Monasterio de San Jerónimo de Yuste y Cementerio Militar Alemán

Visita al Monasterio de San Jerónimo de Yuste y al Cementerio Militar Alemán, en la provincia de Cáceres, Extremadura

Patio Oeste del Monasterio de San Jerónimo de Yuste. Por entre sus arcos y jardines paseó, rodeado de paz y tranquilidad, el que fue el hombre más poderoso de su tiempo.

Como parte de un viaje más largo, de varios días, que abarcaba la visita a otra ciudad ubicada en el centro de la península, decidimos acercarnos a este rincón de Extremadura y contemplar el que fuera hogar del emperador Carlos V durante sus dos últimos años de vida. El hallazgo del cementerio fue por pura casualidad, ya que no conocíamos su existencia pese a estar ubicado escasamente a cinco minutos andando del Monasterio, un camposanto muy curioso en mitad de la España rural y profunda. Así que tras finalizar la visita en la antigua residencia real nos dirigimos al cementerio, y aunque tuvimos que retrasar el viaje programado de vuelta a casa, resultó ser una parada acertada por tratarse, en mi opinión, de una verdadera joya oculta de indudable encanto y valor histórico.

Es perfectamente posible hacer la visita a ambos lugares en un mismo día, no ocupando en total más de tres o cuatro horas, a lo sumo. El Monasterio merece la pena verlo de forma guiada, de este modo es más fácil empaparse de las características del conjunto, su historia y los hechos curiosos que le rodean. Luego cabe la posibilidad de pasear a nuestro aire y contemplar más tranquilamente, sentarnos a descansar, tomar fotografías, anotaciones… 

Para conocer los orígenes del Monasterio de San Jerónimo de Yuste y los motivos de su fundación, tenemos que remontarnos a principios del siglo XV, cuando dos ermitaños anacoretas abandonaron el lugar en el que moraban con la idea de buscar un lugar todavía más apartado donde poder hacer su vida contemplativa y de oración. Un vecino de Cuacos, hombre de gran religiosidad, les hizo una donación de tierras el 24 de agosto de 1402, en las cuales se construiría el edificio -antepasado- del actual Monasterio.

Los inicios fueron muy humildes, con una congregación de ermitaños y monjes dedicados por entero al precepto del trabajo -labrar y cultivar la tierra, trabajar en la herrería, zapatería, panadería…- y la pobreza. Con el correr del tiempo fueron adquiriendo notoriedad, creciendo la congregación en número y ganando el favor de nobles y monarcas, llegando no sólo a conseguir la bula papal necesaria para construir formalmente un monasterio y establecerse bajo la advocación jerónima y la regla agustina, sino que llegarían a poseer numerosas propiedades repartidos en las tierras de Trujillo, Plasencia y Aldeanueva, entre otras. Aún así, dos eran los principios fundamentales de la comunidad: la del silencio en el recogimiento de los hermanos en las celdas y su condición eremítica.

Fue en el siglo XVI cuando el Monasterio gozó de mayor esplendor y reconocimiento. El edifico que hoy podemos contemplar atestigua la importancia que tuvo el convento en aquellos tiempos. Su construcción se llevó a cabo entre 1509 y 1525, siendo bendecido el 16 de julio. Sabemos, gracias al monje cronista del siglo XVII, que las obras estuvieron plagadas de dificultades provocadas por las corrientes de agua subterráneas que circulan bajo el edificio, por la escorrentía natural del terreno, haciendo peligrar en numerosas ocasiones la estabilidad de la estructura.

A lo largo del siglo XVI se edificarían nuevas construcciones, viéndose acrecentado con la construcción de un segundo claustro derivada de la necesidad de espacio surgida con el aumento en número de la congregación religiosa.

Sin duda alguna, lo mejor que le pudo pasar al Monasterio es que fuese elegido por Carlos V como lugar de retiro para sus últimos años de vida, ya que este hecho ha sido fundamental para el mantenimiento, conservación e incluso supervivencia en el tiempo del conjunto monumental. El emperador, hombre fuerte y curtido en mil batallas, estuvo aquejado de fuertes ataques de gota a mediados del siglo XVI. Su salud se debilitó y resintió lo suficiente como para empujarle a abdicar en favor de su hijo Felipe II y retirarse a una vida contemplativa y de mayor tranquilidad, alejado de los siempre difíciles asuntos de Estado.

Carlos V y Felipe II. Imagen tomada de museodelprado.es

En el año 1543, Carlos V encarga a una comisión la búsqueda del lugar más adecuado para su retiro. Con varias opciones sobre la mesa, Carlos V, probablemente influenciado por D. Luis de Ávila y Zúñiga, que residía en Plasencia y era fiel servidor suyo -sirvió como su embajador en Roma, lo acompañó en la guerra de Túnez, tomó parte con él en su lucha contra la Liga de Esmalcalda y en la batalla de Mühlberg en 1547- se decide finalmente por este apartado lugar de Extremadura. El Emperador no quiso dejar nada al azar, preocupándose en dejar constancia por escrito de cómo quería que fuera su casa del Monasterio de Yuste.

Después de un duro viaje -como lo era cualquier desplazamiento largo en aquella época- desde Bruselas hasta el puerto de Laredo (Santander), en el cual tocó tierra el 28 de septiembre de 1556, y tras cruzar media España hasta Extremadura en varias jornadas, llegaría al puerto de Tornavacas, hoy en día un importante enclave en la denominada Ruta Imperial o Camino imperial de Yuste, siendo cruzado por el monarca y su séquito, no sin dificultad, por la antigua calzada romana de la que aún hoy pueden verse algunos restos. En este lugar, y según sus cronistas, pronunciaría las famosas palabras: Ya no franquearé ningún otro puerto si no es el de la muerte. El 3 de febrero de 1557 llegó al Monasterio, siendo recibido por 53 frailes jerónimos acompañados por el alegre repique de las campanas.

El palacio de Carlos V en Yuste es la única residencia real que perdura en Extremadura tras la desaparición de la que existió en el Real Monasterio de Guadalupe, construida en tiempos de los Reyes Católicos. Las obras de construcción fueron dirigidas por Gregorio de Robles Toledano, famoso albañil que hizo los aposentos de su majestad, dato conocido gracias a la crónica de fray Luis de Santa María y de los documentos conservados en el Archivo de Simancas. Esta sencilla construcción no sólo fue la residencia del hombre más poderoso de su tiempo, sino que además, su hijo Felipe ll la tomó como modelo para el diseño de su propia residencia en el majestuoso e imponente Monasterio de El Escorial. Famosa en el edificio es la comunicación directa entre el dormitorio en el que Carlos V pasó sus últimos momentos y la iglesia -para poder asistir a los oficios religiosos sin tener que abandonar la estancia-, solución arquitectónica que Felipe II trasladó a su palacio de El Escorial entre el oratorio y la basílica.

Una de las estancias del Monasterio, a la cual se accede a través de una puerta desde el dormitorio del Emperador, es conocida como la sala de Jeromín, hijo ilegítimo de Carlos V nacido el 24 de febrero de 1546 de su relación con una dama alemana llamada Bárbara Blomberg. Jeromín, que no es otro que D. Juan de Austria, afamado diplomático, militar y jefe de los Tercios Españoles -la mejor unidad militar de su época y una de las mejores fuerzas de infantería de la historia de la guerra-, fue educado en Cuacos de Yuste junto a Dña. Magdalena de Ulloa y Luis Méndez de Quijada, y conoció a su padre en Yuste. Junto a esta última está la llamada habitación de Felipe II, un pequeño espacio en el que el monarca pernoctó dos noches en 1570, no queriendo, por respeto, utilizar las estancias que habían pertenecido a su padre.

D. Juan de Austria. Imagen tomada de abc.es

El número de servidores personales de Carlos V durante su etapa en Yuste fue de aproximadamente unos cincuenta. Los aspectos y asuntos religiosos estaban a cargo de la comunidad jerónima del monasterio, cuyo confesor era fray Juan de Regla. Para cumplir con las exigencias y los gustos musicales del Emperador, se llegaron a congregar en Yuste, procedentes de distintos puntos de la geografía española, los más afamados frailes jerónimos destacados en esta faceta. También estuvo entre su séquito el relojero italiano Juanelo Turriano, encargado del mantenimiento de su gran colección, el cual ideó un reloj de sol y entretuvo a Carlos V con la fabricación de figuras articuladas, realizando, además, algunas de las obras hidráulicas de Yuste.

Como hombre de mundo con paladar exquisito y gran afición a la buena gastronomía, el Emperador tenía a su disposición un nutrido grupo de sirvientes que trabajaban en la cocina para hacer las delicias de la real persona. Tres eran los panaderos que estaban única y exclusivamente destinados a satisfacer al monarca, y algunas de las dependencias destinadas a los monjes pasarían a ser utilizadas por algunos de sus servicios personales como los de la cava, la cocina y el gallinero, todas ellas dependencias dedicadas en exclusiva a hacer posible el disfrute de manjares característicos de cualquier lugar de España e incluso de Europa. Esto además exigía una red logística considerable -para los medios de la época- que en ocasiones no era lo suficientemente eficaz como para evitar que algunos alimentos de naturaleza perecedera llegasen ya en mal estado e inservibles al Monasterio.

Estudioso y conocedor de distintas ramas de la Ciencia y el Saber -Geometría, Astronomía e Historia, entre otras-, el Emperador tuvo su propia biblioteca en el palacio, en la que podían encontrarse obras de primer orden de época medieval y renacentista.

Cabe destacar que aunque se retiró al  Monasterio de Yuste buscando paz y tranquilidad, no se aisló totalmente del mundo y siguió en contacto con sus hombres de confianza, estando siempre informado de lo que ocurría en cualquier parte de España y del Imperio, siendo constante la comunicación entre Carlos V y el mundo exterior, a través de correspondencia que leía y respondía periódicamente. 

La Casa de Austria -dinastía a la cual perteneció Carlos V- nunca perdió de vista el mantenimiento y las atenciones para con la que fuera la última morada del monarca. Pero llegaron los tiempos difíciles y en 1809, durante la Guerra de la Independencia Española, parte del Monasterio fue incendiado por las tropas napoleónicas, quedando prácticamente destruido. Gracias a que varias obras de arte del emperador se habían restituido a la Colección Real tras su fallecimiento, pudieron salvarse de las llamas, pudiendo perdurar en el tiempo y escapar de destino tan funesto. Durante el proceso conocido como la desamortización de Mendizábal (1836 – 1837), el Monasterio fue puesto en pública subasta, pasando a manos privadas y convirtiéndose en una especie de instalación industrial que serviría, entre otros, como almacén de capullos de seda y fábrica de ladrillos. Una vez más, las obras de arte pudieron salvarse gracias a que fueron repartidas entre las distintas iglesias cercanas, donde a día de hoy todavía se conservan algunas de ellas.

En 1857, D. Pedro de Alcántara Fernández de Córdoba, Marqués de Mirabel, compró el conjunto de Yuste y posibilitó las primeras obras de consolidación de lo que aún quedaba en pie, evitando así la ruina total del edificio. Muchos fueron los testimonios de denuncia acerca del lamentable estado de ese esplendoroso edificio religioso que llegó a ser siglos atrás. Escritores, fotógrafos y viajeros -algunos de ellos extranjeros- dejaron constancia de su estado de conservación.

Pero la realidad es que el Monasterio jamás cayó en el olvido absoluto y siempre perduró en la memoria colectiva como la última residencia del emperador Carlos V. Así, en 1922, el rey Alfonso XIII, en compañía del Duque de Alba y el Marqués de Viena, también visitaría el monasterio, y durante la tercera década del siglo XX se llevó a cabo un proceso de recuperación de cara a la fecha de conmemoración de los cuatrocientos años del fallecimiento del Emperador, dado que el Monasterio fue uno de los lugares elegidos para la celebración.

Fue durante los años de gobierno del General Francisco Franco cuando el conjunto alcanzó de nuevo el reconocimiento propio de un edificio que forma parte de la herencia y el patrimonio nacional. Y es que en 1942 se cedió a los jerónimos el uso del edificio, en 1949 la Dirección General de Bellas Artes inició la reconstrucción del monasterio, procurando respetar al máximo el diseño y los proyectos originales bajo la dirección del arquitecto José Manuel González-Valcárcel. Finalmente, en 1958, los jerónimos volverían a habitar el Monasterio.

En el año 2004, el Monasterio de Yuste, que pertenecía al Ministerio de Cultura, se incorpora a los bienes de Patrimonio Nacional -organismo público dedicado al cuidado y mantenimiento de los bienes históricamente vinculados a la Corona de España-, quedando de este modo puestos a disposición del  Rey y el resto de la familia real para su uso como residencia o para actos de Estado y ceremonias oficiales.

A mediados del año 2019 salía a la luz una feliz noticia, y es que el Monasterio de Yuste va a recuperar su antigua biblioteca, una colección de 44.000 volúmenes entre los que pueden encontrarse ejemplares sobre Historia Universal, Arte, documentos relativos al propio Monasterio, libros de Religión y libros sobre la vida de Carlos V, entre otros, algunos de los cuales datan del siglo XVI y constituyen una importante fuente de información y conocimiento para investigadores e historiadores, que harán de esta biblioteca un centro de investigación de referencia internacional. Alguna rara vez, los políticos hacen algo bien. Aquí dejo el enlace (🔗) a la noticia.

El Monasterio de San Jerónimo de Yuste sirvió, además, como escenario para el rodaje de la serie televisiva Carlos Rey Emperador (🔗), que fue emitida por TVE entre septiembre de 2015 y febrero de 2016. Como anécdota curiosa, la señora de Patrimonio Nacional que nos hizo la visita guiada -una gran profesional con profundos conocimientos de Historia y que nos hizo el rato muy ameno y agradable- tuvo un cameo en uno de los grandes momentos de la serie, cuando Jeromín conoce a su padre biológico, Carlos V, concretamente en el capítulo 17. Nos lo comentó a raíz de hablar precisamente de esta serie, rodada en parte, como ya he dicho, en las instalaciones del Monasterio. Y cuando llegamos a casa, lo miramos por curiosidad y ahí estaba la señora, elegantemente vestida de época y metida perfectamente en el papel.

La guía de Patrimonio Nacional, caminando detrás del niño. Escena del capítulo 17 de la serie Carlos Rey Emperador. Imagen tomada de rtve.es

Por último, y para terminar esta parte del artículo referida a este magnífico lugar, me gustaría hacer mención de dos sitios web en los cuales me he apoyado para la redacción y de los cuales he aprendido bastante, sobretodo acerca de hechos y fechas. Estos son los enlaces:

  • Orden de San Pablo Primer Eremita – Real Monasterio de San Jerónimo de Yuste:

paulinosdeyuste.es

  • Patrimonio Nacional 

patrimonionacional.es

Fue la señora que nos hizo la visita guiada la que, al finalizar el recorrido, nos recomendó acercarnos al curioso lugar que se encontraba escasamente a cinco minutos andando del Monasterio. Y aunque nosotros ya sabíamos que estaba ahí porque nos fijamos en él -por habernos llamado la atención- cuando pasábamos por la carretera hacia el aparcamiento para visitantes, su recomendación fue decisiva de cara a visitarlo, aunque para ello tuviésemos que posponer el viaje de vuelta. Pero fue una decisión muy acertada gracias a la cual pudimos conocer este camposanto, gran desconocido no solo en el resto de España, sino también en gran parte de Extremadura. Y es que hablar del Cementerio Militar Alemán de Cuacos de Yuste es hablar del único cementerio militar alemán en España, en el cual están enterrados un total de 180 militares alemanes que combatieron durante la Primera y Segunda Guerra Mundial.

¿Qué hacen aquí, enterrados en suelo español, soldados de otro ejército que lucharon en guerras en las que España ni siquiera combatió? Su presencia en suelo peninsular está motivada por el hecho de que todos ellos murieron dentro de nuestras fronteras o muy cerca de nuestras costas, principalmente debido al derribo de aviones o naufragios de barcos de guerra. De los 180 restos que descansan en el cementerio, 154 pertenecieron a hombres que lucharon bajos las órdenes de Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de ellos sirviendo en la Luftwaffe (Ejército del Aire alemán durante la época Nazi) y en la Kriegsmarine (Marina de Guerra durante la época Nazi), muchos como tripulantes de los poderosos y temibles submarinos U-Boot.

Las sepulturas son todas iguales, estando perfectamente alineadas las unas con las otras formando largas filas de cruces de granito oscuro. Todas contienen una inscripción, donde figura únicamente el nombre del soldado, su categoría militar y su fecha de nacimiento y muerte. Cabe destacar ocho de estas cruces, en las que puede leerse el texto Ein Unbekannter Deutscher Soldat, que traducido al castellano significa “soldado alemán desconocido”, y en cuyo lugar descansan los restos de hombres cuya identidad jamás pudo ser recuperada.

Tras la Primera Guerra Mundial, en 1919, se creó en Alemania la Comisión de Cementerios de Guerra Alemanes –Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge (🔗)-, una especie de ONG con el objetivo y misión de buscar, proteger y conservar las tumbas de los militares fallecidos fuera del territorio alemán. Este organismo, que ha estado activo desde entonces a excepción del periodo durante el cual tuvo lugar la Segunda Guerra Mundial, se ha ocupado de la gestión y mantenimiento de un total de 827 cementerios en 45 países.

En 1954, el Gobierno de la República Federal de Alemania -Alemania Occidental- encargó a la Comisión la búsqueda de las sepulturas de los soldados alemanes no para repatriarlos, sino para reagruparlos en cementerios propios ubicados en esos mismos países. De este modo, se adquirió por parte del gobierno alemán el terreno sobre el cual se construyó posteriormente el cementerio, junto al lugar donde murió Carlos I de España y V de Alemania, símbolo de la unión entre los dos países y de los lazos que han unido históricamente a ambas partes.

En junio de 1980 comenzaron las obras del cementerio, y paralelamente y con la precisión y eficiencia propias de los alemanes, una empleada de la embajada germana en España, Gabriele Marianne Poppelreuter, inició una búsqueda que le llevaría a recorrer más de 15.000 kilómetros durante aproximadamente tres años. Finalmente, el cementerio se inauguró el 1 de junio de 1983, con la asistencia de representantes de la Embajada Alemana, autoridades españolas y familiares llegados desde Alemania.

En el cementerio hay una placa en la que puede leerse, en alemán y castellano, este breve pero emotivo texto:

En este cementerio de soldados descansan 26 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. El Volksbund en los años 1980–1983 los reunió en esta última morada inaugurada en presencia del embajador de la República Federal de Alemania en un acto conmemorativo hispano-alemán el 1 de junio de 1983. Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.

Acerca de este curioso cementerio hay un artículo muy bueno, que encontré mientras recababa información para redactar el artículo y que me pareció muy completo, abundante en información y muy bien estructurado. Aquí dejo el link El cementerio alemán de Cuacos de Yuste (🔗). Hay otros muchos artículos, algunos muy buenos y otros menos buenos, también útiles y que aportan mucha información acerca de este lugar. Está además la página oficial del Volksbund con datos del Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste (🔗) y por supuesto, la Wikipedia, con un artículo breve y conciso pero muy útil, cuyo enlace dejo aquí (🔗)

Tras esta última visita volvimos al coche, nos dirigimos al pueblo de Cuacos de Yuste y comimos en uno de sus restaurantes, donde pudimos disfrutar de la maravillosa gastronomía típica española a base de cuchareo y carnes, para coger fuerzas y afrontar tranquilamente el viaje de vuelta, unas seis horas en coche durante las cuales fuimos recordando momentos y anécdotas de este viaje tan maravilloso por tierras extremeñas.