Microrrelato



Vuela, vuela alto

Por Jesús García Jiménez


Una calurosa noche de verano, conversando mientras mirábamos las estrellas, me decía: —Siempre he querido ser libre, escapar de las cadenas de esta rutina que me impiden probar experiencias desconocidas para mí, comprender la esencia oculta de una existencia que aparece en mis sueños, susurrada al oído por un arcángel que quiere anunciarme la realidad de un mundo de posibilidades infinitas. Te admiro, porque llevas la vida que quieres llevar y te envidio, porque llevas la vida que quisiera llevar.

—¿Y por qué no lo haces? ¿Qué te lo impide? — fue mi respuesta, a lo que ella, con la mirada puesta en el infinito, en algún punto del denso tapiz que dibujaban las estrellas, me respondió: —Necesito aire, libertad. Este lugar me oprime, demasiado pequeño para albergar semejantes aspiraciones como las que moran en mi alma. Ojalá fuese sencillo, pero se interpone la fuerza de los sentimientos, la más poderosa e incomprensible de todas las conocidas por el ser humano.

—No todas las decisiones que se toman son el resultado de una meditada consideración, porque si así fuese, el riesgo sería algo inexistente y desconocido. Por lo general, las mieles del éxito son para aquellos valientes que están dispuestos a romper barreras, a menudo las más difíciles de quebrantar, aquellas que solo existen en la mente y que están erigidas a base de emociones y recuerdos. ¿Qué hay detrás de una densa capa de nubes? No vemos nada. Pero, ¿y si asoma tímidamente un rayo de luz? ¿De dónde viene? Del Sol, y por tanto sabremos que está ahí. Piensa que ese fugaz rayo de luz es una posibilidad que viene del éxito que espera como recompensa tras correr el riesgo de romper barreras.

—No es fácil, y además no siempre es posible— respondió ella, fijando sus ojos de color de miel sobre los míos, con la mirada centelleante y dejando aflorar un cierto sentimiento de melancolía.

—Vivirás siempre bajo la implacable y pesada losa de la duda— le contesté tomando su mano y mirándola fijamente. «¿Qué hubiese pasado de haberlo intentado? ¿Cómo sería ahora mi vida? ¿Cuánto me hubiese alejado de lo que soy ahora?» No hay pros ni contras. Hay valentía, audacia y, sobre todo, mucha ilusión. La excitación ante lo desconocido e impredecible, ante lo que hay detrás de una cortina de humo tendida por el destino para ser atravesada por quien tenga la actitud y la valentía necesaria para cortejar a la vida. ¿Qué hay detrás? La experiencia de haber roto barreras y acceder a lo desconocido. ¿El éxito? Puede, aunque nadie, o mejor dicho, nada, lo garantiza. Pero algo es seguro: ese éxito está mucho más cerca de quien se aviene a cambiar de trayectoria, y para eso es necesario romper esas barreras invisibles, las más sólidas y a veces infranqueables.

Posó de nuevo su mirada en el firmamento. Soñaba despierta. «¿Qué pasaría si…?» En ese momento mi voz no era más que un eco lejano para ella, que le susurraba desapareciendo entre los luceros: —Vuela, vuela alto y llega tan lejos como lo haría la flecha de Sagitario lanzada con toda la fuerza del arquero. La vorágine de sentimientos y sensaciones obtenida a cambio será el único equipaje que portaremos cuando cuerpo y alma se separen para siempre. Vuela, vuela alto...