PAÍS VASCO

Viaje de cuatro días al País Vasco

Hay quien afirma que de la improvisación es de lo que mejores resultados se obtiene. Y aunque yo soy bastante metódico y meticuloso, especialmente en lo referente a la planificación -y más especialmente si se trata de la planificación de un viaje-, en este caso concreto podría estar de acuerdo con esa afirmación. Una semana antes de las fiestas de mi pueblo, y dado que nos pareció una buena oportunidad para hacer una escapada a algún lugar de España -en principio pensamos en algún lugar cercano- antes que quedarnos a ver lo que siempre es lo mismo año tras año, empezamos a barajar posibilidades. Y apareció el País Vasco en nuestra mente. Era un poco descabellado teniendo en cuenta que está a mil kilómetros por carretera desde donde comenzaría nuestro viaje. Sólo disponíamos de cuatro días, pues esta era la duración de las fiestas del pueblo e inmediatamente después yo tenía que incorporarme al trabajo nuevamente. Así que, ¿cómo planificar un viaje hacia una región en el otro extremo del país, intentar visitar y ver lo más posible de ella y hacer el viaje de vuelta en cuatro días? Como nos parecía un reto y a nosotros nos gustan los retos, decidimos ponerlo en marcha a ver qué salía de todo esto.

Menos de una semana después estábamos montados en el coche un sábado sobre las 07.00 de la mañana, de camino al País Vasco. Para mí era un viaje especial porque por ambos lados -por mi padre y por mi madre- tengo familia en esta tierra y siendo niño la visité en varias ocasiones. Aunque eso sí, en mi memoria tan sólo permanecían recuerdos borrosos de sus ciudades, sus paisajes, sus gentes… Después de este viaje sin embargo, los recuerdos del mismo pasarían a ser una marca indeleble, que permanece intacta con el  paso del tiempo. 

La primera decisión fue la del medio de transporte a utilizar. Fue fácil. Demasiado tarde para conseguir billetes de avión -a un precio razonable- y no nos parecía buena opción utilizar el tren dada la rigidez de horarios e itinerario. Además, era nuestra idea poder movernos libremente por carretera por el País Vasco, a nuestro juicio la mejor forma de conocer un lugar por la flexibilidad que ofrece para cambiar los itinerarios, hacer paradas, ajustar horarios… Por lo tanto, nuestro coche particular sería nuestro medio de transporte.

DÍA 1

Decidido esto y habiendo hecho las reservas necesarias, nos pusimos en camino, como ya he dicho, con las primeras luces de un sábado de finales de agosto. Unas once horas después y tras haber cruzado España por carretera, estábamos en Usánsolo (🔗), un pequeño pueblo de Vizcaya que había visitado hacía muchos años y del que sólo tenía vagos recuerdos, y que gracias a la gentileza, amabilidad y hospitalidad de mi querido tío -al que tantos años llevaba sin ver- sería el lugar donde pasaríamos nuestra primera noche en tierras vascas. 

Captura de Google Maps

Tras la alegría inicial de ver a mi tío después de tantos años -cambiado físicamente pero para bien, porque mi tío es como el buen vino- y de ver a mis primos y prima convertidos en unos altos, apuestos y muy educados jóvenes, muy diferentes a los niños que recordaba de años atrás, nos encaminamos a visitar a mis abuelos, que no sabían absolutamente nada acerca de este viaje y que como es de imaginar, se llevaron una alegría tremenda cuando aparecimos cruzando la puerta de su casa. 

Vista del pueblo de Usánsolo desde sus alrededores. Fotografía por cortesía de mi tío.

Después de la visita a mis abuelos fuimos, paseando tranquilamente por las calles del pueblo, a probar la que puede ser una de las joyas de la gastronomía vasca y me atrevería a decir que de la gastronomía nacional: los famosos pinchospintxos en euskera-. Éstos tienen su equivalente en Andalucía en las tapas, aunque por lo general los primeros son más grandes y consistentes y la variedad mostrada en la barra de los bares es tan abundante que es imposible probarlos todos en una única visita. Imposible.

Después de disfrutar de una buena cena en aún mejor compañía, vino algo totalmente improvisado. Dado que eran los días de celebración de la Semana Grande de Bilbao (🔗) y esa noche se representaría un espectáculo de fuegos artificiales, decidimos, sin pensarlo, tomar un tren en Usánsolo e ir a Bilbao, para disfrutar nosotros también con la visión de las grandes nubes de colores en el cielo desde el Parque Etxebarría (🔗) -famoso, entre otras cosas, por albergar una enorme chimenea de ladrillo que fue parte de una antigua fundición ubicada en lo que hoy es el parque-. Finalizado el fantástico espectáculo volvimos, paseando por las calles abarrotadas de gente  viviendo las fiestas de la ciudad, de nuevo a la estación, donde tomamos un tren hacia el pueblo y pusimos fin así a esta primera jornada, larga y agotadora pero a la vez tan intensa y emotiva.  

DÍA 2

Después de haber dormido de un tirón durante toda la noche y haber disfrutado de un sueño reparador, nos levantamos temprano y tras una ducha y un buen desayuno -también por cortesía de mi tío- comenzamos este segundo día de viaje. Nuestra idea era -de hecho lo teníamos planificado así- ir a Bilbao en nuestro coche, dejarlo en un parking de pago en una zona muy céntrica y de ahí hacer un recorrido caminando por la ciudad. Y aquí otra sorpresa inesperada: mi tío se ofreció amablemente a venir con nosotros a Bilbao, iríamos en transporte público y así nos ahorraríamos el meter el coche en pleno centro de la ciudad, pagar parking… Además, ¿qué mejor manera de visitar un lugar que hacerlo guiado por alguien de ese lugar? Y si encima es familia… 

Pues así fue. Tomamos desde Usánsolo un tren hasta el Casco Viejo de Bilbao. Una vez allí tomamos una línea de metro que nos llevó desde Bolueta hasta Portugalete, bajándonos en la estación de Areeta, muy cerca del primer lugar que visitamos ese día.

Después de unos diez minutos caminando aproximadamente, estábamos junto al famoso Puente Colgante de Portugalete (🔗) o Puente de Vizcaya -en su página web oficial figura el nombre de Puente Bizkaia-. Construido a finales del siglo XIX para unir las dos márgenes de la Ría de Bilbao, es un transbordador de peaje cuya finalidad práctica ha sido mantenida por más de un siglo, dado que todavía hoy es ampliamente utilizado por ahorrar un trayecto de unos veinte kilómetros y unir de forma directa los municipios de Guecho y Portugalete.

Como dato curioso, decir que este puente fue el primero del mundo en su tipología y actualmente uno de los solamente ocho que se conservan en el mundo, sirviendo en su día como inspiración para construir estructuras similares en America, Asia y África. Ni que decir tiene que, desde el punto de vista de la ingeniería, es una obra espectacular donde la estética pasa completamente a un segundo plano, siendo el factor técnico y la funcionalidad los protagonistas absolutos de esta maravillosa estructura. Parte de su historia es convulsa y turbulenta, sobreviviendo -sólo en parte- a los penosos años de la Guerra Civil Española en los que obras de paso como ésta fueron objetivos militares primarios.

Tomamos de nuevo la línea de metro y nos apeamos en Bilbao, ahora en la estación de San Mamés, junto al elegante y moderno estadio del Athletic Club de Bilbao (🔗) -sucesor del antiguo San Mamés-. 

Continuamos nuestro paseo por la Avenida Sabino Arana y pasamos junto al Monumento al Sagrado Corazón de Jesús para internarnos en el Parque de Doña Casilda de Iturrizar (🔗). De principios del siglo XX y estilo inglés, este hermoso parque fue el único “oasis verde” de la ciudad durante muchos años.

Nuestro paseo por la ciudad de Bilbao continuó hasta la Torre de Iberdrola (🔗), imponente rascacielos acristalado, el más alto del norte de España y uno de los más altos del país. En uno de los numerosos restaurantes -exclusivos en esta zona de la ciudad- de las inmediaciones de la torre paramos a comer, y como no, el elemento estrella del menú fueron los pintxos.

Nos dirigimos después de nuestro almuerzo hacia el Museo Guggenheim Bilbao (🔗), al que no llegamos a entrar, paseando por sus alrededores y observando el diseño modernista e innovador del edificio, revestido con planchas de titanio y piedra caliza y del que se afirma que no hay una sola superficie plana en toda su estructura. Extraordinario equipo humano el que convirtió en una realidad lo que primero fue un boceto en papel de esta obra tan singular. 

También pudimos contemplar el Puppy, enorme escultura de un cachorro canino recubierto por gran variedad de flores, The Big Tree And The Eye, interesante escultura compuesta por setenta y tres esferas de acero inoxidable que reflejan el entorno, y Fog Sculpture #08025, lo que parece la escultura de una enorme araña bajo la cual pasean tranquilamente los transeúntes en su paseo entorno al museo. 

Dejando atrás la última de estas tres estructuras continuamos bajo el Puente de La Salve a través del paseo fluvial de la Ría de Bilbao, disfrutando de un agradable ambiente y de unas magníficas vistas del río y sus márgenes. 

Cruzamos el Puente del Ayuntamiento y continuamos callejeando hasta llegar a la Plaza Miguel de Unamuno, lugar de arranque de las Escaleras de Mallona (🔗), en pleno casco antiguo de Bilbao. Construidas en 1745, unen el Casco Viejo con la Basílica de Begoña mediante sus trescientos once escalones. Son un punto de interés turístico y lo típico es recorrer estas escaleras en bajada, forma rápida y directa de acceder desde el barrio de Begoña al Casco Viejo.

Dejando atrás estas famosas escaleras y de camino a la estación de tren, pasamos por la Catedral de Santiago (🔗), majestuosa iglesia gótica construida entre los siglos XIV y XVI -aunque profundamente reconstruida durante el siglo XIX-. 

Y también por la Iglesia San Antón (🔗), a la que llegamos pasando por la Calle de la Tendería. Este edificio de estilo gótico y construido en el siglo XV tiene en la actualidad la categoría de Monumento Histórico Artístico y por su historia, ubicación y tradición es el santuario más popular de la ciudad de Bilbao. No en vano, aparece en su escudo junto con el puente, el Río Nervión y los dos lobos de la casa de Haro -Diego López V de Haro fundó la villa de Bilbao en el siglo XIV-.

Continuando por la calle Atxuri llegamos finalmente a la estación del mismo nombre, donde tomamos el tren hacia Usánsolo, nuestro punto de partida varias horas atrás. Un edificio curioso que me llamó la atención por parecerme muy característico de la arquitectura vasca. 

Una vez en Usánsolo y preparados ya para continuar nuestro viaje, nos despedimos de la familia, y agradeciéndole a mi tío su hospitalidad y el paseo guiado por la ciudad de Bilbao, nos pusimos en camino de nuevo. Nuestro siguiente destino sería Elgóibar (🔗), en la provincia de Guipúzcoa. 

¿Y por qué concretamente Elgóibar? El motivo principal es que este es el pueblo de unos conocidos y aprovechando nuestra visita por estas tierras, decidimos parar para visitarlo. Además, está justamente en el centro geográfico de la ruta por carretera entre Bilbao y San Sebastián, la siguiente ciudad que visitaríamos. Así que poco más de media hora después de haber salido de Usánsolo parábamos en Elgóibar y nos adentrábamos en sus calles, descubriendo al poco que el pueblo se encontraba en plena celebración de las fiestas en honor a su patrón. 

Tuvimos tiempo suficiente para dar un buen paseo y admirar las colinas cubiertas de pinos que rodean al municipio, sus edificios típicos, el Río Deva que lo cruza -en uno de sus puentes se encuentra una curiosa escultura dedicada al mito griego Ícaro-, la Parroquia de San Bartolomé y su plaza y como no, de pararnos en un bar y merendar -o casi cenar- algunos de los pintxos dentro de la gran variedad que se ofrecía en el mostrador. También tuvimos la suerte de pasar por el lugar y el momento adecuados para ver a un grupo de muchachos y muchachas bailando la típica danza vasca. Un espectáculo admirable. 

Paseando por sus calles inmersos en un agradable bullicio festivo, observando los edificios con la típica arquitectura vasca, las señales, los carteles e incluso los coches de la policía todo en el idioma de la región, las gentes manteniendo animadas conversaciones en su lengua materna -euskera- y como telón de fondo los espectaculares montes de pinos que rodean el Valle del Río Deva, ciertamente parecía que estábamos en una tierra totalmente ajena y diferente del resto de España. Parecía que estábamos en otro país. 

Terminada nuestra visita y dejando atrás Elgóibar, del cual tengo un muy buen recuerdo tanto del pueblo como de sus gentes, pusimos rumbo al hotel en el que dormiríamos las dos siguientes noches, a escasos veinte minutos en coche de San Sebastián. ¿Y por qué no un hotel en el mismo centro de San Sebastián o dentro de la ciudad? Porque todos y cada uno de los hoteles que miramos en la ciudad sobrepasaban los cien euros por noche -lógico, tratándose de San Sebastián y tratándose de pleno mes de agosto- y eso se salía un poco del presupuesto que habíamos fijado para el viaje. Así que tuvimos la suerte de buscando y buscando, encontrar un hotel relación/calidad precio fantástico y cuya ubicación no sería un problema dado que disponíamos de nuestro propio coche para movernos y desplazarnos a nuestro antojo.

DÍA 3

Tras levantarnos por la mañana -con la sensación de que haber cogido este hotel había sido un acierto absoluto- y desayunar en una de las cafeterías de los alrededores, nos pusimos en camino hacia San Sebastián, donde nuestra primera visita sería -aprovechando que en ese mismo punto dejaríamos el coche estacionado- el Paseo Nuevo, un moderno espacio en el que tienen cabida peatones, ciclistas y vehículos a motor con sus carriles perfectamente delimitados y desde el cual pudimos disfrutar de unas vistas espléndidas del Mar Cantábrico, la propia ciudad San Sebastián, la Bahía de la Concha y la Isla de Santa Clara.

Continuamos, bordeando el Monte Urgull, hacia la Iglesia de San Vicente (🔗), edificio de estilo gótico ubicado en la Parte Vieja y construido durante los siglos XV y XVI, sobre las ruinas de un templo anterior que fue destruido por un incendio.

A continuación nos dirigimos hacia la Parroquia de Santa María (🔗), un edificio “moderno” -la construcción tal y como la conocemos actualmente data del siglo XVIII- que junto con la anterior, es una de las iglesias más importantes de la Parte Vieja. Como dato curioso, decir que desde la puerta de este templo se puede observar la Catedral del Buen Pastor directamente, sin la interferencia de ningún otro edificio, atravesando con la mirada buena parte del centro de la ciudad.

Siguiendo por la Calle Mayor llegamos al edificio del Ayuntamiento de San Sebastián (🔗), construido a finales del siglo XIX en los jardines de Alderdi-Eder para albergar el Gran Casino de San Sebastián, y que a mediados del siglo XX cambió su uso para convertirse en sede de la casa consistorial de la ciudad. 

Aprovechando la cercanía, nos metimos en la Playa de la Concha (🔗), la que por algunos es descrita como una de las mejores playas urbanas del mundo. Es la playa más céntrica de la ciudad y recibe su nombre de la Bahía con forma de concha marina en la que se ubica. Un lugar con aguas cristalinas y arenas doradas a apenas cinco minutos caminando desde el Ayuntamiento. Desde luego, algo no muy común.

Pasando la Playa de la Concha y la Playa de Ondarreta llegamos al Peine del Viento (🔗), un conjunto de esculturas realizadas por el artista Eduardo Chillida en colaboración con el arquitecto Luis Peña Ganchegui -el cual encargó de diseñar el entorno-. Desde este lugar podemos disfrutar de unas vistas magníficas de la ciudad, la Bahía y el mar en toda su esplendidez. Nosotros no pudimos comprobarlo porque durante nuestra visita el mar estaba tranquilo, pero dicen que el conjunto escultórico es aún más impresionante cuando hay temporal y las olas rompen contra las rocas, emitiendo un sonido muy peculiar que contribuye a aumentar la magia del lugar. 

Tras disfrutar del paseo y de la panorámica desde este fantástico lugar, volvimos sobre nuestros pasos para llegar hasta el Palacio de Miramar (🔗), un edificio de estilo inglés construido a finales del siglo XIX por encargo de la Familia Real Española y que en la actualidad es propiedad del Ayuntamiento de la ciudad. Por su privilegiada ubicación, ofrece una de las vistas más espectaculares que se pueden obtener de la Bahía de la Concha. 

Y de aquí nos dirigimos hacia la que sería nuestra última parada antes del almuerzo: la Catedral del Buen Pastor (🔗). Construida a finales del siglo XIX e inspirada en las catedrales góticas alemanas, obtuvo la categoría de Catedral a mediados del siglo XX y es el templo religioso más grande de la provincia de Guipúzcoa. El elemento más característico es su imponente torre campanario de setenta y cinco metros de altura, que puede ser vista desde gran parte de la ciudad. 

Desde la portada de la Catedral puede observarse la Parroquia de Santa María situada en la Parte Vieja, estando ambas perfectamente alineadas y formando el “eje que separa” la ciudad nueva y antigua.

Para almorzar elegimos un sitio -reservando con antelación por si acaso- que de no ser porque ya lo conocíamos con anterioridad a través de unos conocidos hubiese sido imposible siquiera saber que existía. El mero hecho de llegar hasta el lugar fue una experiencia, ya que incluso el GPS se despistó a la hora de llevarnos hasta él desde San Sebastián y dimos algún que otro rodeo innecesario antes de llegar por fin al sitio.

Pero los cincuenta minutos en coche desde la ciudad y lo complicado de llegar al restaurante fue compensado con creces, y es que, perteneciente a Azkoitia y ubicado en un enclave francamente privilegiado, el caserío-restaurante Aittola-Zar (🔗) ofrece una carta excepcional, una auténtica joya representante de la verdadera gastronomía vasca. Productos de calidad y en cantidad. 

Nosotros nos decantamos por unas croquetas caseras con salsa de bechamel como entrante, siendo el plato principal una alubiada con todos sus sacramentos -nos pusieron en la mesa una olla que en teoría era para dos personas, pero yo aseguro que de ahí podrían haber comido cinco-, no faltando una buena cesta repleta de pan de horno, como debe de ser en una buena comida. Y por si fuera poco, cuando dejamos algún que otro plato de alubias en la olla -fue imposible acabarlo todo, imposible- llegó la camarera preguntando que si había hueco para el postre. Yo hice hueco, porque no pudimos rechazar la tarta de queso casera, una de las especialidades de la casa. Fue realmente una experiencia gastronómica grandiosa en un entorno natural imponente. 

Y como todo lo bueno acaba, llegó la hora de dejar este increíble sitio, y con las pilas bien recargadas después de la magnífica comida y el rato de sobremesa disfrutando de los paisajes, nos pusimos en camino de nuevo hacia San Sebastián, trayecto en el que también pudimos disfrutar de las imponentes vistas que nos ofrecieron los típicos valles vascos que se extendían ante nosotros. 

Otra vez en San Sebastián y con toda la tarde aún para disfrutarla en esta magnífica ciudad, dejamos el coche estacionado -en el mismo lugar que horas antes, el Paseo Nuevo- y nos dirigimos hacia el Aquarium (🔗), considerado como uno de los mejores de Europa y con más de treina y un acuarios dedicados al mar Cantábrico-Atlántico y acuarios con temática tropical. Destaca especialmente el Oceanario, atravesado por un túnel de 360º donde pueden observarse varias especies de peces además de los famosos tiburones toro. Paseando tranquilamente por estas instalaciones, nos podemos hacer una idea de la inmensidad del océano y de la biodiversidad que lo habita. Un verdadero espectáculo.

Tras finalizar esta interesante visita, nos dirigimos hacia el Puente la Zurriola, frente al edificio del Centro Kursaal Elkargunea -Palacio de congresos con auditorio y salas para eventos-, continuamos hacia el Teatro Victoria Eugenia, bajamos por la Calle República Argentina hacia el Puente de Santa Catalina para cruzarlo y continuar por el Paseo del Urumea hasta el Puente de María Cristina (🔗), una obra de paso monumental para peatones, ciclistas y vehículos de motor, adornada en cada uno de sus extremos con dos obeliscos, copia de los del puente de Alejandro III de París y coronados por esculturas ecuestres.​

Nuestro paseo nocturno nos llevó, pasando por las calles Valentín Olano y  Getaria y la Avenida de la Libertad, hasta la Playa de la Concha para poder admirar la belleza de la Bahía con la iluminación nocturna. Ya de paso, aprovechamos para meter los pies en el agua y disfrutar de la tranquilidad de la playa, generalmente abarrotada por el día.

Tras este relajante “baño” seguimos hacia el que sería nuestra última visita de la jornada, el edificio del Ayuntamiento, para observarlo con su iluminación nocturna. Espectacular. 

Ya sólo nos quedaba ir caminando hasta el coche y poner rumbo al hotel, en el que pasaríamos nuestra última noche el el País Vasco antes de emprender el viaje de vuelta de mil kilómetros hacia el sur. 

DÍA 4

Nos levantamos muy temprano y tras hacer el check out en el hotel, nos dirigimos hacia un bar cercano para desayunar. Al poco rato estábamos montados en el coche haciendo el viaje de retorno hacia el punto de donde salimos cuatro días antes, esta vez cargados de memorias y vivencias inolvidables. 

De este viaje recuerdo especialmente la hospitalidad de la gente, amables y cordiales siempre. También la mezcla tan armoniosa entre lo histórico y lo moderno de sus urbes. La ciudad de Bilbao, con sus calles limpias y su tráfico ordenado, con unas infraestructuras vanguardistas que podrían competir en calidad con las de ciudades de primer orden a nivel de Europa. La ciudad de San Sebastián, con tantos encantos que mostrar y tan agradable para visitar. Y el interior del País Vasco, con sus valles, sus carreteras de montaña y sus espectaculares paisajes. Y como no, su gastronomía. De de las mejores de España, y creo que no nos equivocaríamos si dijésemos que una de las mejores del mundo. 

Y como en un viaje de tan corta duración es imposible visitar todo lo que merece la pena visitar, y más si hablamos de una región de semejante riqueza como lo es el País Vasco, quizá la gran ausente durante este viaje fue Vitoria, la otra gran ciudad de las tres que tiene esta comunidad y que tan sólo vimos en la lejanía, por carretera durante el viaje de regreso. Excusa perfecta para volver a visitar esta mágica tierra.