Microrrelato

Cadenas de papel

Por Jesús García Jiménez

¿Amor propio o amor a los demás? Pregunta no tan baladí como pudiera parecer en un principio, porque ambos están unidos irremediable e indisolublemente. De hecho, la relación que se establece física y socialmente con el entorno, en el significado más amplio de la palabra, se fundamenta esencialmente en la relación existente con uno mismo. Es más, se podría asegurar sin temor a errar demasiado, que el ser humano tiende a establecer lazos sentimentales con aquellos que reflejan en el exterior todas las sensaciones que se experimentan en la intimidad del interior. ¿Amor propio y amor a los demás? Cuando se excita en alguien la pasión del amor, la autoestima es la que define los límites del aguante en cualquier situación sentimental que se esté viviendo, o dicho de otro modo, será la relación la que coloque los límites que la autoestima defina. ¿A partes iguales? Las relaciones no son más que una expresión aumentada del respeto de sí mismo. Pueden convivir en armonía el amor propio y el amor a los demás, lo difícil es establecer en qué porcentaje, es decir, si debo quererme más a mí mismo que a la otra persona solo por si acaso. ¿Puede sacrificarse uno en beneficio del otro? Pese a ser una pregunta de fácil respuesta -claramente es un no rotundo-, aún hay muchas personas que no han comprendido que, en una relación, difícilmente puede existir el uno sin el otro. Es chocante, cuando menos, oír decir a alguien cuya autoestima está totalmente destruida que ama a otro o a otros, cuando en realidad no están advirtiendo el enorme engaño al que se están sometiendo a sí mismos. Si alguien ama a alguien, necesariamente implica que respeta los límites y no osa si quiera pisar una línea roja indefectiblemente establecida. Pero si alguien no se ama a sí mismo, no sabrá poner límites y nadie tendrá la obligación de respetar algo que no existe. Del mismo modo, si se ama a alguien más allá de la propia autoestima, ese amor que se profesa solo es parte de una relación tóxica y destructiva, fuente de muchos sinsabores y de pocas alegrías.

¿Cuán malo es dar prioridad al amor propio? Permítame responder a esta pregunta, desde mi humilde opinión: no es malo. Simplemente es dar antecedencia a sí mismo, o al prestigio que se ostenta, es un afán por mejorar la propia actuación. Quizá muchas personas ven algo negativo en el amor propio porque lo confunden con el narcisismo, sin llegar a comprender muy bien qué es lo que encierran tanto un término como el otro. El segundo es un trastorno de la personalidad por el cual se tiene un sentido desmesurado de la propia importancia, una necesidad profunda de atención excesiva y admiración, relaciones conflictivas y una carencia de empatía casi total por los demás. Pero tener amor propio y alta estima en uno mismo no implica ser narcisista, es simplemente conocer, por haber vivido las experiencias necesarias para ello, las fortalezas y debilidades personales y saber dónde están los límites, saber jugar con ellos y, sobre todo, utilizar este valioso conocimiento en el propio beneficio. Tampoco implica ser asocial, es simplemente querer experimentar la sensación de sentirse libre, de recorrer el camino sin ataduras, de probar y disfrutar la independencia en el sentido más amplio posible, algo que, sin embargo, no está necesariamente asociado a la ausencia de familia, amigos o relaciones personales íntimas, pero que sí lo está con la ruptura de los cánones sociales impuestos por los cuales hay que encontrar una pareja estable, hay que desempeñar un trabajo que en un alto porcentaje de las ocasiones se aborrece y está mal pagado, hay que firmar el contrato del matrimonio, hay que tener descendencia y hay que pagar una hipoteca llegando de milagro a fin de mes hasta que la persona ha perdido todo su vigor y su vitalidad. Y suerte se tiene si después de criar a los hijos no hay que criar también a los nietos.

A propósito de lo anterior, una ley no escrita, pero ampliamente bien establecida, determina que el propósito del ser humano en la tierra es el de cumplir con sus fines existenciales que le permitan desarrollarse en sociedad. Y para ello, es vital llevar su paso a la par de la tecnología, de los avances y de todo progreso, sin perder de vista que deben ser para el servicio mismo del hombre y nunca a la inversa. Sin embargo, una de las grandes paradojas del siglo XXI es el gigantesco abismo que existe entre la gran preparación, competencia y conocimiento tecnológico de la sociedad y la deplorable situación de su desarrollo moral y espiritual. Conformamos un mundo globalizado que, del mismo modo que ha ganado la inestimable herramienta de la tecnología, ha exacerbado la corrupción y la pérdida de valores en el grupo social, que en el mejor de los casos, y precisamente al amparo de la definición de grupo, ha pasado a un segundo plano. A lo largo de la historia, las sociedades se han visto sometidas al ritmo de vida de cada época; en la actual, el estrés, por ejemplo, determina el temperamento de la mayoría de las personas, haciéndolas irascibles e impulsivas en exceso y usurpando así el lugar privilegiado que la convivencia pacífica entre los individuos solía tener. Tan difícil es no pertenecer a esta sociedad como sentirse cómodo y en consonancia con ella. Desarrollarnos dentro de una colectividad marchita, engañada, rebosante de cánones, donde queda establecido incluso cómo se debe ser -o parecer- físicamente, donde las agencias de información y publicitarias, las farmacéuticas, las grandes tecnológicas y los poderes ocultos tras las figuras de los políticos de primera línea son los que realmente rigen los destinos del mundo. En esa sociedad, o mejor dicho, en esta sociedad, es donde la persona debe cumplir sus propósitos existenciales con el fin de desarrollarse.

«No, yo no quiero pertenecer a esta sociedad podrida, en la que todo aparenta estar al alcance al mismo tiempo que todo parece ser inasequible. Yo quiero ser libre». Pero cuidado con decirlo demasiado alto, porque ser libre significa poder actuar según la propia voluntad y tomar decisiones, mas también conlleva ser el único responsable de los resultados obtenidos, ya que en la vida hay una regla de oro que permanece inmutable a través de los tiempos y de las sociedades: Toda acción -causa- trae aparejada una reacción -efecto-, y del mismo modo que se es libre y se eligen las acciones que se toman en la vida, también se es el único responsable de los resultados obtenidos. Si éstos son satisfactorios se habrá logrado un triunfo. De lo contrario, se plantea el dilema de reconocer un fallo, algo que en la mayoría de las circunstancias es algo nada sencillo. Parece claro que mientras más libertad se goza, más responsabilidad se padece, porque alguien totalmente libre es asimismo totalmente responsable de lo que pueda sucederle. Y la responsabilidad, esa cualidad de obligación a responder de algo o por alguien, no solo no gusta, sino que puede llegar a causar rechazo e incluso miedo. Posiblemente sea esa la razón por la que la mayoría de las personas, quizás inconscientemente, se prestan ciegamente a pertenecer a la sociedad para aliviar de ese modo el insoportable peso de la responsabilidad. Mire a esos chicos jóvenes, pertenecientes a la generación más preparada de la historia de la humanidad. ¿Por qué no tienen trabajo? ¿porque se equivocaron yendo a la universidad? ¿porque no son capaces de aportar suficiente valor a ninguna empresa? ¿o porque la economía está destrozada por culpa de políticas devastadoras y el sistema universitario es una farsa y además está saturado? O mire a ese pobre hombre, a punto de ser desahuciado. ¿Se merece que el banco le arrebate la vivienda porque firmó un crédito muy por encima de sus posibilidades que además sabía que difícilmente iba a poder pagar? ¿o son los bancos unos ladrones y unos especuladores sin escrúpulos cuyo único objetivo es ganar dinero a costa de arruinar a personas que soñaban con la vida deseada? En las cuestiones anteriores, ser totalmente libre supone aceptar las respuestas más amargas, mientras que asumir el papel dentro del conjunto de la sociedad puede exonerar, en cierto modo, la culpa de tan espinosa coyuntura.

¿Se puede llegar a ser libre en el sentido más amplio de la palabra? ¿Es el ser humano realmente poseedor de su libre albedrío? Según este término con implicaciones religiosas, éticas, psicológicas, jurídicas y científicas, las personas tienen la potestad de obrar por reflexión y elección, es decir, tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones de modo que los individuos son los únicos responsables de sus propias acciones. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. ¿Acaso tuvo usted la oportunidad de elegir y obrar por su propia cuenta durante los estrambóticos meses de la pandemia? Yo tampoco, ni nadie. Además, en los Estados “democráticos” ser libre supone un derecho de valor superior que asegura la libre determinación -o decisión- de las personas, aunque las leyes humanas limitan esta forma de libertad, ya que, por ejemplo, nadie es libre de no ser representado por políticos dentro de una nación, pese a que lo más probable es que ninguno de ellos esté a la altura para hacerlo de forma honrada y correcta. Y parece algo absurdo, pero ha dado mucho juego para el análisis entre filósofos y pensadores: las leyes naturales, como las leyes físicas, entre ellas la ley de la gravedad, son también un fundamento importante para la libertad de todos los seres vivos existentes en el universo, porque absolutamente nada ni nadie puede escapar a su sometimiento. Por tanto, solo nos queda tener la ilusión de estar atados con cadenas de papel y poder ser capaces, algún día, de romperlas para conquistar la libertad que la Madre Naturaleza nos permita alcanzar en comunión con su grandeza.

Amarse a sí mismo al menos tiene una ventaja: no hay muchos rivales

Georg Christoph Lichtenberg
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5 comentarios

  1. Karen Gottlieb

    Acuerdo totalmente con las ideas expuestas y desarrolladas en tu relato Jesús.
    Sin amor propio, si no nos respetemos nosotros mismos sin tener en cuenta nuestros deseos y necesidades individuales y colectivas es muy difícil poder empatizar, comprender e interactuar con los demás respetando límites y derechos.
    Estamos viviendo épocas difíciles y como bien dices, muy desarrolladas tecnológicamente pero nos enfrentamos a una estimulación exagerada al culto del poseer cosas, de actuar según ciertos patrones en lugar de desarrollar un saber ser que nos mejore como sociedad.
    Son tiempos difíciles. Estamos sobre estimulados visualmente pero al mismo tiempo estamos muy solos en un mundo que se ha convertido en una batalla en busca del exitismo.
    Tal vez aún estemos a tiempo de darnos cuenta que enriquecer nuestro interior y las relaciones con nuestros pares desde un lugar más amoroso y respetuoso, comprender cuáles son nuestros reales derechos y obligaciones sociales, mejorar nuestra relación con nuestra Madre Naturaleza, nos despierte de este eterno y autodestructivo letargo.
    Feliz noche Jesús!
    Karen 🦋

    1. jgarcia

      Buenas noches Karen,

      No puedo más que estar de acuerdo con todo lo que dices, sin añadirle un punto ni quitarle una coma. Pero me quedo con esto: «Estamos sobre estimulados visualmente pero al mismo tiempo estamos muy solos». Genial y muy certera observación.

      Muchas gracias por pasarte por el blog y por comentar, es un placer para mí tenerte por aquí.
      Un saludo Karen, nos vamos siguiendo 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

  2. Maria

    Hola Jesús,

    Estoy de acuerdo contigo que tener amor propio no es malo. Todo lo contrario. Es necesario tener respeto por uno mismo para que los demás nos respeten. Sin respeto por uno mismo, no podemos tener una vida plena y satisfactoria. Debemos aceptarnos tal y como somos y sentirnos a gusto con nosotros mismos. El hecho de que quieras ser una persona libre y sin ataduras para poder tomar tus propias decisiones, denota que tienes una gran personalidad y tus ideas muy bien marcadas y esa decisión es tuya y solo tuya.

    “Cuando me amé de verdad comprendí que en cualquier circunstancia yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces pude relajarme. Hoy sé que eso tiene un nombre….. Autoestima “

    “Cuando me amé de verdad comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama….. amor hacia uno mismo”

    No debemos tener miedo de cuestionarnos….. Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

    Charles Chaplin

    1. jgarcia

      Hola María,

      Gracias por leerme y por dejar tu comentario, que, como siempre, está tan bien razonado y fundamentado.
      Estoy de acuerdo contigo en todo lo que añades, y me gustan mucho las citas que añades, tan oportunas y enriquecedoras.

      Gracias de nuevo y seguimos en contacto. Cuídate 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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