María Barrientos

Por Jesús García Jiménez

Al oír el nombre de María Barrientos, a algunos les vendrá a la mente aquella cantante española de ópera que alcanzó fama internacional, una de las más relevantes del primer tercio del siglo pasado. Una época dura para todos, más si cabe para las mujeres, condenadas por aquellos entonces a una vida de esclavitud y, en muchos casos, de maltrato psicológico e incluso físico. Había otra María Barrientos, anónima y contemporánea de la primera, que vivía en un pueblo de la Andalucía rural y profunda, típica mujer resignada a su destino, que no era otro que llevar una vida de encierro en el hogar familiar y procurar satisfacer al marido en todo lo posible. Una mujer analfabeta y de profundas creencias religiosas, con el convencimiento pleno de que el mundo no es más que un valle de lágrimas al cual se viene únicamente a sufrir y a llevar una vida de penitencia porque, según la Iglesia Católica, ya se nacía siendo un pecador y eso había que remediarlo de algún modo antes de alcanzar la gloria eterna.

Entrada en sus últimos treinta, María podría haber sido confundida fácilmente con una mujer veinte años mayor, con mechones de pelo canoso surcando su cabello negro y algunas arrugas que, aunque no eran demasiado profundas ni marcadas, denotaban una vida de privación, sufrimiento y pocas o ningunas alegrías. Mujer normal, del montón como suele decirse, de estatura media a baja y unas proporciones que, en otras circunstancias, en otra vida, en otros tiempos, la habrían hecho una mujer incluso atractiva. Las manos las tenía curtidas, secas y sufridas, tan endurecidas que hacía años que no asomaba grieta alguna ni siquiera durante aquellos inviernos duros en los que, como tantas otras mujeres del pueblo, bajaba al río a lavar la ropa en sus aguas gélidas con una pastilla de jabón casero y una rudimentaria tabla de madera como únicas herramientas. Pese a su juventud, los dolores de hueso, como suele decirse en los pueblos, habían hecho ya su aparición, y ella misma notaba como cada vez eran más frecuentes las molestias en articulaciones, pies y manos, habiéndose convertido en algo cada vez más complicado el simple y cotidiano acto de subir o bajar unas escaleras.

En aquella época, y más especialmente en las zonas rurales de Andalucía, eran habituales las familias numerosas, con una cantidad de hijos inconcebible en estos tiempos modernos que vivimos. Diez, quince e incluso veinte hijos -de los cuales varios de ellos, en ocasiones la mitad, no superaban la niñez o ni siquiera el nacimiento- era algo normal en aquellas familias pobres en las que, desde que tenían conciencia de sí mismos, tenían que ponerse a trabajar para ganar el pan que comían. Y el hecho de no poder concebir hijos era algo que mortificaba y sumía en la amargura a María porque, según sus arraigadas y profundas creencias, era uno de los deberes sagrados de la mujer y lo que realmente la identificaba como tal. Podría decirse, según su perspectiva, que no estaba cumpliendo con el sacro deber que la Santa Madre Iglesia le imponía como mujer y, por tanto, ni era buena cristiana ni era útil para la sociedad, con lo cual lo tenía el doble de difícil que las mujeres y madres para alcanzar el perdón eterno en el Día del Juicio Final, y poder disfrutar así de la vida eterna junto al Altísimo.

Su marido, José, compartía esta línea de pensamiento. Él también pensaba que no era una mujer completa, aunque no se fundamentaba en cuestiones religiosas, sino más bien en cuestiones prácticas, ya que para él era un problema el no poder tener hijos, o lo que era lo mismo, brazos para trabajar y poder ayudar en la economía familiar. Algunos años mayor que María y aparentando también bastante más edad de la que realmente tenía, era un hombre de estatura media, aspecto enjuto y rudo, duro y curtido por una vida de privaciones, penalidades y trabajo, tenía la tez cobriza y el rostro surcado de profundas arrugas, que dibujaban el mapa de una existencia dedicada a labrar los campos bajo el inclemente sol del verano o con las severas heladas del invierno. Con una afición al vino que hoy podría considerarse como un problema digno de ser tratado, José seguía diariamente la rutina que le había acompañado desde su adolescencia, pasando las largas horas de claridad trabajando en el campo y terminando su jornada, cuando ya el crepúsculo se abría paso en el cielo, en la taberna bebiendo hasta que decidía volver a casa -muchas veces no le quedaba más remedio porque la taberna echaba el cierre- y desfogarse de su penosa vida y, según él, de su mala suerte por tener que compartirla con aquella mujer que hacía años había perdido todo atractivo y que ni siquiera era capaz de darle hijos.

Como muchas veces ocurría, las malas y provocadoras miradas hacia su esposa, alimentadas con el fuego del alcohol, pasaban a ataques verbales directos, reproches con el único fin de recordarle lo poca mujer que era y lo infeliz que le había hecho, culpándole de todos los males y de la precaria situación económica que vivían. La pobre infeliz intentaba capear el temporal como buenamente podía, no atreviéndose siquiera a cruzar la mirada con la de su iracundo esposo, por temor a lo que ella sabía que podía venir a continuación si osaba levantar la vista. Pero muchas veces era quizá peor el remedio que la enfermedad, porque José, ciego de ira -y de vino- y pareciéndole a él que sus ataques estaban siendo ignorados, se levantaba bruscamente de la silla, tumbándola en el suelo de un golpe seco, y se iba con paso decidido hacia la esquina donde había buscado refugio una aterrada María que, con ojos llorosos y resignada a su destino, soportaba la paliza que le propinaba su marido y que le producía un dolor en el alma mucho, muchísimo más duro de el dolor físico de los golpes. Porque el ser humano, independientemente del género, época, creencia o religión, tiene una dignidad, algo que no es una concesión, sino un derecho universal con el que se nace, y no debería existir fuerza en el mundo capaz de anular tal derecho por ser superior a la propia condición humana. Pero María, como muchas otras personas en la historia de la humanidad, veía su dignidad pisoteada y vapuleada por un hombre que, por méritos propios, había perdido la suya, un hombre vulnerable, débil y amargado cuyo único objetivo en la vida era cumplir su ciclo y dejar sitio a generaciones posteriores.

Una fría noche de invierno, después cumplir con su estricta rutina, José volvió a la casa, donde le esperaba la pobre María con una cena más bien pobre a base de lo poco que pudo poner en la mesa, y con más miedo y temor que otra cosa.

—¿Qué es esto? ¿Esto es lo que me encuentro para comer después de pasarme todo el día trabajando? — Le vociferó José buscando su mirada y haciendo el amago de levantarse.

—Es lo que he podido preparar para la cena, todavía no has cobrado los jornales y vamos mal de dinero. He hecho todo lo que he podido, en la tienda ya no me fían. Yo he cenado media cebolla con un trozo de pan duro que sobró del otro día. El pan tierno te lo he puesto a ti para que puedas cenar algo mejor— respondió María, intentando calmar a su marido y evitar así el desenlace que, por desgracia para ella, tan bien conocía.

—Eres una mentirosa. ¿Tú te crees que no sé que te hartas de comer cuando yo no estoy aquí, que te gastas el poquillo dinero que gano en tus caprichos? Yo aquí, hecho un negro trabajando de sol a sol y tú malgastando el dinero, sin que tenga nada en condiciones para cenar cuando llego a la casa— interrumpió José, levantándose de la silla, lentamente, con los ojos bañados en sangre por la ira y el vino. —No sirves para nada, ni siquiera para darme hijos. Tú ni eres mujer ni eres nada.

La pobre mujer, herida, humillada y ofendida hasta lo más profundo de su alma, levantó la mirada y fijó sus ojos llorosos, tristes y vacíos en los de su marido, y con la voz quebrada por un dolor y angustia insoportables, le contestó: —Todos los días vas a la taberna, y te pasas horas bebiendo vino hasta que cierran y te obligan a irte a tu casa. ¿Cuánto dinero gastas en la bebida? Ese dinero podría yo tenerlo para pagar en las tiendas, que ya no me dan fiado, y para comprar más comida. Comeríamos mejor si gastáramos en comida lo que te gastas en vino, que te está matando poco a poco. A ti y a mí.

El simple hecho de haberse dirigido a él, con palabras tan simples y cargadas de verdad, fue lo que condenó a María y selló su destino. José, cegado y dominado por una fuerza devastadora, arrojó contra la pared la silla en la que había estado sentado, haciéndola pedazos y provocando un estruendo que no pasó desapercibido para los vecinos, que estaban al tanto de la triste situación que se vivía casi a diario en aquella casa. María adoptó su habitual actitud sumisa y resignada, esperando a que pasaran aquellos terribles momentos y con ello, la llegada de la calma que siempre sigue a la tormenta. Y llegó esa calma. Los gritos y los golpes cesaron, el silencio pasó a ser el protagonista absoluto de aquel momento en aquella pobre cocina, en la que por un lado estaban los pedazos de la silla destrozada y por el otro, junto a la esquina donde la pobre mujer siempre buscaba refugio, María ensangrentada, inmóvil, con la mirada hacia el techo, perdida y apagada, más apagada que nunca. Ya no volvería a levantarse jamás. Su alma iría, si es que ese lugar existe, a donde van las almas sencillas y nobles, al lugar reservado para quien nunca jamás hizo daño alguno y solo recibió daño y dolor a cambio. María había dejado este mundo con su dignidad arrebatada por un asesino débil y cobarde, sin escrúpulos, para recuperarla en la bóveda celeste acompañada por miles de estrellas que la cuidarían y le darían la compañía que jamás tuvo durante su triste vida. María era, ahora, un punto luminoso más en el tupido tapiz del firmamento.

—Levanta—, dijo José, repentinamente calmado ante la quietud poco habitual de su esposa. —¡Levanta, te digo! —. Se acercó al cuerpo de María, viendo que no respondía, que no se movía, que parecía que ni siquiera respiraba. Le dio una leve patada en el costado, sin resultado. Tenía la mirada fija en el techo, perdida en el infinito. José se agachó, puso su mano sobre la boca y la nariz para ver si respiraba. Se levantó de un salto. —¡Dios mío, la he matado!, pensó. ¿Qué he hecho? ¿Por qué lo he hecho? —. Su cabeza daba vueltas, sentía que le flaqueaban las piernas, perdía la fuerza para tenerse en pie. Se agarró a la mesa para no perder el equilibrio y caer al suelo y le empezó a doler la cabeza repentinamente. Se notaba las mejillas ardiendo, le sudaban las manos. Un sudor frío recorría su espalda, ya no pudo más, no tenía fuerzas. Se sentó en el destartalado taburete que había junto a él. Apoyó los codos en la mesa, tapándose la cara con las palmas de las manos y arrancó a llorar, consciente de la monstruosidad que acababa de cometer. Con la vista nublada, un terrible dolor de cabeza y la sensación de haber perdido la poca fuerza que le quedaba, se desplomó sobre la mesa y cayó en un tempestuoso sueño lleno de pesadillas y sobresaltos.

A la mañana siguiente, los rayos de las primeras luces del alba encontraron a José sentado en el taburete, con los brazos entrelazados sobre la mesa y la cara sobre los brazos. El canto madrugador de los gallos lo hizo volver en sí, levantar la cabeza y mirar hacia la esquina, con la esperanza de que todo lo que recordaba de la noche anterior solo fuese una horrenda pesadilla. Pero no. Ahí estaba el cuerpo inerte de María, en la misma posición, ensangrentado y con la mirada perdida apuntando al techo. —Algo tengo que hacer, no puedo quedarme aquí para siempre. Los vecinos sospecharán, llamarán a la Guardia Civil y me meterán en la cárcel, donde ya no volveré a ver la luz de sol—. Se incorporó y, con un esfuerzo sobrehumano, se levantó y se puso en pie. Físicamente estaba derrotado, sin fuerzas y débil tras una noche de sueños tormentosos y agonizantes. Sin querer siquiera mirar hacia la maldita esquina, empezó a pensar qué debería hacer para solucionar aquella situación en la que, por su mala cabeza, estaba metido. —Si voy a trabajar como si nada hubiese ocurrido, nadie sospechará nada, y con el correr del día ya se me ocurrirá qué hacer— pensó, dando vueltas y andando sin parar a lo largo y ancho de la habitación, como un león enjaulado. —No, imposible, no tengo fuerzas. No puedo salir de la casa, no rendiré, me echarán del trabajo y no me pagarán el jornal. Además, podrían sospechar que algo ocurre solamente con mirarme—. Lo siguiente que pensó fue quedarse en la casa, ya se asomaría esta tarde a la plaza a decir que se había levantado enfermo y que había preferido no ir a trabajar. Eso le permitiría arreglar todo el destrozo de sillas, platos y vasos rotos por doquier, limpiarlo y… María. —¿Qué hago con ella? No puedo salir a pedir ayuda a los vecinos, descubrirán que la maté y acabaré en la cárcel. Y tampoco puedo echarla a los cerones del mulo y llevármela al campo, sería un bulto demasiado grande y levantaría sospechas— pensaba, viéndose cada vez más acorralado y no sabiendo cómo salir de aquella lamentable situación. De repente reparó en el pequeño hacha de mano que había junto a la chimenea para cortar los trozos de madera. —¿Y si…? — pensó, creyendo haber encontrado la solución y el modo de deshacerse de aquel cuerpo inerte que yacía en la esquina.

—Hombre José, no te hemos visto esta mañana aparecer por allí. ¿Qué ha pasado? —dijo un hombre que se encontraba dentro de un grupo que iba calle arriba. —Eso de cerrar la taberna todas las noches… eso no acaba bien. ¡Al día siguiente uno se levanta que no es hombre! — dijo otro. Era la última hora de la tarde, las luces del crepúsculo se reflejaban en las figuras del cielo que dibujaban las nubes, creando formas rojizas de una belleza mágica. José salía camino a la plaza, precisamente a comunicar lo que había pactado consigo mismo que diría: tras una muy mala noche, se había levantado sin fuerzas para poder ir a trabajar. Así que se unió al grupo de hombres y enfiló la calle arriba hasta la plaza, donde estaría sentado un rato charlando y haría tiempo hasta que cayera la noche y la gente estuviese recogida en sus casas, momento que aprovecharía, protegido bajo las sombras, para cargar el mulo, ir al campo a soltar su macabra carga y enterrarla, volviendo al pueblo sin ser visto y sin levantar sospechas. Así, y tras varias noches, podría deshacerse totalmente del cuerpo de su mujer y ganar tiempo suficiente para pensar qué decir a los vecinos cuando le preguntaran por la pobre María.

Pero en los pueblos es imposible mantener un secreto y actuar de forma clandestina sin que exista la posibilidad de ser descubierto. Miradas indiscretas, chismes y habladurías, vecinas con una asombrosa capacidad de vigilar y ver sin ser vistas, el famoso dicho en los pueblos de que nunca se está solo en el campo… La triste situación de esa casa era por todos conocida, los escándalos nocturnos casi diarios, la tristeza en la que vivía sumida la pobre e indefensa María, la precaria situación económica de aquella familia a la que nada ayudaba la afición de su marido por el vino… Y ahora las escapadas nocturnas de José, durante varias noches, dejando la casa en compañía del mulo cargado y volviendo vacío a altas horas de la noche. Demasiada pólvora para evitar la explosión. El boca a boca hizo su trabajo y finalmente llegó a oídos de la Guardia Civil que, alertada por todo lo que ya sabía y por lo nuevo conocido, se puso manos a la obra y una pareja de agentes, vigilando desde la oscuridad, vio a José abandonar su casa con el mulo cargado y volver, varias horas después, con el mulo y los cerones vacíos.

Apenas unas horas más tarde, varios agentes se presentaron en su casa aporreando la puerta con gran escándalo: —¡Guardia Civil! ¡Abre la puerta José, sabemos que estás dentro! ¡No nos hagas entrar a por ti! —. José, más demacrado, pálido y ojeroso que nunca, abrió la puerta, consciente de que había llegado su final. Sin tiempo siquiera para decir una palabra, los agentes lo agarraron de los brazos, entraron todos al corral trasero de la casa y le dijeron que prepara el mulo y le montara los cerones. Una vez en la puerta, y con José bien escoltado, uno de los guardias le dio al mulo una palmada en el lomo y, acompañado por una nutrida comitiva, arrancó a andar, con su paso lento y cansado, ajeno a su repentino protagonismo y a todo lo que ocurría a su alrededor, siguiendo el animal el instinto de recorrer el mismo camino que había seguido las noches atrás. Tras poco más de una hora el mulo se detuvo en un olivar, lo suficientemente alejado del pueblo como para poder llevar a cabo el macabro propósito sin estar bajo la atención de ojos indiscretos. Cuando llegaron al lugar, observaron muchas pisadas y una fila de huellas en la tierra, entre el punto donde el animal se había detenido y una zona de maleza, matorrales y arbustos altos en la que era fácil ocultar algo simplemente enterrándolo bajo una pequeña capa de tierra y la espesa vegetación.

—Para que la bestia haya hecho este camino por sí misma y se haya detenido aquí sin que nadie se lo haya mandado, ha tenido que hacerlo varias veces y de forma repetida. Además, esta finca no es tuya. ¿A qué venías tú aquí, de noche? Muchas pisadas veo yo, y un senderito que lleva al matorral. ¿Qué hay ahí? — Le interrogó el cabo de la escuadra de guardias civiles, con cara de pocos amigos y una mirada firme y penetrante que clavaba en los ojos de José. —¡Levanta la cabeza y mírame, te estoy hablando! — le ordenó el cabo. José, hombre violento pero débil y cobarde, no pudo soportar la presión de verse acorralado, y sintiéndose derrotado física y anímicamente tras varias noches de insomnio, se derrumbó, comenzó a llorar y confesó. —La he ido enterrando ahí, en los matorrales, lo que podía ir trayéndome de ella para no levantar sospechas con el mulo demasiado cargado— respondió José con la voz débil y entrecortada, señalando hacia donde se dirigía la fila de huellas.

—¿A quién has enterrado ahí? — preguntó el cabo.

—A mi mujer— respondió José, cada vez más abatido y derrotado.

—¡Maldito seas! ¡Pobre María! ¿Qué hizo para acabar de esta manera, cobarde? — le gritó el cabo enfurecido y con la mano alzada para abofetearle.

El juicio fue rápido. El Juez lo tuvo muy fácil, con las pruebas y la confesión directa del asesino, para condenar a José a pasar el resto de sus días en prisión. Cuando se conoció la triste historia, el pueblo entero quedó horrorizado y sumido en la pena, pensando en el infierno que la pobre mujer había pasado y el macabro final que le había tocado en suerte. Una historia que se corrió como la pólvora por los pueblos vecinos y llegó incluso a la capital de la provincia, haciéndose eco los periódicos de la época de aquel lamentable episodio de violencia. Un capítulo negro que, por desgracia, aún no se ha cerrado y sigue cobrándose víctimas cada año, representando una lacra cuya erradicación se presenta como uno de los grandes retos para la sociedad actual y las generaciones venideras. Porque la violencia, en cualquiera de sus formas o expresiones, es el arma empleada por los débiles, o en palabras del luchador ruso campeón del mundo Fiódor Yemeliánenko, toda expresión de agresividad es también expresión de debilidad.