Microrrelato

Virtual

Por Jesús García Jiménez

Y ante mí se abre un mundo de posibilidades. Nada es imposible y todo es alcanzable. Aquí soy yo el único amo y señor, dueño de mi destino, hombre de éxito y soberano en mis dominios. Mis posesiones carecen de fronteras, abarcando desde las extensas y agrestes tundras árticas hasta los desiertos de Namibia y Australia, desde las taigas de Alaska hasta las estepas de la Patagonia argentina, pasando por los bosques tropicales de Sudamérica, África y Asia y cubriendo los mares y océanos que, mansos o furiosos, acogen en sus entrañas vida rebosante y eternos secretos. Los días son radiantes, el celeste infinito me acoge en su seno y el Astro Rey, fiel, ilumina mi camino cual faro grandioso y omnipresente. La colorida floresta, resplandeciente y jubilosa, me tiende sus brazos verdes, y mientras me abandono a su regazo me embriago con su esencia pura y fresca, sincera, cálida, a la vez que los pájaros, adalides de los cielos, se afanan en llenar el aire con sus delicadas y efímeras melodías. Las noches son románticas y misteriosas, hogar de una dama coqueta y esquiva, musa de poetas, que mora envuelta en un manto de terciopelo negro salpicado de infinitas perlas titilantes. Quizá duerma arropado bajo la sombra luminosa de las auroras boreales, o quizá lo haga bajo un denso manto estrellado que me desvele los secretos del universo. «No hay prisa, ya decidiré más tarde», pienso mientras alzo la mano para acariciar las algodonosas nubes de geometrías caprichosas que vagan tranquilas y serenas por el azul majestuoso.

Mi mundo es infinito en el espacio y en el tiempo. En él la parca de la guadaña, la gran igualadora, se ve indefensa e impotente. Aquí no existe el miedo a ella porque no solo está el aquí y el ahora, también está el pasado, el futuro y el más allá de la vida, tangible y sobre todo alcanzable. En mi mundo, la muerte se reduce a un mero cambio de estado, perdurando por siempre las generaciones para contar la historia de los apellidos y guiar los pasos de sus lejanos descendientes. Aquí los grandes pensadores nunca mueren y siempre están presentes, dispuestos a mantener un interesante coloquio con cualquiera que desee apoyarse sobre sus elevados hombros de gigantes para alcanzar a ver los más amplios horizontes. Paseando entre las nubes, blancas garantes de sentimientos y secretos, se alzan ante mí modernas estanterías repletas de sonrisas, llantos, caricias, dichas y sufrimientos. Salen a mi encuentro, tan reales en mi mundo, aquellos que siempre estuvieron y nunca se ausentaron. —Evita enamorarte solo de las flores, y mira también a las raíces, porque no siempre es primavera y las calles se tornan otoñales— me dice uno. —Llamemos al Fénix de los Ingenios— le respondo yo, —que nos explique qué es el amor tal y como hace en su exquisita poesía. —No te olvides del niño que un día fuiste, pues es el que requiere de una mayor atención. Recuérdalo, acógelo y sánalo— me dice otro. —Ciertamente la necesita— le digo, —porque hace tiempo que de él ya me olvidé. Poco queda de aquella sonrisa risueña y ojos inocentes, tornados ahora en muecas de amargura y mirada astuta y desconfiada.

En mi mundo no existen las barreras, el tiempo se detiene y el espacio indefinido se reduce a un punto, una región finita dentro del cosmos que se oculta tras mi propio horizonte de sucesos, una región envuelta en una frontera espacio-tiempo con un número de dimensiones solo acotado por los límites de mi creatividad y más allá de la cual, los eventos que acaecen no afectan a cualesquiera observadores ulteriores. Invisibles y omnipresentes hacedores engendrados en ceros y unos ponen a mi alcance una crónica a mi medida de ese loco mundo exterior que no me pertenece y al que yo no pertenezco, alimentan mi imaginación y estimulan mis sentidos en virtud de esas manifestaciones artísticas de naturaleza creativa y elevado valor estético llamadas Bellas Artes, invitándome a su contemplación maravillosa sabiéndolas salvaguardas de los más sublimes deleites y las más angustiosas conmociones nacidas del saber y el raciocinio humano; me invitan a pensar acerca de los orígenes del universo, a contemplar los cielos y a intentar dilucidar los misterios que alberga el firmamento, a conversar con los números y a dejarme caer ingrávido en los abismos de las teorías que intentan explicar las leyes celestes; me empujan a explorar el idioma en el que hablan las máquinas, su lenguaje incomprensible con el que se escriben los códigos de un mundo en el que absolutamente todo está nítidamente difuso, con el que se escribe una red de inteligencia colectiva forjada por tácitas identidades que fluyen por el espacio cual conectadas notas musicales.

Por amor al arte de crear y conocer, doy largos paseos por lustrosos huertos de manzanos que se extienden espléndidos y vistosos en un valle de poniente. Sentándome a la sombra de un robusto y frondoso árbol, a la usanza de Newton, tomo el fruto y lo muerdo, saboreando su carne dulce y jugosa. Ante mí, su silueta con el bocado que le falta desde el lado opuesto a la luz que despiden los últimos rayos del Señor de los Días, que desaparece tras el vasto océano en su incansable periplo estacional. «¿Pérdida de la inocencia, hallazgo del pecado y el conocimiento? ¿fuente de discordia entre las Diosas? ¿símbolo del renacimiento y clave para la inmortalidad? ¿alegoría de la paz y la concordia a través de la cultura?» me pregunto mientras observo la curiosa figura de tonalidad áurea que se extiende misteriosa por infinitos decimales. «Es posible que se pierda la inocencia y se alcance el pecado, dado que el conocimiento es un equilibrista que se tambalea sobre la tirante cuerda del bien y del mal y éste puede terminar perdiendo la frágil estabilidad para caer y perderse por los precipicios de la moral y la ética, arrastrando de ese modo a Hera, Atenea y Afrodita; aunque también cabe la posibilidad de que sea la llave de la vida eterna, siempre acompañada de la cultura como guardiana de la paz y del entendimiento» me respondo a mí mismo. «Quizá sea la herramienta óptima para lograr un mundo más descentralizado, en el que sea más fácil interactuar, en el que muchos de los muros y barreras antes infranqueables se conviertan en meras marcas sobre el pavimento testigos de su otrora existencia. Quizá».

Y de nuevo la realidad. Cruda, inmisericorde. Todos los portales que se abren hacia ese mundo mío digital están ahora desconectados. Dejo el teléfono inteligente a un lado sobre en la mesa. Saco lo auriculares de mis oídos y cierro suavemente la pantalla de mi ordenador personal. En todos ellos luce, flamante, el icono de la manzana mordida. Es mi mundo y no pocas veces mi refugio, pero no pierdo el norte y soy consciente del carácter irreal e imaginario de todo sobre lo que se sustentan los cimientos de esa intimidad mía, en la que me abandono a los brazos de aquello que sacia mi sed de conocimientos y proporciona alivio a mis rigurosos y severos sentidos. Mi mundo es mío, pero a la vez de todos y de nadie, secreto y desconocido, donde lo único que perdura y rompe los límites entre lo terrenal y lo cibernético es la nobleza y profundidad de las Bellas Artes y la sinceridad y transparencia de la filosofía natural, todas ellas siempre fieles y dispuestas a brindar valiosa compañía y enriquecimiento moral y espiritual. Literatura y música. Mi mundo real. Mi mundo virtual.

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3 comentarios

  1. Maria

    Efectivamente, estoy de acuerdo contigo, un buen uso de la Cibernética nos proporciona herramientas muy interesantes para la información, pero si se hace un mal uso de ella….. cuidadito.

    Un placer leer tus artículos ya lo sabes. Cuídate tú también y nos vamos siguiendo por el Ciberespacio 😂🙋🏻‍♀️

  2. Maria

    Hola Jesús,

    El mundo virtual lo veo un mundo frío y artificial donde el contacto físico es nulo y te aparta de todo lo que te rodea, sumergiéndote en un entorno que simula la realidad.
    Tal vez utilizarlo para escapar de esa realidad que en ocasiones nos agobia y como una mera distracción puede estar bien, pero en mi opinión el mundo real, el aquí y ahora, el poder ver, oír, oler de una manera real no tiene comparación.
    A veces la realidad que vivimos a través de los dispositivos electrónicos nos hace cuestionarnos si no será verdad lo que hay en esa vida virtual.

    “ Vivimos en un mundo de fantasía, un mundo de ilusión. La gran tarea de la vida es encontrar la realidad “.

    Iris Murdoch

    Saludos y hasta la próxima lectura 😊🙋🏻‍♀️🥰

    1. jgarcia

      Hola María,

      Gracias por pasarte por el blog y por leerme. Tienes toda la razón, el mundo virtual es un mundo frío y artificial donde el contacto físico con todo lo que nos rodea es nulo. Como escribo en el último párrafo del microrrelato, «es mi mundo y no pocas veces mi refugio, pero no pierdo el norte y soy consciente del carácter irreal e imaginario de todo», y «mi mundo es mío, pero a la vez de todos y de nadie, secreto y desconocido».

      EL mundo cibernético, bien empleado y sabiéndose mover por él, es un «lugar» con infinitas posibilidades y una excelente herramienta de cara a obtener conocimientos e información, pero nunca hay que perder de vista que no es el mundo real. Y ahí es donde muchas personas se desvían y tiran por el camino equivocado.

      Muchas gracias otra vez María, cuídate y nos vamos siguiendo 🙏🏻🙋🏼‍♂️🤗

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