Microrrelato



Sino

Por Jesús García Jiménez


Era una de esas tardes que, con la mente no lo suficientemente clara y ágil como para sentarme ante el papel vacío y sacar de él algo que mereciese la pena, decidí salir a dar un paseo, a respirar el aire fresco y dejarme envolver por el siempre cálido y acogedor abrazo de la Naturaleza. Mientras me deleitaba con la vorágine de olores, sonidos y colores que estimulaban mis sentidos, fui a parar, continuando por la estrecha vereda que guiaba mis pasos a través de aquel fabuloso paraje, a un pequeño puentecillo de madera que vadeaba un arroyuelo, sintiendo, en el alegre gorgoteo de las aguas prístinas que marchaban veloces por su lecho irregular, la cálida bienvenida que se me dispensaba en el perpetuo idioma de la creación.

«Si quiero prolongar el paseo, debo cruzar por el puente. No tengo opción. Una sola manera de continuar, un solo camino. Un solo camino», pensaba. Y sentándome sobre una piedra que había en un claro junto a la vereda, comencé a reflexionar mientras observaba aquella pequeña y coqueta pasarela. «Quizá sea así como obra el destino. Tiende ante ti un camino y ese es tu sino. Todo lo que acontece, desde que nacemos hasta que morimos, no es más que un guion escrito por la mano firme de un poder sobrenatural e inapelable, algo que es asumido desde tiempos inmemoriales. La Santa Biblia hace referencia a la suerte inevitable de las personas en su viaje a través del valle de lágrimas, manifestándole al piadoso ¡Qué incomprensibles son sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!, refiriéndose al Todopoderoso como la mano divina y celestial que maneja los hilos de la marioneta humana. O dicho de forma más breve y sencilla: Si tiene que ser, será. Es algo que siempre me ha llamado la atención y sobre lo que en más de una ocasión he meditado. No era su hora, o Estaba escrito. Muchas veces he oído esas palabras cargadas de resignación, de trágica sumisión y obediencia. No somos dueños de nuestra suerte, porque ya está echada. Pero, ¿realmente es así?».

«Quiero pensar que no. Nacemos con un destino ante nosotros, sí, pero no está escrito por ninguna mano suprema y absoluta, sino que está moldeado por el mundo que nos rodea y al cual hemos tenido la suerte -o la desgracia- de venir a parar. ¿Y quién ha forjado el mundo, sino el ser humano? Es, por tanto, una cuestión meramente terrenal. Y todo lo terrenal es perecedero, mortal, efímero, admite -y en muchos casos, necesita- una metamorfosis. El destino, como yo lo veo, es un laberinto de altas y robustas paredes que dibujan un tortuoso trazado entre el punto de entrada -el nacimiento- y el de salida -la muerte-. Ese es el camino preestablecido para el ser humano, pero no el definitivo. Armados con el mazo de los actos, podemos derribar los muros que vetan el libre albedrío, y con constancia, esfuerzo y sacrificio es posible trazar una nueva ruta en la que lo único que queda invariable es la puerta de entrada, o lo que es lo mismo, las circunstancias en las que nacemos. Quiero pensar, entonces, que yo soy el dueño de mi destino, porque, parafraseando al escritor italiano Giovanni Papini, el azar no reina sin la complicidad secreta del instinto y de la voluntad».

Satisfecho con mis reflexiones, me levanté de aquella piedra que había hecho las veces de silla improvisada y, echando un último vistazo al puentecillo, me puse de nuevo en marcha, volviendo sobre mis pasos y dejando atrás el único camino que se tendía ante mí en aquel preciso lugar, buscando senderos alternativos por los que seguir deleitándome con todo lo que aquel prodigioso entorno me ofrecía.