Microrrelato



Alba

Por Jesús García Jiménez


Acurrucado en la inmensidad de su regazo me hallo esquivando esa funesta realidad que se torna impotente y cuyas garras se convierten en cera derretida por el encanto de su ojos indescifrables y enigmáticos. «Ahora ya lo sé», pienso mientras, pequeño y manso, alzo mis ojos hacia su rostro blanco de nácar punteado por constelaciones de pecas y lunares, «he sucumbido sin remedio a las cadenas de su hechizo». —Nadie me dijo que, aventurándome en tu seno, me abandonaría a mí mismo y flotaría en los brazos del viento acariciado por las notas armoniosas del canto de los pájaros, y que tus palabras caerían en mis oídos como lo hace el agua que, bajando las cañadas, se precipita por las cascadas en alegre algarabía. Mujer de silenciosa y desolada belleza que me tiendes tu mano suave, cada encuentro contigo es una experiencia sublime y desconocida que colma mi ánima de júbilo al principio y la abandona henchida de tristeza y nostalgia cuando los lazos invisibles y aún duros como el acero me arrancan de tu lado para llevarme lejos, a un mundo bullicioso y rebosante de despego—. Ella me acaricia con la suavidad de la brisa, dibujando una sonrisa, y sin palabras, con el idioma de la Madre Naturaleza, me susurra al oído: —Tampoco sabías que en mi compañía gozarías del cortejo de la Soledad, la más fiel de las amigas, la más intensa de las amantes, la musa por excelencia de tus versos. Ella mora en mis adentros y me hace irresistible y deseada, refugio de pensamientos y alivio de tribulaciones, amada por hombres de todos los siglos y dueña de tus pensamientos e ilusiones. 

—Sabes bien que sucumbí a la inmensidad de tus encantos desde el instante mismo en que te conocí. Fue entonces que quedaron a ti supeditadas mis potencias de memoria, entendimiento y voluntad, y me convertí en un pobre loco enamorado embargado por el deseo incesante de perderme entre tus cabellos espesos y frondosos cual bosques milenarios de pinos caledonios; de acariciar y recorrer incansable tu piel fresca y sedosa como la hierba lozana hasta coronar tus senos de plata, irresistibles y atractivos cual desafiantes montañas que clavan sus cimas en la espesura del azul eterno; de vagar errante por tu vientre plano como lo haría por un inmenso valle pletórico de vida y de belleza, regado por infinidad de arroyos que descienden frenéticos por las laderas que se interponen en el horizonte; de sentir tus muslos tersos y rosados, fragantes como campos de orquídeas que asoman presumidas entre el pasto para coquetear con el viento de la aurora—. Inmersos ambos en la profunda quietud de estos grandiosos y remotos parajes, sus hechizantes y cautivadoras palabras, ininteligibles para muchos, se entremezclan con el murmullo de las aguas y con el trino alegre de los pájaros, calando indelebles en mis sentidos como lo hace la tinta del maestro que vuelca con devoción sus conocimientos sobre el pergamino: —Y tú sabes que aquí estoy, inamovible en el tiempo y el espacio, siempre presta a regalarte mis encantos, deseosa de entregarme a tus sentidos, de mostrarte mi cuerpo desnudo en la intimidad de nuestro aislamiento; me gusta sentirme deseada, y a ti, que sabes cortejarme, te brindo un mundo de sensaciones, de intensas emociones, de vigorosos sentimientos difícilmente superables en magnitud. Cada cita nuestra es una nueva aventura, una nueva comunión entre cuerpos y almas en la que nuestro amor estrecha lazos y sigue la senda hacia el olimpo de la inmortalidad.

La brisa fresca que resbala por sus faldas acaricia su cabello denso y exuberante, provocando un suave y armonioso murmullo que se recrea en mis oídos y me afina la razón. De repente, nubes oscuras asoman por el horizonte, la faz se le ensombrece y sus ojos color turquesa llenos de vida cual remotos lagos de montaña comienzan a llorar lágrimas de agua dulce que resbalan por su rostro indómitamente bello, a modo de caudalosos ríos despeñados por imponentes cascadas que rompen las laderas, heridas por el paso del tiempo. —¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? — le pregunto afligido. —He sufrido en mi propia piel el ansia de poder, la maldad y la miseria humanas, por mí se han librado cruentas guerras y me han llenado el cuerpo de heridas de las que han manado torrentes de sufrimiento y de dolor, he visto a los más vulnerables bajo el yugo del padecimiento atenazados por un sufrimiento indecible mientras buscaban cobijo en mi regazo. Intentaron atraerme a su lado con la única motivación de mi conquista, y aunque no consiguieron eclipsar mi belleza, los ríos y los arroyos fluyeron más lentos, el agua se puso gélida para que nadie la tocara, los pájaros guardaron silencio y los árboles dejaron de susurrar porque la brisa se quedó quieta y ya no gustaba de juguetear entre la densa foresta. Pero nunca lograron oscurecer mi esplendor y magnificencia, mi carácter indómito permaneció inmutable y seguí enamorando a los hombres, albergando sus sueños e ilusiones y atrayéndolos a mí de manera irresistible como musa de los espíritus inquietos y aventureros. Así he persistido en el tiempo, así me has encontrado en tu camino y así me he convertido en la dueña de tus pasiones. 

Yo la observo en silencio, maravillado por esa imponente belleza suya que ciertamente no ha perdido ni un ápice de lustre en el tiempo. Mientras se enjuga los ojos de lágrimas con un delicado lienzo de tartán, no puedo sino intentar profundizar en mi imaginación para descifrar la magia y el misterio que se oculta tras su incontenible atractivo. Su enigmática esencia se dibuja difusa, y se escurre huidiza con el crepúsculo para surgir al día siguiente con renovada fuerza en un nuevo amanecer, abriéndose paso entre las robustas montañas que guardan celosamente el tesoro de su encantamiento. Su turbulenta historia emerge de entre las nebulosas que se elevan sobre valles y cañadas para crear una impetuosa vorágine que danza a su alrededor y en la que se entremezclan la realidad y la leyenda. Ya serenado su espíritu, tiene la mirada perdida sobre el lago que se extiende ante nosotros y con movimientos suaves y graciosos peina su melena cobriza, despidiendo un delicioso aroma a exuberante naturaleza que el hálito de la tarde me obsequia contenido en un frasco de color celeste. —¿Ves todo esto? —dice ella de repente, rompiendo el silencio natural de aquellos imponentes parajes, —solo a mí me pertenece, y a nadie más. Me gusta salir a pasear por esos extensos páramos y sentir su quietud sepulcral, o perderme entre aquellos densos bosques y ver como las hadas conjuran sus hechizos y los duendes desaparecen entre los gruesos troncos de los árboles. Mi morada son los vestigios de los castillos centenarios que salpican los campos, erigidos en su día por poderosos señores feudales como fortalezas inexpugnables y que el paso inexorable del tiempo terminó condenándolos al abandono, aunque también podrás hallarme arrodillada frente a los majestuosos altares de las místicas ruinas de catedrales y abadías milenarias, construidas por importantes órdenes religiosas de las hoy ya tan solo queda el nombre. Todo esto soy yo, y así me muestro ante ti: real y ficticia, mística y atemporal, tangible y terrenal, enamoradora y enamorada, amable y sutil, fría y sensual, sufrida, humana e inclemente. 

Tras una breve pausa, durante la cual se pone en pie y me coge de la mano esperando que me incorpore junto a ella, continúa diciendo con su voz delicada y armoniosa una vez que estamos frente a frente, cogidos de ambas manos y mirándonos fijamente a los ojos: —Los pobladores antiguos que hablaban las lenguas gaélicas me llamaron Alba, los poderosos romanos que vieron en mí un amor imposible me pusieron el nombre de Caledonia, y los hombres de tu tiempo me conocen como Escocia. Mas con un nombre o con otro siempre fui la misma tierra indomable y hermosa, hija de la Naturaleza y amante de los cielos, madre de hombres bravos y guerreros que inspiraron tradiciones y fábulas, unas veces triste llorando la lluvia que riega los campos y otras feliz mostrando los destellos del sol en mi sonrisa.  Inmortal en el tiempo y sublime en mi grandiosidad, esa soy yo, así me muestro ante ti y así me ves tú—. Tal es el silencio que envuelve la intensidad del momento que parece que ni siquiera el viento se atreve a romperlo. Besando sus labios cálidos y dejándome envolver por su aura, aún sin soltarnos de las manos le declaro casi en un susurro: —Yo te juro amor eterno, por el resto de mis días.  

2 comentarios

  1. María

    Hola Jesús,

    Estoy maravillada de lo bien que escribes, lo bien que defines las cosas, los sentimientos… sin artificios, de una manera clara, concisa, armónica y preciosa.
    Un relato bello de mágicas palabras, poético y sublime donde describes de una manera tierna y sensual como es la tierra donde te encuentras ahora. 🤗🙋🏻‍♀️🥰

    1. jgarcia

      Hola María,
      Muchas gracias por tus amables palabras. Comentarios como este son la mejor recompensa al esfuerzo que supone escribir un texto, aunque sea corto.
      Me alegro de verdad de que te haya gustado, y espero que algún día puedas visitar Escocia, comprenderás que en este microrrelato me quedé corto.
      Un saludo y gracias otra vez. Nos seguimos 😉

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