Puente Romano de la Molina

Por Jesús García Jiménez

Pequeña obra de paso construida en arcos de piedra, sobre el río Turón a su paso por el municipio de Ardales (Málaga), de indudable valor histórico y patrimonial.

Quizá me equivoque, pero es posible que nadie le haya dedicado más tiempo al estudio de este puente que yo y, por consiguiente, es probable que yo sea una de las personas que más conocimientos tenga acerca del mismo. El fundamento de estas palabras radica en el hecho de que uno de mis Proyectos de Fin de Carrera está dedicado exclusivamente a esta obra. En el trabajo expuse un análisis detallado del puente, un reportaje fotográfico minucioso y una posible actuación para restaurarlo y asegurar su permanencia en el tiempo. Y para ello tuve que visitar el lugar varias veces, hacer mediciones, observar y analizar todos y cada uno de sus rincones y elementos, sumergirme en libros y documentos, ponerme en contactos con historiadores… 

Pese a todo el esfuerzo y el tiempo dedicado a este trabajo, para mí fue una enorme satisfacción y disfruté cada instante, ya que estuve dedicado en cuerpo y alma durante un tiempo a dos de mis grandes pasiones: la Ingeniería y la Historia.

Para entender la localización e importancia de este puente dentro de la red viaria del Imperio Romano, es necesario retroceder 2.000 años en el tiempo, una época en la cual podía decirse, con mucho fundamento, que “todos los caminos conducen a Roma”. Este dicho, que todavía se usa en nuestros días, no hace más que reflejar la tremenda importancia que tuvo el entramado de caminos del Imperio Romano de cara a sus intereses y a su persistencia a lo largo de lo siglos.

Si bien es verdad que el poder de Roma se basaba en su perfecta organización y en la potencia militar de sus Legiones, su prosperidad era fruto del libre y pacífico comercio entre todas las gentes, de distintas regiones, de distintas naciones, de distintas razas, de ambos extremos del mar. El Mare Nostrum o mar Mediterráneo, cuyas orillas pertenecían todas a Roma, era surcado por barcos con toda clase de productos que navegaban libremente, con el único temor de las tempestades y de los eternos piratas, siempre combatidos por el Imperio.

En tierra, los romanos se empeñaron en construir una enorme red de caminos, las vías romanas, cuyo respeto era de obligado cumplimiento, aunque para ello hubiera que mantener guarniciones militares que acompañaran a los recaudadores y lucharan contra los bandidos. A través de estas vías, las unidades militares podían acudir prestas a cualquier punto del Imperio, y las órdenes podían llegar lo más rápidamente posible a todos sus rincones. Se construyeron con tal esmero y consistencia que perdurarían en el tiempo, durante los siglos, llegando muchas de ellas hasta nuestros días. 

La llamada Peña o Castillo de Ardales, a cuyos pies se desparrama el pueblo, es el corazón humano del histórico valle de Hardales. Un valle que, por sus condiciones de bonanza climática, riego y suavidad del terreno, fertilidad y apartamiento con respecto a las zonas belicosas de la costa y del valle del Baetis, debió gozar en época romana de una población tranquila y estable. Ello lo demuestran los numerosos restos romanos, propios de villas y pequeñas aldeas, que pueden aparecer a relativamente poca profundidad. Después del período íbero, en el que el núcleo principal de la población del valle estuvo en la misma Peña, llegan tiempos de tranquilidad con los romanos. La población bajó al valle, asentándose en fundus o pagus (fincas grandes o pequeñas), donde estaba la dura faena agrícola y ganadera. La Pax Romana impone un toque de queda a las primitivas pugnas entre régulos y aristócratas íberos. La Peña quedó como cuartel militar, donde la autoridad y una pequeña guarnición de soldados tenía una misión clara: controlar la pacífica explotación del valle y defender el libre comercio y el libre tránsito a través de la vía entre Hispalis y Malaca, que pasaba justamente por el mismo pie de la Peña. 

Hardales estaba situado exactamente donde la vía que unía Hispalis y Malaca salvaba el puerto de montaña para dejar atrás las llanuras sevillanas y bajar a la Hoya de Málaga. Se trató de un camino que permaneció inmutable a lo largo de los siglos, hasta la llegada del ferrocarril y las carretas modernas, en los siglos XIX y XX. Y no sólo fue Hardales jalón de dicha vía, sino también encrucijada de otras que iban hacia la serranía y hacia los valles interiores de la Baetica.

Hardales no tuvo, que se sepa, foro, ni templo, ni basílica, ni palacio, ni teatro, ni arco del triunfo. Era un valle humilde, agrícola, ganadero, forestal. Pero sí fue un lugar de paso para todos aquellos que viajaban entre Malaca e Hispalis. Y no hay mejor confirmación de la identificación de esta vía que la del puente romano mejor conservado de toda la geografía malagueña, el puente que cruza el río Turón, llamado allá por el siglo XVII “la Puente de Hardales”, que aún se conserva y se usa con el nombre de Puente de la Molina.

Los historiadores actuales afirman que tuvo que existir una vía romana directa entre Malaca e Hispalis, dada la importancia de ambas ciudades. El doctor Rodríguez Oliva dice: “La vía natural de comunicación entre las costas malagueñas y el valle del Guadalquivir es la del Guadalhorce. Por esta razón, se ha supuesto, a pesar de no existir mención expresa en los itinerarios, que Malaca se uniría con Corduba y con Hispalis por sendas vías”(1). El historiador Francisco Ortiz Lozano dice al respecto que “es necesario mirar atrás y darle la razón a los historiadores del siglo XIX, que vieron clara esa vía en uno de los itinerarios descritos en el libro de Antonino”(2).

Una fuente clásica, de gran valor para el conocimiento de la geografía romana y de sus vías, es el llamado Antonini Itineraium o Itinerario de Antonino. Se trata del que fue emperador entre los años 211 y 217, Antonino Caracalla. Unos ochenta años después, en el 290, el emperador Doicleciano amplió este libro. El itinerario fue copiado en numerosos códices medievales y se usó hasta el Renacimiento. En el año 1733 se publicó la llamada edición de Wesseling, que numeraba los distintos renglones. La mejor edición es la del año 1929, de Cuntz, totalmente redactada en latín, que corrige erratas y comenta datos recopilados de siete códices medievales(3).

El Itinerario nº 7 va desde Gades hasta Corduba, pasando por Hispalis. Pero, a deferencia de los demás, no lo hace directamente, sino decidiéndose a incluir una vía muy concurrida, como era la Malaca – Hispalis, y recorriendo con ello importantes comarcas que habían quedado fuera de los demás itinerarios. Por eso describe una línea quebrada, a lo largo de unos 454 km. Este itinerario sale de Gades y va directo a Hispalis. Tras pasar por Hispalis, no toma el camino de Corduba, sino que se desvía hacia el sureste, dirigiéndose en escrupulosa línea recta hacia Malaca. Después de un tramo controvertido cuyo trazado no queda claro y que trae de cabeza a los historiadores, da un esquinazo hacia Anticaria, a partir de la cual el itinerario se define diáfano y sin dudas y sigue ya directo hacia el norte, camino de Corduba(4).

Siguiendo el Itinerario nº 7 de Antonino, se pasa de Ostippo a Barba. Si recorremos la antiquísima cañada real Sevilla – Málaga, desde Teba, no haremos otra cosa que continuar esta vía directa, sin desviación alguna.

La vía cruza puertos de montaña y campiñas de tierra calma, viniendo a caer al río Turón por el Puente de la Molina, el único puente romano “de carácter monumental” que se conserva en la provincia de Málaga, según el historiador Carlos Gozalbes Cravioto.

El documento más antiguo en el que aparece citado el puente se fecha en el día 11 de Julio del año 1627. Es una escritura de obligación entre el concejo de la villa y el maestro albañil Agustín González sobre la obra de restauración del mismo, incluso completando su cantería a base de sillares. Seguramente alguna devastadora riada lo había dejado maltrecho. Al mencionarse el puente se utiliza el artículo determinado “la Puente” y no el indeterminado “una puente”, lo que denota claramente el prestigio que ya en aquel tiempo poseía. Se habla de él revistiéndolo de una notable importancia social y económica, pues es llamado “la Puente del Concejo desta uilla”. El concejo de Hardales acordaba entonces ampliar en 500 reales la obligación contraída con dicho albañil por labrar la cantería que faltaba en los pilares(5).

También es continuamente citado el puente en numerosas escrituras de los protocolos de escribanos de Hardales. En 1786 consta, por la descripción que hace el cura Benítez, que el puente tenía dos arcos, llamándose la atención sobre sus cimientos y sobre sus machos, tan bien hechos que resistían las feroces riadas: “Ay en dicho río vn Puente muy famoso, con dos ojos, cuyo fundamento está muy profundo, y sobre él se advierten formados tres machos de material y canto, que le hacen resistir sus continuas avenidas, que son sobervias”(6). Queda claro que para el mayor erudito local ardaleño del siglo XVIII, el origen del puente se pierde en la noche de los siglos, y que no le consta que el mismo hubiese sido construido por ninguno de los concejos municipales posteriores a la reconquista. En aquel año 1786, de los cinco arcos que tuvo el puente en la Antigüedad, sólo quedaban dos: el auténticamente romano, pegado a la orilla oriental, y el reconstruido en 1627 por el albañil Agustín González.

Y unos diez años después de escribirse lo anterior, el concejo reconstruyó otro arco más, dejándolo con el aspecto que tiene ahora. Tal se desprende de lo dicho por el geógrafo Tomás López en 1795: “El río Ardales se hase vadeable por una puente compuesta de tres ojos, y mitad de cantería y mitad de madera(7). Pascual Madoz aclara, en 1845, que era “de piedra de tres arcos”(8). Lo de la mitad de madera se refiere al piso, tal y como se comprueba en el acta capitular del concejo de Ardales del día 1 de octubre de 1865, que da fe del “estado lamentable” en que se encontraba el piso de madera establecido sobre el puente. En aquella reunión, el ayuntamiento de Ardales declaraba claramente la gran importancia que tenía el puente para el continuo y abundante tráfico de arrieros entre Sevilla y Málaga. Téngase en cuenta que aún no había ferrocarril ni mucho menos vehículos de motor. Un importante tráfico comercial que hacía de Ardales un lugar de tránsito continuo en la gran ruta entre Sevilla y Málaga.

El camino real entre Sevilla y Málaga mantuvo, pues, su interminable ir y venir de arrieros, viajeros y ganados desde la Antigüedad hasta los tiempos de la aparición del tren, con un epílogo decadente que llegó hasta la década de 1950, cuando la caballería dio paso definitivo a los automóviles y camiones. De hecho, se sabe que Ardales tuvo una venta famosa, todavía existente, extramuros del pueblo, en el arroyo Cantarranas, con corrales para el ganado vacuno y ovino y cuadras para el ganado caballar. En dicha acta del año 1865 se expresa todo esto de forma bastante ilustrativa, al certificarse que el puente “da paso (…) a todos los transeúntes que procedentes de Málaga tiene presisión de internarse en el resto de la provincia, hacia el lado de poniente, o ya en dirección a las provincias de Sevilla y Córdova; el cual, por su estado ruinoso, impide su paso, esponiendo a las personas a que sean víctimas de los torrentes que con frecuencia se esperimentan en todas las estaciones de invierno”(9).

El puente se encuentra junto al pueblo, en la zona noroeste, y se le nombra actualmente como “Puente de La Molina”. Consta de tres ojos con bóvedas de medio cañón, pero sólo es de época romana el arco más cercano al pueblo. El arco central se cree que corresponde al siglo XVIII y el tercero, el más occidental, es de relativa reciente construcción. En los dos ojos modernos se han utilizado sillares del antiguo puente romano, que tuvo al menos cinco arcos, pues según información de la gente del lugar, en una tormenta que hubo hace varios años, quedaron al descubierto los cimientos de otros dos machos más en la zona. Hoy día estos vestigios han quedado de nuevo sepultados por los aluviones del río(10).

El arco romano es de medio punto, con dovelas aparejadas radialmente. Tiene dos zonas bien diferenciadas por el tipo de piedra utilizada. En la zona baja, hasta su media altura, los sillares son de un granito grisáceo que cambia a un granito arcilloso en la zona superior. El almohadillado es muy leve y está muy gastado, pudiéndose observar tan sólo indicios en algunos sillares. Las pilas son chatas, es decir, el arco arranca casi del plano de las aguas medias. El endovelado se realiza alternando en la misma anchura de arquivolta un sillar a soga y dos a tizón.

Existe una característica propiamente romana y que posee sólo este arco, y es el remarque de la arquivolta con un retablo de saliente rectangular. La luz del arco es de 5,20 metros y conserva una altura sobre las aguas medias de 3,90 metros. El tajamar es triangular en aguas arriba y semicircular aguas abajo. Ha sido muy transformado en sus materiales de obra, pero se cree que conservan estos primeros tajamares toda su estructura romana. El tajamar propiamente dicho (el correspondiente a aguas arriba) llega a romper la línea de dovelas, teniendo una anchura de 3,5 metros. La relación vano – macizo es, por tanto, de 1,49. La estructura del tajamar, subido hasta la media altura del tímpano y coronada con sombrerete piramidal, corresponde a los puentes romanos de época trajana. La anchura de la bóveda coincide con la de la calzada, que es de 3,40 metros.

Los otros dos arcos, más modernos, marcan una profunda asimetría, tanto en anchura como en altura, habiendo sido destruidos y reconstruidos varias veces debido a los aluviones del río Turón.

Este podría ser un buen ejemplo del dicho “las apariencias engañan”, ya que pese a la modestia de su aspecto, este puente es, como ya se ha comentado, el único romano  y “de carácter monumental” que se conserva en la provincia de Málaga. Una de las grandes joyas ocultas cuyo único arco original que persiste, el auténtico romano, ha soportado y resistido no solo el paso implacable del tiempo durante sus 2.000 años de historia, sino también la fuerza y el poder destructivo de la naturaleza en forma de brutales riadas, capaces de arrastrar consigo todo aquello que pueda encontrarse en su camino.

El arco original sigue resistiendo, cumpliendo su cometido según fue diseñado, testigo mudo del paso de los siglos y de incontables hechos que han moldeado la historia hasta desembocar en nuestros días, pidiendo silenciosamente y desde su presencia discreta y humilde, una actuación por parte de las autoridades competentes para preservar esta auténtica obra de arte de la ingeniería romana que aún tenemos la suerte de poder seguir disfrutando, observando y admirando. Y esperemos que por nuestro bien y por el de las generaciones futuras, permanezca donde está al menos otros veinte siglos más.

BIBLIOGRAFÍA EMPLEADA

Para la redacción y montaje de este artículo, me he basado en la información contenida en el segundo de los Proyectos Fin de Carrera que realicé en mi etapa universitaria, que lleva por título PROYECTO DE RESTAURACIÓN DE PUENTE ROMANO “LA MOLINA”, SITO EN EL MUNICIPIO DE ARDALES, EN LA PROVINCIA DE MÁLAGA. A su vez, para la redacción de este proyecto en lo concerniente a los antecedentes históricos del puente, me apoyé en la siguiente bibliografía:

MORENO GALLO, I., Vías romanas. Ingeniería y técnica constructiva, Madrid, 2006

GOZALBES CRAVIOTO, C., Las vías romanas de Málaga, Madrid, 1986

ORTIZ LOZANO, Francisco, Historia del Valle de Ardales (Tomo I), Málaga, 2005

RODRÍGUEZ OLIVA, Pedro, Historia de Málaga, Málaga, 1994

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

(1)RODRÍGUEZ OLIVA, Pedro, Historia de Málaga, Málaga, 1994, pág. 127

(2)ORTIZ LOZANO, Francisco, Historia del Valle de Ardales (Tomo I), Málaga, 2005, pág. 412.

(3)ORTIZ LOZANO, Francisco, Historia del Valle de Ardales (Tomo I), Málaga, 2005, pág. 412.

(4)ORTIZ LOZANO, Francisco, Historia del Valle de Ardales (Tomo I), Málaga, 2005, pág. 414.

(5)ORTIZ LOZANO, Francisco, Historia del Valle de Ardales (Tomo I), Málaga, 2005, pág. 438.

(6)BENÍTEZ DE MENA DEL REAL, 1786, 11

(7)LÓPEZ, Tomás, 1795

(8)MADOZ, Pascual, 1845

(9)A. M. de Ardales: Actas Capitulares, 1 – 10 – 1865

(10)GOZALBES CRAVIOTO, C., Las vías romanas de Málaga, Madrid, 1986, pág. 150.