Microrrelato

Malogrado

Por Jesús García Jiménez

—¡Feliz cumpleaños! Toma, aquí tienes un pequeño obsequio, nada espectacular…— le dije, mientras le entregaba un paquete envuelto en papel de regalo con la forma inequívoca de un libro y le daba un beso en la frente, acariciándole la mejilla afectuosamente. Estábamos en una cafetería, o mejor dicho, estábamos en nuestro café literario de atmósfera bohemia y tenue iluminación, sentados en grandes y confortables sillones escoltados por estanterías repletas de libros. Acompañándonos, las respectivas tazas de café humeante y oloroso desprendiendo la magia y la inspiración que solo el oro negro en forma líquida es capaz de emanar. ­—Ohh ja ja ja, ¡muchas gracias! No tenías porqué. Gracias, de verdad. No digas que no es espectacular, un libro siempre es un regalo espectacular— dijo ella dándome un beso. —¿Tan evidente resulta lo que hay bajo el envoltorio? — dije bromeando, y ambos comenzamos a reír. Después de retirar el papel, ojear el libro y tener una corta conversación acerca del ejemplar, lo guardó en su bolso y la charla, como de costumbre, fue serpenteando entre temas interesantes. Tras dar un sorbo a mi café y sin soltar la taza, rompí el silencio en el que nos habíamos sumido momentáneamente diciendo: —Tanto tú como yo, por fecha de nacimiento, pertenecemos a una generación muy interesante, ¿sabes? Nosotros somos millennials, o de la generación Y. —Sí, algo he leído acerca del tema— respondió ella. —El nombre viene del inglés millennial generation, y agrupa a todas las personas nacidas entre 1981 y 1995, si no recuerdo mal. —Bueno, depende del autor, pero sí, en gran medida ese es el rango de fechas de nacimiento. Nuestros padres, por regla general, son baby boomers, nos antecede la generación X y los jóvenes que nos siguen pertenecen a la llamada generación Z.

—Algunos dicen que somos una generación única— continuó ella. —Una gran mayoría de nosotros se crio con internet y le resulta difícil recordar un mundo sin conexión. Dicen que hemos hecho posible una realidad en la que atender a varios dispositivos a la vez es perfectamente viable, y que vivimos hiperconectados. —Bueno, ciertamente es así— continué yo. —Pero no creo que hayamos sido nosotros los que hemos provocado esta situación, me refiero, al hecho de vivir hiperconectados. Más bien creo que nosotros hemos utilizado, de forma masiva, eso sí, una herramienta que han puesto a nuestro alcance y que ha demostrado ser tan eficiente que su uso se ha generalizado absolutamente para todo. Una herramienta excelente y muy potente, con posibilidades casi infinitas, pero que también trae aparejadas ciertas contraindicaciones. Hay entre nosotros muchos tecnoadictos a los que les invade una verdadera angustia y obsesión cuando por algún motivo no disponen de su smartphone o de conexión a Internet. —¡Ay, sí! Es cierto eso— dijo ella. —Además, esos tecnoadictos suelen estar encadenados a un consumismo permanente porque el hecho de comprar inmediatamente a través de dispositivos móviles, aquí y ahora, sin importar dónde y cuándo, les supone una gratificación instantánea que los convierte en consumistas natos. Pero es que, además, también he leído que muchos sufren de fatiga visual por permanecer tantas horas delante de la pantalla, y que los pulgares, la muñeca y las manos también pueden sufrir los efectos negativos del uso excesivo del teclado virtual. —Pues esto último no lo sabía, aunque tiene todo el sentido— dije yo, y añadí: —Sorprendente es también que muchos se vean afectado por una forma de depresión leve llamada distimia, provocada por cosas tan absurdas como un cartel que diga “entradas agotadas” o la ausencia del post semanal de su influencer favorito.

—El mundo se va al garete— dijo ella. Mi reacción, en un principio, fue reírme por la gracia con la que dijo estas últimas palabras, pero enseguida comprendí que no era algo gracioso, sino más bien una realidad palpable, y la sonrisa se desvaneció de mi cara súbitamente. —El problema principal no son las nuevas tecnologías, sino el uso enfermizo y anómalo de las mismas— continué yo. —Es una pena ¿sabes? Una generación tan preparada, de hecho, es la más preparada de la historia de la humanidad hasta el día de hoy, y sin embargo tienen -tenemos- tremendas dificultades para encontrar un empleo fijo y emanciparse, lo que desemboca en el hecho de que muchos aún viven en casa de sus padres y con una situación económica precaria—. Tras un breve silencio, habló ella: —Por ahí he leído también que otra de las características de nuestra generación es la transparencia, la colaboración, el compromiso y la tolerancia, que somos conscientes de la situación mundial y sabemos que el futuro político y económico acabará en nuestras manos. —Bah, ¿en qué manos? —interpuse yo. —En las de los de siempre, los que tienen el poder heredado porque pertenecen desde que nacen a una élite que es la que gobierna el mundo desde las sombras. Para el resto de los mortales no queda nada. ¿Una generación concienciada, comprometida y tolerante? Honestamente, no lo creo. Lo que sí creo es que es una generación maleada y engañada, atraída con los cebos del cambio climático, la igualdad, el feminismo, la tolerancia, etc. Ideas que tienen un origen muy noble, su esencia es sincera, pero han caído en la política y en manos de los políticos, y por tanto se han politizado, perdiendo así el carácter y la naturaleza que albergaban las ideas originales, que repito, son muy nobles. Mira esa basura que se han inventado del lenguaje inclusivo: ¿todes? ¿qué significa eso? La palabreja carece de sentido y no es más que una falta de ortografía acuñada por polítiques analfabetes y garrules—. Ambos comenzamos a reír. Y continué: —¿Y qué hay de los sexos y los géneros? Hay dos tipos de sexos, que son los que se registran en el certificado de nacimiento, ¡pero hay más de treinta géneros! Algunos de ellos tan estrafalarios y excéntricos que cuesta trabajo pensar que han salido de mentes humanas, que dicho sea de paso, así de retorcidas deben de ser esas mentes para que hayan conseguido inventar semejante categorización.

—Yo definiría a muchos de nuestra generación como de genio o carácter voluble e inconstante— dijo ella, —algo que finalmente contribuye a un aumento de la individualidad, buscando siempre diferenciarse del resto. —Yo iría incluso más allá —añadí—, y me atrevería a decir que una buena parte de los millennials son personas que tienen en su mayoría relaciones líquidas, carentes de algo por lo que luchar. Muchos de ellos crecen sin raíz en la tierra y se desarrollan socialmente sin hijos, sin familia, sin patria, sin clase, individualistas, como tú has dicho, y por eso no tienen problemas a la hora de emigrar, de ser cosmopolitas, de carecer de una pareja estable de forma continuada. Solo se defienden a sí mismos, porque al carecer de lazos sociales y comunitarios sólidos no son capaces de comprometerse con nada que no sea ellos mismos o, si acaso, con aquello que justifica su individualismo. Dependen únicamente de ellos mismos, y no tienen más responsabilidad que ellos mismos—. Hubo un silencio en el cual ambos quedamos pensativos, y no era para menos. Los millennials accedieron al mercado laboral durante la gran recesión de 2008 y hoy, cuando se supone que deberían estar formando una familia y progresando en trabajos cualificados y estables, siguen anclados al mismo sitio: con bajos salarios, incapaces de ahorrar, enfrentados a la llegada de una brutal crisis global aún peor que la de 2008, la del mundo postpandemia, y ante un futuro incierto que, según muchos expertos, pinta a catastrófico por el calentamiento global. Pero, sobre todo, es una generación agotada, exhausta, cansada de trabajar como robots, asfixiada por la adicción a las redes sociales y por la exposición constante a una cantidad ingente de información que, en la mayoría de las ocasiones, viene manipulada y tergiversada con fines oscuros.

Tras dar ambos un largo sorbo al contenido de nuestras tazas, ella rompió el silencio. —La precariedad laboral es quizás el mayor de los problemas que tenemos los millennials. Hasta hace poco, las empresas preferían no tener empleados sobrecualificados porque se quemaban rápido, pero ahora saben cómo aprovecharse de sus ventajas sin que se quejen. Leí no hace mucho un curioso artículo en el que se decía que, tradicionalmente, nadie quería contratar para un trabajo no cualificado -también llamados trabajos basura, trabajos de mierda o shitty jobs en inglés- a un trabajador con formación para que se quemase a los dos días, protestase al tercero y se marchase al cuarto. Pero esa tendencia parece estar cambiando, porque ahora las empresas han descubierto la manera de evitar eso haciendo que esos shitty jobs no vocacionales empiecen a ser tolerables por trabajadores cualificados. ¿Cómo? Dándoles más poder, más autonomía, haciéndoles sentir que pueden influir en su entorno, incrementando de ese modo su satisfacción y disminuyendo así el nivel de abandono. Esto les interesa muchísimo a las empresas porque, al fin y al cabo, este tipo de trabajadores tiene una formación que les ha dado mejores habilidades y los hace más ambiciosos, algo que se traduce, en última instancia, en un incremento del rendimiento y la productividad. —Doy fe de que es así porque eso mismo que has descrito lo he vivido yo— añadí. —Se aprovechan del buen hacer de los empleados cualificados que, de algún modo, siempre tienden a aplicar sus conocimientos a la actividad que desempeñan, sea cual sea. Pongo por ejemplo mi propia situación: un ingeniero siempre es propenso a ver las cosas desde su propia óptica, lo cual incluye un alto grado de organización, programación y análisis para la resolución de problemas de forma óptima. Será por eso por lo que yo, trabajando en un restaurante en el Reino Unido, terminé siendo supervisor con tareas organizativas y de planificación y con un equipo de personas a mi cargo. Conmigo hicieron exactamente eso: me dieron más poder y autonomía, más capacidad para influir en mi entorno de trabajo; aunque si bien mis responsabilidades aumentaron de manera exponencial, mi salario solo lo hizo de forma lineal, ya me entiendes— y dicho esto ambos empezamos a reír, o a reír por no llorar.

—Sí, te entiendo— respondió ella. —Una pena. Cuanto talento desperdiciado trabajando en tiendas, supermercados, restaurantes, cafeterías o repartiendo comida en bicicleta. Es una verdadera lástima. Nuestra generación se ha llevado todo tipo de varapalos en los últimos años, muchos dicen que es la que tiene el futuro más negro que se haya visto en décadas. Somos los más preparados, pero los que menos oportunidades tenemos, y no pocos nos tachan de “vagos”, de “egoístas”, “superficiales” e “inútiles”—. Aproveché la pausa que hizo mientras bebía de su taza y tomé la palabra. —Posiblemente esos insultos vengan de los culpables de la situación que vivimos, que no es sino fruto de las circunstancias que se nos han venido encima, provocadas en mayor medida por una profundísima crisis económica que nos ha impedido encontrar un trabajo o desarrollarnos a nivel profesional y personal al igual que las generaciones anteriores. Somos, salvo raras excepciones, una generación triste y desencantada con una vida que no es ni mucho menos la que pensábamos tener. —Bueno, ¿pero sabes una cosa? — me preguntó ella. —¿Qué? —Que como dijo Montesquieu, no hay un disgusto que no se pase después de una hora de lectura. Yo ya tengo la mía— dijo dando palmaditas en el bolso donde había guardado mi regalo. —Y tú ahora también tienes la tuya…— añadió a la vez que sacaba un paquete envuelto de su bolso, con la forma inequívoca de un libro, y me lo entregaba. —Así que nosotros tenemos nuestro remedio ante las preocupaciones de ser millennials— y ambos empezamos a reír. Lo cogí y le di un beso cariñoso en agradecimiento, pensando que todo era mucho más fácil y sencillo si se tenía la suerte de disfrutar de la compañía adecuada en el momento preciso.

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2 comentarios

  1. Maria

    Hola Jesús,

    Me encanta esta pareja que utilizas para contar los relatos, son muy divertidos y entrañables.
    Es muy triste lo que reflejas en el relato, pero es la cruda realidad. Una de las mejores generaciones echada a perder. Una generación preparadísima y con un futuro incierto y desolador. Como bien dices el problema está en la precariedad laboral. Esta generación estaba preparada para tener mucho éxito y la realidad es que ha atravesado algún tipo de recesión, con despidos masivos, estancamiento de los salarios, aumento del coste de vida…..
    Han experimentado una subida salarial lenta, por lo que el hecho de poder tener acceso a una vivienda, formar una familia, también sufre esa lentitud y la pandemia no está poniendo las cosas fáciles.

    De todas formas hay que mirar al futuro con optimismo, porque el optimismo es la fe que conduce al logro. Nada puede hacerse sin esperanza y confianza (Helen Keller).
    Hasta pronto y cuídate mucho 😊🤗🙋🏻‍♀️

    1. jgarcia

      Hola María,

      Gracias por pasarte por el blog y por leerme. Estás en lo cierto: hay que mirar al futuro con optimismo; aunque este pinte muy muy negro. Algo podrá hacerse, por el bien de todos…

      Cuídate mucho y nos vamos siguiendo, 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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