Microrrelato

Velada majestad

Por Jesús García Jiménez

«… a veces pienso que la Naturaleza es la única capaz de dar satisfacción sincera, pura. Ella acoge a todo el mundo, en su seno cualquiera es bienvenido y su contacto supone un bálsamo para cualquier persona con el alma cansada, pero muy especialmente para los que sufren de ese maldito mal endémico que los psicólogos llaman fatiga mental, una condición que se ceba con un porcentaje muy alto de la población y especialmente con los aquellos que pertenecen a la Generación Y, también llamados millennials, una generación que agrupa a los jóvenes mejor preparados de la historia de la humanidad y que se han visto relegados a un irremediable ostracismo social y político, copando con sus sobrecualificados perfiles de vida trabajos basura y a menudo los peor pagados y los más bajos de la escala laboral…»

Absorbido por esos pensamientos iba caminando por uno de los lugares más inhóspitos y agrestes de estas tierras septentrionales, siguiendo un pequeño y accidentado sendero que discurría en paralelo a un bullicioso arroyuelo que bajaba revoltoso, ajeno a toda la locura que invade el mundo exterior. De vez en cuando algunos pájaros, moradores de aquellos alejados terrenos, se posaban sobre rocas cercanas a la vereda, lanzaban sus fugaces melodías y retomaban su vuelo impredecible y frenético para desaparecer nuevamente por entre los peñascos grisáceos de formas caprichosas. Un enorme páramo sin plantas ni árboles, sin flores, sin arbustos ni matorrales, solo una extensión de terreno cubierta por un tapiz de hierba verdosa y amarillenta que se extendía hasta donde la vista se topaba con las montañas que se erigían al fondo, que no por carecer de grandes alturas son menos espectaculares, haciendo gala de una apariencia temible. Silencio. El alegre gorgoteo de las aguas del arroyuelo y el canto circunstancial de los pájaros acariciaban al siempre discreto y sincero silencio, dignificándolo y magnificando su grandeza.

Experimentaba una intensa sensación de libertad, única, a la vez que mi mente se liberaba y desconectaba de todo aquello con lo que debería romper ataduras en aras de la dicha y la satisfacción. Soy muy propenso a reflexionar y a perderme en mis propios hilos de pensamiento, pero no hay duda, al menos para mí, de que al aire libre y en soledad es, quizá por el estado de relajación y liberación inducida, donde mis pensamientos y cavilaciones alcanzan cotas más elevadas y donde me asaltan las ideas felices, como suele decirse en el argot de la ingeniería, o lo que es lo mismo, donde me viene la inspiración para dar forma a algunas de las que considero mis mejores creaciones, que más tarde hago inmortales soltándole marras para dejarlas navegar libremente por el vasto océano digital omnipresente en nuestras vidas.

La mezcla de formas, colores, olores y sonidos se unen como las piezas de un puzle para gestar el todo, para conformar la Naturaleza y darle su propia identidad, tan sublime y a la vez tan desconocida e incomprendida por el hombre. Mientras descendía por su abrupto regazo, desplegaba ante mí todo el poderío y el embrujo de su misteriosa belleza, embargándome una sensación de libertad y felicidad difícilmente descriptible, pero sumamente placentera, relajante y liberadora. Un gran lago de montaña de oscuras aguas turquesas se abría ante mí, flanqueado por unas laderas imponentes y casi verticales que custodian celosamente el encanto y la belleza de aquel mágico lugar. Serpenteando por entre enormes rocas y senderos difusos y escurridizos, alcancé la orilla de aquella masa de agua que un tiempo atrás se me antojaba lejana e incluso inaccesible. Verdes pastos arropaban la fina arena marrón, y el agua se mecía placenteramente, sin prisa, consciente y sabedora de su fluida eternidad. Las pequeñas y suaves ondas arribaban a tierra firme, y con timidez y delicadeza acariciaban las puntas de mis dedos. Una fuerza irresistiblemente seductora me obligó a sentarme en una roca que, adormecida en la perpetuación del tiempo, permanecía en la misma orilla. Arropado por la magia de aquel entorno, borracho de su belleza y formando parte de un lienzo que solo puede ser obra de la artista por excelencia, es cuando se entiende sin tapujos lo que realmente somos, como funciona este sistema demencial y abocado al desastre que llamamos sociedad y, sobre todo, lo insignificante de la condición humana en comparación con aquella que nos permite morar en su seno.

«No creo que haya muchas personas conscientes de su pequeñez, limitación e insignificancia. Hemos perdido, en general, el sentido de la proporción y perspectiva del mundo que ha tenido la mala suerte de tener que acogernos, este mundo que es a su vez tan extremadamente pequeño en comparación con la galaxia o el universo. Los datos y números que nos aporta la astronomía son un claro ejemplo de nuestra mínima realidad. No somos ni mucho menos el centro del universo, de hecho, el universo no tiene un centro definido -algo que pensado fríamente podría ser muy revelador-, y tampoco somos, simplemente por estadística, los únicos habitantes de nuestro sistema galáctico o del universo, ya que podría haber hasta 6.000 millones de planetas como la Tierra solo en nuestra galaxia. ¿Dónde está, pues, el origen de la soberbia y el orgullo del ser humano?», reflexionaba mientras observaba la masa de agua que se extendía ante mí. Una maravillosa sensación de soledad y aislamiento, en comunión con aquel silencio que solo daba paso al murmullo de las pequeñas ondas acariciando la orilla, me abrumaba, me cautivaba, me hacía jurarle amor eterno a nuestra Madre Naturaleza.

«En mitad de estos parajes no hay alboroto, ni griterío. Ellos están bajo el amparo de una grandeza superior; aquí el daño, la violencia, la destrucción y la muerte, todas ellas tristes señas de identidad del ser humano, simplemente no tienen cabida, pero tampoco son ajenos a la esencia devastadora que nos caracteriza, por la que somos capaces de trastocar todo orden establecido y destruir o, cuando menos estropear, todo con cuanto nos tropezamos. Habita, en casi todos, un afán desmesurado de soberbia y autosuficiencia a todas luces injustificado e incomprensible, sin ser todavía plenamente conscientes de que las personas de hoy somos seres insignificantes y anónimos perdidos en el flujo del tiempo entre todas aquellas que nos precedieron, las que nos acompañan y las venideras, y somos aún más baladíes si consideramos que nos rodean miles de millones de estrellas y planetas en los que, a buen seguro, existe vida -más- inteligente». Levantándome despacio y estirando las piernas, me colgué de nuevo la mochila con la idea de continuar mi travesía. Me agaché, tomé un pequeño puñado de arena fría y húmeda y la dejé caer nuevamente sobre la orilla, simulando un reloj de arena y el correr del tiempo.

«Nuestra vida es como un suspiro impregnado de finitud y caducidad, poco más que un abrir y cerrar de ojos envuelto en fragilidad y vulnerabilidad», pensaba. Sacudiéndome las manos con suaves palmadas, observé por última vez aquel entorno grandioso con toda mi admiración y respeto, y poniéndome en marcha retomé el camino que llevaba trazado en mi mente, a la vez que pensaba: «es aquí, empequeñecido frente a la grandeza de estos imponentes escenarios, cuando se alcanza una percepción real y sin distorsiones de la insignificancia y nimiedad del ser humano frente al colosal e ilimitado poderío de la Naturaleza, una grandeza que estamos empeñados en arruinar y asolar al mismo ritmo que cavamos la tumba de las generaciones venideras, condenadas sin remisión a habitar en un mundo más duro, menos humano, inhospitalario y de una belleza marchita y sin lustre; ajenos a que en cualquier momento puede golpearnos con una ira despiadada mediante la fuerza demoledora e incontrolable del agua, con el infierno de los fuegos, con el poder devastador de los huracanes, con las fieras sacudidas de los terremotos o con el vómito incandescente de los volcanes. Y ante esos fenómenos, el ser humano, indefenso, no es más que eso, un humano».

Cuando veo los cielos, obra de tus manos, la luna y las estrellas que creaste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te preocupes?

Salmos 8:4-5
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6 comentarios

  1. Karen Gottlieb

    Hola Jesús!
    Cuando piensas y escribes «Nuestra vida es como un suspiro impregnado de finitud y caducidad, poco más que un abrir y cerrar de ojos envuelto en fragilidad y vulnerabilidad», creo que la mayoría de la gente no comparte este pensamiento, la irrefutable certeza de nuestra fecha de caducidad, de la fragilidad humana en todos sus aspectos pero al mismo tiempo del daño irreversible que le estamos haciendo a nuestro planeta destruyendo recursos naturales y viviendo sumergidos en una vorágine laboral y competitiva que no permite conectarnos con nuestra Madre Naturaleza, con todo aquello que nos ayuda a posicionarnos mejor en el aquí y ahora prestando más atención a nuestros sentimientos y emociones, a nuestra relación con nosotros mismos y nuestros pares.
    Es triste. Tanta evolución tecnológica, tanta inteligencia artificial nos ha alejado de nuestras raíces, haciéndonos olvidar de un “saber ser” más humano, ético y empático con nuestro hábitat y todos aquellos que lo habitamos.
    Te deseo una feliz noche y un buen comienzo de semana Jesús.
    Siempre un placer leerte.
    Karen🦋

    1. jgarcia

      Hola Karen,

      Maravilloso comentario, como siempre, al que poco más puedo añadir. Sin duda, y como tú misma indicas, poca gente comparte el hecho de que nuestra vida es como un suspiro impregnado de finitud y caducidad, poco más que un abrir y cerrar de ojos envuelto en fragilidad y vulnerabilidad, porque de ser así, el ser humano sería menos altivo, menos soberbio y el mundo sería un lugar menor donde vivir y la Naturaleza no se vería sometida al brutal maltrato que sufre día tras día.

      ¿Evolución tecnológica? Necesaria como herramienta, pero para hacer al ser humano un ente mejor, más productivo y eficiente, pero también para hacerlo mejor persona y para aumentar su nivel de concienciación con la Naturaleza. Yo amo la tecnología, podría decirse que es mi herramienta de trabajo, pero soy perfectamente consciente de que es una herramienta que, al igual que maravillosa si se emplea con fines nobles, puede ser el peor arma y la más destructiva a la que tenga que enfrentarse -si no se está enfrentando ya- el ser humano.

      Es un placer que me leas, y me alegra mucho que visites mi blog, lo cual espero que no dejes de hacerlo nunca.
      Pasa una feliz semana Karen, nos seguimos 🙋🏼‍♂️🙏🏻🤗

      1. Karen Gottlieb

        Me encanta tu blog, Jesús! Solo que pasaron las 12 de la noche y si no me duermo temo convertirme en calabaza 😉
        Tus relatos inventan a la reflexión y participación.
        Organízate un Meet así debatimos en vivo y en directo sobre estas temáticas tan interesantes.
        Podríamos cambiar los tópicos en cada encuentro.
        Me encantaría! Piénsalo
        Muy buen miércoles !!
        Karen 🦋

        1. jgarcia

          Ohhh muchas gracias Karen, por tus amables palabras! Me encanta que te encante mi blog 😉 Si buscamos la manera de salvar la diferencias horarias y las ocupaciones, podríamos discutir algunos temas que yo considero muy interesantes…
          Gracias de nuevo por tu interés Karen,
          Nos seguimos 🤗🤗

  2. María

    Hola Jesús,
    Como me alegro de que hayas escrito este relato, en el cual reflejas tu amor por la naturaleza y nos haces reflexionar sobre lo mal que la estamos tratando.
    La naturaleza es lo mejor que tenemos a nuestro alrededor. Como bien dices, somos seres insignificantes y muy pequeños frente a toda esta maravilla. Y mi pregunta es ¿Cómo seres tan insignificantes, pueden ser tan destructivos?
    No entiendo que el ser humano esté empecinado en destruir lo único hermoso que tenemos.
    Muchos ecosistemas se están viendo afectados por la degeneración del medio ambiente a consecuencia de la revolución industrial y nadie hace nada. Los desastres medioambientales, los estamos sufriendo, cada vez son más frecuentes y de mayor intensidad. La naturaleza, nos está avisando y se está rebelando contra nosotros.
    Mientras el ser humano no entienda lo importante que es el medio ambiente para la vida, la tierra seguirá muriendo lentamente ante nuestros ojos irremediablemente.
    Disfruta mientras puedas de todo lo hermoso que te ofrece la naturaleza.
    Cuídate mucho y nos vamos siguiendo 🙋🏻‍♀️😊

    1. jgarcia

      Hola María,

      Muchas gracias por visitar el blog y por leerme, y también por dejar un comentario tan reflexivo y profundo, tan en tu línea.
      ¿Qué más puedo decir que no sea darte la razón en absolutamente todo lo que plasmas en tu texto? Efectivamente, mientras el ser humano no entienda lo importante que es el medio ambiente para cualquier forma de vida, la tierra seguirá muriendo lentamente ante nuestros ojos. Y llegará un punto de no retorno en el que entonces se comprenderá el daño irremediable que se ha causado durante siglos.

      Gracias de nuevo por tu fantástica aportación, María.
      Nos seguimos 🙋🏼‍♂️🙏🏻🤗

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