Erorrelato

Hasta hacernos volar

Por Jesús García Jiménez
El sonido del interfono hace que me sobresalte. Estoy en el cuarto de baño, terminando de perfumarme con extremo cuidado de aplicar la dosis justa. Voy vestido elegante pero cómodo: vaqueros, camisa y zapatos. Al fin y al cabo, es una cena en casa, y no hay planes de salir. Dejando el pequeño frasco en el armario, me apresuro a acercarme a la puerta, pulsar el botón y permitirle la entrada. Aunque la experiencia y la seguridad en mí mismo hacen que me sienta sereno y que actúe con tranquilidad, la verdad es que me hallo algo nervioso. Quizás ella me pone nervioso. 

Estoy frente a la puerta. Los toques, inminentes, suenan. Toc, toc, toc. Abro y ahí está, radiante, hermosa, elegante pero discreta, con el pelo suelto y el toque justo de maquillaje. «Buenas noches», le digo, con una sutil e insinuadora sonrisa, deslumbrado por su presencia, fascinado por su sencilla belleza. Ella me mira, con una sonrisa traviesa, sabedora de que me gusta, me encanta lo que ven mis ojos. «Hola», me responde, con un tono de voz suave, sugerente podría decirse. «Pasa, por favor. Adelante». Cierro la puerta despacio. Ella se ha adentrado unos pasos en el salón. «Permíteme». Le ayudo a desembarazarse del abrigo, para colocarlo en el perchero de pie, junto a la entrada. «Siéntate, ponte cómoda. Estás en tu casa», le digo, indicándole amablemente y con una sonrisa que tome asiento en el cómodo y amplio sofá que ocupa uno de los lados de la habitación, frente a una mesa de salón y un televisor, flanqueado éste por estanterías ocupadas por libros y algunos adornos, recuerdos de mis viajes en su mayoría.

«¿Quieres tomar algo? Quizás es algo pronto para cenar. Podemos hacer tiempo mientras conversamos, una de esas charlas nuestras mirando a las estrellas. Mira que cielo…» le digo, mientras le señalo el exterior a través de la ventana que está junto al sofá. «Un refresco estaría bien», me responde ella, sonriéndome. De regreso de la cocina, dejo sobre la mesa dos vasos de tubo con hielo y dos refrescos, y me siento junto a ella, sin dejar apenas espacio entre nosotros. «Te sirvo», le digo mientras abro su botellín y vierto la mitad del contenido en su vaso, para dárselo a continuación. Muchos ratos de conversación, muchas miradas cómplices, insinuantes, mucho deseo oculto en los días, semanas, meses previos… Casi por instinto acaricio su mano. Ella no muestra intención de retirarla. Ya con su vaso entre sus manos y aprovechando las mías liberadas, me acerco y acaricio su cara tersa, natural, caliente. Y me acerco aún más, lo suficiente para poder besarla suavemente en la mejilla. Sin retirar mi cara de la de ella más de algunos escasos centímetros, vuelvo a acariciarle la cara, esta vez mientras le beso en la boca. Un beso corto, rápido, un piquito. Cuando retiro mi cara ella está aún abriendo los ojos. Me mira. No dice nada. Solo me mira. Tomo el vaso de sus manos despacio y lo pongo sobre la mesa.

Con mis dedos pulgar e índice bajo su barbilla acerco su cara a la mía y la beso, esta vez larga e intensamente. Vencido el reparo inicial, su respiración se acelera, su mano derecha se coloca en mi nuca y la izquierda en el lado derecho de mi cara. Su excitación se refleja en el movimiento de su lengua dentro de mi boca, buscando la mía. Comienzo a acariciarle los pechos, firmes, turgentes, sobre la ligera blusa y el sostén que los cubren. Mis manos recorren su espalda, descienden, ambas están ahora acariciando sus generosas y consistentes nalgas. Ella no deja de besarme, más intensamente si cabe al sentirse acariciada y deseada. Interrumpo el beso para retirarle la blusa, botón a botón, con prisas, aunque intentando mantener un pulso firme. Ella hace lo propio con mi camisa. Le retiro el sostén y aparecen ante mi vista sus pechos jóvenes, blancos, hermosos, de pezones rosados. Ante su vista, mi pecho firme, ejercitado, con un amplio tatuaje que lo cubre. Se lanza a besarlo, a lamerlo, a pasear la lengua por mi pecho, por mi cuello, besos suaves, se tira de nuevo a mi boca, a conquistarla con su lengua enérgica y desembarazada. La aparto con calculada brusquedad juguetona, y tirando al suelo de un manotazo uno de los cojines, la tumbo sobre el sofá y comienzo a recorrer su vientre con mi lengua. Mientras desabrocho el botón de su pantalón y bajo su cremallera, invado sus senos con suaves besos y mordiscos, lamiendo sus pezones, notándolos duros en mi boca, excitados, impacientes. 

Mi mano está descendiendo por su pubis rasurado, mis dedos se pasean suavemente por sus partes, por su clítoris excitado. Está húmeda, muy húmeda, mi dedo corazón entra ligeramente, con movimientos muy suaves, y penetra cada vez más, y más, con movimientos más rápidos y firmes. Mientras, mi lengua se pasea desde sus pechos hasta su cuello sugerente, sensual, sedoso y perfumado, que muerdo sutilmente, lo acaricio, lo huelo… y en un arrebato de frenesí subo hasta su cara, su boca la hago mía, la beso intensamente, movido por la pasión de un volcán en erupción. Ella mantiene firme su boca, respondiendo a mi contacto con la misma vehemencia, excitadísima, emitiendo suaves gemidos, su respiración acelerada. Mi erección es tan pronunciada que me hace incomodar, y me incorporo para quitarme toda la ropa de cintura para abajo, rápido, sin perder ni un instante, movido por la fuerza del delirio sexual. Hago lo mismo con su ropa, y una vez desnudos los dos, me tumbo sobre ella, nuestros cuerpos excitados se frotan, nos acariciamos, nos tocamos, nos besamos. Me retiro de ella lo suficiente para permitirme bajar de nuevo, haciendo el recorrido inverso: cuello, pechos, vientre… suaves bocaditos en su clítoris la hacen volar, su cuerpo tiembla de placer, mientras con mis dedos corazón e índice la penetro con movimientos suaves. Me rodea con sus piernas agitadas el cuello, sus gemelos en mi espalda. Ella gime, me agarra del pelo, empuja mi cara hacia su vagina. «Sí, no pares, no pares, así…», me dice, apenas con un hilo de voz, casi susurrante.

Ahora es ella la que se incorpora, apartándome con lujuriosas maneras, tirándose sobre mi boca, lamiéndome el cuello, bajando por el pecho, acariciándome el miembro erecto y rígido, libre de vello, surcado de venas. Noto su lengua recorrer suavemente mi vientre, ligeras cosquillas me asaltan y me hacen estremecer, pero no por mucho tiempo, ya sigue impasible su camino hasta que noto sus besos, pasear su lengua con frenesí en toda su longitud, hacerlo desaparecer dentro de su boca, succionado, frotado por suaves balanceos arriba y abajo mientras que con su mano derecha acaricia mis testículos. Suaves mordisquitos que me hacen cerrar los ojos y volar… «Para», le dijo. «¿Estás bien?, me dice ella. «Demasiado bien, tan bien que si sigues acabo. Y no quiero acabar así». «Póntelo», me ordena. En su tono, en su mirada, en su lenguaje corporal lo noto. Quiere dominarme, va a dominarme. Me empuja para que caiga sentado en el sofá. Ella se pone encima, se sienta sobre mí y dirige mi pene erecto con su mano hacia el interior de su vagina. Exhala un profundo gemido, clava sus uñas sobre mis hombros, su cara hacia arriba, apuntando al techo, descubriendo plenamente su cuello largo y terso. Me agarra de las manos y las apoya, las aprisiona contra el respaldo del sofá, a la altura de mi cabeza. Me inmoviliza. Ella tiene el control, ella domina los movimientos, juega a su antojo buscando la penetración que más le satisface. Movimientos suaves al principio, cada vez más intensos, rápidos, gime sin parar, agacha la cabeza para besarme con frenesí, suaves bocados en la lengua y el labio inferior, sus pechos rozando mi pecho, sus pezones duros. Libera mis manos para apoyar las suyas en el respaldo del sofá y poder moverse más libremente. Acaricio su espalda, donde el sudor del sexo, de la excitación, comienza a aparecer. Agarro fuertemente sus nalgas con ambas manos, ayudándolas en su incansable movimiento. «Cómeme las tetas», me dice en un murmullo, entre gemidos. Agarro sus pechos y los beso, los muerdo, succiono sus pezones, primero uno, después el otro, el sudor que ha aparecido entre sus senos no hace sino excitarme aún más.   

Aprovecho una parada suya, supongo que para coger aliento después de tan intenso lapso sin cesar de moverse. Me mira a los ojos, me acaricia, me besa lentamente, me impregna con su aliento entrecortado, cálido, sensual. La aparto de encima y me levanto. «Ven, vamos a la cama, estaremos más cómodos ahí». La tomo de la mano y la conduzco hacia el dormitorio. Ella va delante, caminando sensualmente, su figura femenina, sus andares felinos, es ahora, desnuda, cuando realmente va vestida de mujer. Su fragancia ha perdido fuerza para ceder ante su delicioso olor corporal, que embriaga todos mis sentidos y enardece la llama de mi pasión. Voy resuelto a cambiar de rol, a pasar de ser el dominado a ser el dominador. Cuando llegamos a la cama, no pierdo el tiempo en cruzar palabra con ella. Ahora, yo dirijo sus movimientos. La coloco en la postura del perrito, y sin más dilación, humedeciendo con un poco de lubricante la abertura de su vagina, la penetro suavemente, despacio, para ir aumentando en profundidad e intensidad hasta que, sin darnos prácticamente cuenta, los movimientos son impetuosos, ruidosos, con el constante ¡pla, pla, pla! de mi cuerpo chocando contra sus nalgas mientras la penetro. Comienzo a notar cómo el sudor corre por mi espalda y mi pecho, propino tortazos sobre sus nalgas que intensifican su placer. «¡Sí, dame, no pares, dame más fuerte!», me dice, temblorosa, vibrante, ardiente. Acaricio sus senos, su espalda húmeda, la agarro de los hombros para ayudar a que mis embestidas sean aún más potentes e intensas. Mis ojos se desvían hacia sus pies, pequeños, blancos, cuidados, sexys. Los acaricio, me recreo. Me gustan. Vuelvo a posar mis manos sobre sus nalgas, las paseo por su espalda contorneada, la cojo del pelo, con sensual brusquedad, y tiro de él hacia mí. Ella emite un gemido de placer, le gusta, le encanta que la domine, que sea yo el que se mueve, el que marca el ritmo. Miro hacia abajo para ver mi pene penetrar en su vagina, resuelto, enérgico, decidido. De repente paro, tengo que parar. No quiero terminar ahí. Aún quiero más, quiero más placer, y de continuar así, eyacularé de un momento a otro. No. Quiero alagarlo, quiero seguir teniendo a esta diosa en mi cama, quiero seguir oyéndola gemir, quiero seguir notando su tacto, sus temblores de placer, oler su esencia corporal. Me retiro lo suficiente como para poder tumbarla en la cama, boca arriba. Ella me mira sin decir nada, despeinada, las mejillas enrojecidas y calientes, el maquillaje ligeramente corrido. 

Estoy incorporado, con la espalda recta, sobre mis rodillas. Ante mí, ella, con las piernas abiertas, demandando, exigiendo con su mirada más placer. Usando mi dedo pulgar acaricio con meditada lentitud su clítoris, añadiéndole intensidad hasta terminar frotándolo, describiendo pequeños círculos. Tiembla, gime, estira su cuerpo invadido por placenteras contracciones, me agarra de la muñeca y me atrae hacia ella hasta tener ambas cabezas la una junto a la otra, para susurrarme al odio: «Fóllame». Vuelvo a incorporarme, la penetro, esta vez no espero a que sea de forma gradual. Estamos demasiado excitados para pasar por trámites. Mis movimientos hacia adelante y hacia atrás son rápidos, bruscos, mientras le agarro ambos pechos. Ella se aferra fuertemente a la almohada, los gemidos hace rato que se convirtieron en clamores, al igual que hace rato que dejamos de pensar en los vecinos. Los golpes del cabecero de la cama contra la pared son constantes, periódicos, regulares. Agarro sus tobillos y le abro más las piernas, de modo que puedo observar plenamente el movimiento de mi pene dentro de su vagina, su clítoris excitado, su vulva húmeda. Me tumbo sobre ella, la beso, me rodea el cuello con sus brazos y mi cintura con sus piernas, totalmente abierta. Mi excitación aumenta, estoy a punto de acabar. Me muevo más rápido, más fuerte, más intenso, comienzo a gemir fuertemente, noto sus uñas clavarse sobre mi espalda. «¡Sigue, sigue, no pares! ¡Me corro!», me grita. «¡No pares!». No paro. No puedo parar, es imposible parar, una sensación de placer explota en mi prepucio y se expande por mi cuerpo hasta hacerme volar. Hasta hacernos volar. 

El ritmo va disminuyendo hasta desaparecer, dando paso a la quietud. Me retiro, me tumbo a su lado, acariciando sus pechos. Ella gime, su cuerpo se sacude, su respiración es agitada, entrecortada. Está más hermosa que nunca. Abre los ojos, me mira y me besa, despacio, se recrea. Acaricia mi pecho, apoya su cabeza sobre mi hombro y yo la rodeo con mi brazo. «Uff», dice ella, entre risas. «¿Qué tal ha estado?» me pregunta. «No ha estado mal», le respondo, sonriéndole, sudoroso, relajado. Satisfecho. Ella suelta una carcajada, me da un tortazo cariñoso en el pecho y se levanta de la cama. Su silueta desaparece entre la penumbra del pasillo. A los pocos instantes, el sonido de la ducha. 
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6 comentarios

    1. jgarcia

      😅😅 Hola María, me alegro de que te haya gustado. Y muchas gracias por tus amables palabras. Es un placer para mí que me leas.
      Un saludo y estamos en contacto 🙋🏼‍♂️😊

  1. Raysa

    Ufff🔥😅 Madre del amor hermoso!!! Jaja tengo el corazón que se me quiere salir de pecho!!😍 Me ha encantado Jesús, TODO!!
    Me haz dejado sin respiración…………………

    Ufffff que bien descrito, cuánto detalle…🔥🔥👏🏻👏🏻👏🏻

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