Microrrelato



Alter ego

Por Jesús García Jiménez


Me hallaba un día cualquiera paseando por las casi siempre húmedas calles de esta ciudad, cuando repentinamente fijé mi atención en un charco. Sí, un charco. Porque aquella pequeña concentración de agua era inusualmente clara y ofrecía un reflejo bastante nítido de su entorno. Yo siempre he sentido cierta atracción, fascinación y curiosidad por los espejos y, en general, por cualquier superficie que tenga la capacidad de reflejar la imagen que tiene delante, ya sean paisajes, objetos o personas.

Pero, ¿y si no era un mero reflejo? Aficionado a sumergirme en reflexiones y razonamientos, como hombre de ciencia que soy, en más de una ocasión he considerado la posibilidad de que el reflejo sea una pista que nos da la Naturaleza, mediante su lenguaje, el de las matemáticas y la física, acerca de la existencia de otras realidades alternativas que coexisten con la nuestra, la que vivimos todos y cada uno de nosotros -quiero decir, en el planeta Tierra-. Realmente no es descabellado, teniendo en cuenta que, en un espacio infinito, como lo es el universo, incluso los hechos más improbables pueden ocurrir en algún lugar, con lo cual pueden existir infinitos planetas habitados en los que moran individuos con el mismo nombre, aspecto y recuerdos que nosotros, y lo más inquietante, pueden tomar distintas decisiones vitales -esas que marcan la vida de la persona- o las mismas, pero en un orden totalmente diferente.

Y es aquí donde cabe hablar del alter ego, que, aunque pueda parecer una idea extraña e inverosímil, está nada menos que avalada por la ciencia, más concretamente por la astronomía, la cual predice que podemos tener un gemelo en una galaxia que se encuentra a una distancia infinita, que excede lo astronómico, aunque eso no influye en absoluto en que nuestro doble pueda ser perfectamente real. «Un alter ego que ha decidido de forma diferente» pensaba, «alguien que no ha cometido errores, que ha pisado firme y seguro, que no ha dado un paso ni de más ni de menos. Ha actuado de forma inteligente sin desviarse ni un ápice de sus propósitos, de sus rectos propósitos». Seguí caminando, alejándome del charco, persistiendo en mis especulaciones. «Los del otro lado, nuestros alter egos que habitan en ese reflejo, esos que han actuado recta y sabiamente, sin cometer errores, o al menos errores tan garrafales, seguramente estén mirando a este reflejo en el que nosotros habitamos y estén… iba a decir sorprendidos, pero la palabra más adecuada sería horrorizados, y sin duda estarán embargados por ese sentimiento tan desconcertante que es la vergüenza ajena. Pensarán, con mucha razón, que se trata de una sociedad en decadencia que ha perdido el rumbo, golpeada constantemente por guerras suicidas, de un sistema de gobiernos dirigido por personas incapaces e incompetentes, cuando no delincuentes, de una civilización en la que los jóvenes, aquellos que se supone que deberían ser el futuro de la humanidad, se marchitan sin remedio, sucumbiendo al veneno del consumismo y el libertinaje, sin ilusiones ni metas porque todo se lo encuentran hecho, sobre un camino recto y llano… hacia el precipicio».

Mientras camino, observo a la gente con sus cada vez más flamantes y llamativos modelos de mascarillas, esas que dicen que reducen drásticamente la probabilidad de contagios entre individuos. «Y por si fuera poco, una pandemia», pienso al ver a toda esa gente vistiendo el nuevo complemento facial y guardando cola obedientemente a las puertas de un comercio para comprar un café, intentando salvar la distancia -teórica- de dos metros. «Por esto sí que tienen que estar atónitos, por una pandemia cuyo origen es más que dudoso, que ha sido capaz de reventar la economía mundial en cuestión de meses, que ha minado la salud física y mental de las personas y cuyos líderes, los que están al mando y se supone que deberían estar tomando medidas rápidas, certeras y eficaces, están tan perdidos y asustados como aquellos que esperan en las colas de los comercios, y en vez de actuar con prontitud y de manera inteligente, no hacen más que dar bandazos de un lado a otro, como pollo sin cabeza, totalmente sobrepasados y acogiéndose a un discurso banal y fútil, que ya nadie -ni siquiera ellos mismos- se cree. Los alter egos de los gobernantes de la Tierra, esos que han actuado inteligentemente desde los comienzos y han seguido siempre el camino recto, tienen que estar descojonándose al ver tamaña incapacidad. Debe ser, visto desde el otro lado del reflejo, un espectáculo realmente bochornoso y lamentable».

«Bueno, podría ser peor, podrían existir alter egos que hayan sido incluso más torpes y hayan actuado con menos inteligencia aún» pensé. Pero soy realista, y automáticamente me corregí: «Imposible, ya se habrían extinguido».