El Mirador del Guarda

Por Jesús García Jiménez

A principios de la década de 1970, el pueblo era un lugar muy diferente de como lo conocemos hoy, con costumbres arraigadas propias de una sociedad rural dura que se resistía, por aquellos entonces, al desarrollo y a la modernización que en las grandes ciudades ya iba siendo algo común y habitual. Aun así, no todo era malo. Porque bien es cierto que las personas aprendían acerca del respeto desde el preciso instante en que adquirían conciencia de sí mismos, y valoraban lo que tenían, que solía ser, en general, muy poco, como algo digno del esfuerzo y los sacrificios que les había costado conseguirlo.

En aquellos días la tecnología, tal y como la conocemos hoy en día, no existía. Los niños no tenían videojuegos, smartphones o tablets con los que acceder en un abrir y cerrar de ojos a esa gigantesca red de información que es Internet, ni tampoco a las redes sociales que roban tantos minutos de nuestros días en los mejores casos y que en los peores, roban horas de sueño sacrificando el descanso, la salud y el bienestar. No, no existían. En su lugar existían las canicas, las pelotas, las bicicletas para los niños, las muñecas, los carritos y el elástico para las niñas. Juegos de la calle, con otros niños, en los que de forma involuntaria iban desarrollando la cualidad -tan necesaria en la vida adulta- de trabajar en equipo y los valores de la amistad, el compañerismo y la solidaridad.

Había entre esos niños un chiquillo de unos doce años, especialmente observador y con una tremenda curiosidad por todo aquello que le rodeaba, cuyo pasatiempo favorito era dar largos paseos por los bosques y los campos circundantes, siempre buscando nuevos lugares que descubrir y conquistar. Era capaz de pasar horas observando a los pájaros, cuando iban en su alegre e impredecible vuelo o cuando se posaban sobre las ramas de los árboles y le concedían, durante algunos instantes, el privilegio de poder observarlos con algo más de detalle y escuchar así sus alegres y fugaces melodías. Lo mismo le pasaba con los árboles, las plantas y las flores, de las cuales creía firmemente que sentían y padecían como las personas, creencia que le llevaba a respetarlas hasta el punto de casi no querer acariciarlas por miedo a marchitar esa belleza tan sublime que algunas de ellas poseían. Especial curiosidad le causaban los árboles, ya que sabía que algunos de ellos eran más jóvenes que muchas de las personas que conocía, como por ejemplo sus abuelos, pero sin embargo eran mucho más altos, fuertes y robustos. ¿Cómo podía ser aquello? Muchas horas pasaba observando los árboles e ideando teorías, razonamientos y justificaciones acerca aquel misterio que rondaba su cabeza. Y tanto tiempo pasaba a veces explorando, observando y razonando, que más de una vez le sorprendieron las horas de poca claridad en el campo y se ganó una buena reprimenda de sus padres cuando apareció en su casa, ya bien entradas las primeras horas de la noche.

Pasó un día que Joaquín, que así se llamaba el muchacho, estando inmerso en una de sus aventuras vio, no muy lejos de donde estaba y sobre un pequeño risco, a un hombre de mediana edad, vestido con uniforme verde caqui de estilo militar y una gorra teresiana del mismo color. Pese a su vestimenta y actitud, propias de alguien con un puesto de autoridad y que se sabe respetado, no fue demasiado duro con el chico cuando se percató de su presencia, limitándose a disparar algunas preguntas rápidas y directas: — ¿Qué haces por estos terrenos? ¿Vas sólo? ¿Dónde está tu padre? — Joaquín, acobardado al principio y no atreviéndose a acercarse, se limitó a responder: — Estoy sólo, he venido a ver los pájaros y las flores —. El hombre, ante la sencillez de la respuesta y el respeto, rozando el miedo, que enseguida observó en el chico, le dijo con voz más amistosa: — Ven aquí, no deberías andar sólo por estos lugares —. Joaquín avanzó hacia el hombre, y una vez estuvo a unos pasos de él, se atrevió incluso a mirarlo a los ojos. Para su sorpresa, vio que en su semblante no había enfado alguno, ni siquiera estaba serio. Porque ese señor que Joaquín pensaba que podía ser un soldado o un policía, le recibió con una leve sonrisa y una pequeña palmadita en la espalda, preguntándole: — ¿Te gustan los pájaros y las flores?

Ninguno de los dos imaginó que aquel primer encuentro no fue sino la semilla de una profunda y sincera amistad. Porque el hombre, un guarda forestal que tenía la tarea de vigilar y velar por los bosques que rodeaban el pueblo, vio en aquel muchacho al hijo que nunca tuvo y con el que pasar algunos ratos en la naturaleza, explicarle acerca de los pájaros y las flores que tanto le maravillaban y darle algún que otro consejo sobre la vida. Por su parte, Joaquín no veía en el guarda a un padre, pues ya tenía el suyo, sino que veía al maestro que en realidad no tenía, un adulto con autoridad pero afable, de buen carácter y con unos inmensos conocimientos acerca de la naturaleza que les rodeaba. Muchos fueron los ratos que pasaron juntos observando el campo, los bosques y las criaturas que los habitaban, descubriendo lugares nuevos -para el chico- que no hacían sino avivar aún más el ya de por sí inquieto espíritu del niño, siempre tan sediento de conocimiento. Joaquín escuchaba al guarda con la boca abierta, sinceramente impresionado de todo lo que el hombre sabía acerca de los árboles, las plantas y sus flores, los pájaros y otros animales. Y el guarda escuchaba al muchacho con simpatía sincera, a veces divertido con la inocencia y la sinceridad típicas de la infancia, a veces sorprendido de la perspicacia y la inteligencia que mostraba, ciertamente avanzada para su edad.

— ¿Ves aquellos pájaros que están posados en las piedras, a lo lejos, inmóviles y que parece que están durmiendo? — dijo el guarda una tarde, en uno de sus paseos por la sierra, señalando a un grupo de aves en la lejanía. — Se llaman buitres, y son los pájaros más grandes que te puedes encontrar por esta zona. Además, se encargan de hacer desaparecer los cadáveres de otros animales, porque se alimentan de la carroña, manteniendo el campo siempre limpio. Ahora los ves posados en las piedras, pero también los puedes ver posados sobre las copas de los viejos pinsapos, incluso los que ya están secos.
— ¿Y qué hacen ahí, en vez de estar buscando comida? ¿Siempre están durmiendo? — preguntó el muchacho, ante la vista de aquellos pájaros inmóviles que parecían rocas sobre las rocas.
— No, solo están esperando a que alguno de ellos que está vigilando, haya descubierto algún animal muerto y se ponga a volar en círculos. Esa es la señal: cuando un buitre hace círculos en el cielo, le está diciendo a los demás que ha encontrado comida y que bajen con él a comer.

En otra ocasión, estando los dos sentados una mañana clara en un punto alto que dominaba un paisaje natural de una increíble belleza, el guarda señaló las maravillosas vistas con las sierras, los bosques, los campos sembrados y el mismo pueblo como telón de fondo, y le dijo al muchacho:
— ¿Ves todo eso? Pues es nuestro patrimonio, la herencia natural que somos afortunados de tener y de poder disfrutar. Tenemos que amarlo y cuidarlo, para que las generaciones que vengan detrás de nosotros puedan tener nuestra misma suerte y puedan estar rodeados de este paraíso natural. Respétalo y piensa que los animales, las plantas y los árboles están vivos como tú y como yo y que todo esto que ves, es su casa.

Aquella amistad, que con el paso del tiempo se convirtió en un fuerte vínculo basado en el respeto, la admiración y el cariño mutuos, duró tanto que permitió al guarda ver cómo Joaquín se hacía un hombre y formaba su propia familia, y a Joaquín le permitió ver cómo el guarda se hacía mayor y que cada año que pasaba le costaba más andar por la sierra, hasta que llegó el día en que dejó de ser guarda forestal para poder descansar después de tantos años velando por el bienestar de los bosques y sus moradores. Ninguno de los dos se olvidó nunca del otro, manteniendo viva aquella relación tan especial que se fraguó durante años, y Joaquín, pese a tener su propia familia, nunca dejó de visitar al guarda siempre que pudo, en muchas ocasiones con su hijo, que miraba con la misma cara de asombro con la que miraba su padre, años atrás, al guarda, cuando éste respondía a las preguntas que el pequeño le hacía o le contaba anécdotas y aventuras de aquella época feliz en la que pudo disfrutar de la generosidad y el esplendor de la Madre Naturaleza.

Tan conocida y admirada fue aquella relación, llegando a simbolizar como pocas los valores de la amistad, el respeto, la lealtad y el amor por la Naturaleza, que años más tarde y por iniciativa del pueblo se hizo una estatua de un guarda forestal con un niño, para colocarla donde años atrás los dos amigos pasaron tantos buenos momentos hablando y observando el imponente escenario que por fortuna todavía hoy existe, recibiendo aquel lugar el nombre de Mirador del Guarda.