TOLEDO

Visita de dos días a la ciudad de Toledo, en la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha

Toledo, crisol de culturas en la Edad Media

Toledo es una ciudad hermosa, plagada de rincones mágicos y monumentos de casi todas las épocas que a nadie dejan indiferente. Su historia está forjada por conflictos y conquistas, por reyes, por eruditos y sabios, por la impronta de diversas culturas y religiones que durante una época gloriosa convivieron en paz y en armonía. Su ubicación, sobre un escarpado peñón rocoso flanqueado por el río Tajo, es una fortaleza natural, un importante enclave estratégico que ha sido objeto de deseo en conquistas acaecidas a lo largo de los siglos.

Los inicios de Toledo como asentamiento humano se remontan la Edad de Bronce, comenzando a ganar gran importancia geopolítica siendo parte de la antigua Carpetania, una zona geográfica en la que habitaron los pueblos carpetanos entre aproximadamente el siglo VI a.C. y la conquista de la península Ibérica por parte del Imperio Romano, entre los siglos I y II a.C. Fueron precisamente los romanos, tras haber sido conquistada por el general Marcus Fulvius Nobilior en el año 193 a.C., los que bautizaron a la ciudad con el nombre de Toletum, cuyo significado, en latín, viene a ser algo así como levantado o en alto

Tras los romanos llegaron los visigodos, y en el periodo comprendido entre 555 y 567 de nuestra era, el rey Atanagildo fijó la capital de su reino en Toledo. En el año 711 fue conquistada por el general Táriq ibn Ziyad, pasando a formar parte del dominio de los musulmanes, que la llamarían Tulaytulah, dando a la ciudad el aspecto y la estética mudéjar que aún hoy conserva, como puede observarse en los arcos de herradura, la decoración con ladrillo, la mampostería y las trabajadas ornamentaciones con motivos vegetales, geométricos o con inscripciones árabes, además del intrincado entramado de estrechas,  oscuras y empinadas callejuelas, muchas de ellas terminando en un muro sin salida. 

La ermita o iglesia del Cristo de la Luz, anteriormente mezquita de Bab al-Mardum

Tras varios años de asedio, la ciudad se rinde a los cristianos y el 25 de mayo de 1085 Alfonso VI de León entra en Toledo, acordando garantizar a los pobladores musulmanes la seguridad de sus personas y bienes. Fue tras la capitulación cuando llegó un periodo de esplendor cultural, social y político que dejaría en la ciudad una huella imperecedera en el tiempo, tolerándose la práctica religiosa de judíos y musulmanes y permitiendo a sus habitantes vivir en paz y armonía durante los siguientes doscientos años. De este modo, Toledo se convirtió en la Ciudad de las Tres Culturas y en un importante núcleo intelectual cuya fama y reconocimiento traspasó fronteras para ganar notoriedad en toda la Europa medieval.

En siglo XII, la civilización islámica poseía amplios conocimientos de disciplinas científicas tales como la medicina, botánica, geografía o farmacología, y también de materias como las matemáticas, la astrología, la astronomía y la filosofía. Con los mozárabes -cristianos que vivían en Al-Ándalus y conocían el idioma árabe-, los musulmanes y los judíos conviviendo en armonía, Toledo se constituyó en un importante centro de intercambio cultural, y el arzobispo Raimundo de Sauvetat aprovechó de manera inteligente esta situación para llevar a cabo diferentes proyectos de traducción cultural. Fue en este ambiente intelectual y de desarrollo del conocimiento donde tuvo su origen la famosa Escuela de Traductores de Toledo.

La palabra escuela puede llevar a equívocos y hacernos imaginar algo así como una institución física, un lugar en una época concretos donde un grupo de traductores se reunían para llevar a cabo su trabajo. Pero la realidad es que estos traductores no estaban centrados en una misma institución con una relación profesional establecida entre ellos, sino que lo correcto sería hablar de un movimiento intelectual y cultural, movimiento que atrajo a muchos eruditos europeos con sed de conocimientos que serían asesorados por los mozárabes, los judíos y los musulmanes que dominaban diversas disciplinas del saber.

Traductores de Toledo. Imagen tomada de evoluciontraduccion.blogspot.com

Fue con la llegada de Alfonso X el Sabio, amante de la ciencia y el saber, mecenas y autor, cuando el centro traductor que existía en Toledo alcanzó su máximo esplendor, especializándose principalmente en obras de astronomía y leyes. También fundó centros en Sevilla y Murcia, este último dirigido por el matemático Al-Ricotí, y hubo otros centros en Valencia y Barcelona. Por tanto, y como comenté antes,  no puede hablarse de una Escuela de Traductores como institución propiamente dicha, y ni siquiera vinculada únicamente a Toledo, sino de varias escuelas y en distintos lugares. Los trabajos de traducción fueron continuos y nutridos a través de proyectos abanderados por el Rey Sabio, manteniendo los centros de traducción con gran nivel de actividad entre 1250 y su fallecimiento en 1284.

Alfonso X el Sabio dialoga con médicos árabes, en una imagen sacada del libro La Medicina en Al Andalus. Imagen tomada de elpais.com

Se conocen algunos nombres de traductores, como el del toledano Domingo Gundisalvo y el del judío converso sevillano Juan Hispalense, quienes llegaron a colaborar, Juan traduciendo del árabe al romance castellano y Gundisalvo, del castellano al latín, obras del médico y filósofo persa Ibn Sina o Avicena -por su nombre latinizado-, del teólogo, jurista, filósofo y místico persa Algazel, del filósofo y poeta hispanojudío​ andalusí Salomón ibn Gabirol o Avicebrón, como era conocido por los latinos, del filósofo, médico, astrónomo y matemático andalusí Averroes, y obras de muchos otros intelectuales y eruditos de la edad de oro de las letras y las ciencias de origen islámico.

Gracias a este monumental trabajo de preservación del conocimiento, llegaron a Toledo, considerada la capital de la cultura en aquel tiempo, sabios desde toda Europa deseosos de aprender in situ de esos libros árabes que aportaban ideas y teorías revolucionarias en diversos campos de la ciencia y la filosofía. Ayudados por intérpretes mozárabes o judíos -como el lingüista, astrónomo, traductor y astrólogo toledano del siglo XIII Yehuda ben Moshe ha-Kohen- se empaparon de la sabiduría que contenían estos códices y la hicieron llegar al corazón de las universidades extranjeras del continente.

Una consecuencia de esta tarea fue que la lengua castellana, hasta entonces considerada como la lengua vulgar, se hizo de una amplia terminología científica y técnica -arabismos-, civilizándose, agilizando su sintaxis y haciéndose apta para la expresión del pensamiento, permitiendo la redacción de tratados de índole científica, filosófica y religiosa en la lengua  del Rey Sabio.

Estatua de Averroes en Córdoba. Imagen tomada de historia-biografia.com

Como ejemplo de la importancia de la labor de la Escuela de Traductores de Toledo, comentar que el actual sistema numérico decimal empleado internacionalmente y conformado por guarismos -los símbolos que representan las cifras con las que formamos los números- así como el número cero, fue desarrollado por los hindúes y recogido por el matemático, astrónomo y geógrafo persa Al-Juarismi en su libro Compendio de cálculo por reintegración y comparación, difundido a través del mundo islámico hasta llegar a Córdoba, siendo más tarde traducido al latín en Toledo por el italiano Gerardo de Cremona y desde ahí, difundido a su vez por toda Europa, sustituyendo al antiguo sistema de numeración romana.

Primera página del libro Compendio de cálculo por reintegración y comparación. Imagen tomada de es.wikipedia.org

Con todo lo dicho anteriormente, no es de extrañar que, durante la Edad Media, Toledo adquiriera una relevancia y renombre considerables en Oriente y que fuese la única ciudad española que aparece en el célebre conjunto de relatos de origen árabe Las mil y una noches, en un cuento que lleva por título “La leyenda de la mesa de Salomón” y en el cual se refiere la conquista del reino visigodo por parte de las fuerzas musulmanas que daría origen al Estado musulmán de Al-Ándalus. El relato comienza así:

“[…] Me han contado, oh rey feliz, que hubo una ciudad llamada Toledo que fue capital de un vasto territorio y poseía un alcázar que permanecía siempre cerrado. Cada vez que fallecía un rey cristiano, al sucederle otro, le ponían un candado más, y con eso la puerta llegó a reunir veinticuatro. Pero entonces ascendió al trono un hombre que no era de la casa real y quiso abrir los candados para ver aquello que tan celosamente se guardaba en el castillo. Los notables del reino trataron de impedirlo, se le opusieron y resistieron, pero el rey no les hizo caso y aunque le ofrecieron todo tipo de objetos de valor para evitar que abriese el alcázar prohibido, él no cejó en su propósito, diciendo que iba a ver lo que allí se custodiaba […]”.

Cuevas de Hércules, donde se ambienta la leyenda. Imagen tomada de leyendasdetoledo.com

La ciudad de Toledo llegó a crecer considerablemente durante la Edad Media, recibiendo privilegios reales y convirtiéndose en uno de los principales productores pañeros y de seda, acuñadores de moneda y fabricantes de armas. En 1492 los judíos son expulsados y los Reyes Católicos llevan a cabo una considerable reforma de la ciudad, construyéndose, entre otros importantes monumentos, el monasterio de San Juan de los Reyes, destinado a ser la tumba de Isabel la Católica -aunque finalmente fue enterrada junto a su marido Fernando el Católico en la catedral de Granada-. En 1519, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico nombra a Toledo como capital del Imperio Español y sede de la Corte, ostentado este título hasta el año 1561.

Monasterio de San Juan de los Reyes, mandado construir por los Reyes Católicos en 1476 en conmemoración del nacimiento de su segundo hijo, Juan -Juan de Aragón, Príncipe de Asturias- y de la batalla de Toro, en la que las tropas de Isabel y Fernando vencieron a los ejércitos del rey de Portugal, Alfonso V de Avís.

En ese mismo año el rey Felipe II trasladó la Corte y la capitalidad a Madrid, lo cual marcó el inicio del declive de la ciudad, perdiendo gran parte de su peso político y social, quedando reducida casi exclusivamente a la categoría de ciudad conventual y eclesiástica, en la que la órdenes religiosas pasaron a ocupar los antiguos palacios que otrora fueron habitados por la Corte y albergaron las funciones administrativas del Imperio. 

Durante la Guerra Civil Española, Toledo no fue una ciudad o enclave de importancia estratética para ninguno de los dos bandos, pese a que en ella tendría lugar uno de los hechos más trascendentales para el desarrollo y desenlace de la contienda, y al que me referiré más tarde cuando hable sobre el Alcázar. Como en la mayoría de los pueblos y ciudades españolas durante la guerra y la posguerra, la violencia, represión e intimidación fueron algo común entre los partidarios tanto de los republicanos como de los nacionales. 

Evacuación de civiles de la ciudad de Toledo durante la Guerra Civil. Imagen tomada de encastillalamancha.es

Tras esta horrenda guerra fratricida que golpeó a España, hundiéndola en la más absoluta miseria y de la que tardaría varios decenios en recuperarse y llegar a ser el estado moderno, avanzado y de bienestar que hoy conocemos -y que los políticos, como siempre a lo largo de la historia, se empeñan en destruir a base de delitos, intrigas, torpezas e ineptitudes-, llegaron mejores tiempos para la ciudad de Toledo. El 7 de diciembre de 1983 es elegida oficialmente sede de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, y en 1986 fue inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO (🔗) durante la Décima Sesión del Comité para el Patrimonio Mundial, que tuvo lugar en París, entre el 24 y el 28 de noviembre de 1986.

Por las calles del Barrio de la Judería de Toledo

Visitar Toledo y perderse entre las calles de su ciudad  histórica es volver atrás en el tiempo, evocar la época en la que fue la Ciudad de las Tres Culturas, donde cristianos, judíos y musulmanes convivieron -aunque no por mucho tiempo- pacíficamente e hicieron de este lugar un centro de sabiduría y conocimiento célebre y de referencia durante la Edad Media. Pasear por Toledo es ser testigo de la hermosa herencia de estas tres culturas, y tener el privilegio de poder admirar algunas de las joyas del patrimonio nacional -y mundial- de las que somos afortunados de poder disfrutar en nuestra época. Hay muchísimo por ver y visitar, tanto que en varios días sería imposible abarcar todo lo que esta ciudad puede ofrecer, así que a continuación hago una breve referencia de algunos de los lugares que pudimos visitar durante nuestra estancia de dos días, teniendo que dejar atrás otros no menos interesantes por falta de tiempo. 

Mirador del Valle

La primera tarde que llegamos a Toledo, paseando por la plaza de Zocodover, vimos el típico tren turístico que hace tours por la ciudad. Conscientes del poco tiempo del que disponíamos, nos montamos en el tren para hacernos una idea de cómo es la ciudad y dónde estaban ubicados los lugares de interés. Y de verdad que acertamos porque entre otros lugares, pudimos visitar este Mirador desde el cual se puede disfrutar de una de las mejores vistas panorámicas de Toledo, con el Alcázar y la Santa Iglesia Catedral Primada destacando imponentes y majestuosos. Bordeando la ciudad se puede observar el río Tajo, el Puente de Alcántara de origen romano, la conocida como Casa del Diamantista o el Puente de San Martín. Desde este balcón admiraron la ciudad personajes tan ilustres como Gustavo Adolfo Bécquer, escritor romántico del siglo XIX , además de artistas y viajeros de todos los siglos, épocas y procedencias.

Alcázar de Toledo

El alcázar de Toledo es una fortaleza cimentada sobre rocas, ubicada en la parte más alta de la ciudad, a 548 msnm. Su nombre es de origen árabe, siendo conocido durante la dominación musulmana de España como «Al Qasar», que significa «fortaleza», nombre acortado de «Al-Quasaba».

Se sabe que el edificio siempre fue un lugar fortificado, desde la época romana, pasando por los siglos de dominación musulmana y durante la Edad Media. La forma del actual edificio se la debemos al emperador Carlos V, mandándolo construir así -destruyendo para ello casi por completo el anterior castillo medieval que existía- para ser una residencia digna del hombre en cuyos dominios nunca se ponía el sol.

Alcázar de Toledo, al anochecer.

A lo largo de su historia ha sido utilizado como cárcel de la Corona, cuartel militar y taller sedero, antes de llegar a albergar la Academia de Infantería, y  ha sufrido varios incendios -intencionados unos, por accidente otros- que han dañado severamente y casi destruido totalmente el edificio en varias ocasiones.

Al inicio de la Guerra Civil Española, en 1936, tuvo lugar en la ciudad uno de los episodios más célebres de toda la contienda. Y es que pese a que Toledo permaneció en zona republicana al inicio del conflicto, se refugiaron en el Alcázar -entonces Academia de Infantería, Caballería e Intendencia- un grupo de militares y guardias civiles con sus familias, además de algunos civiles militarizados y personal eclesiástico. Al mando de este grupo estaba el entonces coronel José Moscardó, quien tras recibir amenazas por parte del bando republicano de que si no rendía la plaza, su hijo -al cual habían conseguido prender- sería fusilado, no sólo no cedió, sino que tras poder hablar por comunicación telefónica y tras escuchar de boca de su propio hijo el funesto destino que le esperaba si no se producía la rendición, le respondió: “Pues encomienda tu alma a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota”. El asedio terminó tras setenta días de resistencia, del 22 de julio al 27 de septiembre de 1936, cuando el general José Varela entró en Toledo al mando del Ejército de África, compuesto en su mayoría por efectivos del Tercio de Extranjeros -La Legión- y de las Fuerzas Regulares Indígenas -Los Regulares-. Al ser liberados, el coronel Moscardó pronunció las siguientes palabras: “Sin novedad en el Alcázar, mi general”. Al día siguiente fue visitado por el general Francisco Franco -jefe del bando sublevado-, y por este hecho se le ascendería a general y se le concedería la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar española al valor. El Alcázar quedaría casi totalmente destruido por las tropas republicanas, comenzando su reconstrucción en 1940 y finalizando en 1961 con la inauguración del monumento a los defensores del Alcázar durante la Guerra Civil, realizado por Juan de Ávalos.

Estado en el que quedó el Alcázar de Toledo tras el asedio republicano. Imagen tomada de actuall.com

En octubre de 1998 se convirtió en la sede de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, y desde julio de 2010 alberga la totalidad del catálogo del Museo del Ejército. 

Plaza de Zocodover

Esta magnífica plaza fue, desde la Edad Media,  el centro neurálgico de la vida social de la ciudad al tener la categoría de plaza mayor de la misma. El origen del nombre Zocodover proviene del árabe sūq ad-dawābb, cuya traducción al castellano viene a ser algo así como “mercado de bestias de carga”. Lugar de reunión para celebración de eventos y fiestas locales, también ha sido el lugar elegido para llevar a cabo autos de fe de la Inquisición e incluso ejecuciones públicas de reos castigados con la pena capital.

El arquitecto, matemático, geómetra y militar español Juan de Herrera -ampliamente conocido por ser el arquitecto director de las obras del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial bajo el reinado de Felipe II- se encargó del diseño de una parte de la plaza. 

Ha habido varios intentos de ensanche de la plaza a lo largo de su historia, la mayoría de ellos fracasados. En 1502 la reina Isabel de Castilla aprobó un proyecto de reforma, el cual pretendía ampliar la plaza hasta llegar al mismo Alcázar, aunque la enorme complejidad de la obra, las dificultades técnicas y los escasos medios de los que se disponían en la época, hicieron imposible siquiera comenzar el proyecto. A comienzos del siglo XVII se llevó a cabo el derribo de una serie de viviendas -al parecer de poco valor- que dificultaban la panorámica completa de Zocodover desde su parte superior hasta la inferior y viceversa. Durante la Guerra Civil en 1936, gran parte de la plaza quedó gravemente dañada -sólo quedó en pie el Arco de la Sangre, una puerta monumental de origen árabe llamada Bab-al-Yayl («puerta de los Caballos») ubicada en el lado Este de la plaza, conectando con la calle de Cervantes- debido a los bombardeos y los sucesivos incendios provocados duarante el asedio del Alcázar. Finalizada la guerra, Zocodover fue reconstruido en los años posteriores a la misma, retomando el aspecto que tuvo en los años previos a aquel negro capítulo de la historia de España.

Hoy día, en la plaza de Zocodover se celebran multitud de actos y festejos, siendo además un popular punto de encuentro para uso y disfrute de toledanos y turistas, una visita obligada por su belleza e indudable valor histórico.

Barrio de la Judería

A los barrios o zonas de una ciudad en la que se concentraban las viviendas y negocios de los judíos se les llamó Juderías. En algunos casos, llegó a estar determinado por ley como el lugar exclusivo para la residencia de este grupo étnico-religioso, aunque no fue así en Toledo, donde los judíos no estuvieron obligados a vivir necesariamente en el barrio.

Las Juderías surgieron en la Edad Media, dentro de sociedades segregadas en las que hubo una mayor o menor tolerancia -o persecución- religiosa, con lo que la segregación espacial, en forma de Juderías como un espacio propio, surgió bien por la discriminación por parte de comunidades mayoritarias -cristianos y musulmanes-, bien por el deseo por parte de las propias comunidades judías de mantener su identidad y forma de vida.

No es difícil, dando un paseo por este barrio tan peculiar de Toledo, dejarse llevar e imaginar a algunos de los hombres más poderosos e influyentes de la ciudad -intelectuales, artesanos, comerciantes, rabinos- caminando por sus estrechas callejuelas dirigiéndose a sus quehaceres diarios o a alguna de las diez sinagogas que en la Edad Media se erigían en el barrio para cumplir con los ritos diarios.

De los tributos pagados por su comunidad judía dependía en gran parte la riqueza de Toledo, de la cual se beneficiaban directamente las arcas reales. No en vano, la comunidad judía de Toledo llegó a ser, durante los siglos XII y XIII, la más rica, dinámica y poderosa del Reino de Castilla. Pero este aspecto no les salvaría de la persecución y la conocida como Masacre antisemita de 1391 o Revuelta antijudía de 1391, iniciada el 6 de junio de ese año en la ciudad de Sevilla y que se extendió a las ciudades de casi todos los reinos cristianos de la península ibérica, siendo especialmente violentas y sangrientas en las ciudades de Sevilla, Córdoba y Toledo. El médico y erudito toledano Juan Moraleda y Esteban escribió:

“…en Toledo fue secundado el hervor nacional y numerosos hebreos cayeron en la fosa, bien pasados por la hoguera, bien pasados por las armas blancas, ora despeñados, ora arrojados a las cisternas. Un considerable número de adeptos a la ley mosaica, sufrieron torturas tremendas, siendo degollados, hacinados, estrujados, deshechos en las mismas muelas, o piedras de sus molinos, enrojeciendo con sangre las aguas del Tajo por mucho tiempo”.

El final de la comunidad como grupo con identidad étnica y religiosa propia llegaría con la Expulsión de los judíos de España (🔗), ordenada en 1492 por los Reyes Católicos mediante el Edicto de Granada, decisión relacionada con la instauración de la infame Inquisición catorce años antes en la Corona de Castilla y nueve en la Corona de Aragón, creada precisamente para perseguir a los judeoconversos que no habían abandonado la práctica de su verdadera fe y dando lugar, según algunos historiadores, a uno de los capítulos más polémicos acaecidos a lo largo de la dilatada historia de España. Una patria que recordarían por siempre con el nombre de Sefarad y de la cual, para muchos, Toledo fue su capital. Cuenta la leyenda que algunos judíos se llevaron consigo las llaves de sus casas con la esperanza de poder volver algún día. Pero eso nunca ocurrió.

En la actualidad, la comunidad judía en Toledo es prácticamente inexistente. Aún así, debido al legado histórico y cultural de la que es heredera la ciudad, está incluida en la Red de Juderías de España – Caminos de Sefarad (🔗), una Asociación constituida por municipios en los que de algún modo u otro estas sociedades con estilos de vida, creencias y rituales propios dejaron su imperecedera impronta durante la Edad Media. Visitando este magnífico sitio web podemos asombrarnos al descubrir la inmensa herencia judía imperante por toda la geografía española, además de lugares mágicos, místicos y asombrosos repartidos por todo el barrio de la Judería de la ciudad de Toledo (🔗), conocida por muchos como la Jerusalén del Oeste, entre ellos las dos únicas sinagogas que resistieron los duros avatares históricos a los que fue sometida la comunidad -aunque finalmente se transformaron en Iglesias- y la Casa del Judío, situada en el corazón de la judería toledana, en la Travesía de la Judería, muy próxima a la calle Reyes Católicos. Aunque por falta de tiempo nos fue imposible siquiera pararnos a contemplarla -de lo cual me arrepiento y la dejo como visita pendiente para una ocasión futura-, dejo un enlace de interés (🔗) acerca de este monumento histórico, del cual cuenta la leyenda que perteneció al judío Ishaq, quien prestó dinero a la reina Isabel la Católica a cambio de sus joyas para financiar el viaje en el que se produciría el descubrimiento de América.

Sinagoga del Tránsito

La sinagoga del Tránsito, o sinagoga de Samuel ha-Leví, fue construida entre los años 1357 y 1363 por orden de Samuel ha-Leví, un poderoso miembro de la comunidad judía que llegó a ser consejero y almojarife -alto funcionario de la burocracia real encargado de la hacienda pública, o tesorero mayor- del Reino de Castilla durante el reinado de Pedro I de Castilla.

La construcción se realizó pese a la existencia en la época de la prohibición de erigir sinagogas, ya que fue permitida por Pedro I como agradecimiento por el apoyo y fidelidad de los judíos de la ciudad de Toledo al monarca en su lucha por la recuperación de la ciudad, tras el reinado de Enrique II de Castilla -Enrique de Trastámara-, siendo ésta la comunidad judía más rica e influyente de Castilla, como así lo refleja el hecho de que algunos de sus miembros ocuparon cargos importantes dentro de la Corte cristiana -como también ocurrió en la época árabe-.

En la Edad Media, Toledo profesaba una fe dominante, la cristiana, que convivía de forma “pacífica” con los mudéjares -término que deriva del árabe y que significa «doméstico» o «domesticado», un término despectivo en su origen empleado para referirse a los musulmanes que permanecieron viviendo en territorio reconquistado por los cristianos, aunque segregados en barrios llamados morerías- y los judíos, ambos minorías, facilitándose la conversión al cristianismo y prohibiéndose -y castigándose- la conversión a las religiones minoritarias. Esta convivencia alcanza su final cuando se lleva a cabo la expulsión de los judíos en 1492, siendo entonces la judería ocupada por la nobleza y el área de la sinagoga concedida por los Reyes Católicos a la Orden de Calatrava, construyéndose además un archivo para las Órdenes militares de Calatrava y Alcántara.

Tras pasar por la desamortización de Mendizábal (1836-1837), la cual apenas afectó al edificio aunque sí a sus bienes muebles, el rey Alfonso XII, apodado el Pacificador, declaró la capilla del Tránsito como Monumento Nacional en el año 1877.

En el año 1964 se decidió que la Sinagoga Samuel ha-Leví fuese la sede del Museo Sefardí (🔗), un museo de carácter estatal que conserva y transmite el legado hispanojudío y sefardí y que depende de la Subdirección General de Museos Estatales del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, tarea que viene desempeñando hasta el día de hoy.

Sinagoga de Santa María la Blanca

Este templo, ejemplo de cooperación entre cristianismo, judaísmo e islam, es también símbolo de la coexistencia de estas tres culturas en la ciudad de Toledo -y en gran parte de la península ibérica- durante la Edad Media.

Fue construida en el 1180 como sinagoga y durante siglos los hebreos acudieron a este templo religioso para orar y estudiar la Biblia, hasta que se produjeron los asaltos al barrio judío en 1355 y las matanzas de 1391. Veinte años más tarde, en 1411, la sinagoga pasaría a denominarse Iglesia de Santa María la Blanca, aunque todavía en nuestros días no es raro referirse a este lugar como la “Sinagoga de Santa María la Blanca”.

Se trata de una construcción mudéjar, erigida por constructores moros y que tuvo como “promotora” a la poderosa e influyente comunidad judía de Toledo. Finalizado el edificio, llegó a ser conocido como la Sinagoga Mayor y se convirtió en el principal centro de culto hebreo de la ciudad.

Cobertizo de Santo Domingo el Real

Se trata de uno de los cobertizos más importantes y largos de la ciudad, y es, en realidad, una vía pública cubierta sobre la que se comunican entre sí los diferentes edificios de los conventos de la zona, ya que las donaciones de casas antiguas hechas a través de los siglos obligaron a las congregaciones religiosas a construir pasos de comunicación por encima del nivel de las calles, y así no tener que salir al exterior para ir de un edificio a otro.

A mediados del siglo XVI, el corregidor toledano, por orden de Juana I de Castilla -Juana la Loca- dictó una ordenanza que mandaba derribar todos los cobertizos que no tuvieran la altura mínima para que pasara un caballero montado a caballo y armado con una lanza en posición vertical. La necesidad hace aflorar el ingenio y algunos vecinos hicieron gala de esta virtud, como el señor de Malpica, que rebajó el nivel de la calle de Santa Clara para no tener que hacer la obra de derrumbe en su cobertizo. El de Santo Domingo permaneció intacto dado que cumplió con los “requerimientos arquitectónicos” impuestos, y hoy día se puede admirar en perfecto estado de conservación uniendo los conventos de las Comendadoras de Santiago y de Santa Clara. En este último, cuenta la leyenda, se guardaban todas las llaves de la ciudad con las que se cerraban las puertas cada noche.

Este cobertizo, junto con sus aledaños, es la zona de Toledo perfecta para pasear, dejar volar la imaginación y sentir la historia, rodeado de conventos y junto a la plaza renacentista de Santo Domingo el Real, de principios del siglo XVII obra del arquitecto y escultor español Juan Bautista Monegro. En mi opinión, este puede ser perfectamente el Toledo misterioso y envuelto en el halo de leyenda que aparece en infinidad de libros -especialmente novelas históricas- y relatos.

Catedral de Santa María

Llamada también Catedral Primada de España (🔗) y Dives Toletana -la rica de Toledo-, este majestuoso edificio comenzó a construirse en 1226, bajo la protección del Rey Fernando III de Castilla “el Santo”, en un lugar dedicado tradicionalmente al culto religioso -ya existió en este mismo sitio un tempo visigodo y una mezquita musulmana-. No es difícil suponer que a lo largo de los años,  grandes constructores y artesanos de diferentes épocas trabajaron en esta compleja obra que llegó a extenderse sobre una parte del barrio de la Judería, el Alcaná -una calle en la que se concentraba lo más granado del comercio y que, aun después de expulsados los judíos, siguió siendo lugar señalado-. Muchas fueron las propiedades -de los judíos- expropiadas y derribadas para dejar lugar a la construcción del templo.

No son pocos los que afirman que la Catedral de Toledo es el edificio más grande y majestuoso iniciado en el siglo XIII en la península ibérica, con una mezcla de influencias francesas y españolas que hacen de esta construcción un monumento único en España. Un amplio templo con planta de salón de cinco naves, más ancha la central y crucero no saliente pero de gran anchura, rematada en la cabecera con una magnífica doble girola, continuación de las naves laterales, en la que podremos encontrar “el transparente”, retablo marmóreo que permite la entrada de luz a éste espacio.

Consta de cinco puertas para el acceso del público al interior del edificio: la puerta del Perdón, la puerta de la Torre (o del Infierno) y la puerta de los Escribanos (o del Juicio) en la fachada principal, y la puerta de los Reyes y la de los Leones. Posee una única torre con un magnífico campanario, que incluye la famosa “Campana Gorda”, con más de 18 toneladas de peso.

Iglesia del Cristo de la Luz

Durante la época de mayor esplendor del Califato de Córdoba, la ciudad de Toledo llegó a tener diez mezquitas, de las cuales la de Bab al-Mardum (llamada Iglesia del Cristo de la Luz (🔗) tras la reconquista) es la que en mejor estado de conservación ha llegado hasta nuestros días. Pequeño oratorio situado junto a una de las puertas del recinto amurallado, para uso de los recién llegados a la ciudad o para la preparación de cara al viaje de salida, fue construida en el año 999, tal y como figura en la inscripción de su fachada de acceso descubierta en el año 1899. 

En el año 2006, cuando el Consorcio de Toledo abordó la rehabilitación del monumento y durante la búsqueda de la cloaca romana que se apreciaba en el exterior del edificio, se descubrió el pavimento de la vía que transcurría justo por debajo de la mezquita. Gracias a este hallazgo, es posible contemplar en la actualidad casi cincuenta metros de calzada romana construida en el siglo I d.C.

Una leyenda alrededor de este templo medieval cuenta que cuando los ejércitos cristianos entraron en la ciudad, el caballo del monarca cayó de rodillas al llegar a la altura de mezquita. Tras varios intentos infructuosos por parte del rey para que su corcel se incorporara, finalmente se interpretó como una señal divina, hecho que llevó a excavar en el interior del edificio, donde se halló la imagen de un Cristo Crucificado junto a una lamparilla de aceite que había permanecido encendida durante más de 300 años, oculta en este lugar por los cristianos toledanos para evitar su profanación por parte de los musulmanes durante la ocupación de la península ibérica.

Iglesia de Santo Tomé

La Iglesia de Santo Tomé (🔗) -o de Santo Tomás Apóstol- está en pleno centro histórico de Toledo, y fue fundada tras la reconquista cristiana de esta ciudad por el rey Alfonso VI de León, llamado “el bravo”.​ Antigua mezquita, fue utilizada como iglesia cristiana sin llegar a hacérsele demasiados cambios, ya que durante la toma de la ciudad no se destruyeron los edificios ya existentes de la época musulmana.

A principios del siglo XIV, y debido al estado ruinoso en el que se encontraba, la iglesia fue totalmente reedificada a cargo del noble español Gonzalo Ruiz de Toledo, IV señor de la villa de Orgaz, transformándose el antiguo alminar de la mezquita en un campanario de estilo mudéjar.

En su interior alberga el famoso cuadro El entierro del Conde de Orgaz, de El Greco, un óleo sobre lienzo de 4,80 x 3,60 metros pintado en estilo manierista entre los años 1586 y 1588, y considerada una de las más célebres y admiradas obras de este autor.

Monasterio de San Juan de los Reyes

Considerado por muchos como uno de los templos góticos más bellos de España (🔗), este edificio fue concebido en su origen como el lugar destinado al descanso eterno de los Reyes Católicos, bajo el patrocinio de la reina Isabel I de Castilla en conmemoración de la victoria en la batalla de Toro y del nacimiento de su segundo hijo, el príncipe Juan.

Se construyó en solares cedidos por caballeros nobles,  bajo la dirección del arquitecto Juan Guas, procedente de Bretaña y llegado a Toledo muy joven, curtido y experimentado en proyectos de gran envergadura como la Catedral, el castillo de Belmonte, la catedral de Ávila o el castillo de Manzanares el Real, entre otros.

Vista en perspectiva del Monasterio. Imagen tomada de Google Maps

Un incendio en 1808, durante la guerra de la independencia, destruyó el retablo original, la biblioteca y el edificio de la comunidad que contenía un segundo claustro. Las desamortizaciones del siglo XIX afectaron al templo, siendo expropiado y pasando a convertirse en la parroquia de san Martín de Tours, derribándose el santuario primitivo debido a su estado ruinoso y el claustro cedido a la Comisión de Monumentos para la instalación de un Museo. En 1954 fue entregado a la Orden Franciscana y en 1977 se restauró la vida religiosa en el monasterio.

Puerta de Alcántara

Es uno de los accesos al interior del centro histórico de la ciudad, a través del lado Este de la muralla que lo rodea. Está ubicado junto al puente de Alcántara, separado de éste por la calle Ronda de Juanelo. 

Ocultada por construcciones posteriores y olvidada en el tiempo desde el siglo XVI, apareció a principios en 1911, muy deteriorada y en estado ruinoso, al derribar varias viviendas que tapaban la presencia de este monumento histórico.

Es de origen árabe, aproximadamente del siglo X, y sufrió importantes modificaciones tras la reconquista cristiana. Debió tener una gran relevancia política, económica y social para la ciudad durante la Edad Media, al estar enclavada en un lugar de gran afluencia para personas y mercancías. Es una construcción con las características típicas de la ingeniería militar hispanomusulmana, con un vano en forma de arco de herradura flanqueado por dos torres, cuadradas y almenadas.

Fue declarada monumento nacional bajo la denominación de Puerta de la antigua Plaza de Armas del Puente de Alcántara que daba entrada a la ciudad junto a otras puertas, torres, murallas y puentes de la ciudad en el año 1921, ostentando en la actualidad el estatus de Bien de Interés Cultural.

Puerta de Alcántara. Imagen tomada de flickr.com

Puerta Nueva de Bisagra

Esta puerta, de carácter monumental (🔗), da acceso al centro histórico de Toledo por su lado norte. Se cree que es de origen árabe o mudéjar, y sufrió una reconstrucción a mediados del siglo XVI.

La constituyen dos cuerpos independientes unidos por muros almenados, los cuales forman un patio entre ellos en el que se encuentra una estatua de Carlos V.​ La construcción externa es en arco de medio punto con sillares almohadillados, sobre el cual se exhibe el escudo de la Ciudad Imperial de Toleo, con el águila bicéfala coronada con la escultura de un ángel custodio.Flanquean el arco dos grandes torreones de planta semicircular. El cuerpo ubicado al otro lado del patio tiene una puerta en arco de medio punto, flanqueado a su vez por dos torreones de planta cuadrada rematados cada uno de ellos por una cubierta piramidal.

Puerta Antigua de Bisagra o Puerta de Alfonso VI

Este acceso al casco histórico de la ciudad está ubicado a unos ciento cincuenta metros a oeste de la Puerta Nueva de Bisagra. Se cree que para su construcción, que data del siglo X, se aprovecharon restos de edificaciones existentes, habiendo sufrido varias modificaciones de estilo mudéjar posteriores al siglo XIII.​

Pese a que durante la época musulmana esta puerta fue una de las entradas principales a la ciudad, cayó progresivamente en el olvido tras la construcción de la Puerta Nueva de Bisagra, y permaneció cerrada abriéndose únicamente para ocasiones señaladas. Fue totalmente relegada y abandonada durante siglos, hasta que en el año 1905 se procedió a su restauración y reapertura.

Puerta Antigua de Bisagra o Puerta de Alfonso VI. Imagen tomada de commons.wikimedia.org

Puerta del Cambrón

Esta entrada da acceso al interior del centro histórico de la ciudad por su lado oeste. Conocida históricamente como Puerta de los Judíos, se cree que el nombre tiene su origen en unos arbustos espinosos que crecieron en lo alto de las ruinas de una de las torres, antes de la reconstrucción de 1576.​ Está catalogada como Bien de Interés Cultural.

Erigida originalmente sobre los restos de una puerta visigoda y actualmente de estilo renacentista, posee una planta cuadrada con dos pares de torres y dos arcos en piedra y ladrillo. Durante la Guerra Civil Española la puerta sufrió desperfectos y daños, siendo reconstruida tras el final de la contienda para darle el aspecto que posee en la actualidad.

Puerta del Cambrón. Imagen tomada de commons.wikimedia.org

Puerta del Sol

Esta magnífica y monumental entrada de estilo mudéjar y gran influencia nazarí, fue construida por la Orden de San Juan -conocida también como Orden de los Caballeros Hospitalarios- para dar acceso a la ciudad amurallada de Toledo. 

Se trata de una puerta de albarrana, ya en sus orígenes era una torre albarrana del siglo X, es decir, formaba parte de un recinto fortificado con el que estaba comunicada, aunque exenta de la muralla​ y conectada a esta mediante un pequeño arco o puente, lo que facilitaba su destrucción en caso de que la torre cayese en manos del enemigo.

Construida a finales del siglo XII, es la puerta de acceso más antigua de la ciudad, aunque la mayor parte de lo que hoy en día se conserva es del siglo XIV. A través de ella se accede a la medina o núcleo histórico árabe. Su nombre se debe al Sol que está representado en el interior del escudo triangular, junto a la Luna.

La Puerta del Sol es una de las puertas más hermosas de la ciudad y uno de los monumentos más fotografiados de Toledo. Y ciertamente no deja indiferente a nadie, si se visita conociendo un poco su historia y se deja a la imaginación fluir para sumergirnos en el bullicio de sus calles medievales, del que un día fuera testigo esta fantástica construcción de origen militar.

Puente de Alcántara

El puente de Alcántara (del árabe al-qanţaratu, cuya traducción al castellano es “el puente”) es una obra de paso sobre el río Tajo bautizada con el mismo nombre que el espectacular puente situado en tierras extremeñas -y del cual haré un artículo dedicado en exclusiva, dado su trasfondo histórico y sus características técnicas-. Probablemente tiene su origen en la época romana, consistiendo su estructura original en un conjunto de tres arcos de los que hoy solo quedan dos. En la actualidad se puede observar un impresionante muro de acompañamiento en el lugar donde debió estar el tercero de los arcos, en la zona que forma la mejor base posible para una estructura: la roca.

Gravemente dañado y reconstruido en el siglo X, en la época del militar y político andalusí Almanzor – canciller del Califato de Córdoba y hayib o chambelán del califa Hisham II-, y con varias restauraciones y modificaciones posteriores -impulsadas unas veces por conflictos bélicos que afectaron a la estructura, otras veces por motivos naturales (las violentas riadas del río Tajo)-, su aspecto actual data de mediados del siglo XIII, cuando fue reconstruido siendo el monarca Alfonso X el Sabio, periodo al cual también pertenece el torreón occidental, luego modificado y decorado bajo el reinado de los Reyes Católicos. Como curiosidad, en este torreón puede observarse su escudo de armas, aunque incompleto, pues en él falta el fruto de la granada, dado que la Reconquista aún no se había culminado cuando se acometieron las obras, en la segunda mitad del siglo XV.

El torreón que existió en la parte oriental del puente fue derribado debido a su estado ruinoso y en su lugar se construyó, en el año 1721, el arco triunfal barroco que puede verse hoy. El conjunto fue declarado monumento nacional en 1921.

Escudo de armas de los Reyes Católicos aún incompleto, pues en él falta el fruto de la granada, añadido más tarde tras la culminación de la Reconquista.

Puente de San Martín

Este soberbio puente (🔗) fue erigido en el siglo XIII, sustituyendo a otro de barcas ubicado en sus inmediaciones. Para su construcción, se cree que pudo tomarse como modelo el puente de Alcántara situado en la zona oeste de la ciudad, aunque dada la mayor anchura del río Tajo en el lugar donde se asienta, tuvieron que proyectarse hasta un total de cinco arcos.

Destruido durante la Primera Guerra Civil Castellana, conflicto que se produjo entre los partidarios del rey Pedro I de Castilla, el Cruel para la nobleza o el Justiciero para el pueblo llano, y los partidarios de Enrique II de Castilla, fue reedificado en sillería por orden del obispo Pedro Tenorio, hacia 1390, que hizo construir el gran arco central y los dos torreones almenados de los extremos. Posteriormente sufrió de varias reformas, ensanchándose sus accesos y pavimentándose. 

El torreón oriental ha sido objeto de numerosos añadidos y reformas a lo largo de los siglos, mientras que el occidental conserva su estilo mudéjar de bóvedas nervadas y arcos ojivales y de herradura.

Al igual que el Puente de Alcántara, al otro lado de la ciudad, fue declarado Monumento Nacional en 1921.

Puente de San Martín. Imagen tomada de turismo.toledo.es
Superficie peatonal sobre el puente, con el torreón oriental al fondo de la imagen.

Castillo de San Servando

Esta construcción está ubicada sobre una colina al otro lado del río Tajo, al Este de la ciudad y junto a la Academia de Infantería de Toledo.

Se sabe que se construyó sobre las ruinas de un monasterio visigodo, fundando probablemente en el siglo VII. En el siglo VIII Toledo fue conquistado por el Califato Omeya y el antiguo monasterio pasó a ser una fortaleza árabe.

En 1085 Toledo fue conquistado por los ejércitos cristianos del Rey Alfonso VI de Castilla, bajo cuyo mandato se reconstruyó la estructura para convertirla en un alcázar.

En 1110 es destruido durante un ataque de los almorávides, siendo más tarde donadas las ruinas del complejo a La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, también llamada la Orden del Temple, a la cual pertenecían los famosos monjes guerreros Caballeros Templarios, por parte del rey Alfonso VIII de Castilla. La Orden reconstruyó el conjunto para convertirla en fortaleza para la protección del Puente de Alcántara. 

Durante los siguientes siglos desapareció la amenaza de invasiones musulmanas y la Orden del Temple fue disuelta, con lo cual el Castillo de San Servando perdió su importancia y cayó en el olvido y el abandono.

Llegados al siglo XIX, el castillo no era más que un conjunto de pintorescas ruinas a punto de ser demolidas. En 1874 fue declarado Monumento Artístico Nacional y se procedió a su restauración y conservación, habiendo servido hasta el día de hoy como colegio menor, sede de las Cortes de Castilla-La Mancha, residencia universitaria, albergue y lugar de celebración de cursos y conferencias. 

Como siempre ocurre, es imposible hacer una visita que abarque toda una ciudad en tan sólo un par de días. Esto es si cabe más difícil en una ciudad como Toledo, con una herencia histórica y patrimonial tan vasta que ni siquiera en una semana bastaría para ver todo lo que este maravilloso lugar puede ofrecer. Monumentos religiosos, estructuras de ingeniería, arquitectura militar, fortalezas, museos, barrios enteros, miradores y balcones con espectaculares vistas… Ni siquiera una semana sería suficiente. Pero sí que es verdad que en dos o tres días podemos hacernos una idea de la grandiosidad de esta ciudad, del lugar privilegiado que ha ocupado en el corazón de reyes, emperadores e imperios, ciudad que un día fue ejemplo de la convivencia armoniosa entre culturas y credos que hoy en día se enfrentan y matan en guerras fratricidas. Ciudad que llegó a ser, en sus años más gloriosos durante la Edad Media, la capital del mundo del conocimiento y el saber. Un lugar en el que a cada paso que damos, en cada esquina que giramos, nos asalta la historia y nos empuja a sumergirnos en épocas y capítulos cruciales que forjaron la España que conocemos hoy. Toledo, la Jerusalén de Occidente, una ciudad mágica acerca de la cual se han vertido ríos de tinta y que ha sido protagonista de novelas, cuentos y leyendas, y que por méritos propios, ha sido y es visita obligada para viajeros de todas las épocas y procedencias. 

Muralla árabe
Entre los siglos XV y XVII, la industria toledana relacionada con la fabricación de espadas llegó a ser considerada como la mejor de Europa
Uno de los magníficos balcones y miradores que podemos encontrar en la ciudad de Toledo. Monumento en homenaje a El Greco, con la inscripción DOMINICO THEOTOCOPVLI / CANDIA / TOLEDO MDCXIV

Para finalizar este artículo, me gustaría hacer mención de una fantástica colección de fotografías tomadas en Toledo, en noviembre del año 1962, por parte de Åke Åstrand, un fotógrafo sueco que pasó una semana de vacaciones en la ciudad y que, sin dirigir su objetivo hacia la catedral, los grandes monumentos o edificios singulares, consiguió unas maravillosas instantáneas de la vida cotidiana del Toledo de los años 60 reflejando unas escenas tan simples, pero a la vez tan intensas, como varias vecinas charlando en la esquina de alguna calle, un grupo de hombres conversando animadamente o simplemente apoyados en un murete dejando pasar el tiempo, un puestecillo de chucherías, un burro esperando paciente en la puerta de una vivienda, algunos de los pocos vehículos motorizados que circulaban en la época… Escenas que hoy ya no existen o que son muy difíciles de observar en unos tiempos, los actuales, en los que la tecnología digital, las redes sociales o el aislamiento habitual en las grandes ciudades han minado las relaciones sociales y humanas, hasta el punto de ser casi inexistentes en muchas ocasiones. 

Aquí dejo en enlace a la web del Archivo Municipal en la que se puede disfrutar de estas magníficas imágenes, acompañadas de un texto explicativo acerca de la galería fotográfica y del autor de la misma. Merece la pena echar un vistazo y revivir aquella época, en la que todavía cosas muy simples eran el objeto de una tremenda ilusión. 

Toledo en las fotos de Åke Åstrand [1962]