El crimen de las runas

— ¡Vamos! No te quedes atrás. Ahí no hay nada que mirar. No te pares que el sol ya está asomando y la calor aprieta—. Pero el chico, quieto como una estatua, hacía caso omiso a las palabras de su padre, que, agarrando el cabestro del mulo, caminaba con paso firme y decidido. Cuando vio por el rabillo del ojo que su única compañía era la del animal, siempre abnegado y obediente dirigiendo su particular paso cansado allí donde era requerido, el hombre se detuvo en seco, se giró de mal talante y vio a su hijo parado al borde del carril, mirando muy atento hacia abajo, hacia el fondo de la cañada. —¡Niño, ¿Qué estás haciendo ahí?! ¿Es que has visto un fantasma?

—No, padre, es que ahí abajo le han pegado fuego a un coche. Ayer no estaba, eso ha tenido que ser esta misma noche—. El padre, perplejo por las palabras de su hijo, volvió sobre sus pasos y se asomó a la cañada, viendo, efectivamente, que en el cauce ahora seco del arroyuelo que discurría al fondo del barranco había un coche calcinado, en el centro de una pequeña área irregular plagada de rastrojos y arbustos también consumidos por el fuego. Ambos apuntaban sus atónitas miradas a los restos de aquel coche, pensando que alguien, conduciendo por allí durante la noche, se había salido del carril y había ido a parar, a base de violentos bandazos, a lo más hondo de aquella abrupta vaguada. —Ese coche no es de aquí— dijo el padre pensando en voz alta, —porque yo no lo conozco, no me suena de haberlo visto por el pueblo. Y parece que no hay nadie dentro del coche, ni al lado. Quien fuera que tuvo el accidente tuvo que quitarse de en medio cuando cayó allá abajo, pero no creo que alguien pueda sobrevivir a una caída como ésta, y más habiéndose prendido fuego el coche. —Voy a bajar padre, a ver si hay alguien ahí abajo. —No— respondió tajante a su hijo, —ahí mejor no tocar, ni acercarse siquiera. Anda y ve al pueblo, avisa a la Guardia Civil y dile lo que has visto, que vengan ellos, que son lo que tienen que averiguar estas cosas. ¡Anda, corre!

*

—Fernández y Castro, conmigo, vosotros dos os quedáis en el carril, de apoyo, para controlar y mantener a raya a los curiosos que pasen por aquí y se vean tentados a bajar— ordenó el cabo de la Guardia Civil que lideraba aquel pelotón de cinco hombres. Tras haber recibido el aviso en el cuartel del pueblo por parte de aquel chiquillo que había llegado como alma que lleva el diablo, se pusieron inmediatamente en marcha hacia el lugar. «Que cosa tan rara, un accidente con un coche en aquellos parajes, tan alejados de todo. ¿Qué hacía alguien por allí, conduciendo por aquel carril? ¿Qué buscaba en aquel sitio?» iba pensando el cabo mientras se dirigían al lugar, dándole vueltas a la cabeza y expectante por ver qué se iban a encontrar cuando llegasen. Él, al igual que el padre del muchacho que primero había visto el extraño espectáculo, supo de inmediato, tras ver el vehículo calcinado, que no era de allí. Nunca lo había visto por el pueblo, y era fácil no confundirse dado que entonces, los coches no eran algo habitual, sino más bien un artículo de lujo al alcance de unos cuantos privilegiados, y los pocos que había en el pequeño municipio eran fácilmente reconocibles: un Citroën 2CV y un par de Renault 4L. Eso era todo. Bajaron cuidadosamente y como pudieron hasta el fondo de la cañada, apoyando pies y manos donde podían y agarrándose a los matorrales que les parecían más fiables. Así, y no sin poco esfuerzo, llegaron al lugar donde yacía el vehículo y en el que ya había algún que otro curioso que, de camino a su trabajo en los campos, se había desviado para fisgonear. Tras echarlos de allí, pusieron entonces su atención en la enorme carrocería para descubrir de inmediato que se trataba de un Mercedes-Benz, fácilmente reconocible debido a que cuando finalmente quedó estático, lo hizo en su posición normal y no volcado. —Parece que no hay nadie dentro, mi cabo— dijo uno de los guardias que bajó. —Por los alrededores tampoco se ve nada, excepto el rastrojo quemado— añadió el otro. —Aquí hay algo muy raro— dijo el cabo. —¿Pensáis que el que conducía el coche cayó aquí abajo y sobrevivió a la caída? Imposible. Mirad ese barranco. ¿Cuántos tumbos, vueltas y golpes contra las piedras ha tenido que dar hasta llegar aquí? El coche está como un acordeón. No me creo que alguien haya sobrevivido a esto. Y encima después de que el coche haya salido ardiendo. Lo que yo creo es que lo han despeñado desde el carril, sin nadie dentro. Es lo que me parece más razonable. Porque no hay forma de que alguien sobreviva a una caída así— concluyó el cabo mirando hacia arriba, abarcando con su vista el imponente y accidentado barranco que se erigía ante ellos. —¡Mi cabo! ¡Mi cabo, aquí! — gritó de repente uno de los guardias desde la parte trasera del coche, frente al maletero abierto. 

Un horrendo espectáculo se mostraba ante los tres hombres, que, paralizados por el espanto, no eran capaces de hacer otra cosa que mirar con los ojos desorbitados hacia el interior del compartimento sin decir ni una sola palabra. Frente a ellos, un cuerpo en posición fetal yacía totalmente calcinado e irreconocible, con su lado izquierdo sobre la superficie del maletero de modo que el brazo y la mano derecha quedaban a la vista, dejándose ver en el dedo anular un anillo de oro, que parecía ser, a primera vista, una alianza. —Aún consumido por las llamas, sigue teniendo un tamaño considerable, casi no cabe en el maletero, ni siquiera doblado— acertó a decir por fin el cabo, rompiendo el silencio tan solo interrumpido por el canto de las chicharras que, aunque tímidamente, ya iban haciéndose notar. —Tuvo que ser alguien de complexión fuerte, grande y de buena estatura. Esto tiene pinta de ser un ajuste de cuentas. Además— dijo alejándose unos cuantos pasos del coche para después dirigirse hacia la parte delantera, —las placas de matrícula las han arrancado, y parece que la única pista visible que hay para identificar al cuerpo es ese anillo de oro. Castro, sube y dile a los que están arriba que vayan inmediatamente al cuartel e informen a comandancia de un homicidio, un posible ajuste de cuentas, y te quedas en el carril, haciéndoles el relevo. ¡Vamos, rápido! — ¡A la orden, mi cabo! —. Mientras el guardia se alejaba subiendo como podía por aquel empinado barranco, los dos agentes que quedaron en el lugar observaban minuciosamente el vehículo, sin apreciar nada que pudiese dar indicios de lo ocurrido. Tampoco en los alrededores vieron nada anormal o sospechoso, salvo por los cristales y algunas partes del vehículo desperdigados en su violento descenso hacia el fondo de la cañada y en el lugar donde ahora se encontraba. Pero ningún objeto personal, ni un jirón de ropa, ningún zapato, cartera, reloj… algo que pudiese dar alguna pista, por pequeña que fuese. —Han hecho un trabajo limpio Fernández, estos tíos son profesionales— dijo el cabo.  —Esto le viene grande a las autoridades de la provincia. Aquí hay gato encerrado. Muchas molestias se han tomado para no dejar rastro, y han venido hasta muy lejos para hacerlo, a un lugar apartado y solitario. Querían ocultarlo bien, que pasara muy desapercibido. Este caso es para los de la Criminal(1).

*  

«El crimen de las runas, ¿a quién se le habrá ocurrido el nombre?», iba pensando el inspector Esteban Molina mientras leía la noticia en el periódico que sostenía entre sus manos. El calor, en aquella época del año, era cuanto menos agobiante, hecho al que contribuían, mediante el castigo psicológico, ejércitos de chicharras con su estridente, continuo y monótono canto. Iban subiendo por aquel carril de reciente construcción, amplio y sorprendentemente bien nivelado, con su enorme e imponente -para la época- Seat 1500, vehículos entonces muy habituales entre las dotaciones policiales de las grandes ciudades. Y era precisamente de una gran ciudad de donde venía este afamado criminólogo, ni más ni menos que de Madrid, la capital de España. Porque aquello que a primera vista parecía, a juicio de los guardias civiles que primero llegaron al lugar, un simple ajuste de cuentas, resultó ser mucho más complejo y confuso, un asunto espinoso y comprometido que ofrecía matices delicados y extraños desde un punto de vista político. Tras ponerse el macabro hallazgo en conocimiento de la comandancia, inmediatamente comenzó a funcionar la maquinaria burocrática y operativa y se envió a un grupo de la Brigada de Investigación Criminal que tenía su base en la capital de la provincia. Efectivamente comprobaron que no había manera de esclarecer la identidad del cadáver mediante indicios en el terreno u objetos pertenecientes a la víctima, tales como alguna identificación, documento, etc. Del vehículo solo podía saberse el modelo, un Mercedes-Benz 280 S, ya que las placas de matrícula habían sido extraídas. Ni siquiera podía averiguarse, a simple vista, el color de la pintura de la chapa. De lo único que podían tirar para obtener alguna pista era de aquel anillo de oro que había sobrevivido al infierno de las llamas. Un misterioso anillo que, tras haber sido analizado detenidamente en el laboratorio, resultó ser mucho más que una simple alianza, ya que en su parte visible tenía grabados unos inquietantes y extraños símbolos, además de una calavera:

Y en su interior, también grabada, una serie de números: 10.5.41. No fue difícil, para los agentes implicados en la investigación, adivinar que quien portaba aquel anillo debía tener, cuanto menos, simpatías nacionalsocialistas, ya que la cruz gamada y la calavera dejaban poco margen de duda al respecto. Tras el descubrimiento, el suceso adquirió enseguida unas dimensiones extraordinarias y excepcionales, no por el hecho de haber encontrado un cadáver calcinado en el maletero de un coche también calcinado y despeñado por un barranco, sino por lo que aquella simbología representaba y por todo el trasfondo que podía haber oculto en aquel crimen. El primer informe de la investigación levantó un gran revuelo entre las autoridades, ya que todavía estaba reciente el caso de Humberto Delgado, alias El general sin miedo, asesinado en la provincia de Badajoz, a escasos kilómetros de la frontera con Portugal, por la policía secreta del Estado Novo(2), la dictadura del país vecino liderada durante su mayor parte por António de Oliveira Salazar, un oscuro hecho político que alcanzó gran repercusión en todo el mundo y del cual, la mayor parte de la prensa internacional dedujo, acertadamente, que se trató de un ajuste de cuentas entre gobierno y oposición. Y España no quería volver a ser el teatro de operaciones de intrigas políticas extranjeras, y menos aún quería tener, al menos visiblemente, nada que ver con el desaparecido régimen nazi o con sus simpatizantes, ya que en aquellos años, la agonizante dictadura del general Francisco Franco estaba bastante preocupada por ser amiga de Estados Unidos y las potencias occidentales, de granjearse las simpatías de las naciones poderosas y de hacer emerger su economía mediante la industria y, principalmente, el turismo. Y otro escándalo era, definitivamente, lo último que necesitaba.

En Madrid, tras recibir el informe, el ministro de la Gobernación tomó rápidamente cartas en el asunto, y decidió que al juez encargado del caso se le otorgara jurisdicción en toda la geografía nacional para la instrucción del sumario, con el firme propósito de actuar rápida y eficientemente. Había que descubrir qué había ocurrido realmente y quién estaba detrás de esto, pero con discreción, mucha discreción. Por ello, el ministro de Información y Turismo se puso manos a la obra y, levantando un muro de silencio a través de su férreo control sobre la agencia EFE(3), evitó que la noticia trascendiera más allá de lo aceptable y que se divulgase información sensible que pudiera levantar el vuelo de las mentes más imaginativas y conspiranoicas. Tan solo un semanario provincial se aventuró a publicar una información que, una vez pasada la censura, no quedó más que en un par de columnas de texto y ninguna fotografía, ubicadas en una de las páginas pares -el lado izquierdo del lector y, por tanto, el menos atrayente y leído- en mitad del volumen. Ni siquiera se explicaba el origen de aquel nombre al que se refería como el utilizado por la policía en su investigación, El crimen de las runas, y el titular de la noticia simplemente rezaba Hallan cuerpo calcinado por posible ajuste de cuentas en tranquilo municipio de la provincia.

—Mejor— pensaba el comisario en voz alta, —mientras menos se sepa, más fácil será para nosotros hacer el trabajo de investigación. Ojos, oídos y bocas indiscretas solo traen confusión y desconcierto—. Y dirigiéndose a los dos subinspectores que le acompañaban en el vehículo, añadió: —Que mira la que lo que ocurrió en el 65, con lo de Humberto Delgado, a punto estuvimos de tener un conflicto diplomático con los portugueses, y nos puso en el punto de mira de buena parte de la comunidad internacional. Que vuelva a ocurrir algo parecido no beneficia en nada a España, más bien al contrario. Con los americanos y los británicos hay que llevarse bien, por la cuenta que nos trae—. Iban subiendo lentamente de camino al lugar en el que todavía yacía el vehículo, fuertemente custodiado por una dotación de agentes de la Guardia Civil llegados de otras localidades expresamente para ello, y de hecho, era lo único que iban a encontrar, el vehículo, pues el juez había dado la orden de levantar el cadáver dos días antes, tras la investigación realizada in situ por el grupo de la BIC al que se le asignó el caso en primera instancia. El comisario Molina observaba el paisaje que les rodeaba, un entorno duro, seco, accidentado hasta el extremo, con enormes e imponentes paredes de piedra grisácea y profundos y escarpados barrancos, donde solo los matorrales y los pinos eran capaces de crecer y prosperar, colonizando un terreno abrupto en el que el agua era, durante gran parte del año, algo escaso que rara vez se dejaba ver. Le habían comentado que antes de aquel carril, por aquellos parajes sólo existían veredas por las que apenas los hombres y las bestias podían pasar, adaptadas a aquella difícil topografía. Pero era precisamente en aquel carácter áspero e indomable, tan silvestre, donde radicaba la grandiosa belleza de aquel lugar, rebosante de la luz cegadora del sol y coronado por un pulcro e inmaculado cielo azul. Volvió a mirar a los papeles que descansaban en sus muslos, esta vez poniendo su atención en el informe en el que se describía con detalle todo el análisis realizado hasta entonces y los resultados arrojados por el mismo. Poco pudo sacarse en claro de la autopsia, salvo que el cuerpo pertenecía a un varón y que, probablemente, ya estuviese muerto antes de ser introducido en el maletero. El fuego hizo bien su trabajo, ocultando cualquier prueba o indicio que pudiese ayudar en la identificación de aquel desdichado. Mientras observaba atentamente las fotografías de los misteriosos y desconcertantes símbolos de la cruz gamada y de la calavera, y de la fecha grabada en el interior del anillo, una violenta vorágine de sentimientos y recuerdos vino a la memoria del comisario Molina.

Evocó aquel mes de febrero de 1936, cuando siendo apenas un chaval de veinte años, partió desde Madrid rumbo a Melilla para alistarse en la I Bandera de la Legión, dando así rienda suelta a su espíritu inquieto y aventurero. «¿Quién me iba a decir a mí que tan solo cinco meses después me embarcarían rumbo a la península, formando parte de las fuerzas de choque del ejército nacional?». Y tampoco pudo imaginar, al principio de aquella aventura, todo el horror y la miseria de los que serían testigos sus ojos. Extremadura, frente de Madrid, Guadalajara, Belchite, Batalla del Ebro… tres años de guerra que lo curtieron y le convirtieron en un hombre extremadamente duro con un elevadísimo sentido del deber y de la disciplina. «En la guerra, como en la vida, es la disciplina lo que te mantiene respirando y lo que te brinda la oportunidad de ver un nuevo amanecer. ¿Qué es la vida, sino una larga guerra de desgaste?». Fue precisamente en aquel conflicto fratricida que golpeó a España donde vio por primera vez a los soldados alemanes en acción, en la cual hicieron gala de su reputación. Entre los oficiales y la tropa del ejército español -en ambos bandos, nacionales y republicanos- se extendió con bastante rapidez el dicho Los alemanes son soldados con uniforme, los italianos uniformes sin soldado y los españoles, soldados sin uniforme, que hacía perfectamente referencia al nivel de los tres grupos de combatientes implicados en la contienda. Cuando acabó la guerra, y debido en cierta medida al miedo que le provocaba volver a la vida civil, en la que todo estaba arrasado hasta los cimientos, se reenganchó en la Legión con el grado de sargento y volvió al norte de África, donde permaneció hasta que, en junio de 1941, llegaron noticias al acuartelamiento de que se había dispuesto en Melilla un banderín enganche para formar una división de voluntarios, cuyo cometido sería el de ir a luchar al frente del este junto a los alemanes. A luchar contra Rusia. A luchar contra el comunismo. El día 27 de ese mismo mes fue a la oficina de reclutamiento y tras pasar el reconocimiento médico y presentar su hoja de servicios en el ejército, fue oficialmente dado de alta en la nueva y flamante 250ª División de Infantería, o como comúnmente fue conocida, la División Azul. Fue, engrosando las filas de esta unidad, cuando combatió codo con codo con los soldados alemanes, aquellos hombres duros como el acero y con el corazón frío como el hielo, verdaderos soldados profesionales. Y fue también ahí donde vio muy de cerca la esvástica y la calavera. La primera la llevaban los propios soldados españoles en sus uniformes y sus cascos, y por supuesto, también los soldados alemanes, y la segunda la llevaban bordada en el cuello de sus guerreras los hombres de la 3ª División SS Totenkopf, el orgullo de aquel potentísimo ejército, considerada una división enteramente de origen germánico y perteneciente a las Waffen SS, el cuerpo de combate de élite de las Schutzstaffel(4). «Cuando creí que nunca más os iba a ver, de pronto aparecéis, veintinueve años después», pensaba el comisario Molina amargamente. En diciembre de 1943 regresó a España, y decidido a dejar la vida militar -demasiados años de atrocidades y muerte- puso sus ojos en la policía, de la cual se propuso formar parte. Así, y puesto que las vacantes para el recientemente creado Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico(5) estaban reservados a antiguos combatientes del bando sublevado y adeptos al régimen franquista, lo único que tuvo que hacer fue ir a la comisaría más cercana en su ciudad natal, Madrid, y presentar su expediente y hoja de servicios. Huelga decir que fue admitido de inmediato. Pero hombre siempre inquieto y ambicioso, siempre con objetivos en el horizonte y amante de los retos y los desafíos, decidió que no se quedaría patrullando las calles o detrás de un escritorio. Decidió dar el salto, con la recomendación de sus superiores, que le tenían en muy alta estima, al otro cuerpo de la policía franquista, el Cuerpo General de Policía, encargado este último de la investigación de los crímenes, homicidios y labores de represión política. Comenzó a estudiar Psicología Criminal en la Escuela General de Policía, así como Psiquiatría y Psicología en la Universidad de Madrid. Comenzó a destacar rápidamente como agente y como estudiante, debido a su elevadísimo espíritu de sacrificio, su constancia y su férrea disciplina. Consagró su vida a su carrera profesional y, debido a su entrega, a su pasión y al amor por su trabajo, se forjó la merecida reputación de agudo sabueso en la resolución de algunos de los delitos más complejos y delicados de la época. El inspector de 1ª Esteban Molina era, en la policía española, una leyenda viva, un hombre admirado y respetado por todos. Y fue precisamente por eso por lo que el ministro de la Gobernación le ordenó que se encargara él personalmente de la investigación del caso, una vez se tuvieron algunos detalles que situaban el crimen en cuestión como algo delicado que debía ser tratado por manos expertas. —Ya estamos en el sitio, inspector— dijo el agente que conducía el vehículo cuando vio, al salir de una curva cerrada a la derecha, a una pareja de guardias civiles que les hacían señas. Tras los saludos de rigor entre los agentes, Esteban Molina y sus dos ayudantes, dos subinspectores, se dispusieron a bajar por aquel abrupto y traicionero terreno, y mientras lo hacían, iban analizando con sus ojos expertos el terreno circundante, prestando especial atención al camino que con más probabilidad habría seguido el vehículo en su caída hasta el fondo de la cañada. Desde abajo, el cabo observaba a los tres policías bajar despacio, no tanto por la dificultad del terreno sino por el análisis que estaban haciendo de la situación mientras descendían. —Esto es algo gordo Fernández, muy gordo. Aquí hay gato encerrado, un asunto de Estado diría yo. Si no, ¿para qué iban a mandar aquí al mismísimo comisario Esteban Molina? Es una institución ya no solo en la Brigada de Investigación Criminal, sino en todo el Cuerpo de Policía. Me he enterado de que le han dado el caso directamente desde Gobernación, por eso te digo que esto es algo muy gordo. A saber quién era el pájaro que había en el maletero, Fernández, a saber…—. Cuando los recién llegados estuvieron a una distancia de unos veinte pasos, los guardias civiles se prepararon para recibirles. —¡A sus órdenes, inspector! —gritó el cabo dirigiéndose a aquel hombre de mediana edad, pelo canoso y alopécico, de constitución ancha y corpulenta, aunque de estatura media más bien tirando a baja. Portaba un fino bigote bien cuidado e impecablemente perfilado que, junto a sus facciones duras y su semblante serio, le daban el aspecto de perfecto hombre del régimen. —Buenos días, señores— respondió el inspector cordialmente, aunque con un claro tono de autoridad. —Descansen. Imagino que les habrán puesto al corriente, somos el inspector Molina y los subinspectores Aguirre y Sanz. Venimos directamente desde Madrid, dado que la gravedad del caso trasciende más allá de lo que se me está permitido hablar. En cualquier caso, me gustaría saber, de primera mano, qué fue lo que encontraron aquí. Ustedes llegaron antes que nadie, o al menos eso tengo yo entendido, ¿es así? —preguntó el inspector. —Bueno, verá usted inspector, fuimos los primeros agentes del orden que bajamos, sí, pero la verdad es que ya hubo por aquí algún curioso que bajó al ver este inusual espectáculo. Cuando llegamos, les invitamos amablemente a abandonar el lugar, por supuesto—. ¿Quiere usted decir que ya había gente alrededor del vehículo cuando ustedes llegaron a la escena? —Sí, inspector— respondió el cabo. —¿Cree usted que alguien pudo haberse acercado al cadáver que se encontró en el maletero, o incluso haberlo tocado? Seré más claro, ¿cree usted que alguien pudo haber sustraído algún objeto personal del fallecido, como por ejemplo un reloj o cualquier otro objeto que pudiese servir de cara a la identificación del cadáver y al esclarecimiento de los hechos? —No, inspector. Sinceramente, no lo creo. El guardia Fernández, aquí presente, fue el que halló el cadáver. —¡Permiso para hablar! —Hable, Fernández— le instó el inspector. —Puedo asegurarle que yo fui el primero que abrió el maletero. Estaba tan duro que tuve que emplear mis dos brazos y todas mis fuerzas, y cuando conseguí abrirlo, casi caigo para atrás del impulso. Entonces vi el cadáver, y ese extraño anillo con el que el fuego no pudo. Inmediatamente di la voz de alarma. Además, para cuando conseguí abrir la portezuela, ya no había ningún curioso rondando. Fuimos nosotros, inspector, los primeros en ver el cuerpo calcinado de ese hombre. —¡Permiso para hablar! — hable, cabo. —Los dos o tres que estaban por aquí no son ladrones, inspector, son gente del pueblo, jornaleros que vienen a trabajar a un cortijo que hay poco más arriba, y bajaron por la curiosidad del espectáculo. Pero no cogieron nada, estoy seguro. Entre otras cosas, porque como puede usted ver, lo único que hay son trozos del coche y rastrojo quemado. No creo yo que se entretuviesen en buscar entre todo este follón. No tuvieron tiempo.

—Lo único que he sacado en claro de la entrevista con los guardias—, dijo el inspector dirigiéndose a sus ayudantes, ya montados en el vehículo de camino a la capital de la provincia, en cuya comisaría de policía le habían preparado una oficina para llevar a cabo la investigación, —es que la escena está totalmente contaminada. Hemos visto en la pared del barranco matorrales chamuscados y algunas ramas de pino quemadas, indicios suficientes para hacernos pensar que al coche le prendieron fuego en el carril para inmediatamente despeñarlo por la cañada. No podemos saber, por las pisadas, cuantos hombres eran, ya que antes que nosotros e incluso que los guardias, varias personas ya estuvieron deambulando por el lugar. Lo único que puedo hacer es tirar de la pista del anillo e intentar averiguar quién era, quién lo mató y porqué—. E inmediatamente, ya durante el viaje, se puso manos a la obra y comenzó a hacer cavilaciones, a unir las pocas y confusas piezas de las que disponía. «Parece claro que el móvil no ha sido el robo, porque el anillo, bastante valioso a primera vista, no fue sustraído, y nadie se toma tantas molestias y viene hasta tan lejos para ocultar un delito por robo. Por otro lado, de haber sido de plata, se habría tratado de un Anillo de honor de las SS(6), el cual poseían solamente los mandos de esa organización. Pero es de oro, y yo sé que no hicieron ninguno de ellos en oro. Quien lo portaba era, o bien su dueño, o bien lo había heredado. En cualquier caso, estoy seguro de que conocía su significado. Y apuesto a que fue precisamente eso lo que le llevó a lo más hondo de ese barranco, dentro de un maletero y calcinado. Sabemos que, en la Costa del Sol, a solo dos horas de aquí, está afincada una nutrida colonia de ex nazis, que huyendo de aquella Alemania derrotada y devastada por la guerra, terminaron refugiándose en esta magnífica tierra para disfrutar de un retiro dorado. Algunos de ellos no hacen el más mínimo esfuerzo por ocultar su pasado, e incluso sin renunciar a sus ideales nacionalsocialistas, se enorgullecen en mostrárselos a todo aquel que esté dispuesto a escucharlos. Seguramente, la víctima pertenecía a esa colonia o tenía un estrecho vínculo con ella, así que empezaré investigando en las urbanizaciones en las que residen, ya que es posible que obtenga alguna información útil». Y acariciando con la mirada el soberbio paisaje que les rodeaba, dejó que la memoria vagara por el territorio de los recuerdos escondidos, reviviendo nítidamente aquella época de uniformes, esvásticas y calaveras en la que el horror, la barbarie y la muerte caminaron cogidas de la mano, regando los campos de Europa con la sangre de millones de personas que perecieron bajo el yugo de la maldad humana.

*

Sentado en su improvisada, aunque bien montada, oficina de la comisaría provincial, el inspector observaba cuidadosamente el anillo que tenía frente a él, poniendo especial atención en los extraños símbolos y en la fecha grabada en su cara interior. «Estos caracteres no son otra cosa que runas, es decir, letras pertenecientes al alfabeto rúnico(7), y de ahí debe haber salido el nombre El crimen de las runas, aunque podían haberse esmerado más, y ya puestos, haber sido algo más creativos. En fin… eso es lo de menos. Es ampliamente conocido que los nazis, bajo la influencia del romanticismo y del nacionalismo folclórico y populista, sintieron tal fascinación por ellas que llegaron incluso a emplear algunas en su simbología política y militar, e incluso esta de aquí, sigel (ᛋ), llegó a ser el tristemente célebre emblema de las SS (ᛋᛋ). Las otras dos letras son hagall (ᚼ), y una combinación de doble sigel, óss y tyr (ᛋᛋᚮᛏ). Y aquí tenemos la esvástica (卐), que, aunque no es una runa, es quizás el más conocido de todos los símbolos, el que los nazis emplearon para representar la ascendencia cultural del pueblo alemán de la llamada raza aria. En cuanto a la fecha, no hay lugar a dudas sobre a qué periodo de la historia moderna pertenece. Quien quiera que fuese el que solicitó que se grabara, tuvo que tener algún tipo de participación, directa o indirecta, en la Segunda Guerra Mundial(8). Aunque no es una copia exacta del Anillo de honor de las SS, su portador quiso tener un recuerdo de la grandeza de todo aquello haciéndose uno muy similar para sí mismo, algo personalizado, pero con el mismo significado». En estas conjeturas andaba inmerso el inspector cuando alguien tocó en la puerta de su oficina. —¡Adelante! —Disculpe la interrupción señor inspector, pero le traigo novedades. —Tome asiento Sanz, y dígame qué ha averiguado— respondió el inspector, expectante. —Hemos investigado las denuncias de desapariciones en la provincia y, efectivamente, hace cuatro días se denunció a la Guardia Civil la desaparición de un ciudadano alemán residente en la urbanización Villa Espartera, un tal Joachim Hoffmann. —¿Quién puso la denuncia? —Su hijo, inspector—. Pues tráemelo aquí ahora mismo, ahora sí tenemos un hilo del que tirar.

*

—Pase y siéntese, póngase cómodo— se dirigió el inspector afablemente a aquel hombre joven de ojos azules, rubio y de piel clara, alto y delgado, pero de buena constitución. —Johann Hoffmann, ¿correcto? —Sí, es mi nombre, pero todos me llaman Juan— respondió el muchacho. —Soy el inspector Esteban Molina, y ellos son los subinspectores Aguirre y Sanz. Pertenecemos a la Brigada de Investigación Criminal. Dígame, ¿cuándo denunció usted la desaparición de su padre? —Hace cuatro días, al día siguiente de cuando lo vi por última vez. Pero, ¿qué ocurre? ¿han encontrado a mi padre? ¿está muerto? ¡oh Dios mío! —Cálmese hombre, cálmese. Tenemos un cadáver, pero no sabemos si es el de su padre. Estamos en plena investigación. ¿Tenía coche su padre? —Sí— respondió impaciente. —¿Marca y modelo? —Mercedes-Benz 280 S—. Al oírlo, el inspector miró a los dos subinspectores, que, de pie y apoyados contra la pared al fondo de la habitación, asintieron con la cabeza sin emitir ningún sonido. La impaciencia de Hoffman iba en aumento. —Hemos encontrado algo que portaba el fallecido en el momento en que fue encontrado: este anillo—. El inspector se lo mostró al joven y, al hacerlo, los ojos de éste se enrojecieron, su rostro palideció y se tapó la cara con las manos, tratando de ocultar sus agradables facciones deformadas por la pena y sus ojos llenos de lágrimas. —¿Le resulta familiar el anillo? — preguntó el inspector. —Es de mi padre. Era— y comenzó a llorar como un niño. —Hemos encontrado un cadáver en un lugar del interior de la provincia, una zona muy rural, muy alejada, aunque, a decir verdad, a tan solo dos horas de aquí en coche. Portaba este anillo en el dedo anular de su mano derecha— e hizo una pausa esperando la confirmación de Hoffmann. Al ver que no llegaba, el inspector insistió: —¿Es en ese dedo donde solía llevar su padre el anillo? —Sí, siempre lo llevó ahí. —¿Es usted consciente del significado de la simbología grabada en el mismo? —. El muchacho, enjugándose las lágrimas lenta y esmeradamente con un pañuelo que se había sacado del bolsillo izquierdo de su pantalón, levantó la vista, miró fijamente a los ojos del inspector y, con voz monótona y fría, respondió: —Por supuesto que sí. Mi padre perteneció a las SS y luchó por Alemania y por sus ideales. Nunca lo ocultó. Es más, siempre estuvo orgulloso de ello. Mi padre fue un verdadero soldado ario que a punto estuvo de perecer en el campo de batalla en más de una ocasión. Disfrutaba de su más que merecido retiro en esta magnífica tierra, pacíficamente y sin molestar a nadie. ¿Por qué vinieron a por él, por qué lo mataron? Él no tenía ningún enemigo y sí muchos amigos, era un hombre querido por todos, un modelo a seguir, un hombre importante en su comunidad y un faro para muchos, para mí el primero. ¡Era mi padre! — y acto seguido, comenzó a llorar de nuevo. El inspector lo observaba cuidadosamente, analizando los gestos y las reacciones. «Claro que tiene enemigos, muchacho, muchos, y además muy astutos y ávidos de venganza. Aquello no se ha olvidado», pensaba el inspector mientras daba unos minutos a aquel hombre destrozado por la pena para que se tranquilizase un poco. —¿Le importa que le llame Juan? —. El joven hizo un gesto para indicar que podía hacerlo. —¿Dónde nació usted, Juan? —En Alemania. —¿En qué año? —En 1943. Pero al finalizar la guerra, mi padre empleó sus contactos y arregló su huida de Alemania junto conmigo y con mi madre. Finalmente vinimos a parar a España, donde el régimen del general Franco nos acogió con los brazos abiertos y nos dio protección. Supongo que no hará falta que le diga que su régimen y el nuestro fueron aliados e incluso españoles y alemanes combatieron juntos contra el comunismo en el frente del este. —No, no hace falta que me lo diga. Lo sé por experiencia propia. Combatí en la División Azul entre 1941 y 1943. Voljov, Possad, Krasny Bor, entre otras batallas dentro del sitio de Leningrado—. En la mirada del muchacho hubo un destello de admiración hacia el inspector, que éste supo ver y aprovechar para obtener más información acerca de las oscuras circunstancias que parecían rodear la muerte de su padre. —¿Dónde está su madre? —Falleció hace cinco años, a causa de una enfermedad que venía arrastrando desde hacía mucho tiempo— respondió Hoffmann. El inspector, hombre inteligente y con la experiencia que da una larga carrera policial curtida en innumerables investigaciones, iba teniendo una idea aproximada de lo que había podido ocurrir. Pero quería ahondar en los hechos y asegurarse antes de dar el siguiente paso. —¿Sabe usted si alguien ajeno al círculo cercano de su padre estuvo en contacto con él en los días previos a su desaparición? —No, que yo sepa. Mi padre era un hombre muy metódico y de férreas costumbres, muy cuadriculado, preciso, como buen alemán. Hasta donde yo sé, con las únicas personas que tenía relación habitual era con los socios y los empleados del club que frecuentaba a diario, todas las tardes gustaba de ir a tomarse una copa y a disfrutar de una tertulia en buena compañía. —¿Quién solía ser esa compañía? —Vecinos de la urbanización, miembros del club. —¿Alguien más? —Que tuviese alguna relación con mi padre… el servicio doméstico, o sea, el jardinero, el ama de llaves y las asistentas. Y yo, por supuesto. —Me da la sensación de que su padre llevaba una muy buena vida, lujosa podría decirse. Ambos sabemos que Villa Espartera es una zona muy exclusiva, una de las mejores y más distinguidas de toda la Costa del Sol. ¿Podría usted decirme a qué se dedicó su padre una vez se afincó en España y durante sus años en activo? —Mi padre representó a varias corporaciones acereras alemanas, además de tener su propia constructora. Muchos de los proyectos de urbanizaciones y hoteles en la Costa del Sol han sido promovidos y culminados por la empresa de mi padre—. Tras una pausa en la que estuvo revisando varios papeles que tenía sobre la mesa, el inspector finalmente habló: —Muy bien, pues por el momento es todo, Juan. Muchas gracias por su tiempo. Y le pido una cosa: que esto no trascienda. Se trata de una investigación todavía en curso, y aún es muy pronto para hacer comunicados a la prensa. No olvide que apenas nos ha dado tiempo a identificar el cadáver de su padre, y que aún no sabemos quién lo hizo ni porqué. —¿Podría ver el cuerpo de mi padre? —No se lo recomiendo. No lo reconocería. Déjelo estar. Quédese con el último recuerdo que guarda de su padre, de la última vez que lo vio con vida. Será menos doloroso para usted. Le acompaño en el sentimiento— dijo el inspector cortésmente mientras daba un par de palmaditas en la espalda del muchacho. —Gracias otra vez y procure estar fácilmente localizable, por si surgiera la necesidad de hacerle más preguntas. —Gracias a ustedes inspector. Estoy a su entera disposición. Por favor, encuentren a los responsables de la muerte de mi padre, quienes quiera que sean, y que lo paguen— decía Hoffmann mientras se daban un apretón de manos a modo de despedida. Pero justo en el momento en que cruzaba la puerta de la oficina para salir, paró en seco, y volviéndose hacia los policías, dijo dirigiéndose al inspector: —Ahora que lo pienso, sí hubo una persona ajena a su círculo íntimo que tuvo contacto con él, aunque muy poco. Pero llegó a conocerle en persona e incluso a conversar con él. Y, a decir verdad, pareció muy interesada en el pasado militar de mi padre.

*

—Estela Schäfer. Tenemos a esta joven de veinticinco años, que comenzó una relación de noviazgo con el hijo de la víctima hace varios meses. ¿Qué sabemos de ella? —Hemos investigado— comenzó el subinspector Aguirre, —con la colaboración de la Guardia Civil, de la Delegación del Gobierno y de los compañeros de la Brigada de lo Político-Social(9) destinados aquí, y hemos descubierto algo bastante inquietante, inspector. —¿Más aún? —respondió éste irónicamente. —¿De qué se trata? —Hemos podido saber que la chica es hija de un judío alemán, un comerciante llamado Lothar Schäfer, afincado en la ciudad, el cual tiene estrechas relaciones mercantiles con Israel, o al menos eso se cree, dado que en los últimos años ha establecido fuertes vínculos con aquel país, llegando incluso a viajar allí en más de una ocasión. —Para, para un momento— interrumpió el inspector. —Johann Hoffmann, el hijo del fallecido, pese a que no me lo declaró abiertamente, tiene claras simpatías por la ideología nazi, sin duda heredadas de su padre. Pude verlo en su forma de hablar, en su expresión facial y en su mirada fanática cuando me habló de que su padre había formado parte de las SS. ¿Me estás diciendo que un antisemita convencido comenzó una relación amorosa con una judía? —Quizá no lo supiera, inspector—, respondió Aguirre. —De acuerdo, supongamos que él no lo supiera. Pero estoy convencido de que ella sí tuvo que darse cuenta de la ideología del muchacho, después de casi un año de novios. Es imposible no darse cuenta. A mí me bastaron unos cuantos minutos el otro día. Y sabemos que incluso llegó a tener contacto directo con la víctima, llegó a hablar con él, y lo más revelador, lo que nos aporta una nueva vía de investigación, es que, al parecer, y por boca del propio Hoffmann, parecía muy interesada en su pasado militar. —¿Podría ser que la chica hubiese sido empleada como espía para obtener información acerca de la víctima? —interrumpió el subinspector Sanz, más pensando en voz alta que con la intención real de hablar. —Es una posibilidad que no podemos descartar— continuó el inspector Molina. —Si la muchacha supo mantener un perfil bajo y discreto, no le tuvo que resultar difícil obtener información de un hombre que no solo no se avergonzaba de su pasado, sino que además de enorgullecerse de él, no dudaba en contárselo a todo aquel que estuviese dispuesto a escucharlo. Traed a la muchacha, y al padre. Hay que interrogarles. Pero hacedlo discretamente, recordad que esta investigación está envuelta en un halo de secretismo por ser un asunto de Estado, no puede trascender absolutamente nada a la prensa, así que lo que hagáis que sea siempre con tacto y mesura. En este caso, es preferible quedarse corto que excederse, y evitar así movimientos que hagan levantar sospechas. —Precisamente eso quería comentarle, inspector— intervino Aguirre. —Hemos intentado localizar tanto a la chica como al padre, y no ha sido posible. Del padre sabemos que marchó de viaje, posiblemente a Israel, hace cosa de un par de semanas. Pero de la muchacha no sabemos nada, simplemente se ha esfumado. Y su novio, Johann Hoffmann, dice no saber nada de ella desde hace al menos tres días, aunque parece ser que no es algo extraño dado que los jóvenes no se veían todos los días, según palabras del muchacho. —Esto se complica a cada paso que damos, y mucho me temo que este ha sido el último antes de ir a parar a un callejón sin salida. Que Estela Schäfer haya desaparecido justo después del asesinato la convierte en una potencial sospechosa, aunque dado el caso, no pudo actuar sola, imposible. Y el padre no pudo ser el autor material puesto que sabemos que está fuera de España, ¿es correcto Aguirre? —Así es, inspector. —Bien, recapitulemos: Tenemos a un ex nazi muerto, víctima de un homicidio, y a una mujer joven, hija de un judío alemán y novia del hijo del fallecido, que además estuvo indagando en el pasado militar de este último, al parecer con bastante interés y con la más que probable intención de recabar información que pudiese serle útil a terceros implicados. Es decir, nos estamos enfrentando a una situación en la que están involucrados, por una parte, un antiguo nazi, y por la otra, judíos de ascendencia alemana. En cierto modo la historia se repite, veintisiete años después y en territorio español, y parece ser que con la venganza como maestra de ceremonias. Llegados a este punto, es necesario poner en conocimiento de nuestros superiores los derroteros que está tomando la investigación. Aguirre, o Sanz, cualquiera de los dos, llamen a Gobernación y fijen una reunión urgente, lo antes posible. Mañana a primera hora salimos para Madrid. Esto está adquiriendo unas dimensiones tales que hacen necesario el asesoramiento y la ayuda de los que tienen los medios y las competencias para hacer averiguaciones fuera de nuestras fronteras. Voy a solicitar la participación en el caso del Servicio Central de Documentación(10).

*

—Hombre Fernando, ¡cuánto tiempo! —dijo el Inspector, acercándose y tendiéndole la mano amistosamente al agente que estaba en el umbral de la puerta de su despacho, ubicado en las oficinas de la Real Casa de Correos, en la madrileña Puerta del Sol. —Pasa hombre, pasa, no te quedes ahí. Entra, siéntate. ¿Te apetece beber algo? ¿Quieres un café? —No, Esteban, te lo agradezco. Acabo de desayunar hace apenas una hora. Dejemos el café para más tarde— dijo cordialmente Fernando Arias, el hombre que dirigía la sección del Servicio de Inteligencia asignada para trabajar de manera conjunta en el caso. Hombre de apariencia no menos imponente que la del inspector y aproximadamente de la misma edad, gozaba así mismo de una excelente reputación entre los altos estamentos de los organismos de seguridad del Estado. Coronel del ejército con un amplio bagaje militar, pasó a integrar las filas, a principios de los años sesenta, del Servicio de Información del Alto Estado Mayor(12), para posteriormente formar parte del ya citado Servicio Central de Documentación, una organización más moderna, dinámica y eficiente, más a la occidental, con los medios técnicos y de personal necesarios para realizar las operaciones que se requerían tanto en territorio nacional como en el extranjero, dentro de un complejo marco político internacional del que España quería formar parte. —Te traigo mucha información. Los muchachos han hecho bien, muy bien su trabajo. Es más, podría decirse que te traigo el caso resuelto. Por supuesto, nosotros actuamos en la sombra, así es nuestro trabajo, somos el servicio secreto, y tú lo cerrarás oficialmente ante Gobernación, la prensa y todo el país. Enhorabuena Esteban, esto acrecentará tu prestigio y posiblemente te den una condecoración. —No lo creo—, replicó el inspector, —este asunto es, como tú bien has dicho, para llevarlo en la sombra. Esto no puede trascender. Habrá una versión oficial de los hechos, pero seguramente algo diferente todo lo que en realidad ha ocurrido. Imagínate que la comunidad internacional se entera de esto: nazis, judíos, asesinato… y todo en tierra española. Es lo último que necesitamos. Pero dime, Fernando, que me tienes en ascuas, ¿qué me traes?

—Voy a empezar por el alemán que apareció calcinado en el maletero del coche—, comenzó diciendo Fernando Arias tranquilamente, mientras se encendía un cigarro. —Joachim Hoffmann nació en 1907 en Berlín, en el seno de una familia de clase media, hijo de militar. En 1926, con solo 19 años, se alistó en las recién fundadas Juventudes Hitlerianas, y más tarde pasó a formar parte de una división de caballería del ejército alemán, donde alcanzó el grado de cabo segundo. En 1934 se unió a las SS, donde desarrolló una impecable hoja de servicios y afianzó su fanatismo y su fe ciega en la doctrina, aspectos que, acompañados de la ayuda que le brindó un pariente con excelentes contactos en las altas esferas de la organización, le valieron el ingreso en la Escuela de oficiales de las SS en Brunswick. Realizó el juramento de las SS como oficial a finales de 1936 y a primeros de 1937 prosiguió su entrenamiento en el Campo de concentración de Dachau, hasta que en abril de ese año fue ascendido a subteniente y trasladado a la 1ª División Leibstandarte SS Adolf Hitler(11), una unidad de élite del ejército alemán en la que los soldados eran considerados superiores a los del resto de las fuerzas armadas, tanto por sus aptitudes militares como por su características físicas, acordes a los cánones raciales de los nazis. Sin embargo, en 1938 fue destinado a un puesto administrativo como adjunto del mismísimo Heinrich Himmler(12), trabajando en su oficina hasta 1940, cuando a mediados de ese año solicitó su traslado a una unidad de combate, lo que le fue concedido, yendo destinado a su antigua unidad, que en ese momento operaba en Francia, recibiendo de ese modo su bautismo de fuego. Posteriormente fue enviado a Polonia, y más tarde a Ucrania, donde una actuación brillante en la batalla de Járkov le valió la concesión de la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, una condecoración otorgada a muy pocos, como reconocimiento a la valentía en el campo de batalla o por éxitos en el liderazgo de tropas. Pero no solo tomó parte en operaciones militares, sino que también lo hizo en la ejecución de judíos, promoviendo el asesinato de éstos entre sus tropas y matando a miles de judíos ucranianos durante su destino en el frente del este. En 1944 fue enviado, con el grado de SS-Standartenführer, o lo que es lo mismo, como coronel de regimiento, al mando de una unidad de choque encuadrada dentro de la 1ª división SS Panzer, a colaborar en la defensa de Normandía tras el desembarco aliado del 6 de junio de 1944, participando en la Batalla de las Ardenas y durante la cual, se cree, el grupo de combate de Hoffman fue el responsable de la muerte de 362 prisioneros de guerra estadounidenses y más de un centenar de civiles, incluyendo mujeres y niños. Días antes de la rendición de Alemania, se las ingenió para escapar y evitar caer en manos de los soviéticos o de los americanos, y permaneció escondido, se cree que en las montañas de Austria, hasta que en 1947 pudo salir de Europa gracias a la inestimable ayuda de la organización ODESSA(13), mediante la cual huyó a Génova, ciudad en la que obtuvo un pasaporte falso y los permisos de emigración que le permitirían poner rumbo hacia Argentina. Poco después, ya en 1948, su mujer y su hijo, otra vez con la ayuda de ODESSA, pudieron encontrarse con Hoffmann en el país sudamericano. Pero parece que aquello no les gustó demasiado y decidieron mudarse a un país amigo más cerca de su amada Alemania. Así, en 1953 se trasladaron a España, donde haciendo gala de una enorme intuición y capacidad empresarial, comienza a representar a varias compañías acereras en España y funda su propia empresa constructora, sin molestarse siquiera en cambiarse el nombre, en parte debido a la protección que le es bridada por el régimen. De sus actividades obtiene unas sustanciales ganancias que le permiten disfrutar de una vida cómoda y placentera en la Costa del Sol… hasta que es asesinado.

—Me recuerda a los alemanes con los que combatí en Rusia. Soldados extremadamente duros y curtidos en varios frentes, tíos que habían recorrido prácticamente toda Europa luchando, pero sin ningún tipo de empatía o sentimientos. Recuerdo como trataban a los civiles rusos, como si fuesen animales. Sin embargo, los divisionarios establecimos con la población unos lazos de cordial amabilidad, nunca cometimos desmanes hacia ellos, y eso fue algo que los alemanes nunca pudieron entender. Todavía hoy, en Rusia se nos recuerda con respeto e incluso con cariño. Arremeter contra mujeres y niños ¡por Dios Santo!, cuando ellos son los que menos culpa tienen en una guerra. Eso solo pueden hacerlo desalmados sin escrúpulos, no soldados, sino criminales— comentaba el inspector mientras rememoraba su periodo de servicio en la División Azul y desde la que fue testigo de tantos atropellos y tropelías. Unos golpecitos en la puerta disiparon aquellos oscuros recuerdos de su mente. —Adelante. —¿Dan ustedes su permiso? —asomó la cabeza Aguirre mientras preguntaba, antes de pasar al despacho. —Pase Aguirre. ¿Qué nos trae? — respondió el inspector. —Hemos podido averiguar que, efectivamente, Lothar Schäfer se encuentra en Israel. De su hija Estela sigue sin haber rastro. —No me extraña nada que esté en Israel en este momento— dijo el coronel Fernando Arias, —teniendo en cuenta lo que hemos averiguado sobre él. Lothar Schäfer, alemán de nacimiento, fue cazado por la Gestapo(14) en 1937 bajo la acusación de espionaje, fue enviado al campo de concentración de Dachau y una vez allí, torturado hasta dejarlo con cojera permanente en su pierna derecha y sordo de un oído. Cuando fue puesto en libertad, un año más tarde, se marchó de Alemania a los Países Bajos, donde conoció a una judía holandesa, la que posteriormente sería su esposa y madre de Estela, y fue en ese momento cuando abrazó la fe hebrea. A finales de 1938 emigró con su mujer vía Rotterdam a Montevideo, en Uruguay, y luego se trasladó a Argentina. En 1947 nació su hija Estela, pero no se crio en la fe judía. Durante los años del régimen nazi, toda su familia fue asesinada en los campos de Auschwitz-Birkenau y Mauthausen-Gusen, a excepción de un hermano y un pariente lejano. Aproximadamente a mediados de la década de los cincuenta, no sabemos muy bien cómo, estableció contacto con varios cazanazis israelíes y se convirtió en informador, primero en Argentina, y más tarde aquí en España, a donde llegó a finales de esa década. Su mujer falleció al poco de llegar, de modo que quedaron solo Lothar y su hija Estela. Todo hace pensar que lo de dedicarse al comercio es una tapadera, y que probablemente trabaje para el Mossad, el servicio de inteligencia de Israel— hizo una pausa para encenderse un cigarro, alto que aprovechó el inspector para apuntar un dato que le había llamado la atención. —Me parece algo realmente curioso que ambos hombres, eso sí, en circunstancias muy diferentes, estuvieran el mismo año en el mismo campo de concentración, en Dachau—. El coronel, con una sonrisa de satisfacción, continuó: —A eso iba Esteban. Resulta que Hoffmann y Schäfer coincidieron en Dachau. Al parecer, fue Hoffmann, de una puñalada con la bayoneta de un fusil, el que le causó una lesión que le acompañaría el resto de su vida en forma de cojera. Así que, atando cabos y recopilando información, supimos que Schäfer, ya establecido en la Costa del Sol, a la que vino a residir, por cierto, a petición de la red de cazanazis para la que supuestamente trabaja, dado que saben que esto es un avispero de antiguos nacionalsocialistas y ex miembros de las SS, reconoció a Hoffmann, del que nunca olvidó su rostro aun habiendo transcurrido casi treinta y cinco años, e inmediatamente lo puso en conocimiento de su organización. Su hija Estela, una joven atractiva, afable y muy educada, fue reclutada e inmediatamente empleada para infiltrarse en los círculos íntimos de aquel presunto criminal de guerra nazi, ahora bajo la fachada de un respetable y tranquilo hombre de negocios alemán. Así, Estela se acercó a Johann, o Juan, como es conocido por sus amistades, y logró comenzar una relación de noviazgo con él, con el único objetivo de indagar en el pasado de su padre y poder confirmar que realmente se trataba de Joachim Hoffmann. Cuando estuvieron completamente seguros de su identidad, vinieron a por él, posiblemente agentes del Mossad apoyados por cazanazis civiles, aunque esto es muy difícil de determinar puesto que, como buen servicio secreto, sus movimientos son casi indetectables y actúan siempre con perfil bajo, pasando muy desapercibidos. Esos tíos son buenos Esteban, muy buenos, capaces de colársete en la cocina y ni te enteras, y no es ninguna exageración. Y el resto de la historia ya la conocemos. El bueno de Hoffmann terminó en el maletero de su coche calcinado e irreconocible.

—Lo que no me termina de cuadrar— comenzó a reflexionar el inspector en voz alta, mientras jugueteaba con una elegante pluma negra con ribetes dorados, —es por qué no se lo llevaron, una vez estuvieron seguros de que se trataba de la persona que buscaban, a Israel para juzgarlo por crímenes contra la humanidad—. Y dirigiéndose al coronel, le preguntó: —¿Alguna idea de por qué optaron por matarlo y no por llevárselo y enjuiciarlo? —Bueno, de hecho, mi opinión como agente de inteligencia acerca del desenlace de la operación, porque detrás de todo esto sin duda hay una compleja operación de inteligencia montada, de eso que no nos quepa la menor duda, es que no pretendieron en ningún momento matarlo, sino como tú dices, sacarlo del país para juzgarlo en Israel. Pero algo tuvo que salir mal. Muy probablemente, estuvieron sedándolo con pequeñas dosis de haloperidol, un fármaco antipsicótico que, empleado por manos expertas, puede mantener al individuo totalmente anulado y fuera de juego, como si tuviese una borrachera enorme que le hace incapaz de tenerse en pie. Y entonces algo falló y Hoffmann, por accidente, falleció. Bien de sobredosis o por cualquier otra causa. ¿Qué iban a hacer sino ponerse manos a la obra y eliminar todas las huellas e indicios de la operación? Lo metieron en su propio coche, se lo llevaron lejos, a un lugar apartado y aislado, al amparo de la noche, y tras prenderle fuego, lo despeñaron por el barranco. Eso sí, con las placas de matrícula quitadas, para no ponérselo a las autoridades tan fácil a la hora de tener algo por dónde empezar.

—¿Y qué me dices del anillo? ¿Por qué no se molestaron en quitárselo? ¿O acaso fue un descuido y lo dejaron ahí por accidente? —preguntó el inspector. —Si no querían ponerlo fácil y se molestaron en quitar las placas de matrícula, al final terminaron poniéndolo relativamente fácil dejando la sortija en el dedo de su dueño, puesto que se trata de un objeto bastante llamativo y peculiar, fácilmente reconocible dada su simbología y significado. —De hecho, estoy seguro de que no fue un error— continuó el coronel. —Ese anillo lo dejaron donde estaba porque sabían que, siendo de oro, sobreviviría al fuego, y en caso de filtraciones a la prensa, su simbología y significado, como tú bien dices, saltaría a los titulares, enviando de este modo a los demás ex nazis y SS que campan a sus anchas por estas tierras, disfrutando de un retiro dorado, un mensaje bien claro: aquello no está olvidado, tenemos nuestra vista puesta sobre vosotros y terminaréis siendo juzgados por los crímenes que cometisteis. —Y de la chica, Estela, ¿has podido averiguar algo? —preguntó el inspector. —Con certeza nada, pero casi con total seguridad que el Mossad la ha sacado de España y ya está en Israel, o en una casa de seguridad en algún lugar de Europa, esperando a ser trasladada a aquel país. —Y dime una cosa Fernando— dijo interesado el inspector, —¿cómo sois capaces de conseguir tanta información? Y no cualquier información, sino de naturaleza clasificada y en muchos casos secreta,  por no hablar ya de la averiguación del modus operandi de los que terminaron matando al ex SS—. Fernando Arias soltó una sonora carcajada, y con tono afable, le contestó: —Bueno, lo del modus operandi ha sido una suposición mía, desde mi experiencia como agente de inteligencia. Al fin y al cabo, prácticamente todos los servicios secretos utilizan las mismas tácticas y expanden sus redes de contactos mucho más allá de sus fronteras, por lugares casi inimaginables para el resto de los organismos estatales, incluso los de seguridad. Respecto a la información conseguida acerca del pasado de ambos hombres, lo que te he dicho, cualquier servicio secreto que se precie tiene redes de contactos en el extranjero de las que, si se sabe sacar provecho, se puede obtener mucha y buena información. En más de una ocasión te lo he dicho Esteban, si quieren pasarte a Inteligencia, cuentas con mi total apoyo y tienes las puertas abiertas. Un agente sabueso y curtido en mil batallas como tú sería un aporte valiosísimo para nuestra organización. Y así se te desvelaría el secreto de como somos capaces de obtener la información que se le niega al resto de los mortales— y volvió a soltar otra carcajada. Tras unos segundos, durante los cuales el inspector ordenó los documentos y pruebas que el coronel le había ido pasando mientras relataba todo lo averiguado, ambos hombres comenzaron a levantarse de sus asientos y, dirigiéndose a la puerta, se dieron un apretón de manos a modo de despedida. —Muchas gracias por vuestra colaboración, Fernando. Es un privilegio haber contado con vuestro tiempo y vuestros medios. Al fin y al cabo, el caso se ha resuelto gracias a vosotros. —Hombre, nosotros continuamos la estela de vuestra investigación, e hicimos lo que mejor sabemos hacer para conseguir información. Pero esto ha sido un trabajo en equipo. Enhorabuena inspector, otro caso más resuelto brillantemente para tu expediente—. Y dicho esto, el coronel abandonó el despacho del inspector, dejándolo solo con sus dos ayudantes. —Llamen a Gobernación— urgió a los subinspectores, —soliciten una reunión urgente con el ministro, díganle que tenemos el caso listo para cerrarlo. A ver como manejan todo esto, porque es un asunto bastante delicado. Crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, espionaje, países extranjeros involucrados, rescoldos de una brutal guerra casi tres décadas después… En fin, no quisiera verme en el pellejo de los de arriba—. Y recostándose en su amplio y cómodo sillón negro de oficina, fijó su mirada en el anillo que estaba sobre el escritorio, frente a él, y por enésima vez, afloraron en su memoria los vívidos recuerdos de aquella oscura época en la que el lado más infame del ser humano llegó a alcanzar su máxima expresión, despertando con ello perversos fantasmas que perseguirían al mundo hasta el fin de los tiempos.


Notas al pie

La imagen que acompaña al relato es una fotografía editada del pasaporte falso que utilizó Adolf Eichmann para huir a la Argentina, expedido en 1948.

(1) La Brigada de Investigación Criminal fue la sección perteneciente al Cuerpo General de Policía (CGP) encargada de investigar los crímenes y delitos comunes durante la dictadura del General Franco.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Cuerpo_General_de_Polic%C3%ADa

(2) El Estado Novo portugués fue un régimen autoritario, colonialista, nacionalista y anticomunista, instituido bajo la dirección de António de Oliveira Salazar, que se apoyaba en la censura, la propaganda, las organizaciones juveniles (Mocidade Portuguesa) y paramilitares (Legión Portuguesa), en el culto al jefe y en la ideología católica. Estuvo vigente entre 1933 y 1974.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Estado_Nuevo_(Portugal)

(3) La Agencia EFE es una agencia de noticias internacional fundada en Burgos (España) el 3 de enero de 1939. El entonces ministro del Interior, Ramón Serrano Suñer, impulsó la creación de la agencia. Sobre el origen del nombre, aún existen controversias a día de hoy, barajándose diversas hipótesis, aunque ninguna de ellas demostradas.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Agencia_EFE

(4) Las Schutzstaffel, traducido del alemán como Escuadrones de Protección y de nombre abreviado SS, fueron una organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad al servicio de Adolf Hitler y del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) en la Alemania nazi. Sus dos grupos constituyentes principales fueron Allgemeine SS (SS General) y Waffen-SS (SS Armadas). La Allgemeine SS fue responsable de ejecutar la política racial de la Alemania Nazi y actuaron como policía general, mientras que las Waffen-SS consistieron en tropas de combate dentro de las fuerzas armadas alemanas. Un tercer grupo, las SS-Totenkopfverbände, dirigía los campos de concentración y exterminio. Su emblema fue la doble letra rúnica sigel (ᛋᛋ).
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Schutzstaffel

(5) El Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico, o simplemente Policía Armada, fue una institución armada que existió en España durante la dictadura franquista. Fue creada inmediatamente tras la Guerra Civil Española, en 1939, y su vida operativa duró casi cuatro décadas, hasta poco después de producirse la muerte de Franco. Sus miembros eran conocidos popularmente como los grises por el color de su uniforme. ​ La Institución fue reorganizada durante la Transición española y en 1978 sustituida por el Cuerpo Nacional de Policía.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Cuerpo_de_Polic%C3%ADa_Armada_y_de_Tr%C3%A1fico

(6) El anillo de honor de las SS fue en origen una distinción privada concedida por Heinrich Himmler a un máximo de 5.000 miembros de las SS. Más adelante se llegó a conceder el anillo a prácticamente todos los mandos de las SS. Un requisito inexcusable era un expediente disciplinario intachable, por lo que cualquier mancha en el de un portador suponía la devolución del anillo. En 1939 era concedido a cualquier oficial con 3 años de servicio y durante la guerra prácticamente todos los mandos de las SS, incluyendo las Waffen-SS y la Gestapo, tenían el anillo. Todos los anillos debían ser devueltos a Himmler a la muerte del portador o cuando dejase las SS.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Anillo_de_honor_de_las_SS

(7) Los alfabetos rúnicos son un grupo de alfabetos que comparten el uso de unos símbolos vinculados a letras, o llegando a ser letras en sí misma, llamadas runas, que se emplearon para escribir en las lenguas germánicas, principalmente en Escandinavia y las islas británicas, aunque también se usaron en Europa central y oriental, durante la Antigüedad y la Edad Media. Los nazis incorporaron algunas a su simbología política y militar.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Alfabeto_r%C3%BAnico

(8) La Segunda Guerra Mundial se desarrolló entre 1939 y 1945. En el anillo, grabada en su interior, aparece la fecha 10.5.41 (10 de mayo de 1941), ubicada en pleno conflicto.

(9) La Brigada Político-Social (BPS), cuyo nombre oficial era Brigada de Investigación Social (BSI), fue la policía secreta que existió en España durante la dictadura de Francisco Franco, encargada de perseguir y reprimir a todos los movimientos de la oposición al franquismo, constituyendo, orgánicamente, una sección del Cuerpo General de Policía (CGP). Fue conocida comúnmente como la Secreta.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Brigada_Pol%C3%ADtico-Social

(10) El Servicio Central de Documentación (SECED) fue el servicio de inteligencia español durante el final de la dictadura del General Franco y el principio de la Transición (1972-1977), como continuador de la Organización Contrasubversiva Nacional (OCN) creada en 1968. El SECED estaba organizado en dos grandes estructuras: la de información y la de operaciones. Al mismo tiempo había departamentos de acción psicológica, así como de diferentes asuntos especiales. Todo estaba bajo el mando de una secretaría general, que era el Estado Mayor del servicio y el receptor de toda la información recibida.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Servicio_Central_de_Documentaci%C3%B3n

(11) La 1ª División SS Leibstandarte SS Adolf Hitler fue una formación de élite de las Waffen-SS formada inicialmente como una guardia personal armada para Adolf Hitler. Posteriormente se destacó como una unidad blindada especial de las Waffen-SS que actuó en muchos escenarios bélicos durante la Segunda Guerra Mundial. En la selección de individuos para la Leibstandarte SS Adolf Hitler, se exigía tener un certificado de arianismo debidamente rubricado por la firma de Himmler, una estatura mínima 1,78 metros, aptitudes físicas e intelectuales superiores a la media y una apariencia física acorde a los cánones raciales del régimen nazi, a saber, rubio, de ojos claros (verdes o azules), alto y de cuerpo bien proporcionado. En general, el soldado de la Leibstandarte SS se consideraba superior al soldado regular alemán tanto en aptitudes físicas como en capacidad militar.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/1.%C2%AA_Divisi%C3%B3n_Leibstandarte_SS_Adolf_Hitler

(12) Heinrich Luitpold Himmler (Múnich, 7 de octubre de 1900 – Luneburgo, 23 de mayo de 1945) fue un oficial nazi de alto rango, Reichsführer (comandante en jefe y mariscal de Campo) de las SS y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP) durante el régimen nacionalsocialista. Himmler fue una de las personas más poderosas en la Alemania nazi.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Heinrich_Himmler

(13) ODESSA (del alemán Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen, Organización de Antiguos Miembros de la SS) fue una red de colaboración secreta desarrollada por grupos nazis para ayudar a escapar a miembros de la SS desde Alemania a otros países donde estuviesen a salvo, particularmente a Hispanoamérica. No se tiene constancia de la organización en la actualidad, lo más probable es que dada la edad de los supervivientes, ésta ya no exista.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/ODESSA

(14) La Gestapo (contracción de Geheime Staatspolizei: Policía Secreta del Estado) fue la policía secreta oficial de la Alemania nazi, subordinada a las SS. Fue disuelta el 7 de mayo de 1945 por orden del general estadounidense Dwight D. Eisenhower. Formada por oficiales de policía de carrera y profesionales del Derecho, su función era la de investigar y combatir todas las tendencias peligrosas para el Estado. Tenía autoridad para investigar los casos de traición, espionaje y sabotaje, además de los casos de ataques criminales al NSDAP y al Estado. La Gestapo podía encarcelar sin la necesidad de procedimientos legales, algo muy típico en los campos de concentración. La persona encarcelada tenía incluso que firmar su propio documento donde declaraba su deseo de ser encarcelada, lográndose esto a través de la tortura.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Gestapo

6 comentarios

    1. jgarcia

      Muchas gracias por leerlo y me alegro que te haya gustado. Yo sabía que te iba a gustar porque sé de tu interés por los acontecimientos aquellos y por todo lo que conllevó durante las décadas siguientes. Los hechos narrados aquí darían para escribir una novela… Cuídate mucho y espero que nos veamos pronto.

    1. jgarcia

      Ohhh muchas gracias! Tus palabras son muy importantes para mí, no hace falta que te lo diga. Gracias por verme tan positivamente y me alegro que te haya parecido una historia interesante. Eso intento cada vez que escribo, hacer una pieza interesante y agradable a la lectura. Besos y cuídate mucho 😉

  1. Raysa

    Magnifico relato Jesús! Te felicito de verdad enhorabuena! Me gusta mucho tu manera de escribir, como cuentas cada detalle que haces que queramos continuar leyendo y así describir el desenlace de la historia. Me ha encantado! 👏🏻👏🏻

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