Microrrelato



Resiliencia

Por Jesús García Jiménez


Inmerso en mi periplo por el mundo de las nebulosas vine a encontrarme, repentinamente, con aquella que es amada y odiada, temida y despreciada, aprovechada y malgastada, siempre a partes iguales, emergiendo de una nebulosa bajo la forma de una mujer de mirada penetrante y presencia venerable. Su voz suave, segura e imperturbable entonaba palabras que volaban a mi alrededor como mariposas en busca de una flor donde posarse. —No, no te asustes— me decía, —no te atormentes innecesariamente, guarda las fuerzas que empleas para martirizarte, las vas a necesitar. Te has caído, eso es todo. Y ahora te ofrezco la oportunidad de levantarte, de empezar de cero, una oportunidad que solo brindo a los que están vivos, a los que poseen una mente astuta y diligente, presta a resolver las tretas del destino. Siéntete afortunado, pues si me estás oyendo es que eres de los que no se amilanan, de los que se regeneran y rinden pleitesía a nuestra Madre Naturaleza, porque en ella manda y prevalece el precepto de la vida sobre la muerte. En ella todo renace. Si estás oyendo esto es porque tu Ave Fénix está resurgiendo de las cenizas de tu caída, dispuesto y preparado para alzar el vuelo y romper las cadenas de tu sino. Siéntete dichoso y no te lamentes, convierte en hechos las oportunidades y haz tuyo el milagro de la vida. 

—Debo ser honesto para contigo— le respondí. —Estaría faltando a la verdad si te dijese que no tengo miedo. Lo tengo, porque está dentro de mí, nació conmigo, salimos juntos del vientre de mi madre y es el primer sentimiento que mostré al mundo que se abrió ante mí. Pero es precisamente a ese miedo al que tengo que mostrar mi agradecimiento, porque es él el que me hace reaccionar, de él nace la valentía como su antagonista natural. Es él el que no me deja caer del todo. Y te doy las gracias a ti por tenderme una mano, por revelarme que no queda sino luchar contra el infortunio y los reveses, contra los hechos que parecen inamovibles y que se evaporan ante la fuerza de la pasión. Luchar contra todos los que no creen y luchar conmigo mismo si no creo. ¿Cómo podría renacer sin antes haber quedado reducido a cenizas? Polvo somos y en polvo nos hemos de convertir, pero aún no es el definitivo. De este polvo que son mis cenizas saldré renovado y vigorizado, ya puedo vislumbrar los nuevos horizontes que se tienden ante mí, el abanico de posibilidades consecuencia de mi espíritu vivo, mi determinación y mis ansias por levantarme. Dame tiempo, no más del necesario, para ir cogiendo las piedras del camino y construir una fortaleza en la cual pueda refugiarse mi ánimo y de la que queden fueran los negros pensamientos, baluarte de mi esfuerzo y mi constancia, de mi dedicación y abnegación, bastión de reflexiones plasmadas en palabras. 

—Me gusta tu actitud— continuó ella, —y soy complaciente con aquellos que tienen conciencia de sus debilidades y sus fortalezas, con los que saben reconocer el miedo y emplearlo como antepecho para no caer en el abismo de la temeridad. Yo siempre favorezco a los que saben cortejarme, y el trato que dispenso no es más que un reflejo del trato que yo misma recibo. Muchos no lo creen, pero aunque pueda parecer caprichosa y arbitraria, que mi inspiro por antojos y manejo los hilos del destino con movimientos inmisericordes, en realidad soy flexible, tolerante y transigente. Pero te advierto: yo no regalo nada, y deberás hacer gala de un enorme sacrificio seguido de una dedicación y entrega absolutas para obtener resultados y recompensas. Esa es la única condición que te pongo, y no es baladí. Soy sabia y sé bien que lo que más se aprecia es lo que más sudor y lágrimas cuesta conseguir, así que recela siempre de cualquier obsequio que sin más, venga a caer en tus manos, porque insisto, yo no regalo nada y lo que fácil llega, fácil se va. Puedo regalarte oportunidades, pero no pienses que son dádivas desinteresadas porque a cambio te exigiré trabajo duro y constancia para explotarlas. Así, y solo así, te tomaré de la mano y te pondré en la senda del triunfo, tus labios probarán las mieles del éxito y me experimentarás en toda mi plenitud. 

—Lo sé, soy consciente y acepto el desafío— dije yo. —Te prometo no malograr las oportunidades que me brindes, siempre que me halle en la estación correcta a la hora correcta para subirme al tren que me lleve a mi destino. Parafraseando a Winston Churchill: Sangre, sudor y lágrimas, eso es todo lo que tengo para ofrecerte. Me crie en la disciplina del trabajo, en el rigor de la rutina y en la sumisión a la responsabilidad, y pese a que no lo entendí en mis comienzos y floreció en mí un profundo sentimiento de disgusto y hastío hacia aquella rigurosidad tan carente de alicientes y tan profusa en sobriedad, con los años y tu aliento he comprendido que no eres sino acción y reacción, causa y efecto, una concatenación de entrega, dedicación y resultados. Tú me enseñaste a no esperar algo a cambio de nada. Lo único que espero y deseo es estar siempre atento y dispuesto, con mis sentidos en alerta y mi moral inquebrantable, para poder complacerte y no defraudarte, para obtener mi redención y sofocar las llamas que infligen tormento a mis anhelos, rindiendo así tributo a los trenes que dejé pasar, consciente de que no retornarán, cual agua de río que en un punto concreto fluye una sola vez, solo una, para no volver jamás.

—Esfuérzate y resiste, y no me odies cuando te derribe, pues lo hago por ti a sabiendas de que cuando vuelvas a ponerte en pie lo harás más fuerte y decidido, con nuevas experiencias adquiridas y lecciones aprendidas. Pero, sobre todo —me dijo, a modo de despedida mientras se desvanecía lentamente en el ambiente vago e impreciso que nos rodeaba— nunca te apagues, no dejes que esa a la que llaman melancolía te seduzca y comparta lecho contigo, porque entonces estarás perdido y quedarás abandonado a tu suerte, vagando a la deriva en el vasto océano de la desdicha. En mi regazo descansa el secreto de la felicidad, indescifrable para muchos y desentrañado solo por unos pocos afortunados que se apercibieron de mi verdadera esencia. Sé feliz, pues a eso quedo reducida.

Tras el eco mortecino de aquellas últimas palabras desperté del sueño, abrí los ojos y, con la vorágine de confusas imágenes propia de otras realidades aún rondando en mi cabeza, pensé: «Ardua tarea, la de tener que ser feliz».