Arcángel

Aún quedan algunos, pocos, muy pocos, y los que aún quedan ya ni siquiera se dedican a ello, pero pueden atestiguarlo escarbando en sus recuerdos y vivencias. Experiencias en base a las cuales se podría describir el oficio de pastor, sin temor a equivocarnos demasiado, como uno de los más duros y sacrificados que han conocido los campos. Las inmisericordes condiciones climáticas golpeando sobre el cuerpo y la mente, cuando el calor es agobiante y no hay sombra alguna capaz de conceder un alivio, cuando el aire frío rasga la piel como si de un millón de cuchillos afilados se tratase, cuando la lluvia cae desde los cielos empapando la ropa cuya humedad será absorbida, en las horas siguientes, por el cuerpo helado y entumecido.

Estas eran situaciones con las que los pastores estaban muy familiarizados, porque eran parte de su propia existencia. Eran parte de ellos mismos. Se decía que tenían una vida corta, que no llegaban a viejos, precisamente porque su día a día se movía entre la incomodidad, el padecimiento y la privación. Eran hombres extremadamente curtidos, endurecidos hasta límites inimaginables a día de hoy, con unas capacidades para desplazarse, desenvolverse y orientarse en el medio natural comparables a las de cualquier unidad militar de élite moderna, y pese a las penurias a las que estaba sometida la salud de estos hombres, todavía tenían la resistencia necesaria para recorrer centenares de kilómetros guiando al ganado por las antiguas cañadas reales, aquellos legendarios caminos empleados durante siglos en la trashumancia en España, regulados por el mismísimo Alfonso X el Sabio en el siglo XIII y que debido al descenso de la práctica de la ganadería y de la aparición de los modernos piensos, que evitan la necesidad de realizar grandes desplazamientos en busca de nuevos pastos, fueron cayendo en el desuso y el abandono, de modo que tan solo unos cuantos tramos han llegado hasta nuestros días, ahora utilizados en su mayoría por ciclistas y senderistas que reviven aquellas rutas, testigos mudos de los sucesos que forjaron España y salvaguarda de innumerables historias personales de todos aquellos que la recorrieron como una forma de vida.

En muchas ocasiones, estos hombres tenían como única compañía la soledad y el silencio. Podría pensarse que como «animal social» que es el ser humano, ese aislamiento le daba a la profesión un plus de dureza, en este caso psicológico. Pero, ¿y si precisamente fuese aquel aislamiento la mayor recompensa a una existencia tan sacrificada? Una vida estresante en exceso envuelta en ruido, tráfico, polución, férreos horarios y todo ello a menudo complementado con una alimentación que podría no ser, si se es objetivo lo suficiente, mucho mejor que la que llevaban aquellos pastores de antaño. Este es, a grandes rasgos, el día a día de la mayoría de nosotros en pleno siglo XXI, unos tiempos en los que la tranquilidad del campo se ha convertido en pieza clave de una floreciente industria, la del turismo rural, cuya razón de ser es revivir, precisamente, ese aislamiento rodeado de bellísimos parajes, en los que la brisa del viento acariciando las hojas de los árboles y las alegres y fugaces melodías de los pájaros son los únicos que se atreven a romper un silencio que tiende su mano invisible invitándonos a entrar en comunión con nosotros mismos, y en muchas ocasiones, a dar un giro radical a una vida que aunque repleta de comodidades y nuevas tecnologías, no es más que un cascarón vacío sin la sustancia de la felicidad en su interior.

Pero no todos los pastores trabajaban en soledad. Antes de la aparición de los modernos medios de transporte, de esos enormes camiones que trasladaban de forma segura y eficaz a decenas de animales a través de las carreteras, había verdaderos especialistas en la conducción de grandes rebaños de unos lugares a otros, hombres que eran contratados por el dueño del ganado para su transporte en operaciones de trashumancia o de compra y venta, expertos y reputados conocedores del terreno por el que se movían capaces de avanzar y orientarse leyendo las señales que la naturaleza les brindaba a través de los árboles, de las piedras o del denso tapiz estrellado de los cielos nocturnos. Estos hombres trabajaban en grupos reducidos, cada uno de ellos como parte integrante de un engranaje perfecto cuyo objetivo era cumplir con el encargo de forma precisa y eficiente, conocedores de la gran responsabilidad que tenían entres sus manos y del valor de la mercancía que conducían, ya fuese por las amplias y extensas cañadas reales o por los estrechos y tortuosos caminos a través de las sierras y el campo abierto.

Fue precisamente uno de estos grupos de pastores, formado por tres hombres, el que recibió el encargo de conducir un rebaño de mil ovejas desde un cortijo a otro, tras haberse cerrado el trato entre el antiguo y el nuevo propietario del ganado. Por esa zona no había cañadas, de modo que se necesitaba una cuadrilla experimentada capaz de realizar el transporte de tan valiosa mercancía sin que se diera ningún percance, y lo más importante de todo, con todas y cada una de las cabezas entregadas en el destino sin que quedase ni una sola atrás. Había que atravesar la provincia prácticamente desde un extremo al otro, en pleno mes de noviembre, en condiciones climáticas de frío y lluvia en muchos de los tramos y con el terreno embarrado y difícilmente practicable durante la mayoría del recorrido, factores que harían del trabajo una labor francamente complicada apta solo para hombres expertos con los conocimientos, la paciencia y la sangre fría necesaria para poder llevar a buen puerto semejante empresa, contando además con la plena confianza de quien los contrataba. Ni que decir tiene que gente tan curtida y acostumbrada a cargar sobre sus hombros tanta responsabilidad eran, además de excelentes profesionales, personas sabias y respetadas cuya palabra era ley, y sin caer en el oscuro pozo de la exageración infundada podríamos afirmar que, cuando abandonaban el mundo de los vivos, se cerraba para siempre un libro sobre el que se había escrito en el correr de los años y con tinta invisible, los secretos de la filosofía más pura, la más primitiva, la de la relación sincera e íntima entre el hombre y la Naturaleza.

—Bueno hombre, pues ya están las ovejas en el redil de su amo. Ahora nos toca a nosotros deshacer lo andado— dijo José, el rabadán del grupo y el de mayor jerarquía, sobre el que pesaba la responsabilidad de todo el ganado. —En un par de días, si apretamos el paso, podemos estar de vuelta en el pueblo. Si os parece podemos bordear la sierra cogiendo por Villalatorre, más directo, y hacer noche en la Choza del Águila—. Los tres hombres estaban saliendo del cortijo en el que habían pasado la noche tras la entrega del ganado el día anterior, y se disponían a realizar el arduo viaje a pie que les esperaba. —Nosotros lo que tú digas José, mientras más atajos podamos coger y más podamos acortar el camino, mucho mejor— dijo Julián, que ostentaba la categoría de compañero en la escala jerárquica del pastoreo, justo por debajo del rabadán. —Tú eres el que mejor conoce esta zona de los tres, hasta llegar a Villalatorre. Lo que tú digas, bien dicho está— apuntó Antonio, el más joven de la cuadrilla y hermano de Julián, también con la categoría de compañero. Todos ellos de estatura media, enjutos y ágiles, marchaban con paso alegre y charlando animadamente sobre los temas de actualidad, de aquella actualidad de entonces, referentes al ganado y al campo. Los tres hombres iban tocados con la gorra campera y vestían chaleco largo de piel entallado a la cintura, bajo una recia chaqueta de piel de carnero capaz de resistir el frío, la lluvia y la nieve de los intensos inviernos serranos andaluces. En la parte de abajo llevaban, sobre los pantalones, unos zahones de cuero para resguardar la capa interior de la humedad y el frío, y completaban la vestimenta unas recias botas de piel, de media caña, acompañadas de unas polainas que cubrían la pierna hasta la rodilla. Como complemento, además del largo bastón, cada uno de ellos llevaba un zurrón en el que guardaban la navaja, la honda, un trozo de queso, otro de morcilla y algo de pan, y el más joven de la cuadrilla, Antonio, portaba además una bota de vino que se habían asegurado de recargar en el cortijo antes de partir. —¿Cómo está tu señora y la criatura? — preguntó José dirigiéndose a Julián, sabiendo que la semana anterior había sido padre por cuarta vez. —La madre está bien, es una mujer dura, no quiere parar quieta. Fue parir y al día siguiente ya estaba trapicheando por la casa. Estate tranquila, por lo menos no hagas tantas fuerzas, que te estás recuperando del alumbramiento, le decía yo, pero nada. Ella me decía que eso de parir y descansar era para las ricas, que para las demás lo que esperaba era parir y trabajar de seguido, que alguien tiene que mantener y guardar la casa mientras yo estoy fuera con el ganado. El niño ha nacido rollizo y fuerte como un roble, ya mismo me lo traigo conmigo para que vaya aprendiendo el oficio—. Los tres hombres rompieron en alegres risotadas.

—Bueno hombre, pues ya estamos aquí. Parece que está arreciando— dijo José refiriéndose a una lluvia débil que no había cesado durante toda la tarde, más intensa a medida que pasaban los minutos y el día gris iba cediendo lentamente para dejar paso a una noche que se presentaba triste y oscura, negra como el azabache. Los tres hombres entraron en el refugio, una pequeña construcción con una planta rectangular de unos tres metros de ancho por otros cuatro de largo, y la altura justa para no tener que moverse por su interior con la cabeza agachada. Si bien no era generosa en tamaño, fue levantada con cierto esmero y sin duda por manos expertas, mediante robustos muros de piedra de buen espesor y una cubierta inclinada rematada con tejas cerámicas rojizas, al más puro estilo de los cortijos andaluces. La entrada era un hueco rectangular coronado por una viga de madera, sin puerta alguna, con las dimensiones justas para dejar pasar a un hombre sin que tuviera que ponerse de lado. —Pues parece que vamos a tener suerte, porque se ve que los últimos que pasaron por aquí trajeron adentro más leña de la que al final echaron al fuego— dijo Antonio, señalando a un montón de pequeños troncos, palos y ramas secas que había apilado en una esquina. —Voy a encender una candela, y así podemos secar las ropas, que vienen hechas una sopa, y comer algo al calor de la lumbre—. Huelga decir que los otros dos mostraron su total acuerdo de inmediato, y de ese modo comenzaron a prepararse para pasar aquella desapacible noche al abrigo de los humildes muros de la Choza del Águila.

Llevaban ya un rato sentados en el suelo, alrededor de las pequeñas llamas que con sus nerviosos movimientos dibujaban un mosaico de mil formas caprichosas en aquellas rudas paredes, y deformaban las facciones de los hombres haciéndolas difícilmente distinguibles. Los tres hombres permanecían callados, comiendo con apetito y pasándose la bota de vino de uno a otro. Julián comenzó a atizar la candela con un pequeño palo. —Shhh—, pronunció José, con la mano levantada y la palma señalando hacia Julián, en señal de que parase. —¿Habéis escuchado eso? —. Unos pasos he oído yo, parece— dijo Antonio, mirándolo a la vez que hacía un movimiento afirmativo con la cabeza. Pasos otra vez. Esta vez más claros, más audibles, escuchados por los tres hombres que miraban expectantes hacia la puerta del refugio. Ligeros y rítmicos chapoteos, el crujir de pequeñas ramas, el rozar de la hierba con unos pantalones. El persistente murmullo de la lluvia envolviéndolo todo, los pastores mirando hacia el exterior, donde solo había negrura. Y de repente, una esbelta silueta. —Santas y buenas noches nos dé Dios, señores.

Tuvieron que pasar varios segundos para que comenzaran a sobreponerse de su asombro, y mirando fijamente a la inesperada visita los tres acertaron a pronunciar, casi al unísono, un escueto «buenas noches». —¿Les importaría si paso adentro y me caliento un poco? Voy en un largo viaje, y la noche no está nada amigable— dijo el hombre con una amable sonrisa y un tono de voz suave, empleando unos modales que denotaban una educación inusual y muy diferente de la que solían tener las gentes que por lo general frecuentaban aquellos parajes. —Pase usted— dijo José, observándolo detalladamente con su ojo experto. —Siéntese a la lumbre y coma algo. Tome, beba—. Mientras el hombre se acomodaba junto a la hoguera, rechazando con un gesto cortés la bota de vino, los pastores se dieron cuenta de varios detalles que les llamaron poderosamente la atención. Aquel caballero llevaba su cabeza cubierta por un sobrero de fieltro, y vestía un traje de chaqueta clásico sobre un chaleco y una camisa de un blanco radiante, impoluto, cerrada por una fina corbata. Calzaba unos elegantes botines acharolados de pequeño tacón y sujetaba entre sus manos, enfundadas en guantes de un blanco igual al de la camisa, un fino bastón con empuñadura plateada ricamente decorada con motivos vegetales. Su vestimenta, a excepción de la camisa y los guantes, era negra como la noche, y por supuesto totalmente inadecuada y fuera de lugar para andar por aquellos terrenos. Su altura y complexión eran comunes, nada inusuales, y poseía unas facciones suaves que dibujaban un rostro armonioso en su conjunto pero en nada extraordinario, que hubiese pasado totalmente desapercibido en cualquier otra situación. Cuando el inesperado visitante se acomodó y los demás pudieron observarle más detenidamente, ayudados de la tenue claridad que las vivarachas llamas desprendían, se dieron cuenta de que toda su ropa estaba seca, y que los pantalones y los zapatos estaban impolutos, sin una sola mota de barro que empañara la exquisita pulcritud de la que hacía gala el extraño personaje. ¿Cómo era aquello posible?, pensaban asombrados los pastores. No había manera de llegar hasta allí sin meterse en barro hasta los tobillos, y las ropas deberían estar empapadas, más aún cuando el hombre no llevaba protección alguna, el pueblo más cercano estaba a dos horas caminando y ya hacía un buen rato que la lluvia había arreciado, golpeando con fuerza sobre los árboles y el propio tejado del refugio. ¿Qué hacía aquel señor, que por su vestimenta y modales diríase que era un ciudadano de alta cuna, en unos parajes como aquellos, a esas horas de la noche, solo, y aun así con una actitud de confianza y seguridad de quien se sabe intocable y protegido?

Comenzó a quitarse los guantes con movimientos ágiles. Ninguno de los pastores se atrevió a articular palabra, en cierto modo sobrecogidos por aquella extraña presencia. El hombre levantó su mirada y la paseó con afabilidad sobre sus anfitriones. —Coma usted algo— se atrevió a decir Antonio, el más joven y resuelto de la cuadrilla, extendiendo hacia el recién llegado un trozo de morcilla asada pinchada en la navaja y un trozo de pan. —No, muchas gracias. Se lo agradezco. Coman ustedes, por favor, coman. No se sientan incómodos. Solo estaré el tiempo necesario para calentarme un poco las manos y los pies, debo reanudar la marcha rápidamente. Aún me espera un largo viaje— dijo. Nunca nadie se había dirigido a aquellos tres pastores con unas palabras, un tono y unas maneras tan amables y corteses. Tanto fue así, que se miraron entre ellos con una mezcla de temor y admiración, no sabiendo qué decir por temor a caer en la vulgaridad para con su inesperado invitado, y extrañados de que aquel hombre fuese a reanudar la marcha en medio de la noche fría y lluviosa, en medio de la nada, sin más compañía que su elegante bastón y sus exquisitos modales. —¿Hacia dónde van ustedes, buenos hombres? —preguntó el caballero. —Vamos al poniente de la provincia, pasando por Villalatorre. Venimos de hacer una entrega de mil ovejas— se aventuró a decir José, confiado por la afabilidad y el saber estar de aquel señor. —Estaremos con los nuestros en un par de días a lo mucho, si Dios quiere. —Dios querrá, buen hombre. Dios querrá— afirmó el visitante.  Y tras una breve pausa, añadió: —Les digo más: Dios está aquí, en este humilde refugio, porque la idea del Todopoderoso no es otra que la de la bondad humana, la del lado amable y misericordioso del corazón. Y yo puedo ver eso aquí, entre ustedes. Me ofrecieron su compañía, su lumbre y su comida. Eso es Dios. —Dios nos guía en nuestras acciones, Él ha querido que usted pase por aquí en esta noche de perros y que estemos aquí para ofrecerle un sitio entre nosotros. Está arriba, todo lo escucha, todo lo ve y todo lo sabe. Premia los buenos comportamientos y castiga los malos— respondió Julián, hombre muy creyente y temeroso del Altísimo. —Señores míos— comenzó a decir el invitado con la tranquilidad y la calma del que se sabe poseedor de una verdad irrefutable, —la única que castiga los buenos y malos comportamientos es la vida. Ella es implacable y no se queda con nada de nadie. Estoy seguro de que ustedes, hombres sabios y con experiencia, conocen el refranero popular, rico en verdades absolutas. En él se hacen numerosas referencias a este respecto. No existe el venerable anciano vestido de blanco impoluto, sentado en su trono sobre la órbita celeste, ni tampoco existe el carnero de aspecto monstruoso que habita en las ardientes profundidades de la tierra. Esa es la creencia que les han inculcado desde que son capaces de hacer uso de la razón. Dios premia con el cielo y castiga enviando al infierno, donde el Diablo espera para dar tormento eterno. Y en cierto modo es cierto, pero no de la manera en que ustedes creen. Dios existe, y el Diablo también, pero en forma de la bondad y la maldad humanas, ambas en el corazón del hombre, peleando a cada instante por ser más fuerte la una que la otra y ganar la batalla de los sentimientos y las acciones.

Los hombres escuchaban muy atentos, sorprendidos e incluso confundidos. De Julián, el hombre más religioso de los tres pastores, podría decirse además que estaba horrorizado con lo que estaba oyendo, ya que para él, aquellas afirmaciones eran poco menos que herejías. ¿Cómo podía dudarse de la existencia de Dios como aquel venerable anciano que protegía a los buenos y castigaba a los malos? ¿Cómo podía, igualmente, dudarse de la existencia del Diablo como aquella horrible bestia con cuernos ansioso por atormentar a los que no habían comulgado con las ideas de Jesucristo? El caballero de negro, poniendo especial atención en la expresión contrariada de Julián, continuó: —Las ideas clásicas que ha inculcado la Iglesia Católica están basadas en una concepción errónea de lo que realmente es la fe. Cuando el ser humano, en su naturaleza inquieta e inquisitiva, es incapaz de encontrar respuestas, se las confía a un ser superior conocedor de todos los misterios, de todas las verdades, de aquellas incluso que se escapan al conocimiento del hombre debido a su insignificancia en comparación con «ese algo» que ha debido de ser el creador de todo, y por tanto, el único capaz de desentrañar todos los enigmas. Pero díganme ustedes, ¿de verdad creen que un ser tan extraordinario y superior, el único poseedor de las verdades más ocultas, permitiría el uso de la Inquisición en su nombre? ¿Acaso Él bendeciría las cruzadas, que dos ejércitos se enfrentasen en su nombre? ¿De qué lado estaría en una guerra religiosa, si todos los soldados que la libran son sus hijos y fruto de su propia creación?

Fuera, envuelta en la más absoluta oscuridad, la lluvia golpeaba furiosa contra todo lo que encontraba a su paso, y un viento frío, que parecía que hubiese venido de la mano de aquel misterioso visitante que filosofaba acerca de tan escabrosas cuestiones religiosas, zarandeaba frenéticamente las ramas de los árboles, confiriéndole a aquella noche un carácter singularmente desapacible. —La fe— continuó diciendo—, es un sentimiento poderoso que no necesita de pruebas en las que cimentarse. Con ella se mueve el mundo y actúa el hombre, alimentando por igual la bondad y la maldad de las personas. ¿Qué pensarían ustedes si les dijese que la fe es el arma más eficaz que existe, la herramienta de control más potente que ha salido de la mente humana? Con ella no se necesita apuntar, ni disparar, es suficiente con la palabra. Ustedes creen ciegamente en los dogmas impuestos por esa institución a la que llaman La Iglesia, sin darse cuenta de que esas mismas creencias son la herramienta, o el arma, si lo prefieren, que utilizan los «hombres de Dios» para tener atadas y controladas a personas que se aferran a la fe para poder sobrellevar los avatares de la vida, que dicho sea de paso, la Iglesia ha sabido darle una denominación muy conveniente a sus intereses, bautizando al ciclo existencial de las personas como «valle de lágrimas», en cuyo recorrido tan solo cabe el sufrimiento y la penitencia como única vía posible hacia la salvación eterna. Y he aquí donde la fe es empleada por igual para alimentar el bien y el mal: el verdadero creyente, persona piadosa, temerosa de Dios y del fuego eterno como castigo por no haber seguido el ejemplo de Cristo, trata de actuar encaminando sus actos lejos del pecado, teniendo así la conciencia tranquila y confiando su alma al Altísimo, con la seguridad de que será recompensado en el día del Juicio Final y será acogido en el seno del Todopoderoso para disfrutar de la dicha eterna. Sin embargo, aquellos que predican el dogma lo hacen bajo la amenaza del castigo. ¿Qué peor cosa puede salir del ser humano que la imposición a otros de una vida de miedo y sufrimiento para evitar el tormento entre las llamas a manos del Ángel Caído? ¿Acaso hay que sufrir de una manera o de otra, si no es aquí será allí? Eso solo puede justificarse por el férreo interés de mantener su poder y posición sobre todos aquellos que le muestran deferencia, sosteniendo su poder y vanidad y empleando la fe para alimentar la maldad de sus corazones.

Los pastores escuchaban asombrados e incómodos, temerosos por el mero hecho de estar oyendo aquellas horribles blasfemias, ya que podría provocar que la ira divina se volviera contra ellos. Julián, hablando en nombre de todos aún sin saberlo y especialmente preocupado de que el estar formando parte de aquella conversación lo pudiera convertir en un hereje, con todo lo que aquello le podría acarrear a él y a su propia familia, decidió salir en defensa de sus creencias y dijo: —Perdóneme usted buen hombre, pero ¿me está diciendo que Dios no existe y que al final todo es un invento de los curas para que los que creemos en la salvación eterna sigamos respetándoles y temiéndoles como si fueran terratenientes? Dios existe, claro que existe, como parte de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nos lo han enseñado a nosotros y se lo enseñan a nuestros hijos, hemos nacido, nos hemos criado y vivimos con la fe puesta en eso. Dios es el Padre y Jesús, que sacrificó su vida para salvar a toda la Humanidad, es el Hijo. —¿Y qué hay del Espíritu Santo? — respondió el caballero. Los tres pastores estaban expectantes ante la pregunta que había sido lanzada—. El Espíritu Santo es la fuerza activa de Dios, o lo que es lo mismo, la bondad en el alma de los hombres. Es el que infunde la vida e inspira acciones y palabras de bien en los corazones. Si se paran a pensarlo todo encaja. El Espíritu Santo es uno, es la unidad del Padre y el Hijo, o lo que es lo mismo, la unidad, la armonía y el propósito de cooperación que debe existir entre los verdaderos seguidores de los dogmas de Cristo. Dicho de otro modo, es la fuerza del bien en contraposición con el mal, y como he dicho antes, ambos están en el corazón del hombre librando una batalla por hacerse con el control de nuestros actos. Les confiaré algo: el dogma de la Trinidad no se menciona en la Biblia, porque es una elaboración teológica que tuvo lugar siglos después de los días de Jesús, y fue impuesta por la fuerza bajo amenaza de perecer en la hoguera a todo aquel que se negase a aceptarla. Y eso no ha hecho más que alimentar la creencia de que el Ser Supremo es un misterio que tan solo Él es capaz de desentrañar. La doctrina de la Trinidad ha causado gran confusión al presentar a Dios en un halo de misticismo y desconocimiento, y ha conducido a una oscuridad espiritual de la que el mal termina sacando su propio beneficio. Todos y cada uno de ustedes pueden llegar a convertirse en un ser supremo, si actúan desde el lado más puro y limpio de su alma.

Antonio, que hasta ese momento había permanecido callado y de los tres pastores era el que menos escandalizado estaba al escuchar las disertaciones de aquel elegante señor que tenía sentado justo enfrente, se dispuso a tomar la palabra con un tono de voz calmado y muy seguro del fundamento de su pregunta, la cual había ido fraguándose a lo largo de toda la conversación: —¿Quiere usted decir que ni Dios ni el Diablo existen como creemos que existen, pero que en realidad sí existen como representaciones del bien y del mal y que solo habitan en la condición del hombre? ¿Y qué me dice usted del Apocalipsis, del día del Juicio Final? Si es como yo he entendido, ni los buenos tendrán recompensa por sus buenas acciones, ni los malos tendrán el castigo que merecen, porque después de la vida no habrá ni paraíso ni infierno, y tanto el que obra bien como el que lo hace mal quedará en el olvido, sin más premio o condena que el recuerdo de los que le sobreviven. —Ha entendido usted bien— respondió el caballero, y comenzando a ponerse de nuevo los guantes prosiguió: —Pero he de matizarle algo. Aquellos que obran bien para con el prójimo y para sí mismos tendrán una recompensa, la mayor y más valiosa que podría esperarse y que supera en valor a todas las cabezas de ganado juntas que alcancen a imaginar, todo el oro, las joyas o las grandes mansiones que puedan llegar a soñar: esa recompensa es la de estar en paz consigo mismo, la de saberse querido, apreciado y respetado por el prójimo y la de habitar el mundo de los sueños con la conciencia limpia y libre de tormentos. Por el contrario, el malvado que obre de forma perversa conocerá la amargura, la desesperación y el abandono, será repudiado por sus malas acciones y nunca será querido ni respetado, los sueños se convertirán en pesadillas y la conciencia, más temprano que tarde, le impondrá una terrible penitencia con la que tendrá que cargar por el resto de los días, hasta que llegue aquel en el que abandone el mundo de los vivos.

Atento a las palabras de aquel desconocido y meditando el sentido de todo lo que estaba oyendo, Antonio quiso intervenir una vez más, y con mucho criterio se aventuró a decir: —No es poco, lo de ser feliz y tener la conciencia tranquila. La riqueza ayuda, pero no es garantía de felicidad. Hay hombres tan ricos que ni esforzándose podrían gastar todo lo que poseen, y sin embargo tienen la ilusión perdida, sus ganas de vivir se consumieron y viven torturándose por oscuros pensamientos que marchitan su existencia. Me atrevería a decir que nosotros, humildes pastores sin más patrimonio que nuestro zurrón y lo poco que lleva dentro, somos más felices que esos ricos y poderosos que por tenerlo todo a su alcance han perdido el rumbo, y con ello la esperanza, el deseo y el ánimo de alcanzar y culminar nuevas metas, que al fin y al cabo es la sustancia de la vida y lo que mueve al hombre a continuar el camino, sin pensar en detenerse y rendirse en las duras cuestas arriba. —Así mismo es. La riqueza material no es garante de la felicidad, aunque sí lo es la riqueza espiritual y de conciencia —aseveró el caballero, y tras una breve pausa continuó: —La humanidad no será juzgada en un solo día, en ese llamado del Juicio Final. Por el contrario, está siendo juzgada en cada acto suyo por el único y más implacable juez, testigo de cada acción, de cada pensamiento, de cada instante, grandioso o insignificante, de la realidad del ser humano. Y ese juez no es otro que la vida. El Apocalipsis, señores míos, existe, ya está ocurriendo, no será necesario esperar a oír el sonido de las trompetas tocadas por seres celestiales. El ser humano es su propio Apocalipsis, disfrazado éste en la naturaleza autodestructiva que le acompaña desde el inicio de los tiempos. Guerras, hambrunas, epidemias, destrucción y muerte. ¿Acaso no es eso el Apocalipsis? Llegará un día en que dos personas puedan mantener una conversación, como la que está teniendo lugar esta noche, sin la necesidad de estar en la misma habitación. Pero también llegará un día en el que, aun estando una habitación abarrotada de personas, no habrá conversación entre ellas, porque cada una estará inmersa en su propio mundo, un mundo virtual que romperá los lazos que constituyen la base fundamental de toda relación humana. No habrá que mirar a los ojos para expresar los sentimientos, porque las máquinas lo harán por nosotros, y esas máquinas cada vez controlarán más y más, hasta llegar a hacer de las personas seres autómatas, aislados y sin conciencia de sí mismos y de lo que les rodea. Llegarán guerras con un poder destructivo inimaginable, en las que ni siquiera será necesario el uso de los ejércitos, porque se empleará un tipo de soldado desconocido e invisible, omnipresente y letal. El Planeta Tierra, o la Madre Naturaleza, llámenlo como ustedes prefieran, dirá basta al abuso del ser humano tras siglos de haberse excedido en la explotación de sus recursos para su propio beneficio, sin haber tenido en cuenta el daño y el sufrimiento causado a las demás criaturas que comparten este ínfimo rincón del Universo. Su enfado aflorará en forma de desastres naturales de una capacidad aniquiladora hasta ahora desconocida, y de la misma forma en que la fiebre se ceba con la persona enferma, así se cebará también con la Tierra, subiendo su temperatura como si de un cuerpo humano se tratase. Entonces crecerán los mares y desaparecerán las playas, quedarán las ciudades sumergidas y tendrán lugar nuevos éxodos, de un alcance que ni siquiera la Santa Biblia ha acertado a predecir. Eso, señores míos, no es otra cosa que un Apocalipsis lento y doloroso, imparable en su avance hacia la aniquilación de la raza humana.

Los tres pastores escuchaban tan funestos presagios con una mezcla de asombro, temor y desconfianza. ¿Era posible que aquellas horribles cosas fuesen a pasar de verdad? No, ¿cómo podría ocurrir? ¿Mantener conversaciones sin estar presentes? ¿Gente en una misma habitación sin hablar entre ellos? ¿La Madre Tierra enferma de fiebres y las ciudades desapareciendo devoradas por los océanos y mares? Aquello simplemente no era posible. No para su concepción del mundo, de la vida y de la sociedad en la que vivían. —Me van a disculpar señores, pero he de marcharme. Debo retomar mi camino, aún me espera un largo viaje. Quisiera agradecerles su amabilidad y hospitalidad, y el que me hayan regalado lo más valioso que posee el hombre, algo irrecuperable cuyo saldo se va agotando de manera inexorable: el tiempo. Pasen ustedes unas buenas noches y que Dios les guíe en el camino—. Y sin más, aquel caballero se levantó ágilmente y salió por la puerta de la choza con la misma premura con la que había llegado un rato antes, desapareciendo rápidamente en la espera oscuridad de aquella noche triste y fría, que expresaba sus amargos lamentos en forma del constante golpeteo de la lluvia y de los violentos zarandeos de las ramas de los árboles.

A la mañana siguiente, cuando los pastores se despertaron junto a las cenizas de lo que había sido una animada fogata la noche anterior, se asomaron expectantes al exterior y vieron, para su sorpresa, que no había ni una sola huella, ni pisada, ni señal alguna que indicase que hacía solo algunas horas alguien había salido andando apresuradamente de aquel lugar. —Esta noche he soñado que venía un hombre vestido de negro, muy elegante y con muy buenos modales, y hablaba de cosas de la religión— dijo José, el rabadán del grupo. —Yo también lo he soñado, lo mismito además— dijo Julián. —Y yo, y yo— añadió Antonio. —Soñaba que le preguntaba si existía el Apocalipsis, porque él decía que no había ni paraíso ni infierno y que nadie iba a ser juzgado en el día del Juicio Final—. Los otros dos se miraron perplejos, pensando que eso también lo habían soñado ellos, pero no dijeron nada por pensar que todo era fruto de la casualidad. Al fin y al cabo, llevaban varios días juntos, trabajando codo con codo y compartiendo largas horas de conversación, con lo que no sería del todo extraño que hubiesen soñado lo mismo. Como fuere, aquel «sueño» no salió de las paredes de la Choza del Águila, y ninguno de los hombres volvió a hablar de aquello. Pero quedaron grabadas en sus memorias las disertaciones de aquel misterioso personaje, que parecía ser un arcángel enviado desde el reino de los cielos para dar un mensaje y desentrañar el enigma de la fe. Y ciertamente desde aquel día, los pastores continuaron el camino de la vida guiados por una nueva luz, comprendiendo que en la antigua oscuridad espiritual no había sino una intensa claridad, oculta por un halo de misticismo y desconocimiento que había sido celosamente alimentado por el hombre.