Desiertos sin arena

Por Jesús García Jiménez

Imagen tomada de outono.net

¿Quién no ha oído hablar alguna vez del filósofo griego Platón? Seguro que, de algún modo u otro, le suena ese nombre. Imaginen ustedes que montan un centro de estudios, y que permanece abierto durante más de 900 años, ¡casi un milenio! Esto es exactamente lo que ocurrió con la Academia (en griego, Ἀκαδήμεια), una escuela fundada por este filósofo alrededor de 387 a.C. en Atenas en la que se enseñó matemáticas, medicina, retórica y astronomía, considerada por muchos como el antepasado de las universidades. Célebres son las palabras que figuraron en el frontispicio de la Academia: No entre nadie que no sepa geometría.

Platón es una referencia en distintas ramas del conocimiento humano actual, habiendo sentado las bases de disciplinas como la filosofía, la política, la psicología, la ética, la estética o la epistemología. Los sólidos platónicos (🔗) son nombrados en honor a Platón por haber sido éste el primero en bautizarlos y estudiarlos en detalle, aunque estos cuerpos geométricos ya eran conocidos desde mucho antes. Fue profesor del filósofo, polímata y científico griego Aristóteles, que, dicho de manera muy breve, fue el que sentó los principios de la ciencia moderna -hablar de los campos de estudio en los que Aristóteles ha tenido influencia y el extraordinario legado de conocimiento que ha dejado al mundo daría para escribir un artículo, y muy extenso, por cierto-.

¿Y por qué hago referencia a Platón en un artículo sobre política moderna? Porque Platón era comunista. Me explico: Platón rechazaba el derecho a la propiedad privada para la clase de los gobernantes y la de los guardianes, y no solo eso, defendía incluso la propiedad común de mujeres e hijos, negando legitimidad a la familia como institución social básica.

Los cristianos también fueron comunistas,  practicando la postura de comunidad de personas y también de bienes. Prominenetes filósofos y hombres de estado del siglo XVIII como Jean Jacques Rousseau y Maximilien Robespierre fueron también comunistas. Pero no fue hasta mediados del siglo XIX cuando los filósfos prusianos Karl Marx y Friedrich Engels publicaron uno de los tratados políticos más influyentes de la historia de la humanidad: el Manifiesto del Partido Comunista, a menudo llamado simplemente Manifiesto Comunista. Esta obra defiende la acción para llevar a cabo una revolución proletaria dispuesta a derrocar el capitalismo y construir una sociedad sin clases, aboliendo la hacienda pública, el derecho a la herencia y nacionalizando los medios de producción y transporte. Esta política, llamada Socialismo o Comunismo, tendría que ser puesta en práctica por un gobierno revolucionario, estableciendo para ello la dictadura del proletariado (🔗). Estas son las famosas últimas líneas del Manifiesto:

Los Comunistas no se dignan a ocultar sus opiniones y objetivos. Ellos abiertamente declaran que sus fines pueden ser logrados sólo por el derrocamiento total de todas las condiciones sociales existentes. Dejen a las clases dirigentes temblar en una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada para perder, salvo sus cadenas. Ellos tienen un mundo para ganar.

¡Trabajadores del mundo, uníos!

En 1917 estalló en Rusia la Gran Revolución Socialista de Octubre, desencadenante de la Guerra Civil Rusa que tuvo lugar entre 1917 y 1923. Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin y líder del Partido Bolchevique, mandó fusilar durante los dos primeros meses del nuevo gobierno comunista a más de 50.000 rusos, ilegalizándose todas las manifestaciones contrarias al nuevo régimen y autorizándose el uso de munición de guerra contra los manifestantes. El partido comenzó a centralizar el control de Rusia, una medida que, aseguraban, era necesaria para la transición al nuevo orden comunista.

El 3 de abril de 1922, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin, fue nombrado Secretario General del Partido Comunista Ruso, un cargo que el mismo transformaría en el más poderoso del país -aunque en aquella época esta posición era considerada un cargo menor dentro de la estructura del partido e incluso se referían a Stalin como el camarada archivista-, acaparando todo el control hasta centralizar en su persona todo el poder político, pillando por sorpresa a un ya moribundo Lenin que siempre buscó un mando conjunto con Stalin, al cual solía referirse como “demasiado brusco y rudo”. Tras el final de la guerra civil, el poder comunista, en la figura de los bolcheviques, se afianzó en Rusia, siendo refundada como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Bandera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Imagen tomada de flagsok.com

Fue durante aquellos convulsos años de la historia rusa -y del mundo- cuando se creó, bajo los auspicios de Lenin y el Partido Bolchevique Comunista de Rusia, la Internacional Comunista, conocida también como la III Internacional y por su abreviatura en ruso Komintern -Коминтерн, abreviatura de Коммунистический интернационал, transliterado como Kommunistícheskiy Internatsional-, una organización internacional fundada en Moscú en 1919, agrupando a los partidos y asociaciones comunistas de distintos países. Su objetivo era claro: la supresión del sistema capitalista, el establecimiento de la dictadura del proletariado y de la República Internacional de los Soviets, la completa abolición de las clases sociales y la realización del socialismo, como primer paso a la sociedad comunista. La Internacional Comunista celebró siete congresos mundiales entre los años 1919 y 1935.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de la Unión Soviética perdió el contacto con los comunistas de aquellos países invadidos y dominados por la Alemania Nazi, y cuando la misma Rusia fue invadida por el Tercer Reich en junio de 1941, el régimen soviético no tuvo otra alternativa que aliarse con  Gran Bretaña y Estados Unidos, dos potencias capitalistas y anticomunistas. Para evitar desonfianzas y suspicacias entre los países amigos, la URSS decició disolver la Internacional Comunista, aunque para entonces, esta organización ya había perdido el peso político del que gozó durante los años de su comienzo y no era más que una simple oficina de asuntos exteriores del Partido Comunista de la Unión Soviética.

El Komintern extendió sus tentáculos por toda Europa, America Latina, África y Oceanía, dando pie a la fundación de nuevos partidos comunistas en un gran número de países y perpetuando su influencia en el tiempo, resultando en gobiernos totalitarios cuyo único logro sería hundir en la miseria al país y matar de hambre a su población. Una influencia política que todavía a día de hoy perdura en países como Cuba, Vietnam, Laos, China y la oscura y hermética Corea del Norte.

En España, el movimiento revolucionario ruso y la expansión ideológica del Komintern tuvo un gran impacto en la sociedad, una sociedad ya de por sí debilitada y fragmentada por una práctica política desastrosa durante décadas. En 1920 se produce una escisión del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), la cual dedice anexionarse a la Internacional Comunista creando el Partido Comunista Obrero Español y desvinculándose por completo del PSOE. Un año más tarde se produce otra escisión y se crea el Partido Comunista de España, que también quiere formar parte de la Internacional Comunista, aunque se presenta un inconveniente: ésta sólo podía aceptar a una sección por país. Esto dio lugar a la fusión de ambos partidos y en 1921 nace oficialmente el Partido Comunista de España (PCE), celebrando su primer congreso en 1922. El órgano oficial de expresión sería El Comunista, en el que aparecería su manifiesto expresando la imperiosa necesidad de establecer una dictadura del proletariado como único medio posible para abolir el capitalismo y la diferencia entre clases.

Propaganda comunista en España. Imagen tomada de libertaddigital.com

En 1923, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado, dando comienzo a una dictadura de siete años durante la cual tan solo el socialismo sobrevivió a la declaración de ilegalidad, pasando el resto de partidos, incluído el comunista, a la clandestinidad. Con la instauración de la República, entre los años 1931 y 1936, el Partido Comunista de España pudo actuar de nuevo desde la legalidad. Durante la dictadura franquista, los comunistas fueron violentamente perseguidos y castigados, limitándose a actuaciones desestabilizadoras y de infiltración desde la clandestinidad -con escaso o nulo resultado- y al mantenimiento de la organización desde el extranjero. Tras la dictadura y durante el periodo de la transición española, el comunismo vuelve a ser legal en España y comienza el retorno de todos los exiliados comunistas, aunque todos los sectores izquierdistas se concentran en el PSOE y el Partido Comunista, perdida toda su fuerza, cae en una espiral de fracasos electorales de la que nunca llega a recuperarse.

En el año 1986 el Partido Comunista de España pasa a formar parte de un nuevo conglomerado político y social llamado Izquierda Unida, eligiéndose a Julio Anguita para los cargos de secretario general del Partido Comunista y coordinador de Izquierda Unida. Tras su marcha en el año 2000, la formación perdió la poca fuerza que aún conservaba y no hizo sino encadenar resultados desastrosos elecciones tras elecciones, hasta que en el año 2016 fue absorbida por la formación política de extrema izquierda Podemos, pasando a denominarse la nueva y flamante formación Unidos Podemos. En el año 2019 cambió de nuevo su nombre a Unidas Podemos, cambiando la “o” por la “a” en un claro intento por ganar el voto de la población femenina y del mal llamado movimiento feminista.

Logotipo de la coalición Unidas Podemos. Imagen tomada de es.wikipedia.org

Hasta aquí, un breve resumen de la historia y los orígenes del comunismo moderno, y su trayectoria en España desde la creación del Partido Comunista en 1921 hasta la formación de Unidas Podemos en la actualidad. Y también de su fin último: el comunismo consiste básicamente en la instauración de una dictadura por parte del proletariado y en la supresión de las clases sociales. Pero esto es solo a grandes rasgos. ¿En qué consiste realmente esta doctrina económica, política y social? ¿Cuáles son las creencias y características sobre las que se fundamenta el sistema comunista?

El comunismo aboga por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, ya que considera que estos medios deben pertenecer a los trabajadores. Dado que el empresario capitalista no produce como mano de obra, tampoco debe existir como clase social, o lo que es lo mismo, el comunismo pretende la destrucción de las riquezas del empresario y por consiguiente, la eliminación de la clase burguesa.

Y como es de suponer, la clase burguesa acomodada y con capital no permitirían que esto ocurriese tan fácilmente, que le arrebatasen sus propiedades y riquezas a las primeras de cambio. Por lo tanto, la solución que propone el comunismo para superar este escollo es una revolución violenta por parte de los trabajadores -dictadura del proletariado-, arrebatando todos lo bienes y eliminando a la clase empresarial del sistema social, lo que conduce a la desaparición de la economía de mercado -la producción y el consumo de bienes y servicios surge de la ley de la oferta y la demanda- y de la libre competencia comercial, haciendo imposible calcular precios y eliminándose toda posibilidad de generar riquezas, inversiones y progreso. Y ante la imposibilidad de calcular precios, aparece el gran error de concepto comunista: la plusvalía -valor diferencial entre el dinero que percibe el trabajador por realizar su trabajo (salario) y el valor real de mercado de dicho trabajo, que es el dinero sobrante (beneficios) que va a manos del empresario-, ya que ésta es solo posible si el trabajo y el producto tienen un valor fijo del que se siempre se extrae ganancia. En la realidad, y fuera del mundo utópico del comunismo, los productos siempre tienen un valor que depende de circunstancias extrínsecas e independientes de cualquier acción realizada sobre ellos, o lo que es lo mismo, el producto vale lo que el mercado esté dispuesto a pagar por ellos, lo que implica que no necesariamente tiene que haber unas ganancias y, por tanto, unos beneficios para el empresario o plusvalía.

Proletariado. Imagen tomada de escuelapedia.com

Al nacionalizar los bienes, éstos no pasan a los trabajadores, sino que pasan a la dirección de los burócratas comunistas, que son lo que realmente establecen los objetivos. De este modo, y siguiendo las directrices de los burócratas, se pueden producir desequilibrios y desajustes de modo que muchos productos pueden ser más caros de producirse que el precio fijado. Esto conduce rápidamente a una quiebra del sistema económico, haciendo su aparición la carestía.

El gran maestro de la Antigüedad Aristóteles, en su obra Política, razonó que la propiedad privada era indestructible y, además, positiva, que el Estado no puede ni debe controlar la riqueza y rechazó la idea de propiedad comunitaria, por aducir, muy sabiamente, que nadie cuida adecuadamente aquello que no le pertenece totalmente.

Nacionalizar una empresa o todo un sector es únicamente una cuestión de discurso, ya que en la práctica no existe ningún incentivo para cuidarlo, para la innovación, para satisfacer la demanda de un mercado ya inexistente. Los medios de producción y logística quedan obsoletos, se deterioran e incluso quedan inservibles, para renovarlos hay que superar las numerosas barreras y baches burocráticos, sin que nadie tenga un interés real en que funcione y la producción se lleve a cabo de manera correcta y eficiente. Sirva de ejemplo el caos burocrático que se generó en la URSS, de tal calibre que llevó a su desintegración en 1991 bajo el mandato de Mijaíl Gorbachov.

Fábrica de tractores en Stalingrado (URSS), 1937. Imagen tomada de pinterest.com

Por otro lado y no menos importante, eliminar la propiedad privada supone la supresión de la libertad personal, dado que la propiedad es la máxima expresión del yo, uno de los pilares y fundamentos básicos de la libertad individual. Si todo es del Estado, de los burócratas comunistas, no existe la posibilidad de mantener la autonomia y la libertad personal.

Otro de los graves errores en la doctrina del comunismo es la creencia en la supresión de las clases sociales como el remedio a los males del mundo, provocados por el capitalismo. Esto es una utopía, y como tal, el comunismo en sí es una utopía, porque volverán a generarse nuevas clases sociales entre los mismos trabajadores -incluso entre éstos habrá diferencias en su grado de poder y control sobre los recursos- y los burócratas que dirigen la maquinaria del Estado. Además, es inherente a la especie humana el ansia de poder, lo que hace imposible que los habitantes de la tierra se encuentren a un mismo nivel social y de igualdad -otra utopía-, dado que, inevitablemente, no faltará quien intente obtener poder y ascender sobre los otros, y de este modo, sacar provecho de un sistema lleno de resquicios.

Resumiendo, el comunismo es una doctrina política, social y económica que aboga por la eliminación de la clase empresarial mediante una revolución violenta por parte de los trabajadores, anulando toda posibilidad de generar riquezas, inversiones y progreso y provocando la quiebra del sistema económico, con un complejo sistema burocrático asociado que implica la supresión de la libertad personal y la inevitable aparición de nuevas clases sociales a partir de la abolición de las ya existentes, que es uno de los puntos fuertes de la doctrina.

Reflexiones del comunismo: no es amor, sino un elemento represor y de eliminación del enemigo. Imagen tomada de pinterest.com

Con todas estas características y virtudes, no es de extrañar que el comunismo -junto con el socialismo- sea un sistema económico, político y social que aún habiéndose puesto en práctica en sociedades alrededor de todo el planeta y sobre altísimos niveles de población, una y otra vez durante los últimos cien años, siempre haya obtenido como resultado un fracaso estrepitoso. Y no precisamente por errores personales o factores intrínsecos a los gobernantes, sino por los graves errores intelectuales de partida que hacen del comunismo una utopía inalcanzable. Y en la España del siglo XXI, es curioso y preocupante a partes iguales que haya que recordar estas sencillas verdades, que tumbarían cualquier intento de implantar esta doctrina en un país occidental, civilizado y que goza de un estado de bienestar afianzado. Una doctrina regada con la sangre de 100 millones de muertos a lo largo y ancho del planeta.

Hambre, miseria, racionamientos… la historia interminable del comunismo. Imagen de origen desconocido

Es francamente difícil de asimilar que a día de hoy puedan existir partidos políticos como Unidas Podemos, que defiendan semejante ideología, y que dicho partido político cuente con el voto y el apoyo de una parte de la población española, población que por cierto, ha nacido y se ha criado en el estado de bienestar citado antes, y que no han conocido tiempos peores. Un partido político que, al igual que todo el espectro de la izquierda española y global, al no poder apoyar sus creencias y acciones en el primitivo principio comunista de la lucha de clases -puesto que ha sido un fracaso absoluto-, utiliza los complejos temas de la identidad sexual, el racismo, la religión y el cambio climático como armas para generar conflicto en las sociedades y desestabilizar la civilización occidental.

Pablo Iglesias, actual líder de Unidas Podemos, al más puro estilo antisistema en una manifestación de la extrema izquierda. Imagen tomada de elconfidencialdigital.com

Un partido político que ha logrado, pese a ser ahora una fuerza política minoritaria en España -la cuarta por detrás de PSOE, PP y VOX-, ingresar en el gobierno de la Nación aupado por un presidente del ejecutivo del todo débil, incapaz y sin palabra, que negó repetidamente a Podemos y a su líder, Pablo Iglesias, asegurando una y otra vez que no dormiría tranquilo con éste último en el gobierno (¡!), arriesgando la estabilidad de España y su estado de bienestar, poniendo dentro del gobierno o muy cerca de él a personas cuyas declaraciones de ideales harían saltar las alarmas en cualquier sociedad moderna y civilizada, con unas ideas acerca del progreso que harían caer en la quiebra a la economía más robusta.

Porque como dijo Sir Winston Churchill, Primer Ministro del Reino Unido y uno de los vencedores de la II Guerra Mundial, “si pones comunistas a cargo del desierto del Sáhara, en cinco años habra escasez de arena”. Esperemos que la aparición de Podemos -ahora Unidas Podemos- sólo sea un error social puntual y que desaparezcan del panorama político tán rápido como han aparecido. Por el bien de España, de su pueblo y de Occidente.