Microrrelato



Dichas perdidas

Por Jesús García Jiménez


Aprovechando esta libertad que nos brinda el verano, en el que se distienden las restricciones que ha traído aparejada toda esta locura de la pandemia -más por motivos económicos que por cuestiones de salud humana, seamos francos-, estoy dispuesto a aprovechar al máximo mis ratos de asueto y pasarlos al aire libre, siempre que la inclemente meteorología de estas tierras me lo permita. Ahora, los comercios que no son de primera necesidad están abiertos nuevamente al público, y entre ellos se encuentran, por ejemplo, las librerías. Estos establecimientos siempre han sido para mí como poderosos imanes que me atraen con una fuerza irresistible, diríase que inexplicable. Siento la necesidad de entrar y verme rodeado de libros. El porqué, no lo sé. El caso es que quizá por la hora temprana, quizá porque se trata de una librería -la cultura está en declive como la sociedad que debe alimentarla- y no de un Primark o de un Apple Store, el establecimiento está casi vacío. «Mejor», pienso para mis adentros, con un innegable toque de egoísmo, «más puedo disfrutar del ambiente que se respira y mayor es la comunión de mis sentidos con los miles, millones de páginas que descansan en las estanterías albergando mundos lejanos, historias y aventuras, protagonistas fascinantes. «Que sensación tan difícil de explicar cuando se termina ese libro que ha logrado impactar en la razón, que incluso hace ver la vida y el mundo circundante de manera diferente, desde una óptica distinta y a veces incluso opuesta. Ese libro que ha entrado a formar parte de nuestra privada colección». 

Mientras paseo por los pasillos y voy deteniéndome aquí y allá donde mi atención es atraída por algo que juzgo interesante, reflexiono sobre la gran diferencia que existe entre leer un libro por primera vez y volver a leerlo una segunda o incluso releerlo en varias ocasiones. «No es lo mismo. La magia de la primera lectura, de descubrirlo página a página abriéndonos paso a través de una historia desconocida que va tejiéndose palabra a palabra, es irrepetible. Nunca volverá a ser lo mismo», pienso para mis adentros, recordando aquel microrrelato que titulé Bucles y paradojas, donde volqué mis reflexiones y discurrí acerca de la probable imposibilidad de conseguir el presente que se anhela aun cuando tuviésemos la posibilidad de volver al pasado y obrar allí de manera distinta, dado que los efectos de nuestras acciones terminan escapando de forma casi total a nuestro control. La máquina del tiempo recoge nuestros actos y los moldea a su antojo, haciéndolo todo genuino e irrepetible, deparando que todo ocurra una vez y solo una. Los momentos felices del pasado se convierten en dichas perdidas, únicas y excepcionales, refugiadas tras un muro infranqueable que se alza custodiándolas por siempre. Esos momentos felices que vivimos ya no volverán, podrán venir otros, pero los pasados no retornarán jamás, ya sea en lugares, con personas o cautivados con un buen libro en nuestras manos. Inevitablemente el tiempo habrá sacudido los cimientos y derribado los pilares de todo aquello que convirtió aquellas horas en algunas de las más dichosas de nuestras vidas, dichosas hasta el punto de despertar en lo profundo de la conciencia esa pena, esa tristeza melancólica que nos hace mirar atrás para hallar tan solo el fracaso de las ilusiones que se topan con los baluartes del tiempo.

El poeta Félix Grande nos regaló esta reflexión: donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás. No volver jamás a nada, a nadie. Las dichas pasadas no son más que historias interrumpidas que sobreviven solamente en nuestros recuerdos, perdurando como una marca indeleble. Cantos de sirena que nos atraen, nos incitan a querer repetir experiencias pasadas y recrearlas exactamente tal cual fueron, aguardando pacientes el momento idóneo en el que despedazar las ilusiones, que no es otro que aquel en el que decidimos revivir todo aquello. Cantos que brotan de la garganta de una dama seductora e insistente que merodea sigilosa y avizora, siempre vestida con los atavíos de la alegría y la ventura, deseosa de clavarnos la daga de la nostalgia que empuña de manera oculta, haciendo de la vida y del paso de tiempo una colección de cicatrices que adorna el tejido de la existencia. «Cruel existencia», pienso mientras me siento en una amplia mesa con algunos libros colocados desordenadamente sobre ella, «que no te deja repetir. Lo pasado, pasado está. Es como si el destino me agarrase de la mano, cual si de un niño pequeño se tratase siendo guiado por un adulto, y tirase de mí hacia adelante, diciéndome: no queda sino empezar de cero, una y otra vez. La felicidad es irrepetible: la que gozaste no volverá, y la que no gozaste tampoco, quedando perdida por siempre entre los engranajes del tiempo. Y por eso mismo que la felicidad -vivida o no- es irrepetible, allí no debieras volver jamás».

«Hay experiencias que deben quedarse en el recuerdo, perfectas. Intentar revivirlas es un intento vano y fútil de huir de la realidad fría y dura por la que avanzamos hacia nadie sabe exactamente dónde. Intentar revivirlas es un intento torpe y desesperado de ser felices de nuevo, un obtuso acto de autocompasión cuyo resultado final e irremediable es el ensombrecimiento de aquellos tiempos anhelados y la vuelta a la inmisericorde realidad, siempre fiel y leal, siempre dispuesta a acogernos de nuevo en su seno, del que ciertamente nunca llegamos a escapar». Me levanto de la mesa y me dispongo a abandonar la librería, para lo cual me encamino de nuevo a través de los corredores flanqueados de libros y volúmenes hacia la salida a la calle. «¿Estamos condenados a intentar repetir aquellos tiempos faustos una y otra vez para terminar siempre fracasando, siempre en un ciclo interminable que quiebra implacablemente nuestros anhelos de felicidad? Quizá sea parte de nuestra penitencia, quizá sea un castigo el poder echar la vista atrás y poder recordar los momentos mágicos vividos con alguien, con algo, con todo, el tener la necesidad irrefrenable de volver a donde una vez fuimos felices para darnos cuenta y comprender que eso no será posible, que ya nada es igual, que todo ha cambiado. La esencia que soportaba todo aquello se desvaneció en la inmensidad del cielo». Ya fuera, en la calle, miro a la gente que pasa a mi alrededor e imagino cuántos momentos felices copan sus recuerdos y cuánto les gustaría volver a repetirlos, muchos de ellos quizá sin comprender que eso nunca jamás ocurrirá. Y elevando la mirada hacia el azul, me digo a mí mismo: «Que las dichas pasadas que alberga mi memoria me sirvan para construir mis dichas futuras únicas e irrepetibles».