El virus más letal

Por Jesús García Jiménez

Son las 19:23 horas del día 13 de marzo de 2020. En este preciso instante en que estoy comenzando a escribir este artículo, estamos siendo sometidos a un bombardeo brutal y creo que sin precedentes por parte de los medios de comunicación y las autoridades acerca del CORONAVIRUS, sus peligros y formas de prevenirlo o, dicho de otro modo, de no contagiarse.

Los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos, y más concretamente, y cuyo nombre asusta bastante a los más pusilánimes, la ya famosísima y omnipresente COVID-19, es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente, desconocida antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.

Aquí no pretendo explicar o analizar científica o médicamente el virus en sí, lo que realmente pretendo es, a la vista de todo lo que nos está tocando vivir, analizar y reflexionar acerca del tremendo impacto socio-económico que la propagación de un virus puede tener y la situación de extrema vulnerabilidad de poblaciones, sociedades y gobiernos, desde los más poderosos a los más pobres del planeta, sin excepción alguna.

Y es que, lo que empezó como algo casi anecdótico en un país lejano, China, regido por una dictadura comunista cuya práctica común es poner un velo tras el cual nadie sabe con certeza qué ocurre, y donde la manipulación de la transparencia, de los datos y de las situaciones reales es algo inherente a aquel régimen, se ha convertido, a día de hoy y en palabras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en una pandemia global por el gran número de personas y países que han llegado a verse afectados.

Imagen tomada de nbcnews.com. Photo by Kevin Frayer/Getty Images. BEIJING, CHINA

Pero vayamos por orden, un orden que a mí personalmente, que he seguido la evolución de esta situación con atención desde el minuto uno, me parece que es el que mejor refleja dicha evolución hasta llegar a los acontecimientos que hoy estamos viviendo y que son, cuanto menos, muy delicados. El brote aparece en la ciudad china de Wuhan, propagándose con rapidez primeramente en un mercado de mariscos y pescados, y de ahí, con una velocidad vertiginosa -teniendo en cuenta el número de habitantes que hay en China- se extiende por todo el país, rápidamente traspasa fronteras primero hacia los países vecinos e inmediatamente y gracias al intenso tráfico aéreo que barre todo el planeta, hacia Europa, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda -entre otros muchos países de todos los continentes-. Y comienza el brutal bombardeo y acoso por parte de los medios de comunicación. Todas y cada una de las horas del día. Veinticuatro horas, siete días a la semana.

A mí siempre me ha parecido la de los medios de comunicación una labor encomiable, porque es verdad que, sin su trabajo y esfuerzo, posiblemente no nos enterásemos de mucho o casi nada de lo que ocurre en el mundo e incluso en nuestro entorno más próximo. Es una magnífica herramienta al servicio de la sociedad. O bueno, es así como debería ser. Pero no. Los medios tienen un enorme poder de difusión, un poder que empleado erróneamente puede ser dañino y destructivo. Los medios pueden meter el miedo y la sicosis en la población a base del bombardeo constante y con noticias que muchas veces están politizadas. Sí, politizadas. Porque no hay que olvidar que los medios tienen ideologías políticas y están a favor o en contra del gobierno de turno, y eso es palpable tan solo leyendo sus noticias y titulares. Tristemente se han convertido en poderosas herramientas al servicio de los gobiernos y los partidos políticos, que utilizan su enorme poder de difusión de la manera equivocada. Igual que siembran el miedo, pueden sembrar el optimismo y la positividad, pero no olvidemos que interesa más un pueblo asustado al que poder manejar como borregos y poder robarle y hacerle olvidar fácilmente las tropelías políticas cometidas, que un pueblo optimista y animoso, con la moral alta y al que no es fácil de doblegar. Los medios de comunicación los primeros culpables de esta situación de preocupación, miedo y sicosis que se está viviendo.

Imagen tomada de alertadigital.com

Y claro, este bombardeo continuo y despiadado, solamente a base de noticias negativas y funestas, empleando constantemente las palabras “virus”, “infectados”, “muertos”, “propagación” y “pandemia”, entre otras muchas, desembocó donde inevitablemente tenía que hacerlo: en el miedo, la sicosis y en muchos casos, el pánico. ¿Qué más podía esperarse de un pueblo aborregado y asustadizo? Ninguna otra cosa que verlo vaciar las estanterías de los supermercados, dejándolos sin existencias de conservas, pastas, arroz, papel higiénico, toallitas y jabones de mano, entre otros productos. Igual que si se avecinara un holocausto nuclear y tuviésemos que estar años encerrados en un búnker sin ver la luz del sol ni de la luna. Las mascarillas han sido otros de los ítems que han desaparecido de los stocks en las primeras semanas. Algo realmente desproporcionado y sin medida.

Y cuando la situación se está empezando a descontrolar y es evidente que el pueblo está nervioso y asustado, por decirlo de manera suave, los gobiernos empiezan a tomar medidas. Eso sí, ineficaces y a destiempo en muchos de los casos. Como por ejemplo en España. El control de las fronteras, con este gobierno de coalición PSOE – Podemos liderado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, es una utopía. Y claro, no podía ser menos en casos de emergencia como este. El tráfico aéreo no se ha cerrado, siguen llegando vuelos procedentes de Italia -el país europeo con más número de casos- todos los días y en gran número, sin ningún tipo de control a los pasajeros -dicho por ellos mismos- pese a las afirmaciones de que sí por parte de las autoridades. Una pasividad e ineficacia que llegó a su culmen cuando el gobierno, sabiendo que ya en Madrid la propagación del virus estaba descontrolada, permitió la manifestación de carácter feminista del 8M (celebrada el 08 de marzo de 2020). Cinco días más tarde, y cuando ya no hay otro remedio que esperar a que todo esto pase de la mejor manera posible y que no se cebe demasiado con la población, especialmente con los más vulnerables, el gobierno decreta el estado de alarma en España. Eso sí, la manifestación tuvo que celebrarse porque la foto, el postureo y darle el capricho a la nueva, belicosa e inexperta Ministra de Igualdad, era más importante que intentar mantener a raya a un virus que ya se sabía que estaba propagándose a una velocidad vertiginosa. Nunca antes lo tuvo un virus más fácil para expandirse y campar a sus anchas, entre miles y miles de personas -muchas de ellas vulnerables-. Eso sí, algunas ministras y políticas iban con sus guantes de color violeta para evitar el contagio. Si no fuese por lo serio de la situación, sería incluso gracioso. Pero no es gracioso. Es penoso y cuanto menos preocupante, el hecho de estar gobernados por un grupo de personas con unos niveles de irresponsabilidad e ineptitud que rozan lo imposible.

Aunque no solo hay que hacer referencia a España. Otros gobiernos, aunque con menos casos y con una gestión quizá algo mejor llevada, están actuando tarde o incluso están aún sin tomar las medidas que a todas luces deberían de estar tomándose. Como por ejemplo el Reino Unido, país en el que actualmente resido y en el cual me está tocando vivir toda esta situación. Aquí aún no se han cerrado colegios, bares o el transporte público, pese a que ya se ha aprobado la intervención de la sanidad militar en apoyo a la sanidad publica como medida de prevención. Es de suponer que el Reino Unido está esperando al último momento -e incluso está intentando evitarlo- para paralizar el país y obligar a cerrar comercios y lugares públicos y comenzar a limitar la libertad de movimientos de cara a prevenir contagios, con todo el daño económico que eso supone para el país, dado que el reciente Brexit ya está suponiendo un impacto en la economía que según los expertos será aún más notorio a partir del 2021. De momento, se limitan a decir por todos los medios posibles, que nos lavemos muy bien las manos y que si tosemos o tenemos fiebre que nos quedemos en casa. Pero de ahí todavía no han pasado.

Otros países tomaron medidas más extremas desde el principio: Estados Unidos cerró casi inmediatamente la frontera con China, impidiendo el tráfico aéreo con el país asiático, y la semana pasada supimos que cerraría las fronteras con la Unión Europea bloqueando también el tráfico aéreo. Francia intervino rápidamente tomando varias medidas, como por ejemplo prohibiendo las aglomeraciones de más de 1.000 personas y cerrando su tráfico aéreo con los países asiáticos que estaban viéndose afectados en gran medida por la propagación del virus. China, el epicentro de la pandemia, puso en cuarentena a 58 millones de personas durante las dos primeras semanas, Corea del Sur hizo 200.000 pruebas de detección entre la población más expuesta, Singapur ordenó al ejército repartir mascarillas entre todos sus ciudadanos, Italia y Alemania prohibieron todas las manifestaciones, concentraciones y actos públicos, y Rusia, el país con menos contagiados hasta el momento, cerró automáticamente fronteras con prácticamente el mundo entero, o lo que es lo mismo, se blindó desde el minuto uno.

Sin prestar atención a las teorías conspiratorias de todo tipo, que como siempre, abundan en estos casos producto de las mentes más imaginativas y aburridas, y aun no habiendo terminado toda esta locura -en el caso de Reino Unido y España no está haciendo más que empezar-, quedan al descubierto varios aspectos que deberían discutirse, y sobre todo mejorarse, de cara a posibles situaciones futuras y por el bien de todos y cada uno de los habitantes del planeta. Empezando por los medios, los cuales deberían ser más profesionales y saber manejar los datos y las estadísticas que tienen entre manos, y no tergiversar y dar pie a interpretaciones con las que lo único que se consigue es sembrar el miedo y el pánico entre la gente, a base de un bombardeo constante de noticias e información claramente politizadas. Utilicen ustedes su poder de difusión para crear un sociedad más fuerte y mejor, y no para convertir al pueblo en una manada de borregos que corren despavoridos a las primeras de cambio.

Por otro lado están los gobiernos, de los cuales queda claro a raíz de esta crisis que no están preparados, ni mucho menos, para manejar una emergencia de carácter global. Indecisiones, actuaciones erróneas y tardías, mala gestión de la situación, desconocimiento de la gravedad del asunto que están manejando… son factores que los líderes políticos y sus gabinetes se supone que deberían estar preparados para gestionar con un mínimo de garantías, quedando demostrado en la actualidad que no es así. Porque en la política, y hablamos a nivel global, hoy por hoy todo vale. Y eso trae unas consecuencias, a menudo nefastas.

Y qué decir del pueblo. De la sociedad. De la gente. De esa gente cuya estupidez, aborregamiento y miedo son su principal característica y carta de presentación. Esa gente que corre despavorida a los supermercados a vaciar las estanterías como si mañana fuese a comenzar un holocausto nuclear o algo peor. Eso sí, en seguida nos inventamos el hashtag #yomequedoencasa, creyéndonos que eso lo va a arreglar todo y olvidando que cuando todo esto pase, porque pasará en cuestión de semanas, nos enfrentaremos a una de las peores crisis económicas que haya vivido España -y quizás el mundo- en las últimas décadas, y olvidando también que esos mismos políticos que no supieron gestionar esta crisis -ni esta ni ninguna- seguirán ahí, utilizando sus buenas palabritas, sus postureos y sus sesiones de fotos, pero que también seguirán cometiendo tropelías políticas, cometiendo errores garrafales y siendo, sobre todo, una carga social y económica que debería ser, por decirlo de alguna manera, inasumible para la sociedad. Porque la clase política es, sin ningún género de duda, el virus más letal que existe para los pueblos que habitan este lugar maravilloso llamado Planeta Tierra.