Al otro lado del río

Por Jesús García Jiménez

Esta historia transcurre en un paraje de extraordinaria belleza, en pleno corazón de la Andalucía profunda y rural. Un lugar mágico, capaz de dejar anonadado incluso al viajero más experimentado. Un rincón de la naturaleza dominado por un pequeño cerro desde el cual pueden contemplarse los bosques de pinos que lo rodean. Puede sentirse la brisa fresca del campo que trae consigo lo aromas del tomillo y el romero, oírse el suave susurro del viento cuando se empeña en pasar por entre los pinares y se puede llegar a percibir una sensación de paz y tranquilidad -incluso de soledad- tan grande que difícilmente ha podido ser experimentada con anterioridad.

Coronando el pequeño cerro y donde hoy es impensable que pudiera vivir una familia, sobre todo por lo remoto del lugar y la lejanía del mismo incluso al pueblo más cercano, se alzaba majestuoso un gran cortijo, del que hoy sólo quedan algunas ruinas. Una construcción típica de la época y del lugar en el que transcurren los hechos, donde habitaba una familia, con corrales en el exterior para la cría y guarda de conejos, gallinas, cerdos, cabras y algunas ovejas. En los alrededores de la casa se trabajaba un huerto donde se sembraban verduras y hortalizas durante el verano y algo más alejados se encontraban unos terrenos labrados y cultivados con almendros y árboles frutales. Abajo, a los pies del cerro y rodeándolo casi en su totalidad transcurría un río que, como es normal en estas tierras, en verano va prácticamente seco pero en invierno puede aumentar su caudal enormemente debido a las precipitaciones a veces torrenciales típicas de la zona.

La familia que habitaba el lugar estaba formada por una joven pareja y sus hijos pequeños. Él, nacido y criado en el cortijo, sólo había salido de allí en contadas ocasiones para ir al pueblo, y la vez que más se alejó de allí fue por la obligación de realizar el servicio militar. Ella, nacida y criada en el pueblo, al contraer matrimonio se mudó con su marido a la nueva residencia familiar. En el momento en que ocurrió esta historia tenían tres hijos, el mayor  era un niño de 8 años, la mediana era una niña de 5 años y el pequeño, un niño de 3 años. Además la mujer estaba embarazada de un cuarto hijo, y como el embarazo estaba muy avanzado, habían decidido que lo mejor sería que se fuera al pueblo y residiera allí durante una temporada para poder dar a luz con más “comodidades”, llevándose consigo a los dos hijos más pequeños.

Por ello, tan sólo se encontraban en el cortijo el padre y el hijo mayor, que pese a su corta edad, estaba obligado a trabajar prácticamente como un hombre ayudando en las labores del campo y el ganado. Una época dura y difícil en la Andalucía rural, donde la supervivencia era la única preocupación, no existiendo ningún tipo de lujo. La mortalidad infantil alcanzaba tasas muy elevadas, siendo realmente difícil llegar a la adolescencia. Una época en la que los niños no tenían infancia alguna, siendo traídos al mundo para trabajar y ayudar en la subsistencia del núcleo familiar. Niños endurecidos y valientes, que no conocían otra forma de vida que el trabajo y las penalidades, viéndose obligados a madurar antes de tiempo. Niños aquellos que con el tiempo, su trabajo y su sacrificio, fueron los que realmente forjaron la España moderna y de bienestar que hoy conocemos.

En aquella mañana de noviembre de 1.962, el olor de la tierra mojada y el verdor de las plantas dominaban sobre cualquier otro estímulo para los sentidos. Después de toda la noche lloviendo, el tiempo daba un una tregua e incluso podían verse tímidos rayos de sol asomando entre algunos huecos dejados por las nubes de aquel cielo gris. Aprovechando este claro el padre decidió salir con las primeras luces del alba, acompañado de los mulos, hacia el pueblo. Sería una de esas raras ocasiones en las que se salía de la zona del cortijo, siempre por causas de fuerza mayor como en este caso era el tener a la mujer a punto de dar a luz a su cuarto hijo. Además era su intención, una vez estando allí, comprar algunos víveres de primera necesidad y algún medicamento, para inmediatamente volver al cortijo intentando hacer el camino de ida, las gestiones y el camino de vuelta, en el mismo día.

Cuando aún no había amanecido, el padre despertó al niño:

– Jesús despierta. Venga, vamos. Tienes que levantarte. Voy a aprovechar este claro en el día, parece que hoy no lloverá y voy a ir al pueblo a ver a tu madre y a tus hermanos. Con las mismas voy a comprar algunas cosas, voy a pasar por la botica y me vendré lo antes que pueda. Quiero ir y venir en el día -, le hablaba el padre mientras el niño, soñoliento y aún cansado por el duro día de trabajo anterior, se iba incorporando poco a poco.

Tras un rato preparado los arreos y los mulos, después de tomarse un pequeño vaso de café negro y coger una pequeña talega en la que había echado un trozo de pan moreno, una cuña de queso y media ristra de chorizos, se fue a hacia la entrada del cortijo. Con un agudo y prolongado silbido llamó a su hijo:

– ¡Jesús, ven aquí! -. El niño, corriendo y brincando ágil como el viento por entre aquellos terrenos sorteando arbustos y piedras, estaba en cuestión de segundos junto a su padre. – Me voy sin perder más tiempo. Quédate aquí, labra el huerto, saca a pastar a las cabras y a las ovejas y dale de comer a los conejos, a las gallinas y a los cochinos. Y al final del día, limpia los corrales. En la alacena te dejo pan, queso, morcilla y chorizos. También queda un poco de la leche que ordeñé ayer. Ten mucho cuidado con todo. Estaré aquí antes del anochecer.

Y dicho esto, tomó el camino hacia el pueblo, quedándose el niño sólo en aquel paraje, en aquella soledad, con la única compañía de los animales. Rápidamente perdió al padre de vista cuando éste se internó en los pinares. Pero él no tenía miedo, no temía quedarse sólo. Entre otras cosas, no tendría tiempo de pensar en eso puesto que el padre le encomendó un buen número de tareas, las suficientes como para no aburrirse hasta que llegara de nuevo al cortijo.

Varias horas más tarde, el padre llegaba al pueblo. El día mejoraba, y algunas nubes comenzaban a retirarse permitiendo a aquel sol invernal mostrarse de rato en rato. El pueblo, con sus casas de fachadas blancas y sus calles estrechas y empinadas, herencia de los musulmanes que durante tanto tiempo habitaron en estas tierras, era muy pequeño, aunque eso no impedía que existiera un cierto bullicio de mujeres, niños y hombres que iban y venían con los arreos de labranza y las bestias de carga. En aquella época, la mayoría de las calles del pueblo no estaban ni quisiera empedradas, por lo que es fácil hacerse una idea de lo farragoso que resultaba transitar por ellas después de toda una noche lloviendo casi sin tregua. Los charcos y el barro obligaban a los viandantes a ir zigzagueando y podía verse a las madres cogiendo de la mano a los chiquillos para que no cometieran la travesura de meterse de lleno en uno de aquellos charcos. Atravesando estas calles, llegó a la casa donde se encontraba su mujer y sus dos hijos pequeños. Pasó con ellos el resto de la mañana hasta el almuerzo. Después se despidió de ellos, prometiéndoles que volvería en cuanto ella diese a luz y marchó a la calle principal para comprar café, azúcar, pan y algunas otras cosas, haciendo su última parada en la botica del pueblo para comprar algunas medicinas.

Pero todo aquello se alargó mucho más de lo esperado y estando todavía en el pueblo, empezó a caer la noche. Ante lo arriesgado de transitar unos caminos tan alejados en plena oscuridad, sin más compañía que unos mulos de carga y avecinándose nuevas lluvias, el padre decidió quedarse y pernoctar en el pueblo, en la casa donde se encontraban su mujer y sus hijos, pensando que a la mañana siguiente y con las primeras luces del día tomaría el camino de vuelta al cortijo.

Mientras tanto, después de pasar todo el día laboreando en el huerto y habiendo dejado al pequeño grupo de cabras y ovejas al otro lado del arroyo, en un pequeño corral construido a base de ramas y tablones y al abrigo de unos grandes pinos para que pudieran pastar durante la noche, Jesús volvió al cortijo con la única compañía de un borrego y dos chivos, uno de los cuales lo llevaba en sus brazos por ser casi recién nacido y estar criándose a biberón, al haber muerto su madre en el parto. Cuando empezaba a oscurecer y aún no escuchaba el ruido de los cascos de los mulos en el empedrado de la entrada a la casa, comenzó a impacientarse. Entonces pensó que su madre podría haber dado a luz y su padre, obligado por las circunstancias, tendría que haberse quedado allí junto a ella. Sin pensar mucho más, cogió un trozo de pan con un chorizo y una cuña de queso, comió con apetito y acuciado por el cansancio debido al largo día de trabajo, se fue a dormir, dejando a los dos chivos y al borrego en el corral junto a la casa.

En el pueblo, el padre miraba con preocupación el cielo, totalmente cubierto por espesas nubes negras que en cualquier momento podían descargar con furia todo el agua que llevaban en sus entrañas. Y a medida que la noche fue avanzando, sus temores se convirtieron en una realidad, pues comenzó a llover con tal virulencia que provocó el asombro y el temor incluso de los más mayores del lugar, que contarían días más tarde no haber visto nada igual. Después de haber pasado toda la noche sin dormir pensando que su hijo estaba sólo en medio de aquel lugar tan alejado de todo, sin más compañía que unos cuantos animales y con tan sólo unos trozos de pan y chorizo que llevarse a la boca, decidió ponerse en camino e ir a buscarlo. Aunque no paraba de llover, ya no lo hacía con la intensidad de la pasada noche, y desoyendo los consejos de mucha gente que le decía que era arriesgado meterse en esos caminos con el tiempo como estaba, preparó los mulos, se despidió de su mujer y de sus hijos pequeños y se puso en marcha hacia el cortijo.

Cuando Jesús oyó el silbido de su padre, dio un brinco enorme y salió a la entrada de la casa para recibirlo, pero allí no había nadie. Ignorando la lluvia que caía sobre él corría por la vereda para bajar hasta el río y de repente escuchó la voz de su padre:

– ¡Jesús, no! ¡No bajes, quédate ahí!- le gritaba su padre desde el otro lado-. ¡Vuélvete a la casa y espérame allí!

Tanto Jesús como su padre tenían ante sus ojos algo que nunca antes habían visto. Lo que hasta entonces había sido poco más que un arroyo se convirtió en un caudaloso río, con una furiosa corriente de agua que arrastraba ramas e incluso pequeños troncos de árboles. Además, la única entrada como tal al cortijo la había bloqueado completamente, inundándola y haciendo imposible el acceso por aquel lugar. Aún así el padre, hombre extremadamente duro y con una fuerza física encomiable, pensó en cruzar el cauce ayudándose de uno de los mulos, tirándose al agua a lomos del animal y llegando hasta la otra orilla varios metros más abajo, arrastrado por la corriente.

Jesús observaba al otro lado e intuyó inmediatamente las intenciones de su padre de querer cruzar el río de aquella forma tan temeraria. -¡No padre, no cruce! ¡Estoy bien, no hace falta que cruce!- gritaba el chiquillo temiendo por la vida de su padre, ya que si decidía meterse en aquella trampa posiblemente no saliera de allí con vida. El padre ignoró las palabras del hijo, y con aparente calma, le gritó: -¡Vete a la casa y espérame allí!-. Pero en el primer intento el animal, haciendo gala de su instinto de superveniencia, se mostró totalmente reacio a meterse en aquella corriente de agua, lo que obligó al padre a desistir de aquella empresa tan arriesgada. Sin el peso y la fuerza física del mulo era imposible no ser arrastrado por aquella fuerza de la naturaleza, que no le hubiese dado opción alguna de llegar hasta donde estaba su hijo.

Fue entonces cuando decidió tomar la única ruta alternativa que existía para llegar al cortijo. Una ruta larga y penosa campo a través, sin caminos ni veredas y que le llevaría horas recorrerla, pues había que deshacer parte del camino andado, tomar un desvío a varios kilómetros de allí y volver en dirección al cortijo para acceder a éste por detrás del cerro, en la parte opuesta a la zona de acceso habitual y la única que no estaba rodeada por el río. A esto había que añadir la dificultad de transitar por aquellos terrenos, sólo salvable por gente acostumbrada a desenvolverse por aquellos canchos.    – ¡Jesús, vete a la casa! ¡Espera allí que voy a dar la vuelta por la cabecera de la sierra! – le gritó el padre. Le arrojó una talega con un pan dentro que el niño recogió al otro lado y sin pensarlo más, desapareció entre los pinares con la intención de reunirse con su hijo lo antes posible.

Cuando Jesús vio que su padre desistía de la idea de cruzar el río sintió un gran alivio. Tan pronto como lo perdió de vista volvió al cortijo e inmediatamente se acordó de que el chivillo recién nacido llevaba muchas horas sin ser amamantado. Entró en la casa, echó leche en el biberón y fue al corral con la intención de dárselo. Pero pasados unos instantes se daría cuenta de que era tarde: el animal, tan pequeño y débil y sin el calor materno, no pudo resistir tantas horas sin alimento y de soledad y murió. Sin éxito, intentó incorporarlo y acercarle el biberón pero no hubo respuesta alguna. Impotente y abrumado por el sentimiento de culpa se arrodilló junto al animal y lloró durante largo rato, hasta que se levantó y acompañado del otro chivo y el borrego, entró en la casa a esperar pacientemente el silbido que anunciara la llegada del padre. Sentado en una vieja mecedora, pensaba en cómo estaría su padre, en el pobre chivillo que ayer subía al cortijo en sus brazos, en su madre a punto de dar a luz en el pueblo, en sus hermanos pequeños… Con un trozo del pan que le había arrojado su padre desde el otro lado del arroyo entre las manos se quedó dormido. Pero no sería un sueño tranquilo, pues la tensión vivida en las últimas horas permanecería en su subconsciente, impidiéndole dormir de una forma plácida y serena.

Tras muchas horas de camino, el padre llegaba al cortijo. Había estado el resto de la tarde anterior y toda la noche andando por aquellos parajes dando un enorme rodeo, con una lluvia que no dejó de acompañarle durante todo el trayecto y que le había calado hasta los huesos. Los mulos le acompañaban con el andar pesado y lento, cargados con los víveres comprados en el pueblo. Jesús escuchó un silbido y salió de la casa como alma que lleva el viento. Nunca se había alegrado tanto ni había sentido tanta emoción al ver a su padre. Sin mediar palabra se fundieron en un abrazo. Después de dos días sólo y encerrado en  aquel lugar tan alejado de todo, podía sentir el calor de su padre de nuevo, que a pesar de ser un hombre duro y poco dado a exteriorizar los sentimientos, no pudo evitar que se le formara un nudo en la garganta y que sus ojos adquirieran el brillo de quién se emociona profundamente, pues al fin y al cabo aquel niño era su hijo de su alma, por el que la tarde antes a punto estuvo de poner en riesgo su vida para protegerle.

– Jesús, hijo mío, ¿cómo estás? – le preguntaba el padre feliz por tenerle de nuevo junto a él.

– Bien padre, contento de que esté aquí otra vez – le respondía el pequeño igualmente feliz por estar entre los brazos de su padre. Pero pronto se acordó del chivillo y sus ojos empezaron a lagrimear. El padre le preguntó:

– ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

– El chivillo padre, ha muerto por estar tantas horas sólo y sin comer.

– Bueno hombre, qué le vamos a hacer. Son cosas que pasan. Lo importante es que tú estás bien -, le dijo el padre sabiendo que no podía reprocharle absolutamente nada después del valor que había mostrado en aquella situación tan complicada que había vivido. – ¿Has tenido miedo de estar sólo? – le preguntó el padre cogiéndole de la mano y encaminándose al cortijo.

– No padre. La única vez que sentí miedo fue cuando vi que usted intentaba cruzar el  río -, le respondía el pequeño. Y era verdad. A pesar de tener sólo ocho años, había mostrado un valor y una serenidad inusuales en un niño de tan corta edad.

Después de varios días las nubes se alejaron, el tiempo dio una tregua y aquel caudaloso río que había cortado el paso al cortijo se fue asemejando a la tranquila corriente de agua que en realidad era. El padre llevó a Jesús al pueblo, para que pasara unos días allí con su madre, sus hermanos y otros chiquillos de su edad. Después de estar tantos días en el cortijo y algunos de ellos sólo y aislado totalmente, se merecía unos días de descanso y rodeado de personas para poder sentir el calor humano. El padre sí volvió al cortijo cuando dejó a Jesús con su madre, ya que no podía dejar el ganado abandonado a su suerte varios días. Así de esclava era la vida en el campo, y lo sigue siendo para quien vive de él.

Cuando en el pueblo se supo lo que había ocurrido, hubo tema de conversación durante varios días. Los mayores alabaron el valor y la serenidad que había mostrado el chiquillo y los otros niños estuvieron varios días admirándole y preguntándole que si de verdad no había tenido miedo y que si había llorado. Su respuesta era siempre la misma: no había tenido miedo porque los animales le habían dado mucha compañía y no había llorado. Pero cuando respondía esto último le venía a la mente el chivillo y todas las lágrimas que había derramado por él. Pero eso sería un secreto que durante mucho tiempo guardarían él y su padre.