Microrrelato



Ella

Por Jesús García Jiménez


En mutua compañía nos hallábamos una calurosa noche de verano, disfrutando del manto estrellado que suelen brindar los cielos andaluces. Yo, que me hallaba entregado a mis cavilaciones mientras paseaba la mirada por la inmensidad que nos envolvía, pensaba: «Quizá no sea tan mala. ¿Y si solo es cuestión de saber llevarla, de entenderla, e incluso de dominarla?».

Ella, mirándome a los ojos y adivinando la representación de aquella realidad que se dibujaba en mi mente y el sentido que tomaban mis reflexiones, me susurró: —No, no soy tan mala. De hecho, puedo no ser mala en absoluto. Casi todos temen verme aparecer, y en muchos casos mi mera presencia causa pavor. Pero puedo asegurarte que hay personas cuya compañía puede causar más daño de lo que yo misma alcanzaría a suscitar jamás. Serás tú, si llego a tu vida porque el destino me pone en tu camino, quien debas decidir cómo quieres que sea contigo. Puedo ser tu refugio, un oasis de intimidad en el cual te ofrezco la posibilidad de que seas tú mismo, sin ambages y sin la necesidad de esconderte, porque bajo mi gruesa capa estarás a salvo de miradas y opiniones casi siempre no deseadas, o por el contrario, puedo ser tu tormento, una losa cuyo peso alcanza a ser insoportable, capaz de absorber tu brillo e ir apagándote lentamente hasta que no quede de ti ni siquiera una sombra de lo que alguna vez pudiste llegar a ser. Yo ofrezco la clemencia que suele negar el azar: tú, y solo tú, tienes la potestad de elegir si deseas acurrucarte bajo mi suave manto de terciopelo o prefieres soportar mis pesadas y duras cadenas.

En cierto modo tenía razón: «Ella te trata como tú la tratas a ella», pensaba yo. «Es más, puede llegar a tener esa cruel benevolencia de bendecir especialmente a aquellos que con más fuerza la maldicen. Yo creo que puede ser una buena amiga y fiel aliada. Con ella es posible experimentar momentos realmente felices e incluso puede ser la musa bajo cuya inspiración vean la luz algunas de las obras más hermosas nacidas del ingenio humano. Es una compañera sincera y leal, nunca es ella quien abandona primero y está dispuesta a acoger en su seno siempre que se necesite el calor de su refugio».

—Realmente nadie puede escapar de mí, por el simple hecho de que soy una fuerza nacida de la propia naturaleza humana— volvió a susurrarme, continuando armoniosamente con el hilo de mis razonamientos. —Puedo ser la única compañía de alguien que esté en el corazón de una multitud e incluso así, nadie ser consciente de mi presencia. Puedo ser la mejor compañera que se haya conocido jamás y todavía no ser reconocible ni tan siquiera para aquel que sin saberlo me ha tendido su mano. Yo, con un poder comparable al de cualquier otra fuerza de la naturaleza, puedo llegar a aniquilarte sin ninguna compasión si no estás preparado para soportarme la mirada una vez que me cruzo en tu camino, pero por otro lado, si sabes cortejarme, podemos recorrerlo cogidos de la mano hasta llegar más allá de tus posibilidades, rompiendo barreras invisibles y alcanzando metas aún desconocidas. Incluso el todopoderoso Astro Rey requiere de mi presencia cuando desea estar solo, y es ahí cuando las nubes, cómplices y leales sirvientes, se unen para formar un manto que lo oculta de todas las criaturas engendradas bajo el amparo de su luz. Yo no hago distinciones y abrazo por igual a los ricos y a los pobres, a los poderosos y a los débiles. Yo, omnipresente y acechante, soy una presencia amada, odiada y temida a partes iguales. Yo… soy la soledad.