Microrrelato

Cánones

Por Jesús García Jiménez
Esta misma mañana, mientras hacía mi hora diaria de running -como le gusta llamarlo a los modernos, aunque yo prefiero decir salir a correr, de toda la vida- a través de dos grandes y emblemáticos parques urbanos de esta ciudad, me crucé en mi recorrido con un par de chicas, también corredoras, claramente habituadas al deporte por su aspecto y sus maneras, aunque, en mi opinión, escasamente equipadas de ropa, teniendo en cuenta el clima especialmente desapacible reinante en los días finales del año, en esta ciudad y en el invierno escocés. 

El caso es que las chicas eran jóvenes, bien parecidas, de cuerpo atlético y, como he dicho antes, claramente habituadas a la práctica del deporte. Pensé entonces: «Está claro que ambas son guapas y atractivas para la sociedad actual, pero ¿habría sido así, por ejemplo, en la Antigua Grecia, o en la Antigua Roma, o para los cristianos medievales?». Parece una reflexión algo absurda, porque cualquiera puede pensar “¿Y qué más da? Son guapas y ya está…”. Pero la verdad es que esta cuestión, la de los cánones de belleza, ha hecho correr ríos de tinta y ha ocupado muchas horas del pensamiento de ilustres filósofos y pensadores, y de paso, ha causado problemas y quebraderos de cabeza a familias e incluso a gobiernos. 

¿Qué es un canon? La palabra proviene del latín canon, y este del griego κανών, kanṓn, que significa regla o vara para medir. Según la Real Academia Española, es el modelo de características perfectas. Y el canon de belleza podría definirse como el conjunto de las características que una determinada sociedad considera como hermoso o atractivo, ya sea en una persona o en un objeto. Por lo tanto, si esos gustos dependen de la sociedad, y las sociedades cambian, los cánones de belleza cambian con ellas. Por ejemplo, sabemos que, para la Grecia clásica, la mujer ideal debía poseer miembros pequeños, ser delgada pero de caderas anchas y muslos generosos, cabello ondulado, senos pequeños y torneados, ojos grandes, nariz afilada y mejillas, boca y mentón ovalados. En cuanto al hombre ideal, éste debía ser alto, atlético y musculoso, con piernas largas, mucho cabello, nariz y mandíbula poderosa, ojos amplios y boca pequeña. 

En cuanto a los romanos, han sido ellos los que han suministrado el estándar para la belleza masculina en la civilización occidental. En el caso de la mujer, se apreciaba que fuese de constitución pequeña, delgada pero robusta, con hombros estrechos, caderas pronunciadas, muslos anchos y pechos pequeños. El rostro ideal lo conformaban ojos grandes almendrados, una nariz afilada, boca y orejas de tamaño mediano, mejillas y barbilla ovaladas y dientes regulares y bien proporcionados. En el caso del hombre, éste debía ser alto, musculoso, de piernas largas, toda la cabeza cubierta por una espesa y fuerte cabellera, frente alta y amplia -rasgos que simbolizaban la inteligencia-, ojos grandes, nariz robusta y bien proporcionada, boca pequeña y mandíbula poderosa. 

Y para la sociedad medieval, cabe hacer dos distinciones: por un lado, los cristianos, para los cuales la mujer ideal -que no debía de preocuparse en absoluto por su estética y su aspecto, sino tan solo por salvar su alma- debía tener una piel muy blanca -señal de recogimiento, de estar siempre entre paredes al resguardo del mundo exterior, mientras que las pieles bronceadas eran propias de las labriegas, constantemente expuestas al sol-, cabellos largos y rubios, ojos y nariz pequeña, carmín en mejillas y labios, un cuerpo delgado con manos blancas y delgadas, pechos pequeños y caderas estrechas, mientras que el hombre -sus atractivos estaban estrechamente ligados a la virilidad y al mundo militar, omnipresente este último en todas las sociedades medievales- debía ser atlético, con hombros anchos y caderas muy estrechas, de piernas muy largas, delgadas y músculos tersos, algo que solo era posible al montar a caballo de una manera constante y regular, los brazos curtidos y fuertes de blandir espadas y unos gemelos marcados y con una gran bola, algo que era indiscutiblemente atractivo para las féminas. Por otro lado, estaba el mundo musulmán, para el cual, la mujer ideal debía poseer una estética muy cuidada en la que se ponía especial atención en el cabello y el rostro -que luego cubrían con un velo-, el cuerpo y las manos. Los ojos los resaltaban y agrandaban con khol -cosmético para ennegrecer los bordes de los párpados, las pestañas o las cejas- y los pintaban con índigo en tonos negros. Además, las manos y la frente eran tatuadas con henna -una especie de polvo utilizado como tinte-.

«Los cánones cambian, evolucionan, para bien o para mal, como absolutamente todo en la vida», pensaba mientras reflexionaba acerca de la cuestión, en esa hora matutina de correr que también se ha convertido en un espacio para meditar y discurrir acerca de temas que llevan tiempo dando vueltas en mi cabeza o que aparecen de repente, como es el caso de este mismo que nos ocupa. «Nada se perpetúa, nada queda estático, invariable. Ni siquiera el universo, que según los astrónomos se expande, e incluso más rápido de lo que se pensaba. El caso es que el ideal estético tal y como lo conocemos hoy se fraguó en la escultura, y las matemáticas tuvieron mucho que ver porque la belleza no es otra cosa que el resultado de cálculos matemáticos, medidas proporcionales, simetría… o sea, un cuerpo es bello cuando todas sus partes son proporcionales, y en esto tiene mucho que ver el número áureo, también conocido como la divina proporción, que era… a ver si me acuerdo… 1,618. Creo recordar».

«¿Y qué hay de la belleza de verdad, la del interior, la que refleja la inteligencia y la brillantez? Esa no es belleza física, esa está oculta y a menudo es muy difícil de ver porque supone intimar hasta el punto de llegar a conocer en cierta profundidad a la persona. Puede no cumplir con los cánones de belleza establecidos, pero tener la belleza de la inteligencia, la cultura, el saber estar y tener la capacidad de mantener una conversación animada e interesante, y la segunda está muy por encima de la primera aunque no sea la que llame la atención a primera vista, por razones obvias. ¿Puede haber alguien con las dos bellezas, la física y la intelectual? Por supuesto, pero creo que es francamente difícil de encontrar. Es como un regalo. Un envoltorio realmente bonito, llamativo y atrayente que alberga en su interior algo que nos decepciona profundamente cuando lo retiramos, o que puede incluso estar vacío y no contener presente alguno. Y junto a él, algo que no sabemos qué es, el papel que lo envuelve es sencillo y simple, nada espectacular, ni siquiera invita a abrirlo. Pero nos acercamos, retiramos una vez más el envoltorio y vemos algo espectacular que nos llena de satisfacción e ilusión. Y por supuesto, está el del envoltorio hermoso y el contenido fascinante. A veces, los ejemplos más simples son los más ilustrativos».

Llovía, hacía frío y viento, pero aun así continuaba con mi ritmo de carrera -no sin dificultades-, hasta llegar a otro de los grandes parques por los que pasa el recorrido. En él, bajo unos grandes árboles de hoja perenne, se cobijaba un grupo de muchachos vestidos con recias parcas, alzadas las capuchas. Aunque conversaban entre ellos, parecía que prestaban más atención a sus particulares mundos virtuales, es decir, al teléfono móvil, que a sus compañeros de refugio. «Tan típico de la sociedad de ahora, y sobre todo, de la gente más joven», pensé yo cuando pasé junto a ellos. «La sociedad de ahora… ¿cuáles son los cánones de belleza de la sociedad de ahora? Creo que, para las mujeres, es tener un cuerpo alto y delgado, con caderas pronunciadas y pechos grandes, firmes y simétricos, algo así como las famosas medidas 90-60-90, vientre liso, pelo largo y unas piernas largas, de suaves curvas y bien configuradas. Una cara hermosa sería aquella que posee unos ojos grandes, la nariz pequeña y los labios gruesos. Una prueba de que los cánones cambian es que, ahora, una cualidad muy valorada es tener la piel muy bronceada y tersa -algunas se echan unas lociones y productos bronceadores que les confieren un aspecto realmente siniestro-. En cuanto a los hombres hay poca duda: cuerpo alto, delgado y musculoso, compensado y con poca o ninguna grasa corporal, poniendo especial cuidado en el cabello, el vestuario y el vello corporal, un aspecto por el que los hombres de antes ni siquiera se preocupaban».

«Algo que me parece curioso es que no es correcto preguntar la edad a una mujer. ¿Y qué más da? La edad es un número… Puede tener que ver con que el canon de belleza actual se basa en aparentar juventud y tener una figura esbelta y saludable. Basta con echar un vistazo en los gimnasios, a rebosar de hombres y mujeres que pasan horas en estos recintos, siguiendo dietas sacrificadas y estrictas con tal de mantener un cuerpo delgado. Algo que me parece bien, porque mismamente a mí me gusta ir al gimnasio y ejercitarme, comer todo lo sano que puedo, sin seguir ninguna dieta rigurosa y permitiéndome mis licencias, y cuidarme en lo posible. Mens sana in corpore sano. Mente sana en un cuerpo sano. Mente y cuerpo deben ir en sintonía, debe estar igual de ejercitado el cerebro que el resto de los músculos del cuerpo. Porque cuerpo y cerebro trabajan juntos, como un equipo, el uno debe estar a la altura del otro, y viceversa. De lo contrario, el equilibrio se rompe y la vida es, en mi opinión, menos fácil, placentera y, sobre todo, llevadera».

Subiendo por una pequeña pendiente, ya en el tramo final del trayecto, muy cerca de mi casa, adelanté a una chica extremadamente delgada, algo que creo que no era natural. «¿Algún desequilibrio o enfermedad? Quizá. Puede que los cánones de belleza interpretados erróneamente y una preocupación desmedida por el aspecto físico lleven a ciertas personas a cometer errores en forma de trastornos alimenticios y la peligrosísima pérdida de la autoestima, poniendo en serio riesgo su salud y trayendo, con ello, problemas e infelicidad a sus familias y preocupación a la sociedad y a los gobiernos. No es algo descabellado, y por desgracia ocurre con cierta frecuencia. La preocupación constante por la apariencia externa, por agradar y encajar, es una característica muy arraigada en la sociedad actual, con muchos de los cánones impuestos por los medios, la publicidad y el mundo de la moda. Yo creo que, si hablamos de belleza, no hay nada más bello que quererse a uno mismo tal cual se es, y tener la seguridad y la autoestima necesarias para abordar las metas y los sueños que dibujamos en nuestra mente. Esa es, a mi parecer, la verdadera belleza». 

«No está mal», pensé cuando vi el resumen de mi carrera en el reloj, ya en la puerta de la casa. «Mañana más».
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