China: ¿culpable?

Por Jesús García Jiménez

Este es un artículo de opinión en el que, a partir de toda la información que me ha sido posible recabar, procedente de medios tanto españoles como extranjeros, expreso mi punto de vista acerca de qué pudo ocurrir, de dónde pudo salir el virus que provoca la enfermedad COVID-19 y cómo se llevó a cabo la gestión sanitaria los primeros días -y cruciales- posteriores al estallido del brote. Por supuesto, nada está claro aún -y probablemente no lo esté en décadas- y nadie sabe con exactitud lo que ha ocurrido y por qué. Lo único evidente es que toda esta crisis está siendo utilizada como una poderosa arma política, que ha enfrentado a las democracias occidentales y al régimen totalitario comunista chino en una batalla por el control del planeta.

Putos chinos, la que han liado. Esta es ahora una frase muy popular y escuchada entre la gente, hablando coloquialmente, al menos en España. Y supongo que todos los países tendrán su propia versión, en su propio idioma, para reflejar el asombro mezclado con enfado de toda esta maldita situación que nos ha tocado vivir. Y no es para menos. Confinamientos, distancia social, baldas de supermercados vacías y escasez de productos básicos… algo para lo que nadie, o casi nadie, estaba preparado. Algo que ha descolocado, desorientado, frustrado y enfadado a la población mundial a partes iguales. Y con razón. La situación es alarmante y peligrosa para todas las sociedades a lo largo y ancho del planeta, y catastrófica para la economía global.

Son las 19:52 hora de Reino Unido, del 29 de abril de 2020, el número de contagios asciende a 3.190.567 y el de fallecidos a 225.844 [worldometers.info (🔗)]. Un panorama desolador y apabullante provocado por un enemigo mortal e invisible, minúsculo, al que de momento somos tan vulnerables que las únicas medidas que podemos tomar para luchar contra él son atrincherarnos en casa y salir para lo justo y necesario, con mascarilla y procurando no acercarnos a nadie. Y por supuesto lavándonos las manos tantas veces como nos sea posible. Un enemigo intangible que ha paralizado al mundo, casi ha destrozado su economía y ha llevado al borde del colapso a muchos sistemas sanitarios, y cuya mortal carrera hacia el contagio global tuvo su línea de salida en la ciudad de Wuhan, de casi 12 millones de habitantes y la séptima ciudad por importancia de China, situada en el centro del país.

El gigante asiático es, a día de hoy, uno de los países más herméticos del mundo, envuelto en un halo permanente de secretismo. El Partido Comunista de China -en adelante PCCh- gobierna, como único partido del sistema político -es decir, no existe la oposición-, a la nación más poblada del planeta, o lo que es lo mismo, rige el destino de casi 1.500 millones de personas, que es el número aproximado de habitantes que tiene el país. Este sistema político comparte la esencia, la forma y los valores de aquel en el que se cimentaba la antigua y ya desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, aquel enorme conglomerado bajo cuya gestión se produjo una de las mayores catástrofes medioambientales de la historia de la humanidad, el accidente de Chernobyl, ocurrido a finales de abril de 1986. En aquellos entonces, la élite gobernante trató de evitar por todos los medios que saliera a la luz el mayor desastre nuclear de la historia, mediante la censura informativa y la supresión de información, aunque para la URSS fue imposible contener algo tan grande como aquello, de semejante magnitud, por lo que finalmente los rumores corrieron y las noticias traspasaron fronteras, haciéndose eco del desastre los medios internacionales pese a la opacidad característica de aquel régimen comunista.

Una opacidad que sigue manteniendo el PCCh como una de sus grandes señas de identidad. En la Clasificación mundial 2020 – La libertad de prensa en el mundo (🔗) de Reporteros sin Fronteras, China ocupa el puesto 177 sobre 180, algo que sin duda se contradice, y mucho, con el objetivo que persigue, el de ser un modelo de desarrollo alternativo al sistema de democracias occidental. La situación se le complica, ya que ha sido acusada de haber provocado la mayor catástrofe global de nuestra generación y cada vez salen a la luz más indicios y se pronuncian más voces críticas -tanto locales como internacionales- acerca de la ocultación de datos y estadísticas falseadas. Precisamente son esas estadísticas las que indican que el virus es mucho más letal en occidente que en China, lo que hace levantar sospechas acerca de la transparencia informativa del régimen.

Imagen tomada de milenio.com

El origen mismo del brote, dónde, cómo y por qué ese virus ha pasado al ser humano y se ha expandido con semejante virulencia, es a día de hoy un misterio. Por un lado, occidente, liderado por Estados Unidos, Reino Unido y Francia, quienes no descartan, al menos aún, la hipótesis de que el virus podría tener su origen en un laboratorio y que ha visto la luz debido a una fuga en instalaciones de máxima seguridad. Por el otro China, defendiéndose con el argumento de que el virus fue llevado por el Ejército de Estados Unidos a Wuhan, donde, hasta ahora, se cree que comenzó todo, aprovechando la celebración de los Juegos Mundiales Militares en esa misma ciudad. Difícil saberlo, ya que desde el inicio mismo de este desastre, los primero médicos y sanitarios que dieron la voz de alarma y advirtieron de que algo raro -y muy peligroso- estaba sucediendo fueron reprendidos y censurados. En el periodo comprendido entre el 14 y el 20 de enero de 2020, las autoridades ocultaron el hecho de que se enfrentaban a una pandemia provocada por un nuevo tipo de coronavirus, pese a conocer de primerísima mano la gravedad del asunto, en mitad de la celebración del año nuevo chino y permitiendo a la población hacer una vida normal y acudir a actos festivos multitudinarios y masivos. En los días posteriores, las autoridades del país quitaron importancia al problema argumentando que el riesgo de transmisión de humano a humano es bajo. Más tarde, para defenderse y salir al paso de las acusaciones de nefasta gestión de la crisis en los momentos iniciales -y cruciales-, el gobierno chino declaró que el 7 de enero de 2020 se ordenó la contención del virus, aunque sin éxito, e intentó reforzar su postura culpando directamente a Estados Unidos de haber llevado el virus intencionada y deliberadamente a China para provocar un contagio masivo.

Situaciones extrañas e inusuales comenzaron a observarse, a filtrarse y a ver la luz. Se comenzó a detectar, según la página web -de dudosa credibilidad, todo hay que decirlo- windy.com (🔗) una gran cantidad de contaminación, concretamente dióxido de azufre, lanzada a la atmósfera en Wuhan, oficialmente el epicentro de la pandemia, y comenzaron a surgir informaciones que sugerían que podrían estar llevándose a cabo cremaciones en masa o quemas masivas de material médico y sanitario. También se habló de caravanas de camiones en rutas nocturnas, transportando algo que se pretendía ocultar, tratando de escapar de los focos mediáticos y de las miradas indiscretas. Las autoridades informan que en el país chino se han detectado un total de 82.858 casos, con 4.633 fallecidos [worldometers.info (🔗)], aunque muchos medios han informado del falseamiento de los datos y de la existencia de más de 45.000 urnas de incineración solo en la ciudad de Wuhan. Un voluntario que ayudó a repartir mascarillas en la ciudad dijo, sin ningún tipo de reserva, que los datos facilitados por el gobierno son claramente falsos y que las cifras reales podrían estar multiplicadas por 10. El gobierno chino forzó al tristemente célebre doctor Li Wenliang, oftalmólogo chino que trabajaba en el Hospital Central de Wuhan, a guardar silencio tras dar la alarma sobre la aparición de un posible brote vírico. El 3 de enero de 2020 la policía de Wuhan lo convocó y lo amonestó severamente: “Le advertimos solemnemente: si sigue siendo terco e impertinente, y continúa con esta actividad ilegal, será llevado ante la Justicia ¿se entiende?”. Li Wenliang publicó en las redes sociales una foto suya desde su cama en el hospital el 31 de enero. Al día siguiente fue diagnosticado con coronavirus y el 7 de febrero de 2020 fallecía a la edad de 33 años, víctima del COVID-19, la enfermedad provocada por el coronavirus. El 20 de enero China declaró la emergencia a raíz del brote y el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) la declaró pandemia global.

EL doctor Li Wenliang antes y después de enfermar. Imagen tomada de abc.es

De todas las acusaciones de falta de información, censura y negligencia durante los días posteriores al estallido del brote, el régimen comunista chino se defiende respondiendo que todas estas difamaciones son propaganda anticomunista, mientras que el PCCh lo usa como herramienta política, escudándose en sus propias estadísticas para referirse a la mala gestión y la debilidad de las potencias occidentales a la hora de afrontar y gestionar una crisis. Lo que parece claro es que el virus, en su temible y rápida expansión, siguió las rutas de libre comercio y exportación del país asiático, lo que da lugar a plantearse si debe comercializarse con un régimen comunista totalitario que ha puesto en riesgo la salud del planeta y que ha falseado y censurado información, necesaria y crucial para evitar la propagación de un virus que ha terminado convirtiéndose en una pandemia global.

Según el documental Tracking down the origin of Wuhan coronavirus (🔗), del medio informativo multilingüe estadounidense The Epoch Time, hay indicios para pensar que el paciente cero fue detectado el 1 de enero de 2020 y no tenía relación alguna con el mercado de Huanan de la ciudad de Wuhan, donde se cree que tuvo su epicentro el brote.

De los 41 casos detectados entre el 1 de diciembre de 2019 y el 1 de enero de 2020, 14 de ellos no tuvieron relación alguna con el mercado de mariscos de Huanan (Wuhan). Gráfico tomado del documental Tracking down the origin of Wuhan coronavirus

Pero quizá, la manera de entender algo más la situación sea retrocediendo en el tiempo, al año 2002, cuando tuvo lugar la epidemia de Síndrome Respiratorio Agudo Grave, provocado por el SARS-CoV, un tipo de coronavirus no conocido con anterioridad en seres humanos. Apareció por primera vez en la provincia de Cantón – Guangdong (China) y se propagó rápidamente a Hong Kong y Vietnam, y posteriormente a otros países debido al flujo humano por medios aéreos y terrestres. Esta pandemia alcanzó una tasa de mortalidad global de casi el 13%, o lo que es lo mismo, llegó a matar a 13 de cada 100 infectados alrededor del planeta, entre los años 2002 y 2004, cuando se dio por erradicada. Como ésta de 2002, casi todas las enfermedades y brotes que se dan en China comienzan en las provincias sureñas, más concretamente en Guangdong. Sin embargo, la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, está en el centro del país, algo extraordinariamente inusual para el epicentro de una enfermedad en el país asiático. Este simple hecho hizo saltar las alarmas y rápidamente aparecieron teorías alternativas a las que da la versión oficial del gobierno, y muchos piensan que el virus podría provenir de un laboratorio de investigación biológica ubicado en la ciudad. A causa de la pandemia de 2002 – 2004, en China se intensificaron los estudios e investigaciones relacionadas con los virus, las pandemias y los estallidos de brotes víricos, con la intención de colocar al país a la vanguardia mundial en los avances en virología.

Imagen tomada de express.co.uk

Orthocoronavirinae, comúnmente conocido como coronavirus, es una subfamilia perteneciente a la familia Coronaviridae, con patógenos específicos de mamíferos y aves. Recibe su nombre de la corona de puntas que envuelve la superficie del virus. El coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2) es el causante de la enfermedad COVID-19, que ya ha matado a casi 200.000 personas en todo el mundo en los meses de enero, febrero y marzo de 2020. En su origen, este coronavirus no puede pasar la frontera entre animales, como por ejemplo murciélagos o cerdos, y el ser humano. Es decir, en principio la especie humana era inmune a este virus. Desde el año 2003, un equipo chino con los mejores científicos del país ha estado llevando a cabo investigaciones con coronavirus, y a partir del año 2010, esos esfuerzos se centraron en analizar su capacidad de traspasar las barreras entre distintas especies animales. A finales del año 2013 se publicó un artículo en el que se dio a conocer que lograron aislar tres virus procedentes de murciélagos, uno de los cuales tenía la llamada Proteína S, característica que lo hacía apto para infectar al ser humano sin la necesidad de un portador intermedio. A finales del año 2015 se publicó otro artículo en el que se analizaba la creación de un virus sintético que demostraba una poderosa capacidad de infección entre especies, con el SARS como marco añadiéndole la proteína S que habían encontrado en el coronavirus de murciélago mencionado en el artículo de 2013. Durante los experimentos y pruebas, los ratones infectados con este nuevo virus, producto de la Ingeniería Genética, sufrieron severos daños pulmonares sin cura. Se pretendió más tarde llevar estos experimentos a los primates, sugiriéndose que era lo más parecido a simular la transmisión y los efectos del virus entre los humanos, originándose inmediatamente la polémica y el debate y causando preocupación entre la comunidad científica internacional, argumentando que si se daba una fuga de este nuevo y peligroso virus, nadie podría predecir su trayectoria e impacto.

Tras el estallido del brote en enero de 2020, se produce una sucesión de acontecimientos que invitan a pensar que el virus no es de naturaleza animal y que no tiene su origen en el mercado de mariscos de Wuhan. El 3 de febrero comienzan a sonar las primeras voces de alarma. Un científico denuncia, usando su nombre real, que la caótica y descuidada gestión del Laboratorio P4 de Wuhan por parte de su responsable científico podría haber sido la causa de una fuga del virus. El 4 de febrero, el presidente de una compañía china de tecnología e internet basada en la ciudad de Guangzhou denunció que había sospechas de que el Instituto de Virología de Wuhan, al cual pertenece el Laboratorio P4, podría haber fabricado el virus y que, además, podría haberse producido una fuga accidental del mismo. El 7 de febrero, un experto de primer nivel en armamento bioquímico del Ejército Popular de Liberación -el ejército de la República Popular China- asume oficialmente el mando del Laboratorio P4 de Wuhan. El 14 de febrero, el presidente chino Xi Jinping pidió la introducción de una ley de bioseguridad y con ello, la inclusión de ésta en el marco de la seguridad nacional. El 15 de febrero, el Instituto de Virología de Wuhan desmiente los rumores que circulan ampliamente por las redes sociales chinas de que el paciente cero -que habría fallecido- era una investigadora del propio laboratorio. El 17 de febrero, un investigador del Instituto denuncia, usando su nombre real, que sospecha seriamente de que tuvo lugar una fuga del virus, culpando a cierto personal del laboratorio de negligencia. Unos días más tarde, todo el personal científico y expertos chinos que al principio denunciaron e hicieron saltar las alarmas sobre la posible relación entre el brote de la epidemia y el Laboratorio P4 de Wuhan, guardaron silencio y rechazaron dar su opinión o conceder ningún tipo de entrevista, llegando incluso a retractarse de sus declaraciones iniciales.

Estructura del coronavirus SARS-CoV-2. Imagen tomada de theconversation.com

Retrocedamos hasta 1999. Jiang Zemin es el Secretario General del Partido Comunista y presidente de la República Popular China. El Ejército Popular de Liberación publica el libro Unrestricted Warfare (🔗) -en chino, 超限战-, que se traduce literalmente como Guerra sin Restricciones -o Guerra sin Límites-, escrito por los coroneles Qiao Liang y Wang Xiangsui. En él se discuten estrategias para que en un conflicto, de la naturaleza que sea, una nación más débil pueda hacer frente a una más fuerte empleando cualquier método que tenga a su alcance, sin restricciones. A continuación, cito algunos de los pasajes que contiene el libro. En su Parte Dos: Discusión de los nuevos métodos de operación, puede leerse:

“[…] Componen un nuevo patrón que amenaza la seguridad política, económica y militar de una nación o naciones. Este patrón posiblemente no tiene el más mínimo tono militar visto desde el exterior, y por eso han sido llamados por ciertos observadores ‘guerras secundarias’ o ‘guerras análogas’. Sin embargo, la destrucción que hacen en las áreas atacadas no es absolutamente secundaria a las guerras militares puras […] Las armas que usan pueden ser aviones, cañones, gas venenoso, bombas, agentes bioquímicos, así como virus informáticos, navegadores de red y herramientas financieras derivadas. En una palabra, todos los nuevos métodos de guerra y medidas estratégicas que se pueden proporcionar. Estos fanáticos pueden utilizar toda la nueva tecnología para llevar a cabo todas las formas de ataques financieros, ataques a la red, ataques a los medios o ataques terroristas. La mayoría de estos ataques no son acciones militares y, sin embargo, pueden verse por completo o ser iguales a las acciones de guerra que obligan a otras naciones a satisfacer sus propios intereses y demandas […]”.

En el Capítulo 8: Principios esenciales, puede leerse:

“[…] estamos resueltos a decir que la ‘guerra combinada más allá de los límites’ no se limitará al nivel de especulación teórica. En cambio, queremos verlo incorporado en métodos de combate con aplicaciones prácticas. A pesar de que la intención de la ideología ‘más allá de los límites’ que defendemos es romper todas las restricciones, hay una restricción que debe observarse estrictamente, y es acatar los principios esenciales cuando se llevan a cabo acciones de combate […]”.

En este mismo capítulo, en su apartado Medidas ilimitadas – La tendencia es hacia el empleo sin límite de medidas, pero restringido al cumplimiento de objetivos limitados, puede leerse:

“[…] significa emplear medidas más allá de las restricciones, más allá de los límites, para lograr objetivos limitados. Por el contrario, un general inteligente no limita sus medidas porque sus objetivos son limitados. Es muy probable que esto conduzca al fracaso al borde del éxito. Por lo tanto, lo limitado debe ser perseguido por medio de lo ilimitado […]”.

Y para finalizar, también en el Capítulo 8 del libro, puede leerse:

“[…] vemos el rechazo consecuente y sabio de enfrentar a las fuerzas armadas del país fuerte. En cambio, el lado más débil ha competido con su adversario utilizando la guerra de guerrillas (principalmente la guerra de guerrillas urbana), la guerra terrorista, la guerra santa, la guerra prolongada, la guerra de redes y otras formas de combate. En su mayoría, el lado más débil selecciona como su eje principal de batalla aquellas áreas o líneas de batalla donde su adversario no espera ser golpeado. El centro de masa del asalto es siempre un lugar que provocará un gran shock psicológico para el adversario. Este uso de medidas asimétricas que crean poder para uno mismo y hacen que la situación se desarrolle como usted desea, a menudo es muy efectivo […]”.

Portada de la edición original de Unrestricted Warfare, en chino simplificado. Imagen tomada de en.wikipedia.org

Con anterioridad, me he referido al Instituto de Virología de Wuhan y a su Laboratorio P4, aunque sin entrar en detalles. ¿Qué es y a qué se dedica exactamente ese centro de investigación que ha logrado notoriedad no por sus logros en la ciencia, sino por haber hecho saltar las alarmas y haberse puesto en el punto de mira de las principales potencias occidentales? ¿Por qué se está empleando como una poderosa arma política entre el régimen totalitario comunista de China y el mundo occidental?

El Instituto de Virología de Wuhan es un centro de investigación administrado por la Academia de Ciencias de China. Este instituto dispone de un superlaboratorio con nivel de seguridad BSL-4 (BioSecurity Level 4), el más alto a nivel mundial que lo autoriza a llevar a cabo trabajos de investigación y análisis con los patógenos más infecciosos, contagiosos y mortales que se conocen, como pueden ser el ébola y el mismo SARS. Fruto de un acuerdo entre China y Francia en 2004, tras la epidemia del SARS, el laboratorio se creó para combatir y prevenir posibles nuevos brotes, con la mirada puesta en convertir a este centro en la vanguardia de la investigación virológica a nivel global, aunque finalmente ha sido mundialmente conocido por recaer sobre él las sospechas de ser el posible origen de la pandemia. Tuvo un coste de 300 millones de yuanes -39 millones de euros- y contó con el asesoramiento del gobierno francés y la compañía especializada en biotecnología industrial Institut Merieux. Se terminó su construcción en 2015, se aprobó su uso en 2016 y finalmente fue inaugurado en 2017. Se encuentra operativo desde 2018 y está especializado en los coronavirus de murciélagos, además de poseer 37 grupos de investigación dedicados a la epidemiología, la virología molecular, la inmunología y la microbiología analítica, entre otras disciplinas. Ha colaborado con centros de investigación de primer orden de Europa, Estados Unidos y Canadá. En este último país se produjo un incidente cuando en julio de 2019 dos científicos chinos, Xiangguo Qiu y su marido Keding Cheng, fueron expulsados del Laboratorio de Microbiología de Canadá por estar relacionados con el espionaje científico y el robo de muestras.

Ya en 2014, antes de que finalizase la construcción de Laboratorio P4, aparecieron los primeros problemas entre Francia y China, dado que las empresas del país asiático quisieron asegurar la mayor parte de la construcción de las instalaciones, pese a que su manejo de las técnicas y conocimientos específicos requeridos era más que dudoso. En 2015 se rompió la cooperación franco-china y los 50 investigadores franceses que en un principio iban a desplazarse para trabajar en el Laboratorio P4 durante 5 años, nunca lo hicieron. Agentes y organismos internacionales comenzaron a sentir preocupación y a sospechar que el superlaboratorio no estaba siendo utilizado simplemente como un centro de investigación científica y académica, y que el PCCh poseía programas avanzados en desarrollo de armamento para la guerra química y biológica.

Laboratorio P4 de Wuhan. Imagen tomada de abc.es

Prácticamente desde el momento en que se conocieron los primeros casos en la ciudad de Wuhan, el Laboratorio P4 se colocó en el punto de mira como posible epicentro de la pandemia. Una de las razones en las que se basó esta teoría es que el coronavirus procede de los murciélagos, y en el mercado de Wuhan -que inicialmente fue identificado como el origen del brote- nunca se vendieron murciélagos. Incluso la subdirectora del laboratorio llegó a reconocer a la revista Scientific American, que al principio incluso ella temió que se hubiese producido una fuga accidental de coronavirus. De repente, el Instituto de Virología de Wuhan, en su calidad de experto mundial en el tratamiento de los virus más letales que se conocen, guardó un extraño silencio y rechazó pronunciarse al respecto. Así lo hizo también la comunidad científica china, en lo que se cree que ha podido ser uno de los más grandes encubrimientos por parte de un gobierno en tiempos modernos. Los rumores continuaron y siguieron uniéndose las voces críticas, algunas de ellas de reconocido prestigio internacional, como la del biólogo y virólogo francés Luc Montagnier, Premio Nobel de Medicina en 2008, quien declaró, en una entrevista concedida a la página web Porquoi docteur? -traducido del francés, Por qué, doctor-:

“Eso de que el Covid-19 apareció tras una contaminación ocurrida en un mercado de animales salvajes, en Wuhan, es una bella leyenda. Imposible. Los científicos chinos son grandes especialistas. El virus salió de un laboratorio de Wuhan”. Y agrega: “En el laboratorio de la ciudad de Wuhan trabajan grandes especialistas en los coronavirus, desde el principio del año 2.000. Son grandes expertos en ese terreno. Trabajando con mi colega y amigo Jean-Claude Perrez, matemático, hemos analizado en los mínimos detalles la secuencia del descubrimiento y propagación del Covid-19. Y creemos bastante plausible que el genoma completo de este coronavirus tiene secuencias muy semejantes a las del VIH, el virus del sida. Y pudo ser fabricado, producido, en un laboratorio chino”.

Luc Montanier, premio Nobel de Medicina en 2008. Imagen tomada de abc.es

En una noticia publicada el 15 de abril de 2020 (🔗), el canal de noticias estadounidense Fox News aseguraba, apoyándose en múltiples fuentes con información de primera mano, que “existe una creciente confianza en que el brote de COVID-19 probablemente se originó en un laboratorio de Wuhan, aunque no como un arma biológica, sino como parte del intento de China de demostrar que sus esfuerzos para identificar y combatir virus son iguales o mayores que las capacidades de los Estados Unidos”, agregando que podría tratarse del “encubrimiento gubernamental más costoso de todos los tiempos”. Dichas fuentes creen que “la transmisión inicial del virus, una cepa natural que se estaba estudiando allí, fue de murciélago a humano y que ese ‘paciente cero’ trabajó en el laboratorio, y luego se extendió a la población de Wuhan”.

En la noticia puede leerse que los documentos detallan los primeros esfuerzos del personal en el laboratorio para la contención del virus, y que “el mercado húmedo de Wuhan”, inicialmente identificado como un posible punto de origen, nunca vendió murciélagos y que, según sus fuentes, “culpar al ‘mercado húmedo’ fue un esfuerzo de China para desviar la culpa del laboratorio, junto con los esfuerzos de propaganda del país dirigidos a Estados Unidos e Italia”. Fox News detalla que “funcionarios de la embajada de Estados Unidos advirtieron en enero de 2018 sobre la seguridad inadecuada en el laboratorio del Instituto de Virología de Wuhan y transmitieron información sobre científicos que realizan investigaciones riesgosas sobre el coronavirus de los murciélagos”, citando a su vez al periódico de la capital estadounidense The Washington Post.

De momento, la única lectura clara que puede hacerse de toda esta nefasta situación es que, al margen del desastre sanitario y económico que está suponiendo y que se prevé se recrudezca en los próximos años e incluso décadas, la gestión de la pandemia está siendo utilizada como una poderosa arma geopolítica en la que hay dos claros adversarios: el sistema democrático occidental, liderado por EEUU, Reino Unido y Francia, y el régimen totalitario comunista de China. Es mucha coincidencia que, después de haber sido el país asiático el epicentro del brote, sea el que más diligencia muestra a la hora de ayudar y prestar su apoyo por doquier. Varias han sido las voces que se han alzado para criticar lo que a todas luces es un juego sucio empleando una falsa política de generosidad, mediante el envío de aviones repletos de material sanitario a Europa mientras que los socios de la Unión se limitaban a cerrar fronteras y a gestionar la crisis de forma unilateral según sus posibilidades. Podía verse al régimen comunista chino, modélico y disciplinado, rescatando a las decadentes democracias occidentales. Pero la farsa no duró demasiado y el mundo comenzó a poner en duda la transparencia de China, tanto respecto del origen del virus como respecto de la gestión de la crisis en diciembre y enero, incluyendo esta última el falseamiento de datos estadísticos y la ocultación de información crucial a la comunidad internacional referente a la gravedad de la situación en Wuhan.

Imagen tomada de ellitoral.com

A mediados de abril de 2020 comenzaban a salir noticias, publicadas en casi todos los diarios, en las que se daba a conocer que Estados Unidos, Reino Unido y Francia querían explicaciones y transparencia acerca del cómo y el porqué del estallido del brote. El gobierno norteamericano adoptó la postura menos diplomática, yendo un paso por delante y asegurando que estaba investigando la procedencia del virus, no descartando la posibilidad de que pudiera haber salido de un laboratorio. Mike Pompeo, jefe de la diplomacia de EEUU, dijo a Fox News: “Sabemos que este virus se originó en Wuhan, China”, y añadió: “Realmente necesitamos que el gobierno chino se sincere y explique exactamente cómo se propagó este virus”. El presidente Donald Trump dio a conocer su intención de enviar investigadores a China para descubrir el origen real de la pandemia, acusando además a la Organización Mundial de la Salud (OMS) de encubrir esta crisis sanitaria y posicionarse del lado del país asiático, anunciando la suspensión de los fondos destinados a esta organización.

Dominic Raab, ministro de Exteriores de Reino Unido y presidente en funciones durante la convalecencia del premier británico Boris Johnson -infectado e ingresado por coronavirus-, dijo que “es absolutamente necesario que haya una revisión muy, muy profunda de los hechos relativos al brote”, advirtiendo que la comunidad internacional quiere explicaciones. Además, declaró: “Deberíamos considerar todos los lados de esto de manera equilibrada, pero no hay duda de que no podremos seguir con los negocios como de costumbre después de esta crisis, y tendremos que hacer preguntas difíciles sobre cómo surgió y cómo pudo haberse detenido antes”.

Por su parte, el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, declaró que “Esperamos que China nos respete, como ella desea ser respetada” y que, además, “Pekín juega a la fragmentación de la UE”. En el caso del país galo, las tensiones entre ambos países llegaron a su punto álgido el 14 de marzo de 2020, cuando Le Drian llamó a consulta al embajador chino en París, denunciando calumnias y ataques por parte de su embajada, además de acusaciones de mala gestión a los gobiernos occidentales. El presidente francés, Emmanuel Macron dijo que “manifiestamente hay cosas que han ocurrido y que no conocemos”.

La canciller alemana Ángela Merkel dijo que “cuanto más transparente sea China en cuanto a la génesis del virus, mejor será para que el mundo entero aprenda de ello”. No fue tan diplomático Julian Reichelt, director del diario germano Bild, quien le dirigió una carta a Xi Jinping acusándole de poner en peligro al mundo. “Usted cierra cada periódico y cada web que es crítica con su Gobierno, pero no cierra los puestos en los que venden sopa de murciélago”, dice. Y continúa: “China se enriquece con las invenciones de otros […]. El mayor éxito exportador -el que nadie quiere tener, pero ha recorrido el mundo- es el coronavirus”. Y menos diplomático aún fue Ernesto Araújo, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, advirtiendo sobre un supuesto plan que utilizaría la pandemia para implementar el comunismo a nivel internacional a través de organismos como la OMS. Sostiene también que esta pandemia, al poner ante el pánico de la muerte inminente a individuos y sociedades, representa un poderoso instrumento para favorecer el auge del comunismo.

Un oficial de policía paramilitar chino usa una máscara para protegerse de la contaminación en la Plaza de Tiananmen en Beijing, China, el 9 de septiembre de 2015 (Kevin Frayer / Getty Images). Imagen tomada de es.theepochtimes.com

El 27 de abril de 2020 saltaba la noticia de que China había amenazado a Australia con boicotear el consumo de sus productos, principalmente el vino y la carne, si llevaba a cabo una investigación acerca del origen del coronavirus. El embajador del país asiático en Australia, Cheng Jingye, aseguró que “la sociedad china está frustrada y se siente decepcionada por lo que está haciendo Australia. Si esto va a ir a peor, la gente va a plantearse si vale la pena acudir a un país que no es tan amigable con China como parece. Los turistas quizá se lo piensen dos veces”, para finalizar refiriéndose al consumo de productos australianos: “Todo depende de la gente. Quizá se planteen porqué deben beber el vino australiano o comer su carne”. Estas amenazas venían después de que el primer ministro de Australia, Scott Morrison, pidiera una investigación a nivel internacional sobre el origen del coronavirus en China y la gestión inicial llevada a cabo durante los primeros días de la pandemia. Ante esta actitud, más que sospechosa, por cierto, por parte del gobierno chino, la ministra de Exteriores australiana, Marise Payne, se mantuvo firme declarando que no es momento de amenazas sino de cooperación a nivel mundial, y que su Gobierno rechaza “cualquier sugerencia de coerción económica”, la cual considera “una respuesta inapropiada cuando lo que se necesita es una cooperación global”.

El embajador de China en Australia, Cheng Jingye. Imagen tomada de theaustralian.com.au

Hasta aquí, lo más relevante en lo referente a las dudas que genera el verdadero origen de virus, la opacidad informativa de China y la desconfianza obvia que la censura comunista ha generado en los países occidentales, además del enfrentamiento político que ha estallado entre EEUU y Europa, por un lado, y China, por el otro. Todo lo reflejado en el artículo ha sido obtenido a partir de medios de comunicación de reconocido prestigio -ABC, La Vanguardia, La Razón, Fox News, The Epoch Times, entre otros-, y ninguna de la información que figura en el mismo es de mi propia cosecha. Nada está demostrado ni clarificado a fecha de la publicación de este documento, y hasta ahora, todo son teorías, especulaciones y suposiciones fundamentadas en mayor o menor medida.

Algo que no está absolutamente demostrado y que sin embargo todo el mundo lo da por hecho es la manipulación de las estadísticas y la falta de claridad en las informaciones facilitadas por China, factor que sin duda alguna ha sido crucial de cara a la lucha contra la pandemia por parte de los países occidentales. Aprovechando esta situación de desventaja, el país asiático quiso apuntarse un tanto señalando a la mala gestión de la crisis por parte del decadente sistema de democracias en contrapartida a la disciplina y la buena gestión llevada a cabo por el PCCh.

Una noticia publicada el 23 de abril de 2020 (🔗) en la página web del diario ABC, se hacía eco de algunos percances ocurridos en centros de investigación de máxima seguridad, en los que científicos de dichos centros eran mordidos por murciélagos y tenían que ponerse en cuarentena por conocer de primera mano los riesgos que corrían. En un brevísimo estudio publicado por un biólogo y un médico de Wuhan, Botao Xiao y Lei Xiao, en Research Gate, y luego borrado, se especula con la posibilidad de que el estallido del brote podría haber sido ocasionado por algún miembro del personal infectado accidentalmente o por la fuga de algún animal infectado, o incluso por la fuga del propio virus. Una noticia anterior, publicada el 20 de abril de 2020 (🔗) en el mismo medio, se refería a la “existencia de al menos dos cables enviados por diplomáticos estadounidenses destacados en China, en los que expresaban su preocupación por los estándares de seguridad del Instituto de Virología de Wuhan (WVI) tras haber visitado las instalaciones en 2018”. Al parecer, los funcionarios detectaron “graves problemas de seguridad y alto riesgo” en el laboratorio que investigaba con distintos patógenos de coronavirus de murciélagos.

Por tanto, parece que para los servicios de inteligencia y la diplomacia occidentales no es ningún secreto la posible falta de seguridad en instalaciones supuestamente de máxima seguridad. Quizá basándose en esta preocupante información, algunos países -EEUU, Reino Unido, Francia, Australia, Alemania- tienen la firme intención de llevar a cabo investigaciones serias para esclarecer el origen del virus, pidiendo a China transparencia y sinceridad y cuestionando su papel a la hora de gestionar la crisis en su propio territorio. En todo caso, el refranero español es muy sabio, y uno de sus refranes dice: “Cuando el río suena es porque lleva agua”. Y la realidad es que estamos escuchando bastante ruido acerca del dudoso origen de esta pandemia.

Y quiero finalizar el artículo reflejando mi propia opinión, basada en el juicio que he podido hacer de esta situación a partir de toda la información a la que he podido tener acceso. Creo, y digo que es mi propia opinión, que es probable que el virus haya salido de un laboratorio. Quizá no sea un virus sintético, producto de la Ingeniería Biológica, sino que se trate de algo que ha mutado de forma natural hasta poder llegar a infectar al ser humano, pero, al fin y al cabo, creo que el virus ha visto la luz porque se ha producido una fuga accidental en alguna de las instalaciones de máxima seguridad ubicadas en la ciudad de Wuhan. No creo que el virus haya sido arrojado al mundo de forma intencionada como arma biológica, sino que se ha dado de forma accidental. Quizás un error humano, ¿quién sabe? Lo que sí parece claro, echando la vista atrás en el tiempo y recordando casos similares de desastres ocurridos, es que posiblemente nunca llegue a esclarecerse totalmente lo que exactamente ocurrió en la ciudad de Wuhan en los meses de diciembre de 2019 y enero de 2020, y si se llega a saber, será dentro de muchos años, décadas quizá. Ahora solo queda pasar esta pandemia e intentar reconstruir el mundo para que este planeta sea un lugar mejor de lo que era antes. Un objetivo difícil, dada la naturaleza autodestructiva del ser humano.