Microrrelato



La verdad de las mentiras

Por Jesús García Jiménez


Solo se oía el murmullo de las aguas que se dejaban arrastrar por la omnipresente e inevitable gravedad, cayendo con todo su frenesí por aquellas cataratas pequeñas en tamaño, pero no por ello poco espectaculares, junto con las delicadas y fugaces melodías de los pájaros que revoloteaban por entre el follaje de los árboles, fresco y verde en aquella época del año. No hablábamos, y tampoco era necesario. A menudo, a través de nuestros silencios fluía aquella extraña comunicación que nos conectaba, que nos unía de forma invisible mediante fuertes y etéreas cadenas, sumergiéndonos no pocas veces en los mismos pensamientos que en ocasiones nos hacía exteriorizar algún aspecto acerca del cual el otro ya pensaba para sí de forma íntima y silenciosa. «Que paz se respira», pensaba yo, «parece imposible de creer que fuera de este oasis, de este mundo aislado e independiente, exista todo eso (malo y desagradable) que existe». Y entonces fijé mi atención en las flores que, junto a nosotros, asomaban por entre las piedras aportando la nota colorida a aquel ya de por sí sublime lugar. Ella, sin mediar palabra, posó sus ojos sobre los míos y siguió mi mirada hacia aquel pequeño jardincillo. —Son hermosas, ¿verdad? —, dijo con su peculiar acento empapado de aquella voz suave, embelleciendo así los susurros de la naturaleza que inundaban aquel ambiente mágico y seductor. —“Las mentiras dan flores, pero jamás darán frutos”, dice un antiguo proverbio chino. Precisamente lo leí el otro día, no recuerdo con exactitud dónde ni cuando, pero me acaba de venir a la mente viendo los pétalos coloridos que emergen entre el verde— dijo ella con la vista apuntando hacia las flores, pero viendo mucho más allá, soñadora y reflexiva como de costumbre. 

—Siempre tienes una frase preparada que encaja como lo hacen las piezas de un puzle—, dije mientras la miraba sonriendo, y continué: —Los antiguos proverbios siempre tan acertados, infalibles, con su antigüedad centenaria o incluso milenaria y su tono grave, ¿verdad? En este caso concreto no podía ser menos. Las mentiras crean flores -ilusiones- pero no pueden dar frutos -realidades-. ¿Cómo podría dar frutos algo que no existe? Ten en cuenta que una mentira es una realidad paralela que solo habita en la mente de quien la inventa y que se expande a medida que va difundiéndose, creando un mundo -o un universo- de constitución muy frágil, tan frágil que es susceptible de desvanecerse en cualquier momento mostrando de nuevo la realidad que subyace. Y hasta que eso ocurre, una mentira solo puede aumentar, aumentar y aumentar y nunca disminuir. —Algo así como la entropía, todo evoluciona siempre hacia un estado más caótico, pero nunca al revés—, añadió ella. Yo asentía silencioso, pensando que la ciencia siempre tiene un modelo para todo, o dicho de forma más correcta, para casi todo, porque las relaciones personales siguen siendo un enigma irresoluble para cualquier disciplina del saber humano, y en ese campo la precisión y la meticulosidad de las ciencias se ven indefensas ante la complejidad del asunto. Mientras observaba el fluir de la corriente, cogió con sigilo una pequeña piedra y la arrojó con un movimiento sutil y gracioso a aquella masa inquieta que marchaba en bulliciosa procesión, provocando la turbación de las ligeras gotas de agua que revoloteaban confusas en el aire cual fragmentos de cristal quebrados por la fuerza de un impacto. —Una mentira es como una copa de vidrio— dije, rompiendo nuevamente el silencio. —Bonita y atractiva pero muy frágil, y siempre habrá muchas posibilidades de que su fina y delicada figura termine dispersada en mil pedazos. Una vez que eso ocurre, es imposible que esos fragmentos vuelvan a unirse para dejar la copa tal y como estaba. ¿No es precisamente eso lo que ocurre con una mentira?

—Alexander Pope escribió: “el que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”— continuó ella. —El proceso de mentir, si quieres llamarlo así, se convierte en un tortuoso laberinto de intrincados pasillos del que es imposible salir, a menos que los muros se derrumben y dejen de nuevo vía libre a la realidad. —Estoy muy de acuerdo contigo— respondí, —y no podrías haber utilizado un mejor símil, el del laberinto. ¿Cuál crees tú que es el costo de deambular por sus confusos y escabrosos corredores? — Pensativa, alzó la vista hacia las ramas de los árboles que susurraban a la brisa en el lenguaje de la naturaleza, misterioso e ininteligible para nosotros, claro y diáfano para los pájaros que lo comprenden y lo acompañan a modo de alegres coristas con sus cantos armoniosos. —El costo de las mentiras, o mejor dicho, el verdadero peligro de las mentiras, es que si las oímos repetidamente llegará el momento en que seamos incapaces de reconocer la verdad— me respondió, —y entonces ya no nos quedará más que abandonar la esperanza de estar en su posesión y resignarnos a aceptar todas aquellas historias contadas por los cobardes que necesitan de la mentira para eludir la realidad. Es decir, nos hallaremos en un punto de no retorno en el que no sabremos qué es cierto y qué no lo es. Un ejemplo: la desastrosa situación de la pandemia, que ahora mismo nos parece totalmente ajena al amparo de este idílico refugio, junto a esta maravillosa cascada y en compañía de los árboles y de los pájaros, no es más que un ejemplo extremo de ese punto de no retorno en el que lo cierto y lo falso mantienen una feroz batalla por prevalecer, empañando así todo lo que nos rodea y creando una confusión y un caos sin límites.

—Desgraciadamente, así es— dije yo. —Además, ¿quieres saber el tamaño de la mentira? Para ello solo tienes que medir el largo de la explicación, y en el transcurso de esta pandemia está habiendo muchas y muy complejas explicaciones—. Tras estas últimas palabras, ambos comenzamos a reír, dando paso a un breve silencio durante el cual nuestras miradas se cruzaron y cobró protagonismo el cómplice murmullo de las aguas. —Mejor ser real, ¿no crees? — continué, —decirlo todo tal cual es. Prefiero la paz mental y la seguridad de la franqueza antes que el riesgo de quedarme sin nada. En esta larga y ardua carrera de la vida me inclino por tener de compañera a la verdad, porque la mentira tiene patas cortas y correr con ella es caerse seguro. —Así lo creo yo también— dijo mientras jugueteaba con la hierba que rozaba sus zapatos. —Con las mentiras se puede perder mucho, incluyendo a seres queridos y afectivamente primordiales. De hecho, pienso que la peor distancia entre dos personas se crea a través de las mentiras, es como un profundo y oscuro abismo que se torna insalvable porque el puente que lo cruzaba -la sinceridad- cae despeñado cuando la desconfianza corta las cuerdas que lo sostienen con sus afilados y fríos cuchillos.

—Pero no todas las mentiras son destructivas— interferí comedidamente, —están las mentiras piadosas, esas que se dicen para evitar a otro un disgusto o una pena. Podríamos decir que esas tienen un noble propósito. —Bueno, quizá en ese caso la intención de quien miente esté alejada de la perversidad— replicó ella, —pero es lo que hablamos antes, que las mentiras crecen y crecen mientras se dirigen a un punto de no retorno en el cual tienden a desmoronarse por sí mismas, causando entonces un daño multiplicado pese a que el propósito inicial haya sido noble como tú has dicho. —Siguiendo la línea de tu razonamiento, ni siquiera las mentiras oficiosas, esas que se dicen para obtener un provecho o ventaja sin producir daño a otro, quedan libre de pecado, pues terminarán menoscabando de algún modo al que pretendía su beneficio—. Su mirada relajada, apuntando a la pequeña cascada que se levantaba aguas arriba, y su pelo largo acariciado por la suave y fresca brisa primaveral, le daban un aspecto desenfadado que no hacía sino aumentar su atractivo e incrementar mi interés por ella. Tras unos instantes de silencio, continué: —Tú ya sabes cuál es mi postura con respecto a la religión, y supiste de mis particulares creencias cuando leíste mi relato Arcángel, pero también sabes que de vez en cuando me gusta rescatar citas bíblicas porque albergan una gran sabiduría y son, además, imperecederas en el tiempo. Y en este caso no podía ser menos— ambos empezamos a reír nuevamente—: Los labios veraces permanecen por siempre; la lengua mentirosa dura sólo un instante (Proverbios 12:19). —El hombre de ciencia no creyente que tiene una Biblia en su mesita de noche…— dijo ella bromeando y divertida, al tiempo que nos disponíamos a marcharnos de aquel lugar donde solo había verdades para salir a un mundo exterior plagado de mentiras.