Abalorios

Es difícil imaginar ahora, en los tiempos interesantes en los que vivimos, ciertas mentalidades, comportamientos y maneras de pensar y de ver la vida que constituían, hace un siglo, los patrones generales de conducta en base a los cuales se establecían las relaciones interpersonales, tan diferentes de las de ahora. Diferentes porque esas relaciones eran mucho más intensas, físicas y estrechas, teniendo en cuenta que por aquellos entonces las nuevas tecnologías y sus redes sociales no podían ni siquiera llegar a ser imaginadas por las mentes aún más visionarias y futuristas, y cuando la gente se sentaba a la mesa, se miraban a los ojos, hablaban y se entendían.

Además, y por regla general, la sociedad de la Andalucía rural y profunda de hace cien años era una sociedad acostumbrada a vivir en la privación, con el convencimiento firme de que el mundo es un valle de lágrimas al que se viene a sufrir, a trabajar y a no tener derecho a otra cosa que a subsistir en el mejor de los casos, a vivir en la miseria la mayoría de las veces. Los hombres eran duros, estaban curtidos por las penalidades de una vida sin alicientes, por la dureza del trabajo en los campos, hechos a soportar las inclemencias y los rigores de un clima inmisericorde tanto en invierno como en verano y a comer lo justo para poder mantenerse trabajando de sol a sol, aunque no lo suficiente como para disimular los marcados pómulos que eran, de lejos, los protagonistas de aquellos rostros cobrizos surcados de arrugas, con ojos hundidos y miradas abatidas. Las mujeres, a su manera, no eran demasiado diferentes. Empujadas sin remedio a una vida dedicada a traer hijos al mundo y a criarlos como buenamente podían, no les quedaba más alternativa que armarse con la virtud de la abnegación y dedicar enteramente su vida a las labores del hogar, sin que eso las excluyera de trabajar en el campo siempre y cuando fuesen requeridas, especialmente durante las cosechas. Hombres y mujeres consumidos, aviejados, viviendo en un mundo en el que alcanzar la edad de sesenta años era un lujo al alcance de muy pocos, que trabajaban hasta el último aliento, hasta el momento mismo en que todavía eran capaces de sostenerse en pie e ignorar los dolores que aquejaban a sus frágiles y sufridos cuerpos, para finalmente dejar paso a las generaciones venideras que les tomarían el relevo en aquel camino de rosales lleno de espinas.

Pero no pensemos que las generaciones venideras eran hombres y mujeres jóvenes y fuertes, en la plenitud de su vida. Aquellos que tomaban el relevo no eran más que niños, condenados a no tener infancia, a no conocer otra cosa que una existencia dura cuanto menos, acostumbrados a recibir un trato brusco, frío y distante por parte de sus mayores, a ser tratados como adultos a partir del instante en el que podían empezar a trabajar, que solía ser a la edad de cuatro o cinco años. Imaginen ustedes a los niños de ahora a esa edad: ¿los ven trabajando codo con codo con un adulto ganándose el bocado de comida del día? Aquello era distinto, eran criaturas abocadas al analfabetismo, acostumbradas a fuerza de rutina a una vida dura, a quienes se les inculcaba una mentalidad cerrada y un oscuro temor al castigo divino, derivado de las creencias infundidas por la omnipresente y todopoderosa Iglesia Católica.

Había en aquel tiempo una familia que, como tantas otras y teniendo en cuenta el contexto histórico-social en el que tiene lugar esta historia, luchaba día a día por sobrevivir, sin otra meta o ilusión que la de ver el amanecer del día siguiente, con un padre sufrido, hombre duro y de rudos modales, que en su vida había conocido otra cosa que el trabajo penoso y mal remunerado, para intentar dar de comer a todos sus hijos hasta ponerlos en edad de aportar y ayudar en la economía de la familia; una madre no menos sufrida, resignada a una existencia entregada al cuidado de los suyos y a las labores de su casa, con ocho hijos de los cuales algunos ya tenían, pese a no haber cumplido todavía la edad del servicio militar, una amplia experiencia en el mundo laboral de la época para ganarse el pan, en el sentido más literal de la palabra. Aún con todo, esta familia no era de las que peor estaba, ya que aunque vivían apiñados en una casa muy pequeña en la que todos los hermanos tenían que repartirse para dormir entre dos diminutas habitaciones, dado que una tercera aún menos espaciosa era para el matrimonio, la vivienda tenía un patio trasero que utilizaban como corral para criar gallinas y cerdos, en el cual había también un pequeño establo donde guardaban el mulo, un patrimonio que hacía destacar a esta familia de entre la mayoría perteneciente a la clase humilde y jornalera de aquella primitiva sociedad rural.

El padre era un hombre duro y trabajador, sin más vicios que su litro de vino diario en la taberna después de terminar la jornada, y solía ser requerido a menudo en las cuadrillas de temporeros para las recogidas de las cosechas. Con el sueldo de los jornales, la chacina de sus propios cerdos, los huevos de las gallinas y las verduras y hortalizas que sembraba en un trozo de tierra que todos los años le prestaban, había suficiente para no pasar hambre y tener todos los días un plato comida sobre la mesa. Para ello, todos aportaban su esfuerzo y cooperaban en la medida de sus posibilidades. Los dos hermanos mayores, de diecisiete y dieciséis años respectivamente, trabajaban codo con codo con el padre en las cosechas, con los animales y en el huerto. Dos de las hermanas, de catorce y doce años, trabajaban al mismo ritmo que su madre en las labores de la casa, que incluían, además de cocinar, limpiar y velar por que todo estuviese al gusto de los varones, bajar al río con la ropa, una cubeta, una tabla y una pastilla de jabón para hacer la colada, una tarea que podía llegar a ser más dura y penosa si cabe durante los meses de invierno, con unas temperaturas que hacían al agua capaz de cortar la piel de las manos como si de navajas se tratase. Los tres hermanos más pequeños, una niña de ocho años y dos chiquillos de seis y cinco respectivamente, se quedaban en la casa ayudando en lo que podían, en el caso de la niña con la madre en las tareas más sencillas de la casa, y en el de los niños manteniendo limpio el corral y alimentados a los animales.

El quinto de los hermanos era un muchacho de once años tímido e introvertido, poco dado a los trabajos físicos, al empleo de la fuerza y a la acción. Antonio, que así se llamaba el chiquillo, era de baja estatura y muy delgado, quizá más de lo que establecía la regla natural para su edad. De ojos claros, cabello castaño rizado y mirada melancólica, siempre había tenido una salud frágil, y a diferencia de sus hermanos, incluso de los más pequeños, nunca había mostrado el atrevimiento, la audacia y el arrojo que se esperaba de un niño inmerso en pleno periodo de aprendizaje y descubrimiento del mundo que le rodeaba. Él prefería la vida tranquila y sin sobresaltos, se deleitaba observando las flores y prestaba especial atención a las relaciones afectivas, especialmente con su madre y sus hermanas. De hecho, éstas sentían devoción por Antoñito, como era conocido cariñosamente en su casa, y no solo ellas, sino también las vecinas de su calle, en especial una señora que, teniendo un nivel social y cultural por encima de la media en aquel tiempo, había enseñado al niño a leer, a escribir y las cuatro reglas de las matemáticas, porque según decía ella, veía talento en el chiquillo y su lugar estaba entre los libros y no entre los hombres rudos del campo. Y hasta el momento, no se había mezclado con ellos, como así lo delataba su piel clara, siempre protegida del inclemente sol de Andalucía. Los días los pasaba en la casa, yendo con su madre a comprar a la tienda de la plaza o acompañando a sus hermanas a hacer la colada al río, pero siempre rodeado del sexo femenino y alejado de las maneras bruscas y ásperas de las que hacían gala su padre y sus hermanos. A menudo, y como varón que era, se le había encomendado la tarea de limpiar el corral y mantener a los animales, y muchas veces le habían sorprendido acariciándolos cariñosamente y hablándoles como si de personas que pudieran entenderle se tratara, descuidando el trabajo hasta tal punto que su padre, después de llegar a la casa ya bien entrada la tarde, descubría que no había hecho casi nada de lo que le había dejado encargado en la mañana. En más de una ocasión, la mediación de la madre por su Antoñito le había salvado de una severa paliza por parte del padre, que veía impotente como el muchacho entraba en una edad más que razonable para empezar a trabajar en el campo dentro de una cuadrilla y que, aun así, era incapaz siquiera de hacer las tareas más sencillas y rápidas.

—Es un inútil, ni siquiera es capaz de limpiar la suciedad de los animales. ¡Y les habla! El otro día tuve que volver a la casa porque me había dejado aquí las herramientas, y cuando entré al corral lo pillé preguntándole al cochino cómo había dormido. Te juro que me dieron ganas de darle una paliza allí mismo, a ver si espabila y se hace un hombre. Tiene edad de trabajar y de ganarse lo que come, pero ni siquiera me atrevo a llevármelo conmigo porque sé que me va a dejar en ridículo. La vecina le cuenta muchas historias, le dice que estudie, ¡que estudie!, por Dios santo, como si nosotros fuésemos ricos. Lo que tiene que hacer es dejarse de tantos libros, que no le van a dar de comer y sólo hacen meterle ideas en la cabeza, y que se dedique a trabajar. Tiene que empezar a trabajar ya, no puede seguir todo el día aquí metido, con vosotras yendo a comprar y a lavar ¡por Dios! Que se dedique a hacer cosas de hombres, que ya tiene edad. Cualquier día se me va a acabar la poca paciencia que me queda y lo voy a hacer un tío a base de palos— gritaba el padre enfurecido. —No hables así, es tu hijo— respondía la madre, —él no es como los demás, es más sensible y más listo, y no por ello es menos hombre que sus hermanos o que los demás chiquillos de su edad. Le gustan los libros y tiene facilidad para las letras y los números, y ojalá pudiésemos pagarle unos buenos estudios y quitarlo de la vida que le espera, matándose por un jornal y tostándose la piel al sol, sin otra esperanza que trabajar como un mulo hasta el día en que los dolores de huesos ya no le dejen levantarse de la cama. Ten paciencia con él y trátalo bien, o lo que vas a conseguir es que cuando pueda y tenga la oportunidad huya de la casa por el miedo a tus palizas—. Aquellas conversaciones eran prácticamente diarias y una y otra vez se decían las mismas amenazas, insultos y salidas de tono. Antonio escuchaba aterrado aquellos tensos enfrentamientos, y no podía hacer otra cosa que rezar y esperar a tener la suerte de que su padre se quedara abajo, aunque fuese discutiendo con su madre, que no subiera y que aquello terminara en una paliza como había ocurrido en otras ocasiones, cuando la conversación se había caldeado más de lo necesario y había culminado con su padre voceando encolerizado y abriéndose paso ruidosamente escaleras arriba para buscar al chiquillo, que siempre terminaba escondido en una esquina tras un enorme canasto de mimbre. Pero aún podía ser peor, ya que debido al pánico generado por la situación no era difícil que se orinase encima de forma inconsciente, y entonces la ira de su padre, al ver sus pantaloncillos húmedos, no conocía límites, así como tampoco la lluvia de golpes que se desataba sobre él…

Sus dos hermanos mayores actuaban con indiferencia ante la situación, con el pleno convencimiento de que su padre actuaba de manera correcta, que hacía lo que tenía que hacer cualquier cabeza de familia cuando le salía un hijo torcido, es decir, enderezarlo con mano dura y sin titubeos, y si para eso era necesario el uso de las palizas de forma frecuente, pues que así fuera.  De vez en cuando el primogénito, el de diecisiete años, le decía: —Antoñito, si yo fuera tú, solo por no llevarme una paliza casi a diario me mataba a trabajar, que padre viera que no soy ningún cobarde, ni ningún blandengue, que viera que soy duro como una piedra y un hombre hecho y derecho. Quédate con estas palabras y sigue mi consejo: empieza a trabajar y a comportarte como un hombre, ¿o quieres estar recibiendo palos hasta el día en que te vayas al servicio? —. Las hermanas, por el contrario, se apiadaban tremendamente del muchacho y le daban ánimos, caricias y abrazos. Y Antonio se sumergía en aquella ternura y maneras femeninas con las que se sentía tan cómodo y confiado, porque todo hay que decirlo, solamente en compañía de su madre y sus hermanas era él mismo, era el Antoñito por el que el bando femenino de la familia sentía debilidad y devoción. Pero todo esto no hacía sino empeorar aún más la ya de por sí delicada situación entre el niño y el padre, que veía a su hijo como un bicho raro, débil, enfermizo y frágil, sin intención ni disposición de trabajar y de ayudar en la economía del hogar, siempre pegado a esos libros que le prestaba la vecina, buscando la compañía de su madre y sus hermanas y evitando en lo posible a sus dos hermanos mayores, que cumpliendo con los cánones de la época eran ya muchachos duros, rudos en los modales y curtidos en los sufridos trabajos del campo, y siguiendo el ejemplo de su padre, dispensaban al pobre chiquillo un trato brusco, y hasta grosero, en la mayoría de las ocasiones en que se dirigían a él.

El destino quiso que las cosechas fuesen especialmente escasas aquel verano. Una helada de una intensidad inusitada cayó sobre los almendros y quemó prácticamente todo el fruto, y con ello, los jornales que se hubiesen precisado para su recogida. Además, las del trigo y la cebada fueron especialmente malas, y provocó una escasez durante el invierno siguiente que llevó a muchas familias, incluso a las mejor situadas como la de Antonio, al borde del hambre y a la imposibilidad de obtener algunos productos de primera necesidad, por no hablar del efecto que tuvo sobre los jornales y el paro en aquellas zonas rurales tan necesitadas del empleo temporero. Esta situación, como no podía ser de otra manera, afectó en la relación y convivencia domésticas, aflorando una tensión y un nerviosismo que hacían de casi cualquier conversación un motivo para el enfrentamiento, la pelea y en no pocas ocasiones, la aparición de la violencia verbal y física. Una fría noche de aquel duro invierno llegó el padre de Antonio a su casa, después de haber pasado por la taberna. La madre vio en su marido, de inmediato, un semblante más sombrío de lo habitual. Mujer valiente pero sobre todo conciliadora, se decidió a entablar conversación con su marido para, por lo menos, preguntarle si le había pasado algo en la calle, si había discutido o había tenido algún problema con alguien. —Tú ya sabes lo que pasa. Este invierno ha venido muy malo, casi no hay pan porque la cosecha del trigo no ha alcanzado ni para dar de comer a los pájaros, y los precios se han disparado. Tampoco hay dinero porque apenas ha habido jornales, y lo poco que comprábamos ya ni podemos, tienes que andar dejando fiado como si fuéramos unos pordioseros—, se quejaba amargamente el hombre, impotente ante aquella difícil situación. —Ya vendrán tiempos mejores— le respondió la mujer, —no hay mal que cien años dure. Este verano vendrá bueno si Dios quiere y el invierno que viene no estaremos como ahora. Estamos haciendo lo que podemos, tirando adelante como todas las familias, nosotros incluso mejor que muchas porque todavía nos queda de la matanza. Todos estamos colaborando y los hijos mayores se han ido de alojados a un cortijo para ganarse el plato de comida— dijo la madre refiriéndose a los muchachos de diecisiete y dieciséis años, que habían tenido la suerte de conseguir durante esos días el alojamiento y la comida en un latifundio a cambio de trabajar de sol a sol, para aliviar así a la familia del peso de tener que alimentarlos a expensas de reducir la ración para todos los demás. —Todos no, ¿dónde está Antonio? ¿Qué está haciendo él para ayudar? A él le da igual, no le importa, sabe que tiene techo y comida y sólo se preocupa de leer los libros que le presta la vecina, maldita sea la hora en que le enseñó las letras. Podría comportarse como un hombre, como un tío, que ya tiene edad, y buscar un sitio para irse de alojado, en vez de estar aquí comiendo sin hacer nada— respondió el padre, cuya furia iba aumentando por momentos. La madre intentaba apaciguar a su marido en lo posible, recordando y temiendo el desenlace de otras muchas ocasiones, cuando totalmente consumido por la ira se levantaba de la mesa de forma brusca y se dirigía hacia la planta de arriba, hacia los dormitorios, arremetiendo contra todo lo que encontraba a su paso. Antonio, en su esquina, detrás del gran canasto de mimbre que él creía que le ocultaba y protegía vio, como tantas otras veces, que su madre había fracasado en su intento por frenar a su encolerizado padre, de modo que temblando e intentando no orinarse encima a causa del pánico aguardó, con resignación, la lluvia de golpes que se avecinaba cual oscuros nubarrones en el horizonte a punto de liberar su furioso torrente sobre la tierra.

—¡Tú! ¡Sal de ahí! Da la cara, no eres hombre ni para eso— dijo el padre en el umbral de la habitación en la que dormía el muchacho. Se dirigió con pasos decididos hacia la esquina en la que estaba Antonio, agarró el canasto de mimbre y lo lanzó hacia el lado opuesto del dormitorio, estrellándolo contra la pared de enfrente. Los hermanos pequeños, de seis y cinco años, que se encontraban también en la habitación en ese momento, salieron disparados hacia fuera como alma que lleva el diablo, desapareciendo escaleras abajo sin ni siquiera mirar hacia atrás. Quedaron solos en la habitación Antonio y su padre. Éste, despeinado, sudando y con los ojos inyectados de sangre, estaba de pie, a solo un paso del niño, y le dirigía una mirada punzante cargada de desprecio. El niño compartía aquel aspecto sudoroso y despeinado, y sus ojos estaban también sanguinolentos, aunque de ellos emanaba una mirada de pánico, de profundo pavor, temiendo y esperando el desenlace inminente. El padre, sin mediar una sola palabra, lo agarró de la chaquetilla con violencia, lo alzó en el aire y lo dejó caer como si de un trapo sucio se tratase. El pobre chiquillo solo atinó a mantenerse en pie como pudo para no perder el equilibrio y caer, intentando no darle a su padre muestras de debilidad y esperando que aquello terminara lo antes posible. Con la rapidez de un relámpago, el padre armó su brazo duro y fuerte y golpeó a Antonio en la cabeza, con tal furia que le hizo desplomarse en el suelo. La mala fortuna quiso que, antes de llegar a tocarlo, su pequeña cabeza golpeara con violencia contra la esquina de una cómoda que estaba justo en el lugar preciso. —¡Levántate! — Silencio y quietud es todo lo que obtuvo por respuesta. Antonio no se movió, ni siquiera pestañeó. Sus ojos estaban abiertos, con la mirada perdida, vacía, todavía reflejando el pánico que había vivido hacía solo un instante. —¡Que te levantes te digo! — No hubo respuesta. Ni un amago, ni un movimiento, ni un gemido, nada. El padre, aún encolerizado, hizo el movimiento de agacharse para agarrarlo violentamente y ponerlo en pie a la fuerza, pero se detuvo en seco cuando vio un pequeño charco de sangre aparecer bajo la cabecilla del niño, que yacía inmóvil en el suelo, formando parte de la extraña calma que siguió a aquella última tormenta que le tocó vivir.

Aquel accidente cambió poco el ritmo de vida cotidiano de la familia. La versión oficial, y aceptada por todos, que se dio de los hechos fue que el niño había tropezado y había tenido la mala suerte de golpearse la cabeza con aquel maldito mueble, falleciendo al instante. El invierno y sus penurias se marcharon, llegó la primavera y luego el verano, con buenas cosechas y abundancia de jornales que mantuvieron a los hombres con el cuerpo y la mente siempre ocupados. El padre de Antonio nunca mostró arrepentimiento por lo ocurrido, porque él creía firmemente que aquello había sido un desafortunado accidente, que él nunca quiso matarlo, y que fue la mala fortuna la que asestó el golpe fatal al muchacho. Aunque para sus adentros, tenía dudas de que en realidad hubiese sido el golpe cargado de furia salido de su puño el que segó aquella vida inocente, y la cómoda tan sólo hubiese abierto la brecha por la que instantes más tarde comenzó a brotar la sangre. Aquellos pensamientos y dudas eran suyos, íntimos, un secreto que se llevaría a la tumba. Como fuere, aquel hombre pensaba que este mundo era para gente dura y fuerte, con la entereza y la hombría necesaria para cruzar este valle de lágrimas siempre con la cabeza erguida y sin mostrar debilidad alguna, que era para lo que veníamos hasta que la muerte se presentase preguntando por nuestra alma. Y también pensaba que aquel hijo suyo no tenía nada de lo que se necesitaba para cumplir con la tarea de la vida, y que solo le esperaría una existencia desgraciada, dependiendo de la madre mientras estuviese, y más tarde de las hermanas, ya que parecía que sólo con las mujeres de la casa se sentía a gusto y actuaba como realmente era y se sentía. Todo pasa por algo, se repitió para sí mismo en más de una ocasión, en la firme creencia de que quizá este mundo era demasiado duro para alguien como Antonio y que el Altísimo, para ahorrarle sufrimientos, le había arrebatado la vida en un acto de infinita misericordia.

La madre, sin embargo, vivió todo aquello de una manera radicalmente diferente. Desde el momento en que escuchó aquel golpe seco, se dirigió corriendo hacia los dormitorios y oyó a su marido gritar ¡Levántate!, supo que una desgracia había sucedido. La visión de su hijo tirado en el suelo, inerte, con un charco de sangre emanando de su cabecilla y aquella mirada que, aunque ya vacía y perdida, parecía seguir implorándole su socorro, provocó en ella un torrente de angustia y desesperación que la sacudió recorriendo violentamente todo su cuerpo, haciéndola caer de rodillas junto al cadáver de su hijo para abrazarlo fuertemente contra su pecho, tratando en vano mientras llenaba la habitación de gemidos y lamentos, de devolverle la consciencia en un intento de que todo aquello quedase en un horrible susto. Pero no fue así. Su Antoñito nunca más volvió a despertar, nunca más volvió a incorporarse, a mirarla con ternura y a dedicarle una de sus suaves caricias que tanto le gustaban a su madre. La muerte vino a reclamar su alma cándida antes siquiera de tener la oportunidad de enfrentarse a la vida. Y la madre pensó que el Altísimo se lo había arrebatado de sus brazos en un acto de infinito egoísmo, porque quería tener su alma pura e inocente junto a Él haciéndole compañía en la eternidad de los tiempos.

La tristeza y la melancolía se hicieron compañeros inseparables de aquella mujer. Desde el día mismo en que comprendió que nunca más tendría a su Antoñito con ella, vistió un riguroso luto de un color tan negro como su ánimo, y en su cara comenzaron a aparecer arrugas y marcas que no eran sino el reflejo de la turbulenta angustia que la martirizaba. Su melena negra, espesa y voluminosa comenzó a perder brío y fue consumiéndose al mismo ritmo que lo hacía todo su cuerpo, emergiendo de ella mechones de pelo canoso de los que nunca antes había habido señal alguna. De esa mujer en otro tiempo dura, valiente, trabajadora y segura de sí misma no quedaba ni siquiera la sombra, pues se había convertido en un cascarón vacío, sin ilusión ni ganas de vivir, que comía cuando su marido y sus hijos ponían todo el empeño del que disponían, y que apenas dormía por haberla abandonado el sueño, esfumado para dejar paso a largas horas de vigilia y oraciones para rogar al Señor que la llevara con su querido Antonio, al que tanto echaba de menos y que le había sido arrebatado por un golpe fatal en el que se habían aliado la furia y la mala fortuna.

Las visitas al cementerio fueron frecuentes desde el mismo día del entierro. La pobre mujer se afanaba en mantener impecable el lugar en el que descansaban los restos de su hijo, limpiando y sacando brillo a la pequeña y humilde cruz colocada en su memoria, evitando que las malas yerbas se adueñasen de la sepultura y teniendo siempre ramos frescos y saludables de claveles, en señal del cariño y el amor invariable que sentía por su querido Antonio, de margaritas que simbolizaban la inocencia y la pureza de la que había hecho gala en vida, y de romero, símbolo de su recuerdo imperecedero, cada día más fuerte e intenso. Con el tiempo, su presencia se hizo tan habitual en el camposanto que llegó a formar parte de aquel triste paisaje. No pocas veces su hija mayor tuvo que ir a buscarla, a petición de su padre, para que volviese a casa después de estar horas junto a la tumba, a menudo susurrando de forma ininteligible discursos que únicamente para ella podían tenían sentido. —Madre, vamos a la casa, no puede seguir aquí. Está cayendo la noche y está refrescando, se va a enfermar— le diría la hija con pena, viendo como su madre se consumía, como se apagaba lentamente y poco a poco el juicio y la razón la iban abandonando. —He venido a estar un ratito aquí con mi Antonio. ¡Oh, si supieras las cosas que me cuenta del sitio donde vive ahora! Dice que me echa de menos, que me quiere allí con él y que nuestro Señor me va a llevar pronto con ellos. Adiós Antoñito, cariño, mañana vengo otra vez, tú no te preocupes que yo vengo todos los días. Ya falta menos para que estemos juntos, y ahí ya no nos va a separar nadie nunca más—. En ese momento, la hija, con los ojos inundados en lágrimas, agarraba suavemente a su madre del brazo y la ayudaba a incorporarse, colocándole un mantón sobre los hombros para que su cada vez más frágil y consumido cuerpo entrase en calor. —Vamos, madre.

Aquella idea llevaba tiempo rondándole en la cabeza. Quería llevarlo con ella, a todos lados. No era suficiente con ir a verle al cementerio a diario. Quería tener a su hijo pegado a la piel, en una relación íntima solo entre ellos dos, un lazo de unión espiritual que sería, hasta el día en que la muerte viniese a buscarla para llevarla con Antonio, su secreto mejor guardado y del que nadie tendría, al menos en vida suya, conocimiento alguno. Esperando pacientemente la ocasión propicia, llegó una mañana en que su marido y los hijos mayores salieron de su casa para estar fuera varios días, alojados en el cortijo donde habían sido contratados para trabajar una temporada. Esa misma noche, ya reinando un profundo silencio y después de asegurarse de que todos los de la casa estaban durmiendo, cogió una azada y un candil y salió tan sigilosa como un gato, mezclándose rápidamente entre las sombras y desapareciendo en la oscuridad de la noche, camino al cementerio. Tal era la decisión con la que actuaba, que cuando llegó a la tumba de su hijo simplemente puso el candil a un lado y comenzó a cavar, con la intención de descubrir la tapa del humilde y sencillo ataúd construido a base de tablas de madera en el que descansaban los restos de Antonio, sin preocuparse lo más mínimo de la posibilidad de ser vista en el acto de profanar y carente del más mínimo ápice de aprensión que pudiera originar aquel lugar en tan intempestivas horas. De repente notó como el metal chocó contra algo, provocando un ruido sordo y hueco, arrojó la azada a un lado y continuó escarbando con las manos. Cuando descubrió totalmente la superficie de madera de la tapa, la levantó con extremo cuidado, apareciendo ante su vista los restos de aquel niño cariñoso y apegado que tantas horas de compañía le había brindado en vida. Tomó una robusta piedra del tamaño de un puño, que encontró a los pies de la tumba, y con aplomo y firmeza comenzó a dar certeros golpes para arrancar los pequeños dientes del cráneo y la mandíbula, con extremo cuidado de no llegar a provocarles ningún daño.

Nadie llegó a saber, ni tan siquiera a sospechar, que la mujer vivió el resto de sus días con un collar de cuentas bajo sus ropas, pegado a su piel y hecho con toda la pasión, el esmero y el cariño con que la dotaron sus turbados sentimientos, sirviéndole de consuelo el hecho de que una parte de su querido niño, de su Antoñito, aquellos dientes que tantas veces había visto asomar en sus inocentes y puras sonrisas, estarían por siempre en forma de abalorios junto a su corazón.