La mala memoria histórica

Por Jesús García Jiménez

Hace casi 84 años, en 1936, dio comienzo una de las peores catástrofes que ha vivido España en su dilatada historia: la Guerra Civil. Un conflicto fratricida que dejó un balance de más de 600.000 muertos y 200.000 exiliados, muchos de ellos profesionales cualificados e intelectuales. Un desastre sin precedentes que enfrentó a dos bandos hermanos y que afectó, directa o indirectamente, a la totalidad de la población española de la época. ¿Por qué se llegó a este extremo, a la situación última de un enfrentamiento armado que dejó a España desangrada durante décadas? ¿Cuáles fueron las causas, los detonantes de esta catástrofe?

Una imagen de Gernika, tras el bombardeo del 26 de abril de 1937. Imagen tomada de elpais.com

España era, en los años treinta del siglo pasado, un país roto y disuelto, debido en gran medida a la ineptitud y corrupción de los líderes políticos de la llamada Restauración Borbónica (1874 – 1931), acreedores de una incapacidad absoluta a la hora de formar una sociedad moderna y estructurada que pudiese adaptarse a los nuevos tiempos que se avecinaban con la revolución industrial. Un país con un régimen tan nefasto como lo era el bipartidismo que lo regía, con una élite social que excluía a las clases emergentes -la pequeña burguesía- de la vida política y con un proletariado que cada vez estaba más influenciado por las peligrosas doctrinas derivadas de la revolución rusa, el comunismo y el anarquismo, cuyo rebufo llegaba a España y atemorizaba a la clase dirigente, potenciando, en gran medida, la afiliación de muchos a partidos y agrupaciones de carácter fascista, como estaba ocurriendo a lo largo y ancho de Europa.

Ya entonces, España adolecía de los malditos nacionalismos catalán y vasco nacidos a finales del siglo XIX, con una organización territorial nefasta que contemplaba los estatutos de autonomía del País Vasco y Cataluña, haciendo aún más evidentes las ya de por sí ancestrales diferencias regionales y creando un evidente malestar y nerviosismo en los grupos más conservadores, representados mayormente por el Alto Mando del Ejército.

La monarquía, liderada por Alfonso XIII, estuvo dedicada principalmente a hacer y deshacer gobiernos a su antojo, alentando e incluso favoreciendo una Guerra del Rif que costó más de 10.000 vidas de jóvenes españoles -las de los más pobres y sin recursos, claro- dirigidos por una oficialidad del todo inútil, incapaz y cobarde. Torpezas y desatinos constantes que terminaron en el exilio de la familia real tras las elecciones del 12 de abril de 1931 y que desembocaron en la proclamación de la II República.

Cadáveres de los jinetes del Regimiento Alcántara tras la batalla de Annual. Imagen tomada de abc.es

La Iglesia, aprovechando la desidia, irresponsabilidad e inacción del sistema político de la Restauración a la hora de cumplir con sus funciones, sobre todo en materia de enseñanza y sanidad, tomó las riendas y las órdenes religiosas, algunas de ellas expulsadas de Francia a finales del siglo XIX, se hicieron con el control en muchos de los aspectos de la vida política de la época, mostrándose muy reacia y recelosa ante cualquier cambio o avance que supusiera una alteración en su situación de poder. Todo esto fue desembocando en un movimiento anticlerical y de odio a la Iglesia que culminó con miles de religiosos masacrados, como parte de una persecución sin precedentes llevada a cabo por hordas enfurecidas y enloquecidas de comunistas y anarquistas.

Pese a que el programa político, demasiado ambicioso para la época por la grave crisis financiera que atravesaba el planeta, proponía una profunda modernización de España, lo único que consiguió fue enfrentar a los que temían perder sus privilegios y a los que estaban ansiosos por ver logrado lo que durante tanto tiempo se les había negado. Las disputas internas en el gobierno, con los socialistas radicales por un lado y los intelectuales y profesionales por otro, enfrentándose entre sí por la forma en como llevar a cabo dicho programa político, junto a al abismo ideológico entre socialistas -que abogaban por un cambio gradual a base de negociaciones- y anarquistas -que apostaban por la acción directa y violenta por parte de los trabajadores menos cualificados- llevó a una aún más inestable situación política y social que sobrepasó y superó por completo al gobierno de la República, acelerando de este modo la polarización y radicalización de una sociedad que no dudó a la hora de emplear la violencia entre bandos, produciéndose altercados y asesinatos que pusieron a España en la senda inevitable del conflicto armado.

Retrato de José Antonio con la indumentaria de la falange. Imagen tomada de upload.wikimedia.org

Ante este desolador panorama político, propio de un país que va en la deriva más absoluta, el ejército -más concretamente el Ejército de África-, con unos jefes y oficiales deseosos de intervenir para salvar a España de sus peligrosos enemigos interiores, los cuales aparecían ante la mayoría de los españoles como los principales culpables de las pérdidas de las colonias en 1898, pasó a la acción y el tristemente célebre 18 de julio de 1936 dio comienzo un conflicto que duró tres años y del que España tardaría varias décadas en recuperarse. 

Damos un salto en el tiempo para situarnos en 2019, ochenta años más tarde del final de la Guerra Civil Española. Ochenta años dan para mucho, incluso para olvidar una catástrofe de aquellas dimensiones. Porque eso es lo que parece haber ocurrido, que se ha olvidado absolutamente todo. El PSOE (Partido Socialista Obrero Español) ha ofrecido a la política y a la sociedad dos de los peores líderes que ha conocido el país en tiempos de la democracia. Por un lado, José Luis Rodríguez Zapatero, que dejó a España, tras ocho años de mandato, con un desastroso legado económico, una situación crítica desde el punto de vista presupuestario y unas cifras de paro realmente apabullantes. Y siete años después, en 2019, llegó Pedro Sánchez, empeñado en poner al actual partido político a la altura del nefasto y peligroso PSOE que tanta responsabilidad tuvo en el estallido de la Guerra Civil, abanderado entonces por Francisco Largo Caballero, uno de los personajes políticos más funestos y destructivos que ha tenido España a lo largo de su historia.

El PSOE de Sánchez, aupado con mentiras y falsas promesas a un poder al que se aferra como a la vida, apoyándose para ello en los comunistas de Podemos -pese a haberlos rechazado, despreciado y negado repetidamente meses atrás- y en el voto de independentistas catalanes y vascos -entre ellos partidos políticos con claros vínculos terroristas y criminales- que muestran un odio exacerbado hacia España y todo lo que representa. Un gobierno de coalición progresista -dicen ellos-, aunque en lo único que es evidente que progresan es en hacerlo todo mal y en su incapacidad para resolver cualquier tipo de crisis que se presenta, la última de ellas la crisis del coronavirus, una pandemia global que implicaba medidas y actuaciones rápidas y contundentes desde el primer momento y que como no, en España llegaron mes y medio tarde y después de haber permitido una manifestación -de carácter feminista- a la que asistieron más de 350.000 personas. Y todo esto, sabiendo que la expansión del virus estaba ya descontrolada en la capital del país.

Con la subida al gobierno de ese error social llamado Podemos -rebautizado recientemente como Unidas Podemos-, se ha puesto claramente en riesgo la estabilidad del país y su seguridad nacional. No olvidemos que está ahí porque el PSOE de Pedro Sánchez necesitaba apoyos para auparse al poder y poder ocupar así el sillón grande que todos quieren, y está ahí porque ha sido utilizado a la conveniencia para ese fin, dado que no hace mucho, el líder socialista renegó, juró y perjuró que nunca se aliaría con Pablo Iglesias, líder de ese peligroso grupo. La mentira, la desvergüenza y la poca ética en su máxima expresión. Y la formación de extrema izquierda, oportunista y viendo una oportunidad de oro para meter sus tentáculos en el gobierno e instaurar el desorden y el caos en la sociedad, aceptó pese a ser perfectamente consciente de haber sido despreciada y rechazada con anterioridad y que ahora era empleada como una mera herramienta para lograr formar gobierno.

El peligroso dúo formado por Pedro Sánchez (izquierda) y Pablo Iglesias (derecha). Imagen tomada de thecorner.eu

¿Y por qué es Podemos un partido que pone en riesgo la estabilidad y la seguridad nacional? Muy sencillo. Un partido formado por antisistemas lo único que busca es destruir al sistema, sea como sea y empleando los medios que sean necesarios. Ideología de extrema izquierda, comunistas, anarquistas, anticonstitucionalistas y antimonárquicos, un cóctel explosivo propio de lejanos tiempos convulsos y un peligro claro para la sociedad moderna y el estado de bienestar que hoy todos disfrutamos.

Un partido con amistades, tratos y negocios con otros países condenados y sancionados por la comunidad internacional, dictaduras comunistas que dejan desangrarse a su país y a su propia gente, matándola de hambre, sistemas políticos podridos hasta los cimientos y donde la corrupción es un pilar más del estado, con gobernantes díscolos amigos y socios de narcotraficantes, que se benefician y financian con narcodólares, dinero manchado de sangre que va, en definitiva, al apoyo de organizaciones cuyo único objetivo es desestabilizar occidente e instaurar regímenes totalitarios de extrema izquierda, de miedo, terror y miseria. En definitiva, agrupaciones políticas y gente que constituye un peligro claro para la sociedad moderna y avanzada.

Evo Morales, ex-presidente de Bolivia (izquierda) y Nicolás Maduro, presidente de Venezuela (derecha). Imagen tomada de bbc.com

¿Y qué decir de los independentistas, tanto catalanes como vascos? Ya no solo están causando un daño tremendo a la economía, a la convivencia y la unidad nacional, sino que están dando también una imagen de España nefasta en el extranjero, una imagen que este país no merece. Sociedades nacionalistas destructivas, dañinas y nocivas para cualquier estado.

Hemos sido testigos en los últimos años de actos verdaderamente vergonzosos por parte de estos partidos y grupos independentistas, desacatos constantes a la autoridad y faltas de respeto a España y a su sociedad. Partidos políticos como Esquerra Republicana de Catalunya, Junts per Catalunya, Bildu y Partido Nacionalista Vasco, sólo por citar a algunos de entre el enorme cáncer independentista que está mermando a España y al que también se suman gallegos, baleares y valencianos, forman un conglomerado liderado por personajes como el prófugo Carlos Puigdemont, el golpista Joaquín Torra, varios delincuentes encarcelados por delitos contra el Estado y su Constitución y algunos otros con claros vínculos -e incluso pasado- con bandas terroristas y criminales como la ya desaparecida E.T.A.

Joaquín Torra (izquierda) y Carlos Puigdemont (derecha), dos de los problemas de España. Imagen tomada de abc.es

Una banda de antiespañoles con un odio salvaje hacia España y todo lo que ésta representa, abanderada por los catalanes y con los vascos como lugartenientes, y a la que también se han unido, como ya he dicho antes, gallegos, baleares y valencianos en su esperanza de recoger alguna sobra de ese festín independentista que creen que alcanzarán pero que nunca llegará. Un independentismo que no es ni mucho menos moderno, sino todo lo contrario, un movimiento que remonta su nacimiento al último cuarto del siglo XIX y principios del XX, con ideólogos como los racistas y antiespañoles Vicenç Albert Ballester -catalán- y Sabino Arana -vasco- y que en el último cuarto del siglo pasado -un siglo después del nacimiento de este cáncer- fue rescatado y abanderado de nuevo por la organización terrorista y criminal E.T.A. en el caso de los vascos y por Jordi Pujol -que junto a su esposa, Marta Ferrusola i Lladós, y otros miembros de su familia está siendo investigado por los delitos de cohecho, tráfico de influencias, delito fiscal, blanqueo de capitales, prevaricación, malversación y falsedad documental- en el caso de los catalanes. O sea, la flor y nata de la sociedad al rescate del independentismo. Todo correcto.

Imagen tomada de bbc.com

¿Y qué decir de la llamada Ley de Memoria Histórica? Pues bien, la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura, que así es como se llama con nombres y apellidos, fue aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007, durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, que como presidente del Gobierno, destinó todo el poder del Estado y los recursos económicos de que disponía a hacer experimentos sociales fallidos y a ahondar en viejas heridas que deberían estar cerradas y enterradas por respeto a todos aquellos que, de un modo u otro, se vieron involucrados. Un gasto inútil e innecesario tanto en dinero como en material y tiempo que, en vez de ser empleado en los problemas que de verdad aquejan a España y que urgen porque son una necesidad social real, es empleado en localizar y desenterrar fosas comunes, rebautizar calles, discutir acerca del carácter ideológico del Valle de los Caídos, exhumar los restos de Francisco Franco… un verdadero despropósito y sobre todo, un insulto a la inteligencia y una clara provocación por parte de grupos de extrema izquierda y desestabilizadores sociales.

Y este gobierno de coalición socialcomunista PSOE – Podemos está empeñado en llevar esta ley a su máximo grado de ejecución. O al máximo grado de provocación y de desestabilización social. Porque ahondando en viejas heridas, solo se consigue desenterrar viejos fantasmas de otras épocas, convulsas y difíciles, muy lejanas de la época actual en la que aún -y espero que sea durante muchos años más- disfrutamos del estado de bienestar, ese en el que han nacido, se han criado y han hecho su vida todos los que ahora se cagan en España -que ahora está muy de moda-, todos esos antimonárquicos, independentistas, socialistas y comunistas que son dueños de mansiones y un Porsche y llevan relojes y cinturones de más de 1.000 euros -vamos, lo que vienen siendo comunistas de verdad que luchan por la clase obrera- y todas esas feminazis y femichonis cuya principal meta en la vida es odiar tanto como sea posible a los hombres -olvidando que sus padres y hermanos son, precisamente, hombres-. Un gobierno que está jugando peligrosamente con fuego de la manera más irresponsable posible, un gobierno cuyo único y dudoso honor ha sido agrupar a los personajes más ineptos e incompetentes de la política española para el padecimiento de la sociedad, que es, a fin de cuentas, la que paga los errores y las irresponsabilidades de un gobierno del todo incapaz y que parece estar deseando volver a los convulsos años de principios de la década de 1930. Porque la memoria histórica, si es la mala memoria histórica interpretándose y siendo utilizada por grupos políticos radicales, peligrosos y desestabilizadores, puede suponer la vuelta a tiempos muy oscuros y la ruina absoluta para una España que no merece estar gobernada por individuos y grupos que la odian, y cuyo objetivo no es otro que la aniquilación de los valores y la convivencia tal y como los conocemos a día de hoy. Ineptitud e incapacidad del gobierno, izquierda radical y comunismo en el poder, independentismo, descontento general en la sociedad… ¿le suena?