Microrrelato



No, no cambia

Por Jesús García Jiménez


«Ha corrido el tiempo», pienso mientras paseo por las calles que discurren flanqueadas por las blancas e impolutas fachadas salpicadas de ventanas y balcones enrejados, algunos de ellos con macetas tan a la usanza de esta Andalucía rural y profunda, después de una larga temporada sin pisar sus cálidas calles debido en parte a los avatares de la vida y en parte a esta pandemia que ha estremecido al mundo y lo ha convertido en un lugar diferente, más crudo y menos amigable, plagado de rostros cubiertos y distancias entre personas. «Pero sigues igual, no cambias. Contigo el tiempo no osa asestar el golpe mortal con el que nos sacude a las personas, destinadas sin remedio a contemplar el fluir de la arena en el reloj que la vida voltea con su mano dando inicio a nuestra existencia».

El aire cálido de la tarde me trae el aroma de los jazmines que asoman por la tapia de un patio, que junto con la luz y el bullicio de unos niños correteando alrededor de los bancos ocupados por las vecinas, enfrascadas en animada conversación, conforman ese ambiente cargado de evocadora idiosincrasia que despierta en mí una vorágine de recuerdos y rescata viejas memorias que creía perdidas para siempre en los entresijos de la mente. Al pasar la plaza llego a un claro, desde el que puedo observar la Sierra Cabrilla. «Ella tampoco cambia», pienso mientras apunto con la mirada hacia el brillo que la luz del sol provoca sobre la piedra blanca grisácea de su cima. «Invariable en el tiempo, impertérrita en tu presencia, orgullosa y vigilante, velando eternamente por el pueblo que duerme a tus pies al amparo de tus robustas laderas. Despertando mi admiración, curiosidad y respeto desde que era un niño».

Continúo con mi agradable paseo, encaminándome hacia la parte alta del pueblo con la intención de contemplar muy de cerca los vestigios de los muros defensivos que protegieron la villa en una época distante y muy diferente de la actual, lo suficientemente alejada como para abarcar un periodo de mil años, cuando la tierra que me vio nacer recibía el nombre de Al-Ándalus. Me acerco y los miro con el profundo respeto que merecen como testigos mudos e inamovibles de la historia y los hechos que forjaron los destinos de las civilizaciones hasta llegar a nuestros días, y acaricio las piedras ásperas e irregulares, esas mismas piedras que colocaron aquellos maestros árabes que erigieron las fabulosas construcciones que aún a día de hoy son capaces de hacer volar la imaginación para situarnos en tiempos y épocas pasadas. «No, estas rudas paredes tampoco cambian», pienso mientras me alejo de allí con la mirada todavía puesta sobre ellas.

«Echo de menos visitarte, verte de nuevo en tu decadente esplendor», pienso encaminándome hacia el “Puente Málaga”, como es conocido en el pueblo. «Tú, que de no pocos de mis pensamientos has sido protagonista, siempre tratando de imaginarte en tu época de gloria y resplandor, vadeando el río Turón y cargando sobre tus hombros a las temibles y amenazantes legiones romanas; tú, que has presenciado guerras, hambrunas y epidemias y has sido testigo mudo de los hechos que han forjado el mundo… no, tú tampoco cambias».

—Buenas tardes— oigo mientras me hallo con las manos apoyadas en el pretil, observando el cauce casi seco del río y los campos que se extienden lejanos. El saludo me devuelve al presente, y al girarme observo a un grupo de mujeres con sus mascarillas intentando respetar la distancia social que ha venido aparejada con toda esta locura de la pandemia. —Buenas tardes— respondo, acompañando mis palabras con un gesto cortés de cabeza a modo de saludo. «Bueno», pienso mientras el grupo me rebasa y retoma su animada conversación, «no todo lo que ha traído esta pandemia es desagradable. Nos ha recordado que es posible sonreír sólo con los ojos, y que la esencia y la grandeza de lo que siempre estuvo ahí no cambia».