Microrrelato



Mundos enfrentados

Por Jesús García Jiménez


Hallábame una sombría mañana inmerso en mis meditaciones, café en mano y mirando por la ventana de mi reducida aunque suficiente vivienda, hacia los grandes árboles de hojas verdes, los grisáceos muros de los centenarios edificios circundantes y alguna que otra ardilla que correteaba sobre el muro que cerraba el patio. El espeso manto de nubes oscuras y la fina e incesante llovizna ponían el toque final a aquel ambiente tan típicamente invernal de aquellas tierras septentrionales. 

«Soy consciente de ello. Es algo natural e inherente a la condición humana el tener que asumir la imposibilidad de lograr todo lo que se desea, o al menos en el momento en el que se desea. Solo es cuestión de saber gestionar y aceptar como inevitable el conflicto entre el mundo de las ilusiones y el mundo real», pensaba mientras daba un pequeño sorbo a la taza de café. Y levantando la vista de nuevo hacia el patio, me corregía a mí mismo: «Como si fuese fácil decirlo, ¿aceptarlo? También está en la condición humana la tendencia a no querer aceptar aquello que nos llega bajo la careta del infortunio. Los caminos del Señor son inescrutables, dicen algunos, en un intento por encajar de la forma menos dolorosa posible los sinsabores de la vida».

«Estudia lo que quieras, trabaja en lo que puedas. Maldita frase, que cierta eres. Y encima hay que aceptarte en toda tu esencia. La generación de jóvenes más preparada de la historia desempeñando, con suerte, algunos de los trabajos más bajos y menos cualificados de la escala laboral. O yéndose al extranjero a desempeñar esos mismos trabajos a la vez que se aprende el idioma, a expensas de alejarse de las personas y el lugar que uno ama y conoce. Eso sí, con un flamante título universitario en el bolsillo. Es ridículo. Claro, es entonces cuando esa perversa y miserable dama a la que llaman frustración se acerca y ofrece el refugio de sus gélidos abrazos a cambio de convertir a su víctima en alguien débil, frágil e inseguro, susurrándole al oído que abandone, que no luche porque ya nada merece la pena».

«¿No será que estamos siendo egoístas? ¿Será que la empatía está desapareciendo de esta sociedad en decadencia? Porque mientras en el mundo desarrollado la frustración la puede causar un trabajo que no es acorde a nuestras aspiraciones o la imposibilidad de poseer un teléfono de último modelo y generación, a menudo nos olvidamos de que estamos rodeados de comodidades y placeres. Echemos la vista hacia lugares donde la frustración campa a sus anchas porque hay personas que quisieran comer y no pueden, un padre desearía poder trabajar para dar de comer a sus hijos y no tiene trabajo, donde las injusticias, los maltratos y el crimen se ceban con esas pobres almas sin que nada ni nadie pueda protegerlos. Ellos sí se ven abocados a caer irremediablemente en las garras de la frustración. O quizá no. Quizás el padecimiento, la pena y la angustia se han aliado con ellos creando una coraza impenetrable para ese vil sentimiento, que retirándose cobardemente ha dado paso a la esperanza y a la ilusión por progresar y mejorar, algo que al igual que la empatía, está desapareciendo en esta parte del mundo empujada por un ocaso que se cierne imparable».