Microrrelato



Fe

Por Jesús García Jiménez


Aún me hallo reflexionando acerca del artículo que escribí hace pocos días, en lo tocante a un Nuevo Orden Mundial. Yo soy bastante aficionado a tirar del refranero popular, y lo hago con cierta frecuencia, pese a que se me pueda acusar, en cierto modo, de poco creativo al meter frases ya hechas en mis textos. Puede ser… Pero saber introducir las palabras correctas en el lugar y el momento adecuado puede llegar a ser un arte, algo que además enriquece y aporta un valor añadido al conjunto. Haciendo esto, además, rindo tributo a tan sabio conjunto de sentencias, que a menudo son capaces de constituir, con muy pocas palabras, las verdades sobre las que se sostienen los fundamentos de la existencia humana. He aquí una de esas verdades: «Cuando el río suena, agua lleva». Y la verdad es que, en este último artículo mío, el estruendo es ensordecedor y cabe preguntarse, por tanto, si esto es debido a que el río, efectivamente, conduce un furioso e imparable torrente de agua que nos terminará arrastrando a todos hacia la inmensidad del océano, o simplemente se trata de un barullo cercano de origen desconocido cuya existencia se extinguirá en breve.

«Quizá todavía sea pronto para saberlo», pienso mientras estoy de pie junto a la ventana, observando con una taza de café en la mano la gris estampa que se abre ante mí, húmeda, triste, y desde hace ya bastante tiempo, calma y silenciosa. Es el viento, osado, veloz y ajeno a todo, el único que se atreve a romper de vez en cuando la quietud del paisaje encerrado entre edificios centenarios, preservados, destinados a sobrevivirnos a todos los que ahora estamos aquí limitándonos a hacer un acto de presencia fugaz y efímero, en comparación con la indiferente perpetuidad de esas moles que se alzan impertérritas sobre nosotros. «Parece que vendrán tiempos mejores, al menos eso anuncian, con mucha reserva, eso sí, pero lo anuncian. Puede que aflojen algo la mordaza y nos permitan respirar, aunque solo sea un poco. Hay que tener fe» me digo a mí mismo, no con mucha convicción. «Pero, ¿fe en qué? La seguridad y la confianza sobre las que se fundamenta mi fe es ahora difusa, borrosa, difuminada como la luz del sol por el humo de la hoguera en la que arden esperanzas y sueños, en la que yace el todo lo que pudo haber sido, pero no fue. La diosa Fides se aleja de mí, llevándose consigo la confianza que antes tenía depositada en personas, doctrinas o sistemas. Mi estado de fe se torna en inexorable necesidad de poseer evidencias que me demuestren la verdad, esa verdad. A mí ya no me valen las promesas, a menudo ultrajadas bajo el disfraz de palabras vanas y afirmaciones vacías». 

«¿Fe en qué? ¿en la Iglesia, en la religión? Para muchas personas, millones de personas, sí. Fe es una palabra muy fácilmente asociable al mundo religioso y bastante cotidiana entre los pobladores de países subdesarrollados y tercermundistas, mucho más creyentes y practicantes que aquellos de los países desarrollados y primermundistas. Los primeros, por lo general, llevan una vida plagada de penurias, en la que abundan la miseria y los sinsabores y escasean los alicientes y los placeres. En algún lugar tienen que buscar el consuelo a tanta desdicha, y ese lugar es el cielo, donde está su Dios que les protege, aunque eso es muy discutible, porque está claro que no les protege de nada, nadie les ha protegido nunca. Y si Dios existe, es evidente que se olvidó de ellos hace tiempo. Como sea, es en Él en quien encuentran su fuerza y su razón de existir, la explicación a su ardua y dolorosa existencia: “¡Qué incomprensibles son sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!”. En el lado opuesto, nosotros, el mundo desarrollado. A nosotros no nos hace falta buscar ninguna justificación porque por regla general, nuestra vida es cómoda. No nos vemos en la obligación de tener que hallar el consuelo a una vida difícil en un Dios que nos protege y nos vela, en la promesa de una vida sin sufrimiento a Su lado tras el sonido de la trompeta del arcángel Gabriel. Y si la desgracia llama a la puerta, es cosa de la mala suerte y el infortunio, y no porque haya sido Su voluntad. En el mundo desarrollado y rico, donde se come cuatro o cinco veces al día y se lleva en el bolsillo un teléfono de 800 euros, los caminos son bastante rastreables y las decisiones igualmente incomprensibles». 

«¿Fe en qué? ¿en la ciencia? Bueno, se dice de ella que es la forma más fiable de conocimiento porque está basada en hipótesis comprobables y justificada por los resultados de los análisis. Es decir, si puede demostrarse y comprobarse, entonces existe. Aunque eso no quita que la ciencia tenga, o mejor dicho, requiera de su propia fe. Ningún científico podría serlo si no creyera de antemano que su objeto de estudio responde a un elegante orden de las cosas que ya estaba ahí, esperando a ser descubierto. Valdría decir entonces, sin temor a errar demasiado, que la ciencia es en sí misma una religión. Y esa es la única religión a la que nos acogemos algunos, especialmente aquellos a los que nos gusta mirar al cielo nocturno y observar las estrellas, preguntándonos qué secretos esconden, por qué están ahí y qué leyes obedecen, a menudo perdiéndonos en pensamientos abstractos intentando imaginar qué podría haber más allá del manto estrellado que arropa nuestras reflexiones. La creencia en el idioma de las matemáticas, con el orden estricto de los números y la rigurosidad de los principios físicos que, hasta donde sabemos, todo lo gobiernan, es también una forma de fe». 

«¿Fe en qué? ¿en uno mismo? Esa es la única fe que realmente me atrevo a defender, la confianza y la seguridad en mí mismo, porque de ese modo las respuestas acerca de mí me las proporciono yo, y por ende, yo soy mi ciencia y mi religión. Ya lo dijo don Miguel de Unamuno: “El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él”. Al fin y al cabo, todos y cada uno de nosotros nos vemos, en algún momento de nuestra existencia, solos y librando nuestra propia batalla interna, una desconocida para todos excepto para nosotros mismos y que solo nosotros mismos podemos ganar. En algún sitio he leído que “lo que crees, creas”, y es muy cierto, pero yo prefiero su versión tradicional “la fe mueve montañas”, que tiene su origen, precisamente, en la Biblia».

[Jesús] Les dijo: «Por vuestra poca fe; os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se trasladaría; nada os sería imposible»

Mateo 17:20