, lunera

Por Jesús García Jiménez

Mucho tiempo ha transcurrido sin que pudiera contemplar las estrellas cuando alzaba la vista hacia el firmamento. En aquellas latitudes las nubes, formando un muro infranqueable para la luz del sol e inalcanzable para los que observamos impotentes desde la faz de la tierra, imponían su constante y silenciosa presencia, amenazadora a veces, coloreando el ambiente de gris y empolvando el rostro de la ciudad con los afeites de la melancolía. «Nadie debería ser privado del placer de admirar la belleza de los astros titilantes» pensaba, mientras miraba la infinidad de puntos luminosos que se reparten por la inmensa vastedad del universo. La Luna llena participaba en el espectáculo arrebujándose en el oscuro manto aterciopelado de la noche, mostrando el esplendor de su refulgente y esférica figura esculpida por la mano maestra de la Madre Naturaleza. «Desde su etéreo balcón erigido en el cosmos infinito, debe de gozar de unas vistas del orbe terrestre hermosas y turbadoras a partes iguales», reflexionaba con la mirada puesta sobre su forma brillante. Para ella, las fronteras no son sino confines imaginarios trazados en los mapas por la mano altiva y soberbia del hombre, tan pequeño e insignificante desde su magna posición que no queda reducido ni siquiera a un punto. Las banderas y sus líneas divisorias se entremezclan en un todo donde lo único que adquiere carácter de heterogeneidad es el contraste entre la tierra firme y los mares y océanos; desde su privilegiada posición no existen diferencias entre los distintos mundos que en realidad forman uno solo; desde su exclusiva ubicación no existe más idioma que el único y universal, aquel con el que se redactan las leyes de la Naturaleza y se dicta el orden del todavía misterioso y eterno firmamento.

La miraba, la miraba cautivo de su presencia lejana y todavía hechizante. Ahí estaba, triste y feliz, cálida y fría, como el alma de quien la contempla henchido de admiración o de envidia, como el poeta enamorado que le rinde pleitesía implorándole que interceda con aquella que es la dueña de los trazos de su pluma. Nadie es indiferente a su presencia, nada es ajeno a su influjo radiante, ni siquiera los mares poderosos que bailan a al son de su música celeste. «Cuánto se ha escrito sobre ti, Luna. De cuántos pensamientos te has apoderado, a cuántos has hipnotizado con tu estampa noble y altanera», pensé mientras la observaba. La gran antagonista del Astro Rey, ella es la reina de la noche y la luz que ha guiado los encuentros de románticos en la densa nebulosa de los tiempos, siempre en compañía de sus fieles estrellas. De ella dice la tradición oriental que los lobos le aúllan para consolarla en su tristeza o para congratularla en su felicidad. «Nunca me has abandonado en mi periplo por el mundo», rememoré sin apartar la vista de ella. «Te he visto acariciando en el horizonte la silueta de vetustos bosques de pinos caledonios, remontándote sobre las ruinas de románticos castillos medievales, reflejando tu luz blanca sobre las aguas mansas de hermosísimos lagos de montaña dibujando sobre ellas formas misteriosas que alimentan el folclore de lejanas tierras septentrionales. También te he visto solitaria, sin tus amigas las estrellas, aislada en un cielo despojado de su belleza como consecuencia de la contaminación lumínica de la urbe, y pese a todo, elevándote lustrosa y elegante, manteniendo tu brillante presencia mientras emergías al costado del esbelto y elevado campanario de un sobrio templo religioso».

Lejos de aquí, en aquellas remotas tierras donde leyenda y realidad se toman de la mano para caminar juntas a través de los anales de la historia, donde el cielo está casi siempre embozado en su manto algodonoso para cubrirse del gélido aliento de Eolo, a veces, y solo a veces, la Luna asomaba por entre los pliegues de su capa y se dejaba ver, efímera y aún radiante, mostrándose toda ella para reflejar la luz del Sol que, desde lejanos y exóticos confines, irradiaba haciendo de la noche el día y del día la noche. Entonces, alzaba la vista al cielo y la veía exhibirse brevemente, asomándose a las ventanas que dibujaban las nubes cual reina poderosa e indulgente que espera sumisión y obediencia de sus fieles y admirados súbditos. Sus blancos destellos jugueteaban con las ramas de los viejos y sufridos árboles, inmunes ante la crudeza invernal de aquel entorno sombrío y no obstante poseedor de una inexplicable y extraña belleza, dibujando una hueste de agitadas sombras que danzaban al ritmo de las caricias del viento sobre la espesa y padecida foresta. Alzaba la vista al cielo para verla hablar en susurros con los centenarios edificios, que se elevan discretos y robustos, vigilantes, testigos mudos de una historia inmutable y confidentes impasibles de las vicisitudes vividas por todos los hombres y mujeres que a lo largo de los tiempos moraron al amparo y el calor de sus vigorosos muros de piedra, todos ellos perfectamente alineados, flanqueando espaciosas calles y avenidas que se tienden a lo largo de la ciudad tejiendo una trama urbana de geometría abstracta y regularmente funcional.

A veces, desde la intimidad del hogar, mi particular reducto y refugio de la locura del mundo exterior, veía a la Luna asomar, llena y esplendorosa, entre las formas confusas de las nubes y las anárquicas ramas de los árboles que casi tocaban las grisáceas fachadas que delimitaban mi pequeño e íntimo trozo de mundo, ahí donde no pocas veces mis reflexiones y razonamientos procedentes de recónditos rincones de la mente cobraban vida tras horas de inspiración y confesión frente al papel. Y entonces recordaba que esa misma Luna, la dueña de mi atención, estaba siendo observada por aquellos afortunados que se hallaban en su amada tierra en compañía de sus queridos y cercanos, aquellos que habían recibido los envites de los oscuros y caóticos tiempos recientes rodeados de los suyos y en terreno conocido, con el consuelo de poder alzar la vista al cielo azul y perderse más allá de las etéreas barreas que se abren al infinito, bañado siempre con la luz limpia y diáfana de un Sol extrovertido y contundente que rara vez se esconde, brindando alivio a las turbadas almas castigadas por la pena; o poder alzar la vista a la noche oscura engalanada con su túnica de estrellas eternamente brillantes, dibujando lejanas constelaciones que alimentaron el imaginario y las creencias a través de los tiempos.

«En la vida todo llega, todo pasa y todo cambia, y aquí me hallo mirándola de nuevo, esta vez bajo un cielo punteado, claro y despejado, a miles de kilómetros del lugar desde el que la vi por última vez. Misma Luna, distinto lugar, nuevo comienzo», pensaba. Y mientras estoy aquí, parado, con la vista elevada hacia la noche fresca y todavía apacible y acogedora, recuerdo unos versos que le dediqué en la lejanía y que termino recitando para mí mismo:

En ella mora la luna
acariciando las mareas,
guardiana de enamorados
e inspiración de poetas,
blanca señora en el cielo
siempre perfecta y coqueta,
reyes suspiran por ella,
tan solo uno la corteja.

[Estrofa del romance “A una dama llamada noche”]

5 likes en este post

5 comentarios

  1. Karen Gottlieb

    ¡Buenas noches Jesús!
    Hermoso relato sobre lo que la Luna despierta en nosotros al contemplarla. Ella siempre está allí. A veces llena y osada, otras mostrándose tímidamente. En muchas ocasiones blanca y brillante, en otros momentos, roja o anaranjada.
    Si algo la caracteriza constantemente es su personalidad tan definida.
    Segura de sí misma y feliz de ser siempre contemplada, deseada y difícilmente alcanzada.
    Su luz y energía tan especiales nos invitan siempre a soñar despiertos, a soñar con un mundo mejor.
    Acá, en Argentina, esta noche siendo las 02:05 de la madrugada, corre una brisa fresca tras una tarde muy calurosa.
    Desde mi ventana puedo observar la misma luna que decidió jugar a las escondidas, allá arriba de la línea del Ecuador.
    ¡Feliz domingo Jesús!
    Karen 🦋

    1. jgarcia

      Buenas tardes Karen,

      Gracias por tus amables comentarios. Este en especial está cargado de prosa poética, la luna también te inspira… Me gusta especialmente tu frase «Segura de sí misma y feliz de ser siempre contemplada, deseada y difícilmente alcanzad». Inspirada y acertada.

      Muchas gracias por visitar el blog y por leerme, es un placer para mí.
      Un saludo y nos seguimos, 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

  2. Maria

    Hola Jesús,

    Como ya intuía el relato me ha encantado. A lo largo del tiempo, mucho se ha escrito sobre este bello satélite, fuente de inspiración para muchos escritores. Tu relato es precioso, cargado de mucho amor y sentimiento. Y no es de extrañar ya que a lo largo de la historia son muchas las historia donde la luna es protagonista. El. Broche final lo pones con ese maravilloso fragment. Así que solo puedo felicitarte por este magnífico relato.
    Hasta la próxima lectura, nos vamos siguiendo 🤗👌😍

    1. jgarcia

      Hola María,

      Muchas gracias por tus siempre amables palabras y me alegro mucho de que te haya gustado este microrrelato, que ya tenía escrito desde hace tiempo pero esperé a tener una noche de luna llena para publicarlo.

      Gracias de nuevo por leerme y nos vamos siguiendo 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

Responder a Karen Gottlieb Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Ver más

  • Responsable: JESÚS GARCÍA JIMÉNEZ.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a HOSTINGER que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Esta web utiliza cookies. Para ver la Política de Cookies pinche en Ver más. Si continúa navegando, se considerará que acepta su uso.    Ver más
Privacidad