Fuensanta

No es necesario remontarse varios siglos atrás para situar esta historia en el tiempo. Basta con preguntar a nuestros abuelos, o incluso a nuestros padres, y nos dirán que conocieron una época relativamente reciente en la que los desplazamientos entre pueblos vecinos se hacían caminando, siguiendo las sendas y veredas marcadas en la sierra a fuerza de insistencia por el paso constante de personas y animales, una época en la que el medio natural, como cimiento sobre el cual se había construido, durante milenios, una fructífera relación entre el ser humano, los animales y las plantas, era el hogar de una animada actividad que fue sucumbiendo lentamente hasta dejar su lugar a la desolación, como única habitante de amplísimos parajes.

Cuando ocurrieron los hechos que aquí se narran, el campo estaba salpicado de cortijos, aquellas rudas construcciones de tejados rojizos y anchas paredes de piedra y argamasa, relucientemente blancas debido a la capa de cal que las cubría, cuya estampa ha permanecido como símbolo de los campos andaluces hasta nuestros días, aunque hoy quede de la mayoría de ellos tan solo algunas ruinas librando una ardua batalla con la gravedad por mantenerse en pie y no desaparecer definitivamente, llevándose con ellas historias, vivencias y capítulos de las vidas de aquellos que moraron entre sus paredes. Aquellas familias que habitaban los cortijos se dedicaban a trabajar las tierras de alrededor, obteniendo de las cosechas y el ganado todo lo que necesitaban para sobrevivir en una economía de subsistencia que básicamente alcanzaba para la alimentación, algo que ni siquiera puede llegar a ser imaginado en el tren de vida actual. La inmensa mayoría de aquellas personas, no tan alejadas de nosotros en el tiempo como lo estaban en mentalidad, no alcanzaban a concebir un mundo como el de ahora, superpoblado, fracturado y roto, en el que la Madre Naturaleza está cada vez más furiosa y las personas ya casi no se miran a los ojos, y en el cual un enemigo invisible y omnipresente tienen el poder suficiente para poner en jaque a los sistemas y gobiernos de una sociedad globalizada hasta el extremo. Pero quizás aquella forma de vida, con tan solo lo justo y necesario para ver el amanecer del día siguiente era lo que los mantenía vivos, siempre con la ambición de mejorar y con metas en el horizonte, unas metas que, si bien las tenían fuera de su alcance nunca las tenían fuera de su vista, algo también casi desaparecido en la sociedad actual, esclava de un consumismo que ha expandido sus tentáculos a través de un estado de extremo bienestar que no es más que un frágil cristal que amenaza con romperse en mil trozos, no sin antes dejar reflejadas las debilidades de unas generaciones que cada vez tienen más valorando menos.

De entre aquellas humildes personas que tanto apreciaban lo poco que tenían, había una joven muchacha, vecina de un pequeño pueblo situado en pleno corazón de la Andalucía profunda, que respondía al nombre de Fuensanta. Llena de vida, de sueños y de ambiciones, tal y como dictan las leyes de la naturaleza humana para alguien que apenas ha alcanzado la veintena, no era alguien que llamase la atención por su físico, dado que podría incluírsele en el grupo de personas de apariencia corriente, del montón como suele decirse, e incluso si se la observaba detenidamente, se podía concluir que era hasta poco agraciada. Pero en este caso, Fuensanta compensaba un aspecto nada destacable con una personalidad maravillosa que la hacía ser querida y respetada por todos. Amable y considerada con los demás, siempre estaba dispuesta a ayudar y literalmente le daba más importancia al bienestar y a los sentimientos ajenos que a los suyos propios. Era además una mujer profundamente espiritual y religiosa, y quizá, solo por poner algún defecto en la personalidad de la muchacha, podría decirse que era demasiado temerosa del Altísimo, o mejor dicho, de las oscuras y amenazantes doctrinas en las que Iglesia Católica nunca escatimó esfuerzos a la hora de difundir entre sus fieles, y que fueron utilizadas por los hombres de Dios para conseguir y mantener su estatus de clase rica, poderosa e influyente que todavía hoy, en pleno siglo XXI, podría decirse que perdura.

Como fuere, Fuensanta no creía en las casualidades, sino que estaba firmemente convencida de que las cosas ocurren en la vida porque estamos predestinados a recorrer los senderos establecidos por el Todopoderoso, sin la más mínima oportunidad de salirnos del camino y obrar a nuestro libre albedrío. Esto, que a simple vista podría parecer propio de personas débiles y de pobre carácter era, en realidad, una poderosa cualidad que hacía de la muchacha alguien capaz de encajar y soportar los golpes y sinsabores de la vida casi sin inmutarse, dado que, en su creencia, todo lo negativo que le sucede a alguien tiene un motivo que no hay necesidad de entender, siempre confiando ciegamente en la decisión divina. Muchas veces había escuchado de boca del cura del pueblo aquel fragmento de la Carta a los Romanos que dice: «¡Qué profundidad de riqueza, de sabiduría y de ciencia la de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!», y aquellas palabras condicionaron su forma de ver las cosas de tal modo que realmente fueron su apoyo más incondicional en algunos duros momentos que pese a su juventud le tocó vivir y experimentar, yendo incluso un paso más allá e intentando tener el control y mantener la calma de una forma magistral en las situaciones de tensión, siempre pensando: «Es la voluntad de Dios, que me pone a prueba».

Con una personalidad honesta y fiel, Fuensanta, hija única que era, algo realmente extraño e inusual en la época en la que se desarrolla esta historia, se desvivía por su padre, en especial a partir del momento en que su madre murió de fiebres y dejó un enorme vacío en sus vidas, espacio que a diario intentaban sortear pero que en ningún momento intentaron tapar. El hombre sentía devoción por su hija, era su niña, pero comprendía que debía cumplir con lo que se creía en aquel tiempo eran obligaciones ineludibles para una mujer, a saber, casarse, tener muchos hijos y dedicar su vida a criar una familia. Pero ella, aun sabiendo que algún pretendiente había por ahí, ni siquiera contemplaba la posibilidad de abandonar a su padre para formar su propia familia. Lo había decidido, librando una ardua batalla interior y pidiéndole perdón al Creador por no tener la intención de darle más siervos, mas se consagraría al cuidado de su padre de forma incondicional hasta que llegase el día en que sus caminos tuviesen que separarse de manera irremediable. Y fue precisamente su incesante y viva solicitud hacia su padre lo que la llevó a insistirle una y mil veces que sería ella quien hiciese el trayecto a pie hasta el pueblo vecino, para ir a casa de unos parientes a solucionar un asunto familiar que no admitía más demora. El hombre, cansado y carente de la fuerza y agilidad de las que había hecho gala tiempo atrás, en la plenitud de sus años dorados, finalmente accedió, aunque no sin cierto remordimiento, pensando una y otra vez: «No tiene porqué pasar nada, no es un camino muy largo y siempre hay gente que va y viene, ya sea andando o con las bestias y el ganado. Además, somos una familia muy conocida, a mí me conocen todos en el pueblo y la mayoría de la gente del otro. Ella es una muchacha muy apreciada, todos la tienen en mucha estima y se conoce el camino bien, lo ha recorrido varias veces conmigo y con sus tíos. No va a pasar nada. Llegará a casa de los parientes, hablará en nombre de su padre y volverá al día siguiente en compañía de sus primos. La vida me ha tratado con dureza y me ha arrebatado muy pronto a una de las dos personas que más he querido en este mundo, pero me ha dejado a la otra, que no es sino una bendición que me ha caído del cielo, mi apoyo y mi razón de vivir y aguantar en este miserable mundo, que se empeña en darnos pocas alegrías y en colmarnos de penas y disgustos».

Así, aquella fría y triste mañana de invierno Fuensanta se levantó muy temprano y se dispuso a prepararse para la jornada que tenía por delante. En un pequeño zurrón echó un trozo de pan, otro de chorizo y una cuña de queso. Se colocó el pañuelo en la cabeza, se echó la capa sobre los hombros y fue a despedirse de su padre. —Tira por la Atalaya del Moro, es un poco más largo pero el camino está mejor y siempre hay gente que va y viene. Ten mucho cuidado hija, que Dios te acompañe—, fueron las palabras del hombre, algo apesadumbrado por ver como dejaba marchar a su hija quedándose él postrado en una silla por culpa de aquellas debilitadas rodillas que ya no le dejaban dar diez pasos seguidos. —No se preocupe usted, padre—, respondió la muchacha, —me conozco el camino bien y voy a salir temprano. La luz del día me acompañará todo el viaje, y cuando venga a darme cuenta estaré en casa de los parientes. En la olla le dejo el puchero preparado para que coma. Tenga cuidado padre, queda usted con Dios—. Y dicho esto, se puso en camino con paso ligero y ágil, dispuesta a disfrutar de los hermosísimos paisajes que en breve la rodearían. Mientras salía del pueblo el cielo estaba gris, e incluso caía esa fina lluvia disimulada que es capaz de calar hasta los huesos sin hacer notar su presencia. Aun así iba contenta, sabiendo que esto lo hacía por su padre, para ahorrarle el tormento de tener que someter a su resentido cuerpo a semejante caminata por unos terrenos que no eran ni mucho menos campiñas, y su actitud era alegre y positiva, deseando admirar y deleitarse con aquel dramático entorno que pese al manto de espesas nubes que ocultaban el sol y a aquella fina lluvia, no perdía ni un ápice de espectacular belleza que tanto asombro causaba a propios y extraños. Siguiendo el inquieto y bullicioso curso del río, que en aquella época del año llevaba un caudal considerable, en seguida salió de los campos cultivados que rodeaban el pueblo y se internó en los rebeldes y ásperos terrenos de la sierra, y con ello pudo comenzar a admirar las enormes y majestuosas paredes verticales de aquella piedra grisácea tan característica de la zona, los bosques de frondosos pinos de un verde intenso capaces de colonizar los terrenos más difíciles y que terminaban perdiéndose en el horizonte, abruptos barrancos y cañadas que morían en las alborotadas aguas de algún arroyo, extensos encinares y zonas de matorrales, algunos más altos que la propia muchacha, hogar y refugio de la riquísima fauna que moraba en aquellos parajes.

Después de unas tres horas caminando llegó a la Atalaya del Moro, y decidió hacer una breve parada para refrescarse con el agua de una pequeña garrafa que había traído con ella y comer un poco al cobijo de sus todavía majestuosas ruinas, antes de retomar el viaje con las miras puestas en no volver a detenerse hasta llegar a la casa de sus parientes, ya en el pueblo vecino y lugar de destino de su pequeño periplo. En el corto espacio de tiempo que estuvo allí parada, vio pasar a varias personas, algunas conocidas y otras no. Aquellos de rostro familiar para Fuensanta le ofrecieron, amablemente, su compañía durante el resto del recorrido, algo a lo que la muchacha se negó cortés y educadamente diciendo que tenía tiempo de sobra y que esperaría un poco a ver si aquella fina pero molesta lluvia escampaba y la dejaba continuar esta vez disfrutando plenamente de todo aquello que le rodeaba. Gran error. Porque no solo no escampó, sino que aquella lluvia casi invisible fue haciéndose más y más intensa hasta convertirse en un considerable chaparrón, y viendo aquello, la muchacha, no sin cierto disgusto, decidió ponerse en marcha nuevamente resignada a su mala fortuna, pensando que quizá hubiese sido una equivocación no aceptar la compañía de aquellos vecinos. Cuando llevaba no más de dos horas caminando e iba con todas sus ropas empapadas, la pobre chiquilla, entumecida por el frío y tiritando, se dio cuenta de que se había desorientado y que no sabía siquiera donde se encontraba. Iba caminando por una vereda, pero era demasiado estrecha y tortuosa, seguramente abierta por el paso de animales salvajes como zorros, jabalíes y cabras monteses. Paró y miró a su alrededor, pero no vio nada que le resultase familiar. Pese a lo delicado de la situación y lejos de caer en las traicioneras garras del pánico, Fuensanta mantuvo la calma y se dispuso a tomar el control de la situación. «Es la voluntad de Dios, que me pone a prueba», pensaba ella. «No voy a defraudarle, le demostraré que soy digna de Él, y guiará mis pasos hasta que pueda encontrar de nuevo el camino». Pero su fe solo le sirvió para mantener una entereza y serenidad admirables, algo que no es poco en semejante situación, ya que a pesar de su valiente actitud y optimismo no logró orientarse y al cabo de un tiempo comprendió que lo único que había hecho era dar vueltas en círculo. Continuó caminando, esta vez por campo abierto intentando alcanzar un punto alto y de este modo poder ubicarse más fácilmente, y llegó así a un claro de vegetación en el cual le parecía no haber estado antes. Cuando comenzaban a asaltarle las dudas y el pesimismo hacía su temible aparición simultáneamente a la del anochecer, se dio cuenta de que del claro en el que se encontraba salía una pequeña vereda apenas marcada, difícilmente visible debido a los grandes arbustos colindantes que se echaban sobre ella, y comprendiendo que en realidad no tenía más opciones se decidió a seguirla y a probar fortuna, pensando que quizá aquella vereda le condujera a algún lugar conocido o fuese una ruta alternativa hacia su lugar de destino.

Toc, toc, toc. Fuensanta golpeó con los nudillos aquella maciza y pesada puerta de madera vieja, de apariencia algo desvencijada y sin ningún ventanuco o argolla con que poder llamar la atención de los moradores de aquel lugar. Tras un rato siguiendo aquel angosto y sinuoso sendero, la muchacha, calada hasta los huesos y muerta de frío había llegado, a duras penas y casi a oscuras, a una gran edificación rodeada de altos álamos y abundante vegetación de ribera, flanqueada por un caudaloso arroyo que podía ser vadeado a través un rudimentario puentecillo de madera que milagrosamente había resistido las furiosas embestidas de aquella pequeña pero impetuosa corriente de agua. ¡Pum, pum, pum! Fuensanta volvió a golpear la puerta, esta vez con los puños cerrados e impulsados por la fuerza de la desesperación. Hacía rato que la lluvia había desparecido, la noche estaba envuelta en las tinieblas y era fría como un témpano. —¿Quién llama a estas horas? —, respondió una voz ronca desde el interior. La muchacha, con un sentimiento infinito de alivio, respondió: —Gracias a Dios que me ha oído buen hombre, me desorienté cuando seguía el camino hacia el pueblo de al lado y he terminado perdida sin saber dónde estoy. Ya ve usted cómo está la noche aquí fuera. ¿Me permitiría pasar adentro y tener cobijo durante unas horas? Necesito calentarme al fuego y secar mis ropas, ya casi no puedo sentir mis pies y mis manos—. Hubo un corto silencio. —¡Fuera de aquí, en esta santa casa no queremos a mendigos ni a vagabundos! — sonó desde el interior del patio, de la misma voz ronca y malhumorada. —¡No, no soy ninguna vagabunda! Soy del pueblo, mi familia es muy conocida. Si tiene a bien abrirme la puerta y verme la cara, quizá pueda reconocerme. Por favor buen hombre, no me deje usted aquí, en medio de esta noche tan desapacible. Solo necesito calentarme un poco, ni siquiera la pediré comida porque llevo la mía propia. No solo se lo recompensará el Todopoderoso, sino que mi familia también sabrá compensárselo. Tenga piedad de mí, déjeme pasar adentro hasta que lleguen las primeras luces del alba, y entonces me iré— respondió lastimosamente la pobre criatura, con la esperanza de despertar en aquel invisible desconocido de voz áspera y tono brusco algo de la compasión que tanto necesitaba en aquellos momentos. —Te he dicho que te vayas, y no me hagas repetírtelo porque como tenga que descorrer los cerrojos y salir no lo haré solo, sino acompañado de mi escopeta, y no me va a temblar el pulso si tengo que usarla para defender a mi familia y al molino. No soy idiota, ¿acaso crees que no sé que puede ser una trampa? Cuando abra se me echarán encima todos los que vienen contigo y solo Dios sabe qué pasará después. Fuera de aquí, por tu bien no hagas que tenga que insistir—. Hubo un largo silencio, únicamente interrumpido por el murmullo de las apresuradas aguas que seguían su curso junto a los altos y robustos muros que cerraban el patio, ajenas al drama que se desarrollaba tan solo a unos pasos de distancia. Fuensanta, habiendo tomado muy en serio las amenazas de aquella voz sin rostro, se resignó, se alejó de la puerta y caminó unos pasos, sin saber hacia dónde ir. Trató de avanzar de nuevo pero las fuerzas le fallaron, sentía cosquilleos en pies y manos y los notaba entumecidos. Intentó echar mano al zurrón, lo cual resultó una tarea casi imposible. Sus movimientos eran lentos y torpes debido a la rigidez que los atenazaba. Se sentó apoyando su espalda contra el tronco de un viejo álamo y musitando de manera casi ininteligible dejó escapar: —Sea la voluntad de Dios. Lo siento padre, te he fallado. Solo espero que puedas perdonarme. Desde donde quiera que me lleve este último viaje rezaré por ti. No sufras por mi ausencia porque mi alma seguirá contigo, hasta el momento mismo en que el Altísimo reclame tu presencia para acompañar a madre en aquel lugar más allá de las estrellas, reservado para aquellos que en vida se ganaron el derecho a la dicha eterna junto a los seres celestiales—. Se acurrucó bajo la capa empapada, cerró los ojos y las lágrimas recorrieron sus mejillas congeladas.

Durante los siguientes días no hubo otro tema de conversación. En los colmados, en las tabernas y en la puerta de las iglesias de la comarca, todos hablaban, horrorizados y profundamente afligidos aquellos que la conocían, contrariados y consternados los que no, de la pobre muchacha que se había extraviado sabe Dios porqué motivo y había terminado pereciendo a causa del frío junto a un molino no muy lejos de la ruta que se supone debería haber seguido hasta su destino. Se llevaron a cabo las pesquisas pertinentes, y la Guardia Civil interrogó a todos aquellos que aquel trágico día realizaron el camino, poniendo especial atención en los que en algún momento se pararon a conversar con la joven para invitarla a que los acompañara o los que de algún modo llegaron a verla, aunque fuese en la distancia. Y por supuesto, interrogaron al molinero, que fue capaz de mantener una entereza admirable al afirmar rotundamente que él no había sabido nada de la muchacha hasta la mañana siguiente, cuando salió rayando el alba y se la encontró a los pies de aquel álamo. —¿Cómo iba a saber yo que la pobre chiquilla estaba ahí muriéndose de frío? De haberlo sabido la hubiese metido dentro y le hubiese ofrecido mi lumbre y un plato caliente— manifestaba con seguridad. —Me parece muy raro que no intentara siquiera pedir auxilio, estando justo al lado del molino. Ni siquiera intentarlo. ¿Estás seguro de que no oíste nada, ni voces, ni golpes en la puerta, nada? —, le preguntaba el Guardia Civil que le interrogaba, mirándole fijamente a los ojos y siguiendo su instinto, que le decía que algo no cuadraba en toda aquella historia. Finalmente, como no pudo demostrarse lo contrario y el molinero hizo gala de una templanza y sangre fría realmente asombrosas mientras defendía su realidad, el caso se cerró concluyéndose que la muchacha se había desorientado y había terminado sucumbiendo al intenso frío de aquella gélida noche de invierno.

¿Qué ocurre cuando alguien muere? Nada. Le velan, le entierran y con el tiempo le olvidan. Y eso es exactamente lo que ocurrió con Fuensanta, aunque sí es cierto que hubo una excepción: su padre. El pobre hombre quedó sumido en una melancolía tan profunda que ya nunca llegó a levantar cabeza, y con el tiempo se fue apagando lentamente hasta que llegó el momento que tanto anhelaba, cuando la muerte se presentó para llevarlo de la mano susurrándole al oído: «No mires atrás y olvida el tormento, deja este mundo que ya no es el tuyo. He venido para acompañarte en tu camino hacia el otro lado». La Naturaleza siguió su curso y continuó manifestando su maravillosa belleza. Los pájaros seguían lanzando sus bellas y fugaces melodías, los árboles se alzaban majestuosos y se dejaban acariciar por la brisa fresca cuyo paso entre el follaje provocaba un suave y relajante murmullo, y el arroyuelo seguía su curso, ajeno a todo, fluyendo revoltoso y juguetón, en constante avance cual el tiempo. Había una fuente, clara, de hermosa apariencia y de aguas puras, limpias y cristalinas, que parecía haber sido colocada allí por la mano del mismísimo Creador y a la cual los pájaros gustaban de bajar a beber y a refrescarse en los meses más calurosos del año, creando el conjunto una estampa digna de ser reflejada en el lienzo del más exquisito de los artistas. En aquel paraje de semejante esplendor acaeció semejante tragedia, y el molinero, aunque actuando con normalidad y felicitándose a sí mismo por la enorme suerte que había tenido al escapar de un más que merecido castigo, el remordimiento le acechaba y no podía evitar mirar constantemente de reojo al viejo álamo en el que encontró su último apoyo la pobre muchacha, pensando que ni siquiera le había brindado una oportunidad y que nada de aquello habría ocurrido si le hubiese abierto la puerta aquella noche fatal en la que vino a rogarle clemencia.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y el molinero mantuvo su rutina y su aparente serenidad, trabajando en el molino como había hecho siempre y conversando con todo aquel que se interesaba por la historia de Fuensanta, invariablemente frío y sosegado, creyéndose su propia historia acerca de los hechos. —Pobre muchacha— decía, —¿cómo iba a saber yo que estaba acurrucada debajo de ese árbol? Ni siquiera tuvo fuerzas para golpear la puerta. Otra historia bien distinta hubiera sido, y nos habríamos ahorrado muchas lágrimas. Tan joven, y encima dejó a un padre viejo y cansado solo. El pobre no pudo resistirlo y se lo llevó la pena. ¡Qué desgracia más grande! —. Y cuando pronunciaba este pequeño discurso, el mismo siempre, dicho sea de paso, miraba por impulso y sesgadamente hacia el viejo álamo, temeroso de su presencia acusadora, y pareciéndole que a través de los susurros que provocaban los abrazos del viento sobre sus ramas, éste le decía: «Arderás en el infierno, miserable. A esos que te escuchan podrás contarle tu mentira y te creerán, pero Aquel que todo lo ve todo lo sabe, a Él no le puedes ocultar la verdad. Aquella inocente murió por tu culpa…». Y estas últimas palabras permanecían resonando en el interior de su cabeza como un eco, como una penitencia autoimpuesta que le limaba la cordura y la razón a un ritmo lento pero implacable, dejando aflorar un sentimiento de culpa que le oprimía el ánimo y le causaba un sufrimiento insoportable. En una ocasión, mientras se encontraba en la intimidad de la alcoba rezando un salmo, su esposa entró, y sabiendo que su presencia pasaba inadvertida permaneció quieta y escuchando a su marido, que balbuceaba: —Ten compasión de mí, oh Dios, por tu misericordia, por tu inmensa ternura borra mi maldad. Lávame más y más de mi delito y purifícame de mi pecado. Reconozco mi crueldad, tengo siempre delante mi pecado…—. La mujer, conocedora de lo que realmente ocurrió aquella maldita noche en la que un alma inocente se elevó acompañada de los ángeles, interrumpió súbitamente a su marido y le dijo: —Las oraciones solo hacen perder el tiempo al pecador. El mal está hecho y ya nadie puede arreglarlo. Solo te queda vivir con el peso de tu conciencia y con la meta de ser un buen cristiano e intentar purgar todos tus pecados. Hay veces en las que la oportunidad de obrar bien es como el agua de un río, si no la coges en el instante en que la tienes delante se va para no volver jamás. Aquella noche pudiste salvar a esa pobre muchacha, pero preferiste no abrir siquiera la puerta para dejarla morir de frío, y por ello tendrás que rendir cuentas en el día del Juicio Final—. El molinero, arrodillado junto a la cama y con la cabeza girada hacia su mujer, la miraba con los ojos llenos de espanto, sanguinolentos y llorosos. —¡Calla! ¡No quiero escucharte!

Toc, toc, toc. Abrió los ojos de inmediato, sobresaltado. «¿He oído unos golpes en la puerta? No puede ser. Me estoy volviendo loco. Tengo que dormir, tengo que olvidar». Silencio. Nada se escuchaba excepto la respiración lenta y sosegada de su mujer, que se hallaba viajando por el mundo de los sueños ajena a las tribulaciones que martirizaban a su marido. Cerró los ojos e intentó no pensar. «Lo pasado, pasado está». Silencio. ¡Pum, pum, pum! Volvió a abrir los ojos, sin moverse, aterrorizado. «No es posible. Esto no puede estar ocurriendo. ¿Por qué me atormentas de esta manera, Señor? Bastante penitencia estoy pagando ya que no duermo, no como, mi cuerpo se está consumiendo y yo mismo estoy perdiendo el juicio. Espera, no. Me está dando la oportunidad, me ha devuelto atrás en el tiempo, ha escuchado mis plegarias. ¡Alabado sea Dios!». Inmediatamente se levantó de la cama, poniendo todo su cuidado para no despertar a la mujer, que seguía durmiendo impasible, y se puso la ropa lo más rápida y silenciosamente que pudo. Bajó al patio y sin pensárselo dos veces abrió la vieja puerta. No vio a nadie frente al umbral. —¿Dónde estás chiquilla? Entra, entra y caliéntate al fuego, no te quedes ahí. Al alba yo mismo te acompañaré a donde quiera que vayas. Pero primero pasa adentro, no estés a la intemperie—. El suave murmullo de las aguas del arroyo fue todo lo que obtuvo por respuesta. Y de repente, los lamentos desconsolados de una mujer acompañando a una voz siniestra y aterradora que le reprochaba: —Ya es tarde. Me negaste la ayuda y morí junto a tu casa, con aquel árbol como única compañía. Mi alma, que vaga perdida y sin descanso, te recordará todas y cada una de las noches del resto de tu triste vida que arderás en las llamas del infierno bajo la atenta mirada de Satanás, que espera impaciente para darte el tormento del que te has hecho merecedor—. El molinero sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo, erizándole los pelos de la piel. La boca se le secó y comenzaron a sudarle las manos. Salió afuera, y tras andar unos pasos divisó una forma humana, con una capa sobre los hombros y la capucha cubriéndole la cabeza, traslúcida y desplazándose muy lentamente, sin caminar, como levitando. El hombre, horrorizado y paralizado, vio como aquella extraña aparición se dirigía hacia el viejo álamo y se escondía tras él, desapareciendo de su vista. En ese instante, el molinero volvió en sí y corrió despavorido hacia la puerta, presa de un pánico indescriptible, cerró la puerta a duras penas, pues las manos no le respondían y a lo único que atinaba era a hacer movimientos torpes e imprecisos, y subió a la alcoba como alma que lleva el diablo, metiéndose en la cama tiritando de miedo, sin molestarse siquiera en quitarse la ropa que llevaba puesta. 

Después de muchas noches seguidas pasando por aquel trance y encontrándose cada vez más abatido, extenuado y demacrado, se decidió a contárselo a su mujer, la cual no pareció sorprenderse en absoluto. —Ya lo sé— respondió la mujer con tranquilidad, —todas las noches tienes pesadillas y sueños inquietos, hablas aterrorizado. Algunas veces te entiendo y otras no, y cuando lo hago, comprendo que estás conversando con aquella muchacha, y luego, de repente, parece que huyeras de algún sitio porque se te ha aparecido un espanto—. El molinero, convencido de la veracidad de aquella aterradora y espeluznante experiencia que le acosaba sin piedad en las tinieblas, respondió a su mujer: —No son sueños ni pesadillas, es tan real como que tú y yo estamos hablando aquí y ahora. Oigo la puerta, esperando que sea una alucinación que desaparezca para no volver jamás, pero vuelve a sonar más fuerte, como si la aporrearan, como diciéndome «baja, ven a recibir tu tormento», y cuando bajo no hay nadie, pero de repente escucho a una mujer llorando y diciéndome esas horribles cosas… Todo esto es una locura, no puede estar pasando. Me he convertido en un demente y ya no aguanto más. Esa ánima ambulante, a la que parece que le han negado el descanso eterno, viene todas las noches a martirizarme y ha convertido mi vida en un infierno. Esto es peor que la muerte…— y rompió a llorar como un niño, vertiendo lágrimas cargadas de culpa, remordimiento y odio hacia sí mismo. La mujer, impasible, le respondió: —No es real. No hay ninguna ánima, ni golpes en la puerta. Todo está en tu imaginación, dentro de tu cabeza. Ese fantasma que dices ver todas las noches no es sino tu propia conciencia, que se ha disfrazado de espíritu de mujer para castigarte con el látigo de la penitencia, quebrarte la razón y empujarte al abismo del delirio. Ahora los remordimientos te están consumiendo por dentro y por fuera, y del hombre fuerte y vigoroso que una vez fuiste ya solo queda una criatura débil, tímida e impotente. La vida, que no se queda con nada de nadie y todo lo devuelve, consiste en tres días: ayer, hoy y mañana. Ayer ya pasó y nunca volverá, nada podemos cambiar en él. Pero el mañana todavía no ha llegado, así que deberíamos ser sabios y actuar hoy de manera que no tuviésemos que arrepentirnos mañana. Algo tan sencillo y a la vez tan alejado del entendimiento que tantos sinsabores y disgustos nos ahorraría. Las palabras no se las lleva el viento, y los actos aún menos, y son éstos los que levantan o derriban paredes cuando nos hallamos atravesando el laberinto de la vida.

Y aquella penosa situación en la que vivía el molinero se fue agravando con el paso del tiempo, el sentimiento de tristeza y desánimo se hizo permanente, le asaltaban constantemente pensamientos confusos y había perdido por completo la capacidad para concentrarse en cualquier actividad por sencilla que fuese, le abordaban la mente preocupaciones y miedos excesivos, sufría frecuentes altibajos y cambios radicales de humor, se alejó de su familia, de las amistades y los conocidos, y el trabajo se convirtió en algo difuso de una vida pasada. Siempre cansado y sin energía, el sueño le había abandonado casi por completo y esto había derivado en una desconexión casi total de la realidad, sufriendo paranoia y alucinaciones constantemente. Se convirtió en un hombre del todo incapaz de afrontar los problemas y las obligaciones típicas de la vida diaria y comenzó a tener problemas para comprender las situaciones y relacionar a las personas. Su cuerpo renunció al apetito, y para la mujer se convirtió en un verdadero suplicio el simple hecho de intentar que su marido probara un bocado, que vio además como el deseo sexual que antaño provocaba en éste había llegado a transformarse en hostilidad y alejamiento. Pero lo peor de todo llegó, quizá, con la aparición de pensamientos suicidas en la mente de aquel desdichado, y la mujer comprendió entonces que habían llegado a pisar la delgada línea que separa lo que el hombre decide de lo que Dios dispone, y resolvió, con todo el dolor de su alma, ponerlo en conocimiento del Juez de Paz del pueblo para que éste arreglase los trámites necesarios y poder ingresar a su marido en un manicomio.

Aquel día en el que vinieron dos fornidos jóvenes en una vieja furgoneta y le colocaron una camisa de fuerza al molinero, más por medida de seguridad que por la resistencia que el hombre, débil y demacrado hasta el extremo, podía oponer, fue el último que se le permitió respirar el aire fresco y limpio del lugar donde siempre había vivido, y cuando lo conducían alejándolo de su molino miró de reojo y le pareció ver como una figura femenina, borrosa y sin rostro se sentaba frente a él apoyando su espalda en el amplio tronco del viejo álamo, cuyas ramas eran agitadas con furia por un viento impetuoso, provocando un sonido que parecía ser la voz del destino gritándole: «Condenado al olvido por siempre, ese es tu sino». Hoy en día, el sitio en el que ocurrió esta desgraciada historia lleva el nombre de aquella pobre muchacha, y es conocido entre los lugareños como La Fuensanta, y aunque ya no existe el molino como tal, el lugar aún sigue envuelto en un aura de misterio bajo el cual algunos afirman haber visto en la noche una forma femenina vagando y llorando desconsoladamente, un reflejo, quizá, de sus conciencias intranquilas.