Aquel primer viaje

Por Jesús García Jiménez

Para que un viaje sea memorable y cause una honda huella en nuestro recuerdo, no tiene por qué ser un viaje que implique traspasar fronteras o estar montado varias horas en un avión. Puede ser un viaje corto y cerca de nuestro domicilio habitual el que nos provoque una mezcla de sentimientos tal que su impronta sea imperecedera.

Recuerdo el año de mi graduación en la universidad y como es habitual en estos casos, mis padres, henchidos de orgullo por ver a su hijo mayor con la banda de color y no queriéndose perder el acto, acudieron al lugar tras un viaje de unos cuantos centenares de kilómetros.

El día antes de la ceremonia decidimos hacer turismo por la zona, para lo cual nos decantamos por visitar dos monumentos históricos cuya cercanía y ubicación hacían posible ver ambos en una sola jornada, por supuesto no con toda la atención y el detalle que merecen, pero suficiente para hacerse una idea clara de la grandiosidad de estas obras.

Aunque para mí no era nuevo el hecho de visitar estos lugares, la circunstancia de hacerlo en compañía de mis padres y siendo este el primer viaje turístico y de ocio que hacíamos juntos, era algo que lo hacía ciertamente especial. Curtido en mil batallas y con la experiencia que sólo da la edad y los avatares de la vida, mi padre siempre decía, no sé si pensándolo de verdad o bromeando -yo creo que un poco de ambos-, que para qué viajar si hoy en día con internet podemos ver y visitar cualquier lugar que queramos sin movernos de casa y que viene a ser lo mismo. Por eso, yo iba con mis reservas y temores pensando que no le gustaría, o mejor dicho, que nada le causaría impresión y que por tanto no llegaría a disfrutar del todo ese día en familia que nos disponíamos a pasar.

Respecto a mi madre, no tenía dudas de que ella sí lo disfrutaría. De otra época, se dedicó en exclusiva a criar a sus hijos y al cuidado de la casa, habiendo viajado poco o nada. Con lo cual, este fue uno de los primeros viajes verdaderamente turísticos y por placer de los que disfrutó, aunque más tarde, conforme la vida fue imponiendo su ley y a cada uno de los hijos los fue alejando -en cuerpo pero nunca en alma- de la casa familiar, pudo disfrutar de varios más.

Lo cierto es que una vez llegados al primer monumento y después de haber recorrido por carretera unos paisajes capaces de dejar atónito al viajero más experimentado, pude observar de nuevo la majestuosa fusión de arquitectura e ingeniería, actuando ambas disciplinas con la armonía necesaria para crear el que podría ser, en mi opinión, uno de los conjuntos monumentales más impresionantes que existen dentro de nuestras fronteras.

Cuando me fijé en mi padre, hombre por naturaleza poco dado a exteriorizar las emociones, pude ver que aquello le resultaba igual de impresionante a él que a mí, y que por tanto, estoy seguro de que para sus adentros se estaba retractando de su aseveración acerca de la necesidad de viajar dado que disponemos de internet, donde podemos verlo todo. Mi madre, mucho más expresiva, no dudó a la hora de elogiar el lugar con calificativos como precioso, merece la pena visitarlo, por la tele parece más pequeño

Tras admirar el monumento -el cual inevitablemente conduce al debate y a reflexionar acerca de su historia-, pasear por el recinto y disfrutar de aquel espectacular entorno en el que los bosques de pinos parecen ser infinitos, nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino, y después de disfrutar de un fantástico almuerzo y una agradable sobremesa en un restaurante del lugar, fuimos caminando tranquilamente hacia la que sería nuestra segunda y última visita del día.

Tras la impresión inicial que causa el tamaño y la arquitectura del monumento, con varios siglos de antigüedad, admirado por viajeros de épocas y procedencias diversas y que a tan ilustres personajes ha albergado entre sus muros, es difícil no intentar imaginar su recorrido a lo largo de la historia, con los hechos y situaciones de los que ha sido testigo, su grandeza inicial como residencia del mismísimo Rey y posterior declive -con algunos saqueos incluidos- hasta caer prácticamente en el olvido, y resurgiendo nuevamente hasta llegar a ser justo merecedor del  reconocimiento y prestigio del que goza en nuestros días.

Y nuevamente, paseando por sus alrededores y sus magníficos jardines, sus galerías, estancias y biblioteca, todas ellas ricamente decoradas con cuadros, murales y diversos objetos de un valor incalculable, pude ver cómo mi padre -aún sin decir nada al respecto- terminaba de convencerse de que no era lo mismo visitar personalmente un lugar que verlo por televisión o internet. Respecto a mi madre, ella no tuvo que convencerse de nada y no tuvo reservas de cara a alabar el edificio, sus jardines, sus corredores interiores…

Después de aquel viaje algo cambió. Puede que la sensibilidad hacia el hecho de viajar, conocer lugares nuevos, experimentar nuevas sensaciones. Porque para mis padres, que ciertamente habían viajado muy poco o nada antes de aquello, llegaron más viajes, algunos incluso de esos que involucran traspasar fronteras y estar varias horas en un avión. Y me gustaría pensar que yo tuve algo que ver en ese cambio que hizo que dos personas tan grandes y entregadas a una vida de trabajo y obligaciones comenzasen también a disfrutar de uno de los grandes placeres de la vida, y que no es otro que el viajar.