Eclipse o la ilusión del Sol y la Luna

Por Jesús García Jiménez

Un eclipse, cuyo significado es el de desaparición o abandono y tiene su raíz en la palabra griega ékleipsis – ἔκλειψις- es un fenómeno astronómico en el cual la luz procedente de un cuerpo celeste es bloqueada por otro. Hay varios tipos de eclipses, pero los más conocidos y los que se pueden observar desde la Tierra en todo su esplendor son los eclipses solares, es decir, cuando el Sol, la Luna y la Tierra se alinean entre sí de modo que la Luna llena -o nueva- bloquea el paso de la luz desde el Sol, dando lugar a un espectáculo efímero pero grandioso.

Un fenómeno físico, perfectamente estudiado y documentado por la ciencia, que en nuestros días no es ningún misterio, sino algo relativamente normal anunciado a bombo y platillo por la prensa y la televisión de todo el planeta cada vez que los astrónomos predicen su ocurrencia.

Pero en otros tiempos, siglos y milenios atrás, la observación de algo que ocurría fuera del alcance y de la zona de influencia del hombre, en el espacio celeste donde los protagonistas absolutos eran los astros, siempre venerados, temidos y respetados a partes iguales por la humanidad desde sus orígenes, y los cuales siempre han representado y simbolizado a dioses y veleidades a lo largo de la historia de las civilizaciones, no se veía como un mero fenómeno astronómico explicable mediante el empleo de la razón, sino que se observaba con auténtico terror, pues repentinamente y en pleno día caía la noche como una losa sobre la Tierra y todo ser vivo habitando sobre su faz. El astro rey que proveía de luz y vida, el todopoderoso Dios Sol, se apagaba y desparecía. Un evento de mal augurio que anunciaba funestos y drásticos sucesos, el fin y el principio de una era.

Muchas interpretaciones se han dado a los eclipses, dependiendo de la época y de lo avanzada que estuviese en el conocimiento de la Astronomía y las Matemáticas la civilización en cuestión, aunque la explicación más popular a través de los tiempos era que un demonio o bestia mitológica -que variaba dependiendo de la cultura, la época y la región- mantenía una pelea encarnizada con el Sol o lo devoraba para luego escupirlo, abriéndose paso de nuevo entre las tinieblas. Aunque, todo hay que decirlo, no todas las culturas han considerado el eclipse como algo terrorífico de mal augurio y anunciante de funestos acontecimientos. Por ejemplo, los indígenas Tlingit, de la costa noroeste del Pacífico, en América del Norte, tienen una explicación no más racional pero sí más romántica, sentimental y profunda. Y es que éstos creían que cuando el Sol y la Luna, que eran amantes, necesitaban un momento de intimidad, se unían y dejaban a la Tierra sumida en la oscuridad, de modo que sus habitantes no pudiesen ser testigos de su encuentro.

Una leyenda muy popular, que da una explicación nada científica aunque sí muy idealista a este maravilloso fenómeno, es la que narra la historia de un amor imposible entre los dos astros. Y es que cuando Dios estaba en plena creación del universo y sus planetas, el Sol y la Luna se vieron por primera vez y se produjo un flechazo, puro amor a primera vista. Dios, previendo la situación, los llamó a ambos y les dijo:

-Tú, Sol, serás el astro rey, bajo tu reino imperarán la vida, la luz y los colores, y proveerás del calor y la energía necesarios a todo ser vivo. Éstos te respetarán y no podrán mirarte directamente, tan intensa será la luz que irradies-. Y continuó: -Tú, Luna, serás la reina de la noche y bajo tu reino imperarán las sombras y las tinieblas. No serás menos respetable que el Sol, dado que serás frecuente protagonista en poemas de amor y serás la luz que guíe los encuentros de románticos y enamorados a través de los tiempos. Para que no estés sola en la noche, te daré miles, millones de compañeras, a las que llamaré estrellas. De este modo, mientras el Sol disfruta de la compañía de los seres vivos de la tierra durante el día, tú disfrutarás de la compañía de las estrellas durante la noche-. Y dirigiéndose a los dos, dijo: -Puesto que uno será el rey del día y la otra será la reina de la noche, no podréis encontraros el uno con el otro por gobernar mundos distintos y contrarios, teniendo que vivir separados por toda la eternidad.

Ambos se entristecieron tras la sentencia del Todopoderoso, y la Luna, que debía estar siempre llena y en todo su esplendor para iluminar las noches, fue apagándose poco a poco hasta que una noche desapareció completamente. El Sol, roto por el dolor de perderla, habló con Dios y le pidió, encomendándose a su infinita misericordia, que hiciese algo por la Luna, consumida por la pena hasta haber llegado a ser invisible.

Dios, comprendiendo que ningún amor en este mundo debe ser imposible, escuchó al Sol, y llamando a ambos les dijo: -He oído tus ruegos, Sol, y he visto y sentido tu tristeza, Luna. Os concederé un encuentro cada mucho tiempo, y la espera del siguiente es lo que os dará la ilusión de la que emane vuestra luz y brillo en el día y en la noche, puesto que es la ilusión la luz que guiará el camino y hará nítido el horizonte que se extiende y la fuente de la que emanen los deseos de vivir. A estos encuentros los llamaré eclipses, y podréis disfrutar de vuestra intimidad sin ser observados por los seres habitantes de la Tierra porque haré caer sobre ellos un manto de oscuridad.

De este modo y cada mucho tiempo, pueden disfrutar de su reencuentro, el Sol elegante, majestuoso y radiante, ella con todo su esplendor de Luna llena. Una historia romántica, donde la ilusión de cada nuevo encuentro hace brillar y mantenerse majestuosos a los astros, igual que hace brillar y mantenerse vivas a las personas.