Frontera de amor y odio

La cultura musulmana está indisolublemente asociada a la historia de España. No podía ser de otra manera si consideramos que entre los siglos VIII y XV, gran parte de la Península Ibérica estuvo bajo el dominio del islam. Pero los imperios, aunque poderosos y colmados de esplendor, cumplieron con su ciclo de vida, cual ser humano en este mundo.  Nacieron, crecieron, gozaron de la gloria que expandieron sus poderosos ejércitos, se debilitaron, agonizaron y finalmente sucumbieron ante el yugo de otros imperios y reinos emergentes que se abrían paso dando inicio o continuación a su propio ciclo.

En el caso del todopoderoso imperio musulmán en España, hubo una región que acaparó un especial protagonismo y disfrutó de una importantísima posición dentro de la geopolítica medieval, factores que hicieron de ella la niña bonita de aquella cultura que desde tan lejos llegó dando rienda suelta a su afán conquistador por tierras del Mediterráneo. Hablamos de Andalucía, una tierra cuyo carácter, gastronomía, música y arquitectura son herederos directos del esplendor cultural que vivió Al Ándalus durante los casi ocho siglos que duró la ocupación. A ella llegó, el 25 de abril de 711 y encabezando un ejército de 9.000 hombres, el general bereber al servicio del Califato Omeya Táriq ibn Ziyad, considerado por la mayoría de los historiadores como la figura indiscutible que dirigió la conquista musulmana de la península ibérica.

A pesar de su esplendor, refinamiento y riqueza cultural sin parangón en su época, Al Ándalus tuvo una historia larga y vibrante, rodeada de hechos oscuros y misteriosos, de intrigas políticas, traiciones, revueltas y guerras internas que, junto con el lento, aunque implacable y demoledor avance de los ejércitos cristianos desde las montañas del norte peninsular durante la Reconquista, fueron empujando sus fronteras hacia el sur hasta dejar el dominio musulmán en la península reducido, a mediados del siglo XIII, al Reino nazarí de Granada, cuyo último rey fue Boabdil(1), derrotado en 1492 por los Reyes Católicos, hecho que puso fin al largo periodo histórico de la Reconquista y que culminó con la anexión del Reino de Granada a la Corona de Castilla.

Pero antes de que las llaves de la Alhambra fuesen entregadas a los castellanos y desde que tuvieran lugar las conquistas por parte de éstos durante el siglo XIII, el territorio que hoy es Andalucía estuvo dividido en dos mundos radicalmente distintos y enfrentados, los cristianos al norte y los musulmanes al sur, y entre ellos discurrió una franja fronteriza que se extendía desde Lorca, en Murcia, hasta Tarifa, en Cádiz, conocida históricamente como la Frontera de Granada. Esta frontera fue mucho más que una simple división administrativa y de ningún modo puede compararse con las fronteras actuales bien definidas y establecidas. Fue todo un fenómeno social y tuvo, además de la evidente importancia política, económica, territorial y militar, un gran peso desde el puno de vista religioso y cultural, ya que durante más de dos siglos fue el último límite entre los mundos cristiano y musulmán en territorio europeo, una línea divisoria entre dos culturas que podían convivir hasta cierto punto, pero que nunca llegaron a alcanzar el estatus de paz y armonía absolutas entre ellas dado que se trataba de dos sociedades drásticamente diferentes sobre las cuales planeaba la ideología de la Reconquista, que había regido las relaciones entre aquellos dos mundos y cuyo fin último no era otro que el de la aniquilación del último reducto islámico en la península ibérica.

Durante su corta existencia, la violencia en la Frontera de Granada fue algo habitual y común, afectando de manera profunda a la vida y al comportamiento de las poblaciones asentadas en sus proximidades, muchas de las cuales conservan todavía hoy el topónimo de la Frontera. Aunque hubo periodos de treguas y de relativa paz, esa violencia nunca llegó a desaparecer del todo, algo imposible entre dos mundos entre los que existían una relación cuanto menos compleja en la que la convivencia duradera y profunda era prácticamente una utopía. Así, las poblaciones fronterizas se veían constantemente sacudidas por actos de violencia frecuentes y reiterados, llegando a formar parte de la crónica diaria de aquellos lugares. Eran muy habituales las correrías de tropas a caballo que salían a saquear la tierra del enemigo, los robos, los secuestros, la esclavitud y el cautiverio -algo que llegó a convertirse en la Andalucía de la época en un verdadero problema social-, los asesinatos por causas directas o indirectas en las escaramuzas, los incendios de cosechas, el robo de ganado y muchos otros atropellos y tropelías cometidos por los afamados y temidos almogávares de uno y otro lado, hombres que habían hecho de la violencia y la rapiña su forma de vida. Y por supuesto, a todo lo anterior seguían, casi siempre, los actos de represalia, que aunque ilegales sobre el papel, contaban con el beneplácito y el apoyo desde la sombra por parte de las autoridades. No es de extrañar, por tanto, que estos actos de violencia tan frecuentes desembocaran en un enrarecimiento de las relaciones y que terminara convirtiéndose en un sentimiento de odio y resentimiento imposible de controlar.

Tampoco es de extrañar que, dada la situación de peligrosidad en la que se vivía en las localidades fronterizas, los reyes otorgaran una gran cantidad de privilegios y exenciones con el fin de mantener poblados aquellos lugares, hacer la vida más atractiva y de paso atraer a nuevos moradores, como aquel llamado privilegio de los homicianos, mediante el cual se concedía el perdón real de homicidios y otros delitos graves a aquéllos que viviesen un año y un día en algún pueblo de la Frontera de Granada. Aquello, que a día de hoy, para nuestra mentalidad y sensibilidad modernas es algo impensable y que rebasa todo límite de lo razonable, dio lugar a un dicho bastante significativo que quedó inmortalizado en el refranero popular, Mata al hombre y vete a Olvera, cuyo origen está en el hecho de que éste fue de los primeros pueblos en recibir, en 1327, tan llamativo y singular honor, y dio lugar también a un tipo de sociedad muy característico, cuya principal seña de identidad era el aislamiento con respecto al resto de los territorios, una sociedad fundamentalmente militar que hizo de la guerra su principal industria y medio de vida, y a la que iban integrándose aquellos buscavidas atraídos por la posibilidad de conseguir jugosos botines y recompensas al otro lado de la frontera y, como ya he dicho, muchos condenados por delitos de sangre que podían librarse del castigo prestando servicio en las fortalezas.

De esta compleja situación geopolítica y social surgió el hombre fronterizo, un individuo tan acostumbrado a la violencia que llegó a hacer de ella su medio de vida, y muchos jóvenes cristianos de la zona formaron partidas para seguir el rastro y dar caza a los moros y cristianos renegados -llamados despectivamente elches– que se internaban en territorio castellano en sus habituales y frecuentes incursiones, conocidas como razzias, presentando su cabeza u orejas a los concejos a cambio de una recompensa. Estos peculiares grupos, a medio camino entre el caza recompensas y el guerrillero, llegaron a ser conocidos como cazadores de cabezas, recibiendo buenas remuneraciones por cada trabajo realizado, también conocidos como talegadas en campos de moros,  y llegando a estar liberados de pagar cualquier impuesto o tributo, derivando todo ello en la creación de una verdadera industria entre los jóvenes que no podían aspirar a la nobleza militar -y prácticamente a ninguna otra profesión en la vida-, los cuales formaban sus propias bandas y por su cuenta y riesgo pasaban a patrullar las sierras y los caminos, dando lugar a verdaderas unidades paramilitares de los siglos XIV y XV. Hombres duros y curtidos, grandes conocedores del terreno y acostumbrados a una vida penosa y llena de privaciones, aquel era el cóctel perfecto para hacer de ellos soldados bien entrenados especializados en la guerra no convencional y cuya eficacia superaba con creces a la de las tropas reales en ese ámbito. Pese a todo, y aunque en consideración por encima de los mercenarios y el pueblo llano, estaban bajo la nobleza militar y las fuerzas de Su Majestad, y muy frecuentemente eran contratados por los ayuntamientos e incluso en ocasiones por el mismísimo Rey.

De entre todos aquellos soldados de fortuna, había uno que destacaba sobre los demás por su arrojo, su abnegación, compromiso y, no pocas veces, por su temeridad ante el enemigo moro. En la plenitud de las fuerzas y la vigorosidad que dan los treinta y tantos, Sancho Pérez de Vargas, que así se llamaba el muchacho, era un joven de pelo castaño tirando a rubio, de ojos azules y tez clara, baja estatura y delgado, de cuerpo atlético y nervudo, ágil y siempre activo. Orgulloso de lucir aquellos rasgos físicos en su cabello, en su piel y en sus ojos siempre vivos y animados, muy diferentes a los de la mayoría de los musulmanes y los judíos que junto con los cristianos cohabitaban más o menos pacíficamente en el resto de la península, le gustaba decir -y alardear- que aquello era herencia directa de los visigodos que una vez poblaron Hispania, considerándose descendiente de aquellas gentes provenientes de los pueblos germánicos orientales y, por tanto, con el deber ineludible de colaborar, en la medida de sus posibilidades, en la reconquista del territorio peninsular que de facto les pertenecía, cumpliendo de paso con la finalidad religiosa de restablecer el catolicismo como única y verdadera fe. Así, a diferencia de muchos otros, su motivación primera y principal no era la de lucrarse con la cacería de moros y renegados que incursionaban en territorio cristiano, sino la de resucitar el antiguo esplendor del idealizado Reino de los Visigodos, aunque bien es cierto que lo uno llevó a lo otro, y terminó beneficiándose económicamente debido a las recompensas y a la exención del pago de impuestos que inevitablemente venían asociadas.

Proveniente de una familia muy humilde, su padre, hombre machacado tras años y años de duros trabajos en el campo, no poseía otro patrimonio que la ropa que vestía y una pequeña choza en la que habitaba con su esposa y varios hijos. Sancho, el mayor de los hermanos, nunca fue a la escuela ni recibió clase alguna por parte de aquellos maestros errantes que iban por los pueblos y cortijos enseñando a leer y las cuatro reglas, a cambio de un plato de comida y un techo donde pasar la noche. No. Los padres de Sancho eran demasiado pobres y nunca pudieron permitírselo. En cambio, y condenado al analfabetismo de por vida, tuvo que ponerse a trabajar para ganarse el bocado de comida desde que prácticamente fue capaz de ponerse en pie. Ya fuese acompañando a su padre en las campañas, o yendo de alojado a los cortijos que necesitaban mano de obra en las temporadas de recogida, creció sin conocer otra cosa que el trabajo duro escasamente pagado, la miseria y el hambre. Con todos los caminos cerrados, sin la posibilidad de llegar a tener una profesión y con un fuerte espíritu aventurero y soñador, pensó seriamente en enrolarse en alguna de las flotas que surcaban el mediterráneo -ya fuese con fines legales o no- o el presentarse como voluntario para prestar servicio en alguna de las fortalezas fronterizas cuya misión era la de hacer de escudo ante una posible invasión musulmana. Pero el destino se lo puso más fácil y quiso el azar que, hallándose un día merodeando por el pueblo sin oficio ni beneficio, un hombre con la tez cobriza y surcada de arrugas, de apariencia dura y curtida y luciendo la imagen inconfundible de los cazadores de cabezas, se fijase en él a través de su ojo experto de reclutador, identificando en el joven Sancho un más que probable nuevo enrolamiento para su partida. 

—¡Eh tú, muchacho, ven aquí! Sí hombre, es a ti. No tengas miedo que no muerdo. Ven, acércate. ¿Eres de aquí, del pueblo? — soltó aquel hombre de voz grave, con un todo directo y seguro de sí mismo. —Sí señor, soy del pueblo. Bueno, vivo en una choza en el campo, pero aquí cerca, a menos de una legua, a los pies de la sierra— respondió Sancho intimidado ante aquella apariencia imponente, propia de los hombres que alguna vez habían sentido el gélido roce de la guadaña que portaba la muerte y que, mirándola a los ojos, desafiantes, habían escapado de su fatal abrazo para seguir aferrados al mundo de los vivos. —¿A qué te dedicas? No me lo digas: a nada. Eres jornalero, ¿a que sí? Bueno, cuando te dejan serlo porque necesitan tus jóvenes brazos y piernas para explotarlos por un mísero jornal, si es que te lo pagan. ¿Cuánto tiempo hace que no comes algo que no sea una cebolla y un chusco de pan duro? —. El muchacho, acobardado ante el aspecto y las formas de aquel sujeto y sorprendido porque no había necesitado más que un rápido vistazo y unos cuantos segundos para describir lo que básicamente era su vida, intentó responder, pero la lengua se le trabó, trató de hablar pero tartamudeó, y finalmente no logró decir nada. Resignándose, agachó la cabeza para mirar al suelo y deseó que aquella extraña situación, incómoda para él, terminase cuanto antes. —Ven conmigo. Acompáñame a la taberna que hoy vas a comer como nunca antes has comido. Y de paso, te propongo una nueva vida…

Mucho había llovido desde entonces. Sancho rememoraba, sentado con su espalda apoyada en el tronco de uno de los grandes árboles que formaban aquel bosque de pinos, los avatares y peligros que había tenido que superar para llegar a donde estaba, aunque de un modo un tanto meteórico. Comenzó en el grupo de hombres de aquel que lo reclutó llenándole bien la barriga y contándole aventuras caballerescas, haciendo que su joven espíritu ávido de andanzas y peripecias soñara con una vida que siempre le había sido negada. Acostumbrado a las privaciones y a tener que subsistir día a día con lo poco que podía ir consiguiendo, pronto se acostumbró a la dura existencia de los hombres que moraban y recorrían las sierras vigilando puntos clave de paso para dar caza a las partidas moriscas en sus razzias, y demostrando una actitud valiente, voluntariosa y siempre dispuesta, rápidamente se ganó el aprecio e incluso la admiración de su jefe, que lo fue ascendiendo entre los demás hasta llegar a hacerlo lugarteniente y hombre de confianza suyo. La gran oportunidad le llegó cuando, en una escaramuza con un grupo de almogávares renegados, el jefe resultó fatalmente herido. Aunque rápidamente lo montaron en un caballo y lo llevaron al médico del pueblo más cercano, poco se pudo hacer por él, dado que de tanta sangre que había ido perdiendo por el camino, finalmente llegó cadáver a la casa del galeno. Y como era natural, fue Sancho, su mano derecha, el que, pese a su juventud, tomó el mando de aquel grupo de hombres rudos y curtidos. —Sancho, parece que hay movimiento— la voz ronca de uno de sus hombres, casi en un susurro, le sacó de sus cavilaciones. Se incorporó, se acercó caminando agachado al punto de vigilancia donde estaba apostado el centinela que lo avisó y se detuvo a observar atentamente. Había una actividad extraña, un inusual movimiento de hombres armados y caballos que claramente no pertenecían a aquel lugar y que, según le hacía pensar su ojo experto, estaban allí ocultando, o pretendiendo hacerlo, el botín de la razzia que habían llevado a cabo la noche anterior. Un chivatazo había llegado al concejo del pueblo que había sido víctima del ataque, e inmediatamente éste había contratado los servicios de la partida de Sancho para rastrear a los asaltantes, capturarlos, a ser posible vivos, y traerlos de vuelta al pueblo para aplicarles un castigo público ejemplar. Y allí estaban, a escasamente unas cuantas varas de aquella alquería a la que los bandidos iban con el fin de obtener cobijo y un escondite para su botín, mientras las aguas se calmaban y los rastreadores terminaban abandonando su búsqueda. Ciertamente podrían haber pasado inadvertidos en ese espléndido conjunto de sobrios y robustos edificios de dos plantas, con amplias ventanas rectangulares enrejadas, como mandaba la tradición y costumbres musulmanas, de cubiertas construidas con la típica teja árabe rojiza y relucientemente encalados que le conferían aquella apariencia tan típica de los campos andaluces. Las alquerías eran, en tiempos de Al Ándalus, el equivalente al cortijo andaluz, solían estar en las inmediaciones de las ciudades o medinas y constaban de zonas de vivienda y otras dependencias destinadas a la explotación agrícola del extenso territorio circundante sobre el que alzaban su icónica imagen. De no haber sido por la pequeña torre almenada situada en una de las esquinas del edificio principal, con funciones no defensivas aunque sí de vigilancia dada la inestable situación que se vivía en la Frontera de Granada, muy cerca de la cual se hallaba, podría haber pasado perfectamente por uno de los innumerables cortijos que salpicaban los campos de la Andalucía cristiana.

Sancho, hombre experimentado en la profesión y con una extensa red de contactos labrada con el paso de los años, había conseguido algo de información acerca del propietario de la alquería que tenía frente a él. Se trataba de un respetable y poderoso terrateniente, celoso de sus propiedades hasta el punto de preferir vivir rodeado de sus tierras antes que en la comodidad y los lujos de la medina, algo a lo que sin embargo optaban muchos otros hombres ricos como él. Árabe proveniente de una familia de antiguo linaje, cuyo origen estaba en la lejana Península Arábiga y que había llegado a estas tierras con la conquista de Al Ándalus por parte del Califato Omeya, Abu Muhammad ibn Sabiq, que así se llamaba el acaudalado y próspero hacendado, era un hombre fiel al trabajo y a la constancia, respetuoso con los trabajadores libres y con sus esclavos a partes iguales, y del mismo modo respetado y querido por todos. Abu Muhammad era un maestro de las relaciones humanas, y como tal, sabía llevarse bien y tener tratos con gentes de ambos lados de la frontera. Así, a parte de las naturales relaciones comerciales dentro del Reino Nazarí de Granada, bajo cuya administración vivía y hacía sus negocios, también supo crear lucrativos vínculos con agricultores y ganaderos de la zona cristiana, a los cuales les arrendaba parte de sus tierras mediante acuerdos en los que todos salían muy beneficiados. Era, por tanto, un hombre muy popular y admirado, y hasta entonces siempre se había mostrado cooperativo con la ley, tanto de un lado como del otro de la frontera. No es de extrañar, pues, que cuando Abu Muhammad fue alertado por uno de sus centinelas y subió a la pequeña torre de vigilancia para ver con sus propios ojos que un grupo de jinetes venía a toda velocidad hacia su alquería, levantando una espesa nube de polvo al contacto de los cascos de sus portentosos caballos golpeando furiosamente el seco terreno del camino, supo al instante que se trataba de una banda de maleantes que venían de una razzia en tierras cristianas e inmediatamente, se puso a dar órdenes a sus centinelas y capataces para que todos los habitantes del lugar se refugiasen en el edificio principal tras la seguridad de los grandes portones acerrojados. —Proceded, yo recibiré a esos hombres y los invitaré a que se marchen, que continúen su camino hacia donde quiera que se dirijan. En mi casa no es bienvenida esa gentuza. No son más que ladrones y delincuentes, y quién sabe si no traen alguna muerte a sus espaldas, ¡Que Allah los perdone! Apresuraos, poned a todos a buen recaudo tras los muros. Los centinelas que se queden conmigo. Solo hablo yo, ¿entendido? —todos asintieron con actitud respetuosa, colocándose a ambos lados del terrateniente y esperando el desenlace de aquella delicada situación.

—¡Abu Muhammad, necesitamos el cobijo de tu alquería! — gritó un hombre de tez oscura vestido a la moruna, que portaba la típica espada jineta tan al uso en Al Ándalus, mientras se bajaba de su caballo. Acercándose de manera firme y confiada y mientras se sacudía el polvo de sus ropas sin demasiado ahínco, continuó: —Eres un hombre respetado, de buena reputación. Aquí sabemos que no buscarán. Venimos de hacer un trabajo en tierra de esos perros cristianos, y tenemos que guarecernos en algún sitio discreto hasta que las aguas se calmen. Ya debe haber rastreadores y cazadores en nuestra busca. Un par de días, no precisamos más. Sabré recompensártelo—. Mientras escupía estas últimas palabras con un tono un tanto irónico, continuaba acercándose lentamente y fue entonces cuando los centinelas se adelantaron y desplegaron una formación en V para proteger al terrateniente. Abu Muhammad hizo un gesto a sus hombres para que bajasen la guardia, y conminándoles a que se retirasen y se pusiesen tras de él, se dirigió al individuo que ahora se encontraba a escasos pasos al frente y que parecía ser el cabecilla de la banda, y con voz firme y decidida le respondió: —No sé cómo te llamas, no te conozco y por tanto no eres de la zona. Seguramente traes contigo el botín de una razzia y quieres ocultarlo bajo mi techo, pero te diré una cosa: Siempre he vivido en paz y en armonía con musulmanes y cristianos, y siempre he respetado y acatado la ley tanto de uno como de otro lado. Por tanto y como puedes imaginar, en mi casa no son bienvenidos hombres que por una razón u otra vienen huyendo de la justicia. Soy musulmán, y como tal, el ser hospitalario y compartir mi mesa, mi lumbre y mi cobijo con todo aquel que pueda necesitarlo es una obligación impuesta por Dios, pues el huésped no es sino enviado por Allah mismo y, por tanto, es Su invitado. Pero Él nunca cruzaría el camino del hombre recto con el de aquellos malhechores que se dedican a romper los preceptos del islam, sembrando la discordia y provocando la guerra, la destrucción y la muerte entre los de uno y otro lado, al fin y al cabo hombres todos, habitantes de una misma tierra y alumbrados por un mismo Sol. Dicho esto, seguid vuestro camino y respetad la casa de este justo y honrado musulmán, y que Allah os perdone y os guíe—. Al finalizar su discurso, se dio media vuelta e indicó a sus hombres que le siguieran hacia el interior de la alquería, pero en ese momento, el moro dio un silbido y todos los que estaban con él, hasta ese momento rezagados junto a los caballos, se acercaron agarrando la empuñadura de sus espadas, y gritando de manera brusca y amenazante se apresuró a decir: —¡Alto Abu Muhammad! ¡Detente! Ya veo que no ha funcionado el pedírtelo de manera amable y cortés, y que tampoco te ha tentado la posibilidad de obtener una generosa recompensa, que de buen grado te hubiese pagado como muestra de mi agradecimiento hacia tu hospitalidad. También veo que es cierto lo que se dice de ti, que eres un hombre honrado y de rectos principios. Y alguien así, con esa fama, propietario de esta magnífica alquería y exitoso en los negocios al norte y al sur de la frontera, no puede ser menos que alguien brillante e inteligente, y como tal, alguien que sabe lo que le conviene a él y a los suyos en el momento exacto—. Tras esas palabras, envueltas en un velo de amenaza, los centinelas, detectando el peligro inminente y viéndose en la obligación de proteger al terrateniente, volvieron a adelantarse con la intención de ponerse en formación de defensa, pero rápidamente Abu Muhammad alzó su brazo derecho, les hizo un gesto para que se detuvieran y les gritó: ¡Atrás! En ese momento, el moro se acercó hasta colocarse a apenas dos pasos del primero y dijo, esta vez con la voz calmada y en actitud casi amigable: —Somos más, a razón de tres a uno, y vamos bien armados. Yo solo quiero cobijo para mí, para mis hombres y para el botín, que tanto riesgo nos ha supuesto conseguir y que como comprenderás, queremos mantener a buen recaudo. Así que no convirtamos esto en un baño de sangre innecesario, déjanos entrar para ocultarnos un par de días, que es lo que tardarán los rastreadores en retirarse, y luego te prometo que nos iremos sin haber causado ni un solo problema—. Abu Muhammad, tras sostener con la suya la mirada del bandido durante varios segundos y sin arredrarse ni un instante, comprendió que la única forma de evitar males mayores era ceder al deseo de aquellos peligrosos hombres. Ya tendría tiempo de poner las cosas en su sitio cuando la situación se calmase. Mientras tanto, girándose lentamente y manteniendo en todo momento una actitud digna, se dirigió a sus hombres con voz firme y les dio la orden: —Que abran las puertas. —Es igual que todos— masculló Sancho con rabia cuando vio que los dos grupos, el de Abu Muhammad y el de los bandidos moriscos, se encaminaban en aparente armonía y buena relación hacia el interior de la alquería, atravesando los portones de entrada y desapareciendo entre sus robustos muros. —¿Qué necesidad tendrá, un hombre respetado y de su posición, de mezclarse con esa gentuza, que solo le puede causar problemas ya no solo entre las autoridades castellanas, sino también entre su propia gente? —pensó para sí mismo, con los ojos inyectados en sangre a causa de la furia que emanaba desde lo más profundo de su alma. Desde su perspectiva, no había podido observar la realidad de la situación, ya que los movimientos defensivos de los centinelas de Abu Muhammad habían pasado desapercibidos entre la marabunta de gente, así como, por supuesto, el discurso del terrateniente, su actitud desafiante para con los malhechores y las amenazas veladas que habían salido de boca del cabecilla de aquella banda de rufianes. Internándose, para evitar ser vistos, en la espesura del bosque de pinos en el que aguardaban, se reunió con todos sus hombres y, colocándose en el centro del círculo formado a su alrededor, habló con un tono de voz bajo de modo que no pudiesen ser oídos en caso de que alguno de aquellos moros se hubiera quedado vigilando los alrededores, para dar la voz de alarma al primer movimiento o ruido sospechoso que detectara. —Nos acercaremos caminando rápido pero sin correr, para no levantar una polvareda que nos delate, por la parte de atrás, en la que como vimos antes solo hay una pequeña puerta y seguramente esté cerrada. Hay que aprovechar que de momento en las almenas no hay ningún vigía, para hacer los movimientos rápidos y colocarse junto a los muros exteriores. Una vez ahí, caminaremos en fila y pegados a la pared hacia el portón principal, divididos en dos grupos, vosotros diez vendréis conmigo bordeando el lado de poniente y los demás iréis con Cristóbal, por levante. En cada uno de los grupos, nosotros— dijo señalando a su lugarteniente—, iremos en cabeza y nadie nos sobrepasará pase lo que pase hasta que demos la orden de entrada. Posiblemente el portón principal esté cerrado, así que llamaré a la puerta haciéndome pasar por un labriego, preguntando por Abu Muhammad para ofrecerle mis brazos en los trabajos del campo. Ahí podré analizar la situación y según como se presente, daré la orden de entrada. Repito, nadie adelantará a los cabezas de fila, ni hará movimiento alguno por su cuenta y riesgo sin obtener la orden para ello. ¿Ha quedado claro? —Los hombres asintieron disciplinadamente, concentrados al máximo en la operación que en breve iban a llevar a cabo, asegurándose de tener bien a mano el cuchillo que ocultaban en el interior de sus botas, reajustándose las vestimentas y los correajes y agarrando con fuerza la empuñadura de sus espadas de acero toledano. —Vamos, rápido.

El plan marchó según lo previsto hasta que los dos grupos de hombres se encontraron a uno y a otro lado del gran portón de entrada. Sancho respiraba aliviado dado que habían podido avanzar cómodamente sin ser vistos, pues extrañamente, no había ningún vigía apostado en la torre y, por tanto, el momento de mayor vulnerabilidad para él y sus hombres había pasado rápidamente y sin contratiempos. Avanzó unos pasos y pudo ver, totalmente desconcertado, que el portón seguía abierto. ¿Cómo era posible que estuviesen cometiendo semejante descuido? Pero aún quedaba la parte más complicada, dado que probablemente aquellos hombres no se rendirían, sino que presentarían batalla, más si cabe si tenían el botín de una razzia bajo custodia. Sancho levantó el brazo izquierdo indicando que estuviesen preparados y alerta. Cuando lo bajó, todos los hombres comenzaron a avanzar rápida y ordenadamente, haciendo su entrada en el gran patio de la alquería perfectamente sincronizados y tomando enseguida posiciones. Fue una incursión tan sigilosa e inesperada, que todos los que estaban con anterioridad tras los robustos muros quedaron desconcertados, no sabiendo qué decir o cómo actuar. Abu Muhammad, hombre hábil e inteligente, enseguida dio la orden a sus centinelas de que retrocediesen y se mantuviesen al margen. Aquella talegada en tierra de moros no lo tenía a él como objetivo, sino a aquellos bandidos que se habían refugiado en su propiedad mediante el uso de amenazas. —¡No quiero que nadie se mueva! ¡Hagamos esto sencillo! —dijo Sancho con voz autoritaria. —Venimos a apresaros y a llevaros frente al concejo, por la razzia que sabemos que llevasteis a cabo en la noche de ayer. Una razzia manchada de sangre, por cierto, porque en vuestra miserable correría segasteis la vida de un hombre el cual se negó a que le robarais la mercancía. Una mercancía que, tras haberla vendido, hubiese sido la comida de sus hijos. Es por eso que el concejo os quiere vivos, para que recibáis un castigo acorde a vuestras sucias acciones, tal y como dictan las Sagradas Escrituras: «Si sigue un daño lo pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe»—. Dicho esto, los delincuentes desenvainaron rápidamente sus espadas y se dispusieron a atacar, pero los cazadores de cabezas, hombres experimentados, hábiles, más fuertes y más rápidos, cayeron sobre ellos como un rayo, y matando con golpes y estocadas certeras y precisas a aquellos que suponían una amenaza inminente, hicieron que los demás, incluido el cabecilla de la banda, se rindiesen sin oponer resistencia alguna, con la esperanza de recibir, cuando se les juzgara, algo de clemencia por parte de aquellos que, a partir de ese instante, tenían potestad sobre su vidas.

Cuando los tuvieron atados y custodiados en una esquina del patio de la alquería, Sancho se acercó al hacendado y, dirigiéndole una mirada fría como el hielo, le dijo con voz punzante y cavernosa: —Te tenía por hombre decente, Abu Muhammad. Pero dándole cobijo a estos indeseables no haces más que ponerte a su altura. ¿No eres ya lo suficientemente rico como para esperar las migajas del miserable botín de una razzia? Cierto es que no participaste en ella, y la vida que desgraciadamente se perdió no carga sobre tu conciencia pues no fuiste tú quien la segó. Pero el hecho de que haya encontrado a esta banda de delincuentes guarecidos entre tus muros te hace cómplice, y algún castigo tienes que recibir—. Y dirigiéndose a varios hombres que estaban junto a él, les ordenó: —¡Registrad la alquería! Algo útil hallaremos. Ya que estamos aquí, no nos vamos a ir con las manos vacías—. Abu Muhammad, sin perder ni un ápice de su compostura y dignidad, se dirigió a Sancho con voz firme y segura, respondiéndole: —¿A caso no te das cuenta, insensato, de que el portón de entrada a la alquería estaba abierto de par en par? ¿y de que no había ni un solo centinela apostado junto a las almenas? ¿Crees que fue una casualidad o un descuido mío? En el instante mismo en que vi a esta banda de indeseables cabalgar a toda velocidad hacia mi propiedad comprendí que venían huyendo, que habían perpetrado una razzia y que posiblemente traían con ellos la muerte de algún inocente. También comprendí que seguramente ya habría empezado una talegada por parte de alguna partida experimentada de cazadores de cabezas, e imaginé que sería la tuya. Como ves, no me he equivocado en ninguna de las suposiciones hasta ahora. Todas las facilidades que has encontrado para echarte encima de estos bandidos no han sido fruto del azar, sino resultado de mi complicidad y cooperación para con vosotros, cristianos. Si me conoces como dices, sabrás que siempre he estado del lado de la ley, tanto al norte como al sur de la frontera, y los maleantes y delincuentes nunca han gozado ni de mi favor ni de mi hospitalidad.

—Sancho, mira lo que hemos encontrado— dijo uno de los cazadores acercándose al centro del patio, custodiado por varios hombres. Llevaba agarrada del brazo a una joven que, aunque se resistía ferozmente, nada podía hacer ante la fuerza de aquel rudo y fornido guerrillero que la conducía hasta donde estaba su jefe. Éste giró la cabeza y vio ante sus ojos a una muchacha vestida con una lujosa túnica moruna de color azul claro, de maravillosa factura, confeccionada con las mejores telas a las que se podía tener acceso en el reino, salpicada de coloridos adornos florales rojos y amarillos que hacían de la prenda un conjunto realmente vistoso y llamativo, complementada con unos ribetes grabados magistralmente con hilo de oro que adornaban los bordes de las mangas y el cuello, añadiéndole aún más fastuosidad a aquellos ropajes ya de por sí exquisitos. Tocada con un velo, aquella prenda de cabeza rivalizaba en belleza y magnificencia con la hermosísima túnica que cubría su cuerpo. —Retírate el velo para que pueda verte— dijo Sancho secamente, aunque sin poder evitar del todo la sorpresa ante aquella presencia tan inesperada. La muchacha se limitó a permanecer impertérrita, lanzándole una mirada glacial. Tras un gesto rápido dirigido a uno de sus hombres le retiraron el velo, y ante ellos asomó una piel blanca y resplandeciente, que contrastaba poderosamente con el color negro de su espesa melena y unos ojos grandes, oscuros y brillantes bajo unas cejas pobladas y de agradable traza, que lanzaban miradas penetrantes y cargadas de furia contra aquellos hombres que la mantenían retenida por la fuerza. Sus rojos y suaves labios, pese a la mueca de rabia que dibujaban, eran sensuales y delicados, flanqueados por dos agradables mejillas que debido a la tensión que soportaba aquel delicado cuerpo, habían adquirido una tonalidad rosada. Bajo la magnífica túnica que con tanta elegancia vestía la muchacha, se adivinaban unos turgentes y erguidos pechos, y pese a lo amplio y holgado de sus atavíos, se insinuaba un talle fino, esbelto, de caderas anchas y exuberantes, acompañados de unas nalgas opulentas sobre las que muchos de los hombres allí presente tenían puestas sus miradas. Tras unos segundos mirando fijamente a la muchacha con mirada fría y rostro inexpresivo, aunque realmente fascinado por aquella maravillosa belleza tan típicamente oriental que tenía frente a él, giró de nuevo la cabeza hacia su padre y en el mismo tono duro con el que le habló al principio, le escupió las palabras que sabía que más hundido lo dejarían, aquellas que se le clavarían en el alma como herrumbrosas lanzas causándole heridas de un dolor insoportable: —Abu Muhammad, he sido testigo de muchas traiciones, de muchas artimañas, de muchos movimientos sucios y despreciables. Eres un hombre próspero, respetado y hasta donde yo pensaba, cabal e inteligente. Pero el que ama el dinero nunca se harta de él, y mientras el sueño del trabajador es dulce, haya comido poco o mucho, al rico la riqueza no le deja dormir. Ciertamente dudo que un hombre de tu experiencia haya cometido esos descuidos tan absurdos de dejar el portón abierto y la torre sin vigilancia, pero mi trabajo es investigar y rastrear hasta comprender la verdad de lo ocurrido, dando así caza a los perpetradores de cualquier daño cometido hacia la Corona. Por eso, voy a dedicar los próximos días a indagar y a desenredar esta desafortunada y delicada situación. Como muestra de buena voluntad hacia ti, me llevaré a tu hija conmigo, asegurándome de ese modo que no huyes o intentas algún movimiento que pueda redundar en el empeoramiento de este ya de por sí calamitoso trance. Vive tranquilo, porque juro ante Dios, y todos los hombres que estáis presentes sois testigo, que nada malo acaecerá a tu hija mientras esté bajo mi custodia—. Con una furia incontenible, Abu Muhammad, con las venas del cuello y de las sienes a punto de estallar y escupiendo saliva al hacerlo, contestó a Sancho: —¡Miserable, maldito seas! Soy un hombre inocente, ¿o es que no lo ves? Aún así, si tienes dudas de mi franqueza, aclaremos esto entre nosotros, llévame a mí y déjala a ella. Es todo lo que tengo. ¿Acaso crees que esta inocente y frágil criatura podría andar involucrada en asuntos de semejante naturaleza? —¡Cállate anciano, no estás en condiciones de negociar nada! Sé que la muchacha no tiene nada que ver con esos delincuentes ni, en el caso de que los hubiera, con los tratos de su padre con gente de dudosa procedencia. Ella es tan solo una garantía. Si nada has tenido que ver con la razzia de anoche, yo mismo, en persona, traeré a tu hija de vuelta, y no solo eso, me ofreceré, ante testigos, para ser el más estrecho colaborador, aliado y protector que puedas tener. Pero, por el contrario, si descubro que estás detrás de todo esto o colaboraste, aunque solo fuese lo más mínimo, con este ataque que dejó a una familia rota y hundida en la tristeza y la desesperación, tendrás que pagar un rescate para que tu hija te sea devuelta. No pienses que me mueve la codicia, pues estoy satisfecho con la cantidad que acordé con el concejo por devolverle vivo al cabecilla de la banda. El dinero del rescate irá a parar a manos de la familia del pobre desdichado que murió anoche defendiendo lo suyo. Y me asegurare de que el monto de la operación sea suficiente para que puedan rehacer su vida cómodamente, ya que ninguna suma les devolverá al ser querido—. Volviendo la espalda a Abu Muhammad y dirigiéndose a sus hombres, gritó: —¡Nos vamos! Ella viene con nosotros. Atad a esos desgraciados a los caballos, harán el camino de vuelta caminando. Si no queréis que las bestias os arrastren por los caminos, más os vale que avancéis con ganas y a buen ritmo. Tú muchacha, vas a ir en mi caballo. Cristóbal, encárgate de coger todo el botín, nos lo llevamos de vuelta al pueblo y lo entregaremos en el concejo. Ellos verán qué hacer con él—. Dicho esto, y sin volver a decir una palabra, salió por el gran portón de la alquería hacia donde estaban los caballos. Cuando el rumor provocado por la marcha de los cazadores de cabezas dejó de ser audible, Abu Muhammad siguió mirando al frente, hacia el campo exterior que se vislumbraba a través de la entrada al patio. Tenía los ojos inundados en lágrimas y la ira lo consumía, pero trató de serenarse consolándose en el hecho de que pronto su hija estaría de vuelta con él, regresando custodiada por aquel cristiano que tendría que suplicarle perdón por su inmensa equivocación, por haberle alejado de su querida y única hija. La estremecedora visión de su cara fina y delicada, desdibujada a causa del terror que le provocaba el verse arrastrada por aquellos hombres rudos y aparentemente sin sentimientos, y los gritos de ¡abby, abby(2)!, quedaron flotando en el ambiente llenando hasta el más mínimo resquicio de los gruesos muros que ahora amenazaban con derrumbársele encima, oprimiéndole al alma en ausencia de su hija. Avanzó unos pasos al frente y se agachó para recoger el velo que poco antes había ocultado la voluminosa melena negra de su querida niña. Comenzó a recordar el día en que nació, cuando tuvo por primera vez aquel cuerpo minúsculo, frágil e indefenso entre sus brazos. —Eres el mayor presente que podría esperar en la vida. Ninguna riqueza, propiedad o favor es comparable a tu presencia. ¡Glorificado y alabado sea Allah, que ha oído mis plegarias! Sus ángeles te han puesto entre mis brazos como un regalo, y es por ello que te llamaré Nawaal(3)—, recordaba ahora el terrateniente mientras apretaba el velo contra su pecho y las lágrimas se perdían entre su larga barba canosa a la vez que un nudo le atenazaba la garganta. —Maldito perro cristiano— dijo entre dientes con una voz casi inaudible, —más vale que me devuelvas a mi hija sana y salva y sin haber mancillado ni un ápice de su honor. De lo contrario, me encargaré de reunir un ejército para ir en tu búsqueda, y cuando te dé caza lamentarás con todas tus fuerzas haber cometido este error.

Cuando la partida de cazadores llegó al pueblo, se dirigieron al concejo e hicieron entrega a las autoridades de los bandidos que habían apresado vivos, y del jugoso botín que se hallaba junto a ellos, que afortunadamente habían podido recuperar. Con palabras de enhorabuena, de agradecimiento y promesas de nuevos trabajos, recibieron los ciento cincuenta florines de oro acordados y se dirigieron a la antigua casa familiar de Sancho, ahora propiedad suya tras haberla comprado a sus hermanos por una generosa suma después del fallecimiento de sus padres, adquisición que había sido posible debido a la buena marcha de su negocio, en el cual no faltaban contratos por parte de los concejos de la zona, de los nobles locales e incluso de las órdenes religiosas que se afanaban en acabar con las peligrosas incursiones moras en tierras cristianas. Una vez en la puerta de la casa, ordenó a algunos de sus hombres que llevasen los caballos a unos establos anejos a la vivienda recientemente construidos, y centrándose en el grupo restante, en el cual estaba Nawaal, dijo con voz alta y clara: —La muchacha se quedará aquí, custodiada día y noche. Jamás la dejaréis sola. Si tiene que hacer sus necesidades, que así sea, pero siempre atada de una cuerda a aquel que la vigila y a una distancia máxima de dos veces su estatura. Cuando pida salir a tomar el aire se le concederá, siempre y cuando no constituya, a ojos del que la vigila, un riesgo por alguna razón. Seréis educados y amables con ella, y mostraréis vuestros mejores modales, si es que los tenéis. No hagáis caso, si es que los hay, de los cantos de sirena acerca de la gran recompensa que el padre os pagaría si la lleváis de vuelta con él, porque lo único que conseguiríais es acabar, en el mejor de los casos, pudriéndoos en un calabozo moro de noche y siendo esclavos de cualquier mercader durante el día. Pero sobre todo, lo más importante y que todos y cada uno de vosotros debe respetar estricta y rigurosamente, es que nadie pondrá sus sucias manos sobre la muchacha. Si alguno osa a manchar el honor de la mora, yo mismo le cortaré la cabeza y la luciré en la plaza del pueblo clavada de una pica.

Los días pasaron y Sancho, pese a sus esfuerzos por recabar información a través de su tupida red de contactos y colaboradores, no había conseguido sacar nada en claro acerca de la implicación, o no, de Abu Muhammad en la última razzia de la que el pueblo había sido víctima. Hubo muchos que hablaron del terrateniente con palabras cargadas de sincero aprecio y respeto, algunos de los cuales habían tenido tratos con él y no dudaron en describirlo como un hombre íntegro y honrado, respetuoso con la ley, piadoso y temeroso de su Dios. Sin embargo, no faltó quienes, con el corazón herido por el dardo venenoso de la envidia, pusieron en duda la integridad del anciano, alegando que al fin y al cabo era uno más de los que habitaban al otro lado de la frontera, y que por ese motivo, no podía querer otra cosa que el mal para la fe cristiana, para el Rey y para su tierra. Algunos hacían alusión a la codicia que se terminaba apoderando de los hombres ricos y pudientes, que los llevaba a querer más y más y los empujaba a romper los códigos de la ética para incurrir en actividades delictivas que, finalmente, los arrastraban por el camino de la perdición. Sancho escuchaba y escuchaba, pero mientras más lo hacía, más confundido y atribulado se hallaba. Quería obrar recta y acertadamente. ¿Y si, dejando libre a la muchacha y sin cargo alguno a su padre, la familia del fallecido en la razzia se quedaba sin la merecida compensación por tan desgraciada pérdida? O por el contrario, ¿podía ser que todo este tormento al que estaban siendo sometidos tanto el padre como la hija fuese totalmente inmerecido, por no tener Abu Muhammad nada que ver con aquella acción infame? Mientras tanto, y deseando llegar pronto a una solución que pusiese fin a aquella preocupación que tanto le afligía, no dejó de visitar ni un solo día a la joven, preocupándose honda y sinceramente por su estado de salud y su bienestar. —¿Cómo te tratan, muchacha? ¿Te resulta cómodo el jergón que te trajimos? Me encargué de pagarle bien a la mejor cocinera del pueblo para que se ocupase de agenciarse las viandas y que no te faltase un buen plato de comida sobre la mesa. Pero me dice que apenas pruebas bocado, muchacha…— Nawaal, me llamo Nawaal, cristiano— le cortó secamente en un castellano bien pronunciado, aunque marcado con un fuerte acento árabe. —No quiero tus atenciones, ¿de qué me sirve si me has privado de mi libertad? No quiero tu jergón ni tu comida, quiero volver a mi tierra, con mi padre. ¿Cómo has podido hacerle esto a un hombre anciano que lo único que desea es pasar sus últimos años rodeado de los suyos y viviendo en paz y en armonía? Te pudrirás en el Yahannam(4), donde un demonio te dará tormento por toda la eternidad—. Y así, un día tras otro, la actitud hostil de la joven mora no hacía sino minar aún más el ya de por sí debilitado estado de ánimo de Sancho, que se debatía en una vorágine de sentimientos encontrados, atrapado dentro de una nube gris que no le dejaba vislumbrar con claridad la forma de proceder, atenazado por el miedo a equivocarse y por las consecuencias difícilmente predecibles que ello podría acarrear.

Pero ocurrió que, a fuerza de desvelos y cuidados por parte de él y de exabruptos y frialdad por parte de la ella, finalmente terminó dándose la circunstancia paradójica de que entre Sancho y Nawaal comenzó a desarrollarse una relación afectiva y de complicidad, dado que la muchacha interpretaba, en la ausencia de violencia o de cualquier trato vejatorio por parte de aquellos hombres, un acto de humanidad que era impulsado y fomentado por el propio Sancho. La muchacha, cuyo único deseo desde el principio de esta funesta experiencia fue salir ilesa del incidente y volver con su padre cuanto antes, comprendió, pasados los días, que el líder de aquellos que la retenían perseguía exactamente lo mismo, y Nawaal, sabiéndose aislada en una situación que estaba totalmente fuera de su control y sin más apoyo que el de esos hombres, comenzó a mostrar un actitud de cooperación, templando sus formas hacia ellos y animándose a comer los platos que, con tanto ahínco y esmero y por orden expresa de Sancho, se preparaban para ella. Así, durante sus largas horas de desvelo y no teniendo otra cosa más provechosa que hacer que pensar y pensar, Nawaal llegó incluso a convencerse de que todo aquello tenía algún sentido, dado que Sancho, como líder del grupo de cazadores contratado para capturar a los delincuentes que incursionaron a aquel lado de la frontera, debía asegurarse bien de no dejar ningún cabo suelto, y si sospechaba de su padre, entendía que tuviese que tomar las medidas oportunas para aclarar cualquier resquicio de duda que aún pudiese permanecer. Ella solo era una garantía, y como sabía que abby no había tenido nada que ver en todo aquello, el desagradable trance quedaría en una disculpa y en el nacimiento de una nueva lealtad. «En realidad -pensaba-, me están dispensando todos los cuidados y atenciones de los que disponen, y para ser justa, solo puedo estar agradecida con ellos».

Y así, en aquellas circunstancias tan excepcionales, con el roce nació el cariño, y cual maleza que nadie planta e inunda la tierra, los sentimientos simplemente llegaron, esos sentimientos que empujaban a Sancho y a Nawaal a buscar la proximidad y la compañía del otro, aquellos que invadían de una ingenua felicidad el espíritu de ambos al pensar o ver al hombre rudo, altivo y autoritario que sin embargo tan caballeroso, humilde y dócil había sido, en el caso de ella, y a la joven mora de ojos hechizantes y belleza exótica que pese a su frialdad y desprecio iniciales había terminado mostrándose receptiva y encantadora, en el caso de él. «¿Qué voy a hacer cuando tenga que entregarle su hija a Abu Muhammad? No he podido probar nada acerca de su implicación en aquella razzia y ahora veo claro que los que hablaron mal de ese hombre lo hicieron movidos por la envidia y el resentimiento. Le prometí que se la llevaría escoltándola yo mismo, pero la sola idea de tener que separarme de ella para siempre por pertenecer ambos a mundos opuestos y enfrentados me está desgarrando por dentro. ¿Qué voy a hacer?», pensaba Sancho cuando, encontrándose lejos de Nawaal, reflexionaba acerca del inexorable final que el destino le deparaba. «¿De dónde sacaré fuerzas para continuar si me lo arrebatan? Solo de pensarlo me rehúyen el hambre y el sueño, se me hace insoportable la idea de no volver a ser el objeto de su firme y tierna mirada, de no volver a sentir su fuerte y protectora presencia. Mi felicidad no será completa si, aun volviendo a los brazos de mi amado padre, esa maldita frontera me separa de él de la misma forma que el frío acero de la daga secciona una naranja desuniendo por siempre a sus mitades. ¿De dónde sacaré fuerzas?», pensaba Nawaal cuando, encontrándose sola o en compañía de alguien que no fuese Sancho, reflexionaba acerca del irremediable final que se acercaba cual oscuros y negros nubarrones oscureciendo un horizonte antes luminoso y despejado.

 —Tu padre es un hombre inocente— fueron las primeras palabras que escuchó la muchacha de boca de Sancho aquella mañana, cuando entró en la alcoba donde ella dormía. Venía triste y melancólico. —Nada tuvo que ver con aquella maldita razzia a causa de la cual nuestros caminos se encontraron. O al menos yo no he encontrado prueba alguna de ello. Por tanto, y puesto que soy hombre de palabra, yo mismo, en compañía de algunos de mis mejores hombres, te escoltaré hacia aquella alquería que es tu hogar y te entregaré a tu padre, cuya vida se diluye en la congoja y la desesperación en espera del feliz día en que por fin te tenga de nuevo entre sus brazos…—. Un nudo en la garganta le atenazó las cuerdas vocales y le impidió continuar. El hombre, frío de carácter y endurecido a causa de años de guerrilla en tan peligroso terreno, y después de haber presenciado y experimentado todo tipo de dificultades y peligros derivados del lado más oscuro, vil y despreciable de la raza humana, tuvo que apartar su mirada de la de ella para evitar que, a pesar de la penumbra en que se hallaba sumida la estancia, le viera los ojos encharcados en lágrimas. —Ven, siéntate junto a mí— le dijo ella cariñosamente dando palmaditas con su mano izquierda sobre el jergón en el que se hallaba sentada. Cuando Sancho, actuando sumisa y obedientemente, tomó asiento a su lado, continuó: —Yo convenceré a mi padre para que no te odie y para que te acepte. Todo este lance no ha sido más que una consecuencia del desempeño de tus obligaciones. He recibido el mismo trato que la mismísima reina podría esperar y mi honor y orgullo están intactos. —¿Para que me acepte, dices? — interrumpió él, mirándola fijamente con los ojos muy abiertos después de haberse limpiado con las mangas del jubón, instintivamente, las lagrimas que estaban a punto de escapar de sus ojos. —Ni quiero ni puedo separarme de ti, ¡oh, Sancho! ¿Cómo se supone que viviría en ausencia del hombre que amo? La ilusión de vivir me sería arrebatada, y mi vigor y lozanía se desvanecerían del mismo modo que una flor, privada del sustento de la tierra, se marchita hasta morir. ¿Acaso crees que mi padre desearía ver a su hija, a su querida y única hija, con el entendimiento perdido y sucumbiendo lentamente a causa de la amargura y la desdicha que me provocaría el hecho de saberme alejada de ti por el resto de mis días? ¡Abraza mi fe, Sancho! Abandona el cristianismo, esa religión tuya que en nombre de su Dios está aniquilando lentamente a mi reino, y hazte muladí(5), para que podamos vivir juntos y felices al amparo del credo islámico. ¡Oh Sancho! Junto a mí, y bajo la protección de mi padre, serás un andalusí más al otro lado de esa condenada y perversa frontera.

¡Pum, pum, pum! —¡Sancho, tenemos problemas! Tenemos que reunirnos y hablar, es urgente— gritó atropellada y nerviosamente desde la entrada de la casa Cristóbal, su lugarteniente. Sin tiempo siquiera para asimilar aquellas palabras cargadas de valentía y determinación que Nawaal le había lanzado y separando suavemente su mano de las suyas, se encaminó hacia el lugar del que provenían las voces, y cuando salió fuera encontró a sus hombres con actitud nerviosa y alarmados, algo realmente inusual en ellos, que no hizo sino anticipar a Sancho que algo verdaderamente grave estaba ocurriendo. El lugarteniente alzó la voz entre los murmullos de los demás y expuso sin rodeos: —Estamos en problemas. Abu Muhammad, cansado de esperar y desesperado por la ausencia de su hija, ha reunido un pequeño ejército de mercenarios para venir a buscar a su hija. Ha puesto precio a tu cabeza… y a la nuestra. Ya deben estar viniendo hacia aquí. La información es fiable, viene de uno de los confidentes moros que más suele colaborar con nosotros—. Sancho, intentando aclarar sus ideas y despejar la mente tras el ciclón impetuoso de sentimientos y confusión que se había apoderado de su, hasta hace poco, fría cabeza, dijo rápidamente e intentando aparentar una tranquilidad y firmeza que no existían: —Nos vamos hacia el norte, a territorio conocido y seguro. Nos rodearemos de los nuestros y estaremos a salvo y protegidos por las fortalezas fronterizas cuya misión es frenar y resistir cualquier intento de avance moro. Nos comportaremos, todos, de forma discreta y moderada, actuando sensatamente hasta que la tormenta haya pasado. Una vez la situación se haya estabilizado y vuelva a asomar la calma, la partida se reunirá de nuevo y marcharemos hacia el sur… —Sancho, la cosa no acaba ahí— le interrumpió Cristóbal. —El concejo, disgustado por las circunstancias y queriendo evitar en lo posible todo enfrentamiento con los moros para que la paz perdure en lo posible, ha enviado a la Guardia a buscar a la muchacha para entregársela al padre y evitar que su ejército ponga los pies en territorio cristiano. Sólo Dios sabe el alcance de la destrucción y el caos provocado por una hueste mercenaria mora ávida de venganza y botín, por no decir que podría ser la chispa que prendiera el fuego de la guerra abierta entre los dos reinos. —Marchaos, huid hacia el norte, poneos a salvo. Mía fue la decisión de tomar a la muchacha y mía es la responsabilidad de terminar con esto sin que vosotros tengáis que arriesgar vuestra vida innecesariamente. —Pero Sancho… —¡Marchaos, he dicho! —. Los hombres, obedeciendo y despidiéndose de él con un breve gesto de cabeza, montaron en sus caballos y desaparecieron rápidamente dejándole solo y confundido, sin saber, por primera vez en muchos años, la manera de proceder ante semejantes circunstancias. Entró a la casa y volvió a la alcoba donde, impaciente por saber qué ocurría, se hallaba la joven mora andando por la habitación como un león enjaulado mientras esperaba noticias. —Tu padre ha reunido un ejército de mercenarios y viene en tu busca. Y quiere mi cabeza. Este es mi destino Nawaal, entregarte sana y salva como prometí y afrontar las consecuencias de mis decisiones pasadas. —¡No! — gritó la muchacha. —Iremos hacia el norte, y cuando mi padre comprenda que nada ni nadie puede separarme de ti, te perdonará y todo habrá quedado en un lamentable mal entendido. —Nawaal, también te buscan en territorio cristiano. Cierto es que ahí salvaré mi vida, pero de igual manera te separarán de mí. Nuestro sino es vivir el resto de nuestros días alejados el uno del otro, abandonados a nuestra desdicha y amándonos en nuestro pensamiento. —¡No! — volvió a gritar la joven, esta vez estando su voz clamorosa acompañada por lágrimas que recorrían sus mejillas. —Huiremos Sancho, huiremos lejos, nadie ni nada nos separará. Si no es contigo, esta vida ya no tiene sentido. Quizá mi padre lo comprenda si ve que prefiero tener una existencia furtiva y privada de lujos y comodidades, pero junto al hombre que amo, que no rodeada de abundancia y ostentación tras la seguridad de los muros de su alquería, pero lejos de aquel que, siendo el garante de mi ventura, invade mis pensamientos y tiene la llave de mi corazón—. Conmovido y animado por la valentía y el coraje de aquella delicada mujer, de elegantes y finos modales y de belleza tan exótica e irresistible, Sancho se apresuró a tomar lo justo y necesario para emprender aquel extraño viaje, con destino a un lugar aún desconocido y sin fecha de retorno, ayudó a Nawaal a montar en el caballo junto a él y abandonaron la casa rápidamente ante la amenaza de las tropas que se dirigían hacia aquel preciso lugar con el objetivo de separarlos para siempre.

Pese a lo apresurado de su partida, no tuvieron tiempo de alejarse demasiado, pues al poco tiempo de emprender la frenética huida, pudieron divisar a los mercenarios moros aproximarse hacia ellos en la lejanía. «Sin duda sabían dónde nos encontrábamos, y hacia dónde era más probable que encaminásemos nuestros pasos. Gente experimentada, buenos rastreadores», pensó Sancho mientras cambiaba rápidamente de planes. —Mi intención era la de entrar furtivamente en territorio nazarí, donde con atuendos morunos, pasaríamos desapercibidos un tiempo, hasta que pasara la tormenta— dijo Sancho durante una breve parada para considerar las opciones que se les planteaban—. Pero ya ves que las huestes de tu padre se anticiparon y ya nos cortan el paso. Tenemos que dirigirnos hacia el norte, para luego quebrar el camino y tomar la ruta hacia poniente. Pensando que buscamos internarnos en la seguridad del territorio cristiano, no creo que piensen en buscarnos por aquella zona. Allí aguantaremos, ocultos en la sierra, hasta que la situación se calme y podamos pensar en como salir de este embrollo—. Nawaal se limitó a asentir con un gesto de cabeza y a agarrarse fuertemente al hombre que tenía delante de ella sobre el caballo, apretando con vehemencia su lado de la cara contra aquella fuerte espalda. Pero sus planes y esperanzas se vieron truncados nuevamente, esta vez debido a los hombres de la Guardia que el concejo había puesto sobre el terreno, los cuales se encontraban ya en una posición muy avanzada y estaban prácticamente sobre ellos. Sancho no se dio por vencido y emprendió rápidamente la marcha a galope. Algunos de los jinetes moros, rápidos, formidables y de temible apariencia, se adelantaron y los sobrepasaron bordeándolos por el sur, con la intención de cortarles el paso hacia donde la pareja pretendía dirigirse. Viéndose acorralados y sin poder evitar por más tiempo un enfrentamiento directo con uno u otro bando, desmontaron del caballo y Sancho, dándole unas palmadas en la grupa, dejó que el animal desapareciera trotando alegremente ajeno a la tragedia que se vivía a su alrededor. —Es lo único que nos queda para intentar despistarlos a todos— dijo Sancho en un tono de voz muy bajo, mirando tiernamente a la muchacha mientras acariciaba su cara tersa y delicada, embargado por los remordimientos de haberla arrastrado hacia aquella lamentable situación. —Subiremos por este cerro de piedras hacia su cumbre. Ahí arriba conozco una cueva en la que, si Dios quiere, podremos ocultarnos y pasar desapercibidos—. Nawaal solo asentía, dejándose llevar por aquel al que amaba, con el único deseo de permanecer entre sus brazos pese a las intenciones de las aguerridas huestes que los perseguían. Un sentimiento de rencor hacia su padre se había ido apoderando de ella durante su breve pero intensa huida. «¿Por qué, padre, por qué te empeñas en arrancarme de los brazos de este hombre? ¿Acaso en el destino de la raza humana está grabado, con el hierro incandescente de la perversidad, que la guerra debe prevalecer sobre el amor, que las armas deben prevalecer sobre las palabras, que el sufrimiento y la congoja deben prevalecer sobre el gozo y la alegría? Quizá la vida no es ningún regalo, sino más bien una condena, pues todos nacemos heridos de muerte. Nuestra existencia no es más que todo aquello que acontece mientras estamos muriendo». Un pequeño tirón de la mano de Sancho la sacó de sus amargas reflexiones. Pronto comprendieron que ni siquiera en la cueva estarían ocultos y a salvo de ser apresados. Tanto moros como cristianos ya estaban a los pies del cerro y tenían sus ojos puestos sobre ellos. Acorralados y sin ninguna posibilidad de escape, ascendieron hacia la cima y, una vez allí, rodeados de escarpadas paredes de piedra, se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos, sin necesidad de inundar aquel trágico momento de palabras ya innecesarias, y abrazándose fuertemente como si tuviesen la intención de fundir sus cuerpos en uno solo, se lanzaron al vacío con el deseo de permanecer juntos eternamente, con el atardecer que se despedía de ellos como único testigo del final de su sufrimiento en aquel lugar que, desde entonces y por siempre, sería conocido como el Peñón de los Enamorados.


Notas al pie

La imagen que acompaña al relato es una parte del cuadro La Peña de los Enamorados (1885), de Eduardo Lucas Moreno, expuesto en el Museo de la Ciudad de Antequera.

(1) Abū ‘Abd Allāh «al-Zughbī» Muhammad ibn ‘Alī al-Hasan ‘Alī (en árabe, أبو عبد الله محمد ابن علي) (Granada, 1459 – Fez, 1533).

(2) Padre en árabe.                      

(3) Nombre femenino utilizado en tiempos de Al Ándalus, que significa regalo en árabe.

(4) El infierno en el islam.

(5) Cristiano que abandonaba el cristianismo, se convertía al Islam y vivía entre musulmanes.